LA CONQUISTA DEL HUAGURUNCHO (Siete de abril de 1975) (Segunda parte) La leyenda

Panorama de una parte donde se estaba levantando San Juan Pampa. Nótese en la parte central del fondo, la imagen imponente del nevado Huaguruncho rodeado de otros nevados que lo escoltan, en medio de unos nubarrones que ya están formando las cerrazones del atardecer.
Panorama de una parte donde se estaba levantando San Juan Pampa. Nótese en la parte central del fondo, la imagen imponente del nevado Huaguruncho rodeado de otros nevados que lo escoltan, en medio de unos nubarrones que ya están formando las cerrazones del atardecer.

Los viejos habitantes del Cerro de Pasco aseguran que a partir del siglo XVIII, sobre la  cúspide del impotente nevado del Huaguruncho, se podía distinguir una  colosal cruz de oro macizo cuyos áureos destellos resplandecían  nítidamente en todos los confines de Pasco. Una cara recibía el saludo del sol naciente de las mañanas; la otra, los postreros destellos de los atardeceres. Su extraordinario brillo y enigmática ubicación intrigaba a hombres y mujeres pasqueños que contemplaban su magnificencia sin poder desentrañar el misterio de su procedencia.

Un día entre colosales nubarrones y celajes misteriosos,  truenos y tormentas, tragada por desmesurados lluvias incontenibles desapareció la cruz.

Los campas –actualmente llamados yanéshas- custodios del misterio, narran la siguiente historia.

Un día del mes de mayo de 1742, cuando la estación de las lluvias estaba terminando y los pajonales enseñaban su verde más florido,  apareció navegando sobre las aguas del Perené, conducido por el cacique Simirinchi Bisabequi, un hombre joven de treinta años, luciendo una barba con algún bozo, fornidos miembros acerados, pelo cortado como los indios de Quito y color pálido amestizado; de estatura más que mediana, vestido con una chusma encarnada color achiote y con el recio continente de un monarca.

Se enteraron que era descendiente directo del último monarca del Imperio y su nombre era Juan Santos Atahualpa Apu Inca. Había entrado en el Gran Pajonal para recobrar el destruido imperio de los incas y arrojar a los extranjeros, enemigos de PACHAKAMAITE, y redimir la corona que Pizarro había arrebatado a su padre con malas artes. Decía que Dios Omnipotente le enviaba a recuperar sus reinos y había entrado en la selva para comenzar su misión en ella; que le creyesen y obedeciesen porque  de no hacerlo, ha­ría caer los montes, desbordar los ríos y arder los cielos; que a partir de aquel instante recompondría su reino para que  se acaben los obrajes, ganaderías, haciendas y toda la esclavi­tud de sus hijos. Dominador de las lenguas nativas les habló con un ardor nunca antes oído, con un amor que se traslucía en su continente emocionado y sus ojos vivos y brillantes. Tanta fue su entrega y el contenido de su mensaje que todos, imbuidos de una fe que ya casi la habían perdido, quedaron convencidos de su predicamento.

El viento que corría por la fronda avisó al río y a las aves y al trueno y a la lluvia; y así lo supieron los amueshas, los campas, los piros, los amages, los simirinchis, los shipibos, los conibos, los andes y todos los indios de nuestra selva que presurosos acudieron a ofrecerle obediencia y lealtad, dejando abandonados sus pueblos. Tal fue la conmoción que los indios del Gran Pajonal se unieron incondicionalmente a los de las márgenes del Perené, Metraro, Eneno, San Tadeo, Pichana, Najandaris y todos los naturales del Cerro de la Sal. Nunca antes en la selva se había visto nada igual. Rivales encarnizados, guerreros adversa­rios, caci­ques sanguinarios, hablantes de diferentes idiomas y adoradores de dioses diversos, habían acudido al llamado del Apu Inca, enviado de Dios.

Cuentan que cuando una tarde de junio de 1742, el conversor de San Tadeo, el padre Santiago Vásquez de Caicedo entrevista a Santos Atahualpa, éste le dice que: “Ha venido a organizar su reino con la ayuda de sus hijos los indios y mestizos con terminante exclusión de los negros porque eran sirvientes incondicionales de los explotadores. Pone en aviso al Virrey para que no trate de impedir su movimiento porque él y su compañía  les torcerá el cuello como a unos pollos”. Añade -esto es muy interesante- que vea por dónde escapa porque “por mar viene su pariente inglés”.  Cuando el visitante insiste en la “pacificación” y le pide que abandone su intento de rebelión, Juan Santos es terminante al afirmar que: “Tiene derecho a su reino. Es cristiano. Reza todos los días; lee la doctrina y predica a los indios. No tiene nada contra los sacerdotes ni la ley de Cristo, pero en cambio quiere que negros y viracochas abandonen su tierra

En cumplimiento de su prédica y teniendo al Gran Pajonal como escenario, instala su Cuartel General y se pone en acción inmediata. Destruye veintisiete misiones franciscanas, haciendas y obrajes, apoderándose de las pertenencias de los españoles, apre­sando y castigando a los negros, llegando a matar a los más rebeldes. Arrasa con todo. Alentado por la victoria decide atacar la sierra para expulsar a los españoles. Estaba bien enterado de los infamantes abusos que éstos cometían contra los indios. El gobierno español poniendo todo su empeño procede a tender un cerco desde Huánuco hasta Huanta con el fin de contener el movimiento. Se da categoría de frontera a toda la línea disponiendo que los gobernadores de Jauja y Tarma ataquen al rebelde. En cumplimento de esta orden, los jefes, Troncoso de Jauja y Milla del Campo de Tarma, llegan con sus fuerzas hasta Quisopango en medio de la constante hostilización de los indios rebeldes, sin entrar en combate franco. Eludiendo fácilmente a estas inocuas columnas realistas, el inca avanza sobre Huancabamba en defensa de cuya plaza salen nuevas y más pertrechadas tropas de Tarma. El avance rebelde es tan arrollador que los españoles se ven precisados a instalar un fuerte en la localidad selvática de Quimiri (La Merced) pero sin lograr contenerlos. Los insurgentes muy fácilmente se apoderan de este bastión dando cuenta de sus defensores.

El avance de Juan Santos Atahualpa Apu Inca es incontenible.

Así las cosas el compungido Rey de España decide poner a la cabeza del virreinato a un militar de oficio. Sustituye a Juan Antonio de Mendoza y Caamaño y Sotomayor por José Manso de Velasco, Conde de Superunda. Este nuevo Virrey organiza una expedición militar al mando del Marqués de Mena Hermosa, la misma que es batida en todas sus líneas por el inca insurgente. La derrota, con la consiguiente pérdida de vidas y material de guerra es tan estrepitosa para los españoles que, desesperados, se baten en retirada. Están completamente aterrorizados. Como último y esperanzado recurso establecen dos poderosos fuertes de contención, uno en Oxapampa y otro en Chanchamayo. Santos Atahualpa destruye con facilidad esos fuertes y luego vence a otra expedición al mando del marqués de Mena Hermosa que huye cobardemente avergonzado.

Para octubre de 1743, la rebelión cuenta con el franco apoyo de muchos serranos que huyendo de las atrocidades de las minas se unen a los chunchos. Por relatos de José Pulinche, capturado por las huestes del Gobernador de Tarma y por Bartolomé López, capturado en Quimiri, los españoles se enteran que más de cien serranos, atraídos por la prédica del líder incaico, se habían unido a un fuerte contingente de campas que estaban listos para atacarlos.

Transcurren algunos años y, en 1752, con el deseo de darles una lección de su poderío bélico el inca, decide atacar la sierra. El sabe que allí es donde la sangrienta opresión de sus hermanos es más abominable y dantesca en las minas. Después de arrasar con el pueblo de Andamarca, inexplica­blemente se detiene, posiblemente a la espera de una mejor oportunidad que fatalmente no llegó. A esto hay que añadir que las fuerzas españolas se habían organizado para presentar fiera resistencia­ contra cualquier ataque.

El camino a la sierra estaba abierto. La resistencia había sido vencida después de veintiún años ininte­rrumpidos de luchas continuas sin que jamás el inca fuera derrotado. ¿Qué ocurrió entonces?…¿Por qué no terminó de tomar la sierra? No lo sabemos, pero tampoco podemos comprenderlo. La invasión a la sierra habría significado la libertad de numerosos esclavos indios; entre ellos los pobres mineros.  El caso es que Juan Santos había cumplido gran parte de su promesa. Antiguos territorios tribales habían vuelto a manos de sus legítimos dueños libres de españoles y negros. En ese momento el virreinato se estreme­ció. Vieron de lo que eran capaces los indios. El movimiento mesiánico y reivindicatorio de Juan Santos Atahualpa había encontrado eco en todos los habitantes de la selva y de la sierra.

Al hacerse realidad esta añorada recuperación el caudillo guerrero, utilizando todo el oro recogido de las minas y los ríos de la selva, hace fundir una sólida cruz bruñida de oro macizo de titánicas proporciones, que mediante un magistral y agotador trabajo de ingeniería rudimentaria, es fijada en la cúspide del Huaguruncho, construyendo un túnel vertical que comunica perpendicularmente la base con la cima del monte. Este trabajo, había demorado tres largos y fatigosos años. Significar la confirmación de la fe a Cristo del caudillo Juan Santos Atahualpa.

Los campas aseguran que, en aprobación de este magnífico gesto cristiano, Juan Santos Atahualpa fue ungido con una especial bendición de Dios. Al morir –cumplida su valiente misión en la selva- entre nubes y vapores brillantes, se elevó hacia los cielos en medio de cánticos hermosos y extraños con la promesa de que volvería. Por esta razón, en Metraro le han erigido una capilla de 18 metros de largo por ocho de ancho, sostenido por ocho columnas de madera en esqueleto, cubierto por techos de  humiro, que en forma cruzada cubren el ámbito; en medio, el túmulo donde descansó el cuerpo de Juan Santos Atahualpa a poco de morir, hecho de cinco tablas labradas de  jaracandá  de 8 a 10 centímetros de espesor y a una altura de un metro veinte centímetros, situado en medio del templo, mirando hacia Oriente.

Mucho más tarde, cuando utilizando la invasión sangrienta y cruel, los españoles y los negros, volvieron a recuperar las posiciones de la selva, en medio de lluvias torrenciales, truenos y relámpagos, la cruz de Haguruncho desapareció tragada por las nieves eternas.

Los campas dicen que el símbolo volverá a refulgir cuando retorne Juan Santos Atahualpa y esta vez sí serán dueños definitivos de sus tierras selváticas.

El huaguruncho 7

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