EL VELORIO

el velorioTendido sobre la mesa con su mortaja franciscana yace Pablo Chuqui, perforista que en su juventud había sido un brioso pregón de vida. La exangüe faz cadavérica adquirió un aspecto patético cuando le subieron la capucha. Ojeras profundas, descarnadas, oscuras, circundando la órbita ósea; mejillas enjutas, hundidas, resaltando la prominencia de la nariz casi transparente; la boca reseca, ya sin músculos, sujeta por un pañuelo para que no se le cuelgue la mandíbula; las manos cruzadas sobre el pecho en cuyos sarmentosos dedos se enreda un rosario de cuentas de madera. Ha sido abatido por la silicosis: asesina de los mineros. Rodeando el cuerpo están todos sus compañeros y amigos. A un costado del cadáver, la viuda. Pálida, intensamente pálida –decoloración del sufrimiento- tiene la mirada perdida, inexpresiva. El dolor y la pena han trabajado sobre su rostro profundos rasgos de abatimiento. Un silencioso recogimiento estremece aquella penumbrosa habitación de densa humareda entremezclada con fuertes emanaciones de cera, coca, sudor cigarros y aguardiente; todas las paredes están cubiertas de catafalcos negros con festones argentados y las habitaciones colmadas de gente minera. Los “servicios”, hombres y mujeres, han repartido verdes hojas de coca que todos mastican cumpliendo el fúnebre rito minero; para endulzarla, el “poro” de cal pasa de mano en mano. El humo de los cigarrillos ha producido una espesa penumbra. De rato en rato circula el chinguirito, hirviente infusión de aguardiente de caña, limón, hierbas cálidas que todos beben. En una habitación interior están las mujeres y, en la sala, los varones.

— La mina es muy brava, carajo, muy brava –afirma el capitán de minas Alejandro Melgarejo- Además es pendeja y muy celosa.

— Bueno, es que la mina es hembra, pues- asiente Lucas Allaín.

— ¡Claro!… ¡Con tremendo huecazo! – tercia el “Borrao” Juan Picho haciendo con las manos morbosas alusiones que todos festejan.

— ¡Es verdad!. La mina es tan celosa que se ha prohibido que una mujer entre en ella… ¡Si llega a entrar… Carajo! Todo tiembla y se encabrita como las cholas caprichosas. Ella sola quiere comerse a los hombres. No perdona. Si se quebranta la ley, habrá derrumbes, explosiones y muertes, muchas muertes… Esto lo sabe todo el mundo -afirma Sixto Travezaño sacudiendo su “poro” de cal, sirviéndose y luego pasando al resto.

— ¡Así es! – comenta “Ishaco” Lavado- Por ejemplo, hace muchos años, en la mina EL EBRO del francés Pierre Armand, trabajaba como capitán de minas, un tal Juan Recacochea, un vasco chapetón, callado y misterioso que no hablaba con nadie. Solamente abría la boca para dar órdenes, nada más. No tenía ningún amigo. Era un solitario…

— ¿Y?…- apremia el “Borrao” con los carrillos llenos de coca.

— El caso es que donde trabajaba este Recacochea, continuamente había accidentes con muertes lamentables. La gente no se explicaba la razón de estas desgracias y comenzó a tenerle miedo. Un día en el nivel de Recacochea hubo una tremenda explosión que mató a siete hombres con él a la cabeza.

—¿…Y?

— Cuando lo desnudaron en la morgue para hacerle la autopsia, imagínense lo que encontraron…

—¿…Qué?… – Acosa el “Borrao”.

— ¡El tal Recacochea era… ¡Mujer!

— ¿Mujer?….

— ¡Mujer!…

— ¡Carajo!…

— Con razón pues; la mina que es muy celosa, la mató…

— Pero… ¿Nadie se dio cuenta en tanto tiempo? –Inquiere Melgarejo.

— No, pues –responde Ishaco- Parecía un hombre por sus actitudes, su voz… por su energía.

— ¡Claro! –Afirma el “Borrao” -¡Era machorra..!

— La mina, hermanos, -vuelve a hablar Ishaco- es un mundo con su gente, sus penas, sus alegrías, historias y tragedias. Por ejemplo uno de sus habitantes es el Muqui…

—Ahhh, el Muqui –habla Glicerio Vargas- Aquel hombre chiquito que no llega al metro de altura, con su cabeza pegada al cuerpo porque no tiene cuello. Es fornido y rubio. Su ropa es de minero como la nuestra. Anda con su casco y su lamparita pequeña… ¡Mismo minero; como nosotros!. Es un bromista acabado. Le gusta jugar con los mineros tirándole piedrecitas y si están solos, los extravía y los pierde… porque la mina es una ciudad con muchas calles…

— Una vez –interviene Adalio Calderón- trabajábamos trece hombres en una labor. Llegada la medianoche mandé un descanso y todos nos sentamos a “chacchapar’’ un rato. En eso sentimos fuertes picadas en la labor… ¿Quién estará trabajando? -pregunté y al ver que nadie respondía, conté a los hombres. ¡Éramos trece!… Nos quedamos mudos. No podíamos movernos; bueno, sobreponiéndome mandé a un hombre. Al poco rato volvió botando espuma por la boca asegurando que un hombre pequeñito estaba trabajando en la labor.

— ¡Claro, era el Muqui! –dice Ishaco-. El Muqui sabe asustar, por eso para evitar que nos joda tenemos que llevar su coquita, su cigarrito, su cañita; sino estamos “reventaos”…

— Pero no a todos se le aparece. A algunos nomás –asevera Clero Huayanay.

— Cierta vez que siete hombres estaban trabajando en la mina –relata “Hitler” Adolfo Mariño- se sentaron a descansar para masticar la coquita. Era más de las dos de la mañana. Uno de ellos, con el apuro se había olvidado de llevar su ración y como no tenía mucha confianza con los demás, no quiso molestar pidiéndoles…

— ¿…Y?

— Para disimular dijo que su lámpara se había descargado y que iría a la bodega a cargarle el carburo. Los otros le dijeron que vaya nomás. El hombre, para hacer tiempo decidió darse una vueltecita por las galerías mientras sus compañeros chacchapaban, pero quiso la mala suerte que, de veras, su lámpara se descargara. Los muy pocos palitos de fósforos que tenía en los bolsillos los fue gastando poco a poco sin lograr encender su lámpara. Cuando terminó el último palito, quedó a oscuras, asustado. No era para poco. Estaba a  ocho cuadras de su labor. En eso vio que se acercaba una lucecita amarilla y pensando que sería un capitán de mina, para no dejarse sorprender se escondió detrás de unos coches de mineral y quedó mirando desde una rendija…

— ¡¿Quién era?! –  Pregunta Rústico Poma.

— Vio que la lamparita era de un minero chiquito. De inmediato se recobró al reconocer al Muqui y, como llevaba su “chicullo” a la cintura ahí mismo agarró al pendejo Muqui. “Me has ganado” le dijo. “Para que me sueltes me comprometo a trabajar en tu labor”, como el hombre no aceptó, le ofreció oro a cambio de su libertad…

—¿…Y?

— Y nada. A los pocos días se retiró de la mina y ahora tiene un gran negocio en Huancayo. Es un ricachón.

—Más bien fue pendejo, sino el Muqui se lo traga.

— Claro, pero el “chicullo” que es el látigo hecho con cola de caballo tiene que estar bien tejido porque es el único medio para poder chapar al Muqui que es muy escurridizo, como trucha…

Glicerio Vargas, centro delantero de la selección mina, juguetea un rato con su poro y fijando sus ojillos en el chisporroteo del cirio, dice:

— Una vez así, un hombre logró “chapar” al Muqui y, este cojudo, se conformó con el ofrecimiento de la ayuda. Claro que cuando a él le tocaba trabajar, lo único que hacía era llamar al Muqui que se encargaba de laborar mientras el pendejo solo se cuidaba que los gringos no lo “chaparan” amarrando el macho. Bueno, el caso es que al poco tiempo el capataz se dio cuenta que el trabajo de éste era como de diez hombres juntos y se quedó cojudo; entonces comenzó a espiarle. Un día, el hombre, después de hacer trabajar al Muqui se había quedado dormido sobre el metal. El capitán lo pescó y ahí nomás lo denunció.

— ¿Lo botaron?…

— ¡Lo botaron!…

— ¡Gringos cojudos!…

— No vayan a creer que el Muqui es nuevo, No. Es muy antiguo –dice Ishaco- Me han contado que hace mucho tiempo, un viudo había llevado a su hijo al trabajo porque no tenía dónde dejarlo. El chuche siempre estaba al lado de su padre mientras éste trabajaba. Un día le dice a su hijo: Ve a traer agua a la fuente. Bueno – dice el chuche y como demoraba mucho fue a buscarlo. Cuál no sería su sorpresa al encontrarlo jugando con un chuchecito rubio. Al darse cuenta que era el Muqui, sacó su “chicullo” lo “chapó” sin hacer caso del lloro de su hijo. El Muqui que es juguetón como un niño le aseguró que le amontonaría todo el mineral que quisiera sin que él tuviera que trabajar a cambio de su libertad. El hombre lo soltó pero con la promesa de que en recompensa él le llevaría su coca, cigarros y cañita. El caso es que durante muchos años, este pendejo se llevó la gran vida.

A las cuatro de la mañana sirvieron el picante yacuchupe y las mujeres se fueron cada una a su casa a preparar el desayuno de su marido.

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