La historia de un huaino “Ingrata yanahuanquina”

ingrata yanahuanquinaUno de los personajes más queridos en el siglo XX, fue don Pedro Arnaldo Santiváñez Castillo, conocido como: “Don Pedrito”; excelente enfermero cerreño. La vigencia de su personalidad todavía pervive en la memoria de personas que recibieron la generosidad de sus atenciones. Sin ser médico tuvo un extraordinario don de la curación. Le bastaba con observar al paciente, tomarle la temperatura, controlarle los pulsos y de inmediato tenía el diagnóstico certero. Por esta rara cualidad que todos recuerdan, fue el “médico” de conocidas familias  que lo preferían a empingorotados doctores que siempre hubo en el emporio minero. El tino de su diagnóstico no sólo era acertado y oportuno, sino también la medicación que de inmediato disponía. A ello había que añadirle su paciencia y cariño con que trataba al paciente, rico o pobre. Esta hermosa cualidad -hoy tan rara- le fue ganando el cariño de la gente del pueblo que acudía a él a “ojos cerrados”. Su enorme popularidad, por otra parte, le ganó el enconado rencor de los doctores que no tenían pacientes. No era raro ver todos los días, a la puerta de su casa, enorme  “cola” de pacientes esperando su turno para ser atendidos por él. Hombres y mujeres del pueblo –a veces con sus niños- llevaban como pago para sus atenciones, gallinas, huevos, cuyes, truchas, ranas, papas, verduras etc. Era la manera cómo las gentes de las quebradas conocedoras de su fama, trataban de compensar sus atenciones. Don Pedrito se tomaba su tiempo y los atendía solícito y cariñoso, a todos. Esto duró mucho tiempo. Es más. Respetables familias lo llamaban, con especial solicitud y respeto para ser atendidas en sus casas. “Don Pedrito” nunca se negó. Fue el “médico de cabecera” de respetables familias cerreñas. Una serie de factores intervenían para ello.

Naturalmente su éxito exasperó la paciencia de los médicos que terminaron por declararle la guerra. Firmaron un memorial al Colegio Médico del Perú que tuvo que pronunciarse. Le prohibieron terminantemente atender a sus pacientes so pena de carcelería. El principal argumento que esgrimían era que se trataba de un neófito en las ciencias médicas a quien ningún documento oficial le respaldaba. Más todavía, aseguraban que estaba atentando contra la salud del pueblo cerreño y, por lo tanto, pedían que lo retiren de circulación y lo encarcelen. “Es un peligro para la sociedad”, pregonaron, envanecidos y soberbios.

Cuando el pueblo leyó la resolución final, se carcajeó de lo lindo. Nadie -lo aseguraban con énfasis- podía comparársele a “Don Pedrito”, que, sin “cartón” alguno, era un dechado de acierto, gentileza y amabilidad, que ninguno de los quejosos podía ostentar. El “León de la Sierra”, don Gilberto Salas, con su vozarrón característico, retrató finalmente lo que el pueblo pensaba: “Ninguno de esos cojudos, solos, ni reunidos todos juntos, pueden igualar a Pedrito Santiváñez. Que se dejen de joder y aprendan a atender a un paciente”. Todo el mundo le dio su respaldo. Por aclamación popular era el mejor “medico” de la ciudad. Pero, “Don Pedrito”, tratando de contemporizar la inquietud de los médicos, acató respetuosamente la orden judicial. No recibió a la gente del pueblo, pero atendió con creces a conocidas familias que le tenían una fe extraordinaria.

Algo de lo que nunca se habló -las cosas positivas generalmente son olvidadas-, es de su magisterio docente. En un gesto de maravillosa entrega, enseñó a  hombres y mujeres que trabajaron con él, todo lo que había aprendido a lo largo de su vida profesional. Desde la puntualidad, el respeto, la paciencia y una asepsia religiosa, hasta los más sofisticados pasos de una operación quirúrgica. Nunca, en tanto vivió, fue obnubilado por el egoísmo. Sus alumnos fueron muchos: Zózimo Angulo, José Bravo, Lola Rivera, Ana Muro, Blanca Santiváñez, Vicenta Tacano, Juanita Accquaronne, Micaela Ramírez, Juanita Galarza, Máximo Jiménez, Rolando “Muto” López, Pascual Córdova, Guillermo Cárdenas y otros. Por otra parte, siempre cuidó su imagen y trato personal. Por eso, seguramente, en las lindes del amor la principal, doña Angélica Castillo Álvarez, su esposa. Se habían casado cuando ella era muy joven, casi una niña. Tuvieron  seis hijos.

Era todo un acontecimiento cuando sacaba a relucir sus chascarrillos y bromas con sus amigos. “Capachón” Minaya, “Liclish” Ráez, “Huevo” Lavado, “Togro” Rojas, “Ñahuirón” Malpartida, “Calaver” Díaz, “Michino” Cervantes, “Ranicunca” Salinas, “Chacha” Portillo, los hermanos, “Cura” y “Chuto” Suárez, “Aliado”  González, Gilberto Salas, “El león de la sierra”, el “Cholo”, Octavio Llanos; “Uro cholo” Pablo Morales, “Boquerón” Rodríguez, “Mister Babas”, Dávila y, otros. Sus humoradas terminaban en un festival de carcajadas y alegría inolvidables. Tenía enorme cantidad de amigos entre los que destacaban los médicos que trabajaban con él: Enrique Portal, Tobías Soto, Raúl Picón Reyes, David Izaguirre, José G. Cobián, Ángel Madrid Dianderas, pero sobre todo, Víctor Leopoldo Colina y Fabio Mier y Proaño; ambos brillantes, ambos generosos que, por los azares de la política partidaria, llegaron a distanciarse hasta tocar las lindes de la rivalidad y el odio.

El motivo de esta crónica es revelar algo que ha permanecido oculto por muchos años y sólo los más allegados a don Pedro, conocían. El amor otoñal que afloró en él con una fuerza inaudita y espectacular. La fiebre repentina de un hombre maduro que estuvo a punto de hacer zozobrar una unión ejemplar de muchos años. Un día, con la sinceridad y gracejo del caso, me endilgó su relato. “No quiero que tú también caigas en ese abismo del que es muy difícil salir; por eso te cuento lo que me ocurrió hace años”

¿Cómo fue aquello?

Aquella primera semana de marzo del cuarenta, una trágica noticia estremecía a la ciudad minera. EL MINERO, informaba “A las seis de la tarde del primero de marzo, se ha producido una torrencial lluvia que ha inundado completamente la hermana ciudad de Yanahuanca. A hora y media de iniciado  el diluvio infernal, se transformó en huayco que se deslizó  vertiginosamente hacia el poblado. Esperaban aterrorizados ser arrollados de un momento a otro, cuando, por un milagro de Dios, se desbocaron estrepitosas por un costado de la ciudad, arrastrando paredes, árboles, cercos y cuanto objeto encontraran en su trayecto. La catástrofe más visible ocurrió en la alameda “Cisneros”. Allí, fueron arrancados de cuajo, muchos árboles de eucalipto que formaban una completa simetría decorativa. 

Desde el 11 hasta el 15 de marzo –gracias a la colecta del pueblo cerreño- se trabajó con todo empeño para abrir una pequeña vía y dar facilidad al tránsito. Reabierta la ruta de comunicación se hizo llegar el cuerpo de una mujer que, debido a la fortaleza de su juventud ha podido superar las enormes consecuencias de sus heridas; no así un anciano y dos niños que murieron en el trayecto”.

La llegada de la víctima fue espectacular. Juana Sierra Rimachi, de veintidós años, presentaba múltiples magulladuras, escoriaciones y heridas por lo que fue internada en el hospital Carrión. Fue don Pedro Santiváñez, en persona, el encargado de efectuar las primeras curaciones y posteriores medidas para su completo restablecimiento.

Lo primero que hicieron fue bañarla cuidadosamente para asegurar una completa asepsia. Lo requería. Terminado el baño al que fue sometida, don Pedro la vio y quedó vivamente impresionado. Delante de él vio a una hermosa mujer que, no obstante las heridas y contusiones, lucía un cuerpo majestuoso, joven y fuerte, como nunca antes había visto otro. Estaba completamente desnuda con sus cabellos húmedos y encrespados, cubriéndole los hombros y gran parte del cuerpo, a manera de  una soberbia capa oscura. Sus rasgos faciales, no obstante estar contundidos, eran muy hermosos.  A partir de aquel momento, su dedicación especial estuvo destinada a sanar a la muchacha. Alojada en una cama de la sala principal del hospital, apenas separada por un biombo blanco, don Pedro en persona se encargó de atenderla desde las primeras curaciones e inyecciones de sueros antitetánicos y demás medicamentos previsores. Él mismo, en persona, administraba la medicación. Como es natural, esta obsecuencia llamó la atención de los trabajadores del hospital. Nunca habían visto tan dedicado y solícito a don Pedro. Todo el mundo veía claramente algo que él mismo trataba de ocultar. Estaba encandilado con la belleza de la cholita hermosa. El chisme comenzó a rodar por toda la ciudad. La mayoría, conociendo la personalidad de don Pedro, no lo creyó. La verdad era que, esta vez, los chismosos tenían razón. Ya en el otoño de su vida, con un  matrimonio ejemplar y seis hijos, le había renacido la incandescente llama del amor. Se había enamorado como un adolescente de la yanahuanquina. Ella también, en reciprocidad  y agradecimiento a sus atenciones especiales, le correspondió con su amor.

Por lo demás, el roce de la piel en las continuas frotaciones con linimentos y otros menjunjes, el sostenerla cuando trataba de realizar sus primeros pasos después del accidente, fue acumulando entre ambos, enervantes deseos contenidos que de pronto, encontraron su vía de escape. En reuniones secretas llegaron a amarse desesperadamente. Él, con una pertinacia notable, quería demostrar a la joven y,  a sí mismo, que todavía mantenía vigente su pujanza amatoria. Como dos debutantes que recién descubrían la magia del amor, se amaron sin pausas ni descanso.

Todas aquellas entregas amorosas, no obstante el celo puesto en ocultarlas, fueron claramente observadas por los trabajadores del hospital que comenzaron a “hablar” del asunto, en demasía. Para evitar que el chisme llegara a romper la unión matrimonial de don Pedro, sus amigos más queridos decidieron intervenir. Un día se presentaron inopinadamente en el hospital, y la vieron. Sorprendidos de descubrir tanta belleza, le dieron la razón. Sólo don Ramiro Ráez Cisneros, compadre, compañero y amigo de juergas y celebraciones, amigo también de doña Angélica, tuvo el coraje de llamarle la atención.

Con mucho tino y sin tratar de herirlo en lo mínimo, el doctor Víctor Leopoldo Colina, jefe del hospital, también lo llamó a su despacho y, sin tapujos de ninguna clase, lo reprendió. Don Pedro sintió que el mundo se le venía encima. Claramente se dio cuenta que estaba ofendiendo a su esposa y a sus hijos con este amor insensato. Que estaba perdiendo la ecuanimidad y que su nombre comenzaba a ser mentado con sorna y hasta con desprecio. Era muy dramático lo que le estaba ocurriendo, pero también se dio cuenta que ese amor que le había surgido, no sólo le estaba haciendo daño, sino que ya no podía sacarlo de su corazón. Como un náufrago desesperado se había aferrado al amor de la muchacha. (Los viejos creen que será su última experiencia y persisten en vivirla hasta las últimas consecuencias y, para ello, se obnubilan y pierden el control. Se vuelven adolescentes y quieren seguir soñando). Así, tras un prolongado tiempo, obstinado por ese amor prohibido que  ya no puso arrancar de su vida, urdió una salida. La llevó al Hotel Central y al registró como pasajera. Ese sería su aposento para sus encuentros prohibidos.

Lo que no supo es que, sus hijos Pedro, Hugo y Chale, se habían unido a sus amigos Lucho y Gustavo Raéz, “Timbre” Alcántara, “Memo” Rosazza, “Billy” Castillo, con el fin de cortar de raíz estos amoríos que estaba dañando la tranquilidad de su hogar. Un día que don Pedro estaba en el trabajo, llegaron al hotel donde se alojaba María Sierra y la conminaron para que al día siguiente abandonara la ciudad, caso contrario: “Nosotros sus hijos, te echaremos a patadas de la ciudad, completamente desnuda”. ¡¿Eso es lo que quieres?! Tú no puedes seguir aquí. Tus estúpidos amoríos está haciendo sufrir a nuestra madre y a toda la familia, por eso estamos decididos a darte una buena paliza si no te largas!”. Fue suficiente.

Al día siguiente, cuando don Pedro, llegó al Hotel, le dijeron que en horas de la madrugada la muchacha había salido llevando su equipaje, sin decir a dónde iba. Punto.

Él decidió ir a buscarla. Sus amigos del alma, temerosos de que pudiera realizar alguna acción desesperada e inconveniente, decidieron acompañarlo en espectacular comitiva. Era extrañamente coincidente que don Pedro y Juanita cumplieran años el 29 de junio, día de San Pedro, santo patrono de Yanahuanca y, por lo tanto, triple motivo de celebración.

Hacia allá viajó la comitiva reforzada por el cuadro de músicos del “Filarmónico Andino” del que don Pedro era su presidente, además de una bien dotada parafernalia de tragos, cohetes y “bocaditos” especiales.

La noche del 28 –previamente convenido- a la ventana de la hermosa yanahuanquina, la gran orquesta hizo escuchar por primera vez el huaino, letra y  música de don Pedro Santiváñez Castillo, titulado precisamente “Ingrata Yanahuanquina”. Todos cantaron muy emocionados, acompañando a don Pedrito a voz en cuello.

Demás está decir que el debut fue auspicioso. El huainito gustó a la homenajeada y, por sus letras y música pegajosas, se convirtió en el “hit” del momento. No obstante la música y la variedad de regalos, la joven mujer no se encontraba muy feliz. El tiempo y la distancia habían menguado el calor inicial de aquel desigual romance. Después del homenaje consabido, hombre y mujer buscaron un apartado lugar donde hablaron detenidamente. Sin duda aquella noche decidieron la separación definitiva por obvias razones. El caso es que todos notaron a las claras que don Pedrito, acababa de perder definitivamente aquel amor arrebatado e inconveniente, que lo encerró en un mundo de tristeza profunda.  Nunca se supo de lo que hablaron pero pronto quedó en el olvido aquel viaje de aventura amorosa pero en el atildado cancionero cerreño quedaba como una gema más de nuestro cante, aquel huainito  fruto de un amor otoñal.

INGRATA YANAHUANQUINA

 

Ingrata yanahuanquina                            No se puede, no se puede

con mi dolor te diviertes,                         olvidar a quién se quiere

si tengo culpa alguna.                               Porque el amor verdadero

¿Por qué no me das la muerte…?                       al pie de la tumba muere.

¡Qué tranquila estás durmiendo                         Sí se puede, sí se puede

con tus cabellos tendidos!                        Olvidar a una ingrata,

El consuelo que me queda:                       porque el amor mal pagado

¡¡Soy el dueño de tus sueños…!!              Viene el diablo y se lo lleva.

 

Letra: Pedro Santiváñez Castillo                         Música: Graciano Ricci Custodio                                                           

                                              

                                                          

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