JOSÉ ARNALDO MELGAR MÁRQUEZ

Jose arnaldo marquezInmediatamente después de detener a los implicados en la revolución del Cerro de Pasco, en cumplimiento de la “Ley de Emergencia”, de l9 de enero de  1932, el Comandante Demarini instaura un proceso sumario. Entre los complotados están, el ingeniero Pedro E. Muñiz; Gerardo Patiño López, direc­tor de EL MINERO y el periodista Víctor Rodríguez Bao. También están, Car­los Maldonado, Donato Camargo, Luis Loya, Miguel  Inocen­te, Juan Antonio Languasco, Sergio Zamudio, Alejandro Rodrí­guez Albor­noz, Segundo Leiva, Nicéforo Pehovaz y, un joven que estaba por cumplir dieciocho años de edad: José Arnaldo Melgar Márquez. 

José Arnaldo Melgar Márquez, cara de niño, juguetón y proclive a las bromas era el más indignado de todos y, siempre que se presentara la  oportunidad, ma­nifestaba que era “necesario aplastar a la alimaña que se había adueñado del poder y que era imperativo acabar con él”. Natural­mente, en consideración a su juventud –estaba por cumplir dieciocho años-  no le prestaban mucha atención, pero él, iba tomando conciencia de la idea concebida en su cerebro y que, una vez  en libertad, lo llevaría a cabo. Su inquietud juvenil, be­li­gerante e inconforme, en conversaciones con los presos mayores, había sopesado la nefasta actitud del tirano. Estaba fresca la afrenta hecha a nuestro pueblo y a nuestras mujeres al cambiar la sede a la capital de departamento de Junín. Nadie había olvidado el cruento martirio el joven luchador cerreño Gamaniel ­Blanco Murillo torturado hasta lo inhumano por su expresa disposición. El fraude electoral en donde se le señalaba como ganador en el Cerro de Pasco, en un pueblo que lo odiaba a muerte. Todavía se escuchaba el llanto de madres, hijas y viudas de los siete mineros asesinados por la represión a la subida de Santa Rosa, el 7 de setiembre de 1930.

Más tarde el historiador José Luis Rénique, diría: “Un largo período de represión acompañó al fortalecimiento del Estado central ocurrido durante los 30 y 40. Comunistas y apristas fueron proscritos del sistema político mientras la élite agro-exportadora recuperaba las posiciones de poder de las que había sido parcialmente desplazada en 1919″.

Para entonces, el Ministro de Gobierno y Policía, era Luis A. Flores, comandante de  turbas vestidas con camisas negras. El despreciable esbirro que comandaba la represión era  Damián Mústiga, el canalla que orquestó las torturas y la muerte de Gamaniel Blanco. De aquellos años es el siguiente testimonio vertido por Juan Seoane en las mazmorras del sexto en su intensa novela autobiográfica, “Hombres y Rejas”.- “…Me llevaron a un patio que daba una pieza mal alumbrada siempre para que no pudiera conocer quiénes eran los inquisidores que dirigían las torturas desde la sombra. Sin embargo vi unos guantes patito… Primero me colgaron de los pulgares ¡yo sentí que me arrancaban algo, desde la misma raíz de los sobacos!.Con el dolor brutal, ¿Quién no grita lo que quieren que uno diga, lo haya hecho o no?….Felizmente, ¡felizmente! Me desmayé, porque con lo que me querían hacer cantar me hubieran acumulado condenas… Me bajaron, gritando que era un mañoso. Yo no temblaba ya, me estremecía de nervios y de frío… Entonces me hicieron parar sobre un banco y me amarraron las muñecas con unas sogas, sobre trapos mojados. Las sogas pasaban por la ranura de una polea… ¡Ya me iban a colgar otra vez!… Me estaban castañeando  los dientes, sentía que mis ojos se dilataban, que se me iban al fondo del cerebro, cuando de pronto una patada en el trasero y un empellón al cajón, me dejaron colgado. Sentí una cosa horrorosa; se me rompían los brazos; se me abrían los cartílagos de los huesos en la caja del cuerpo, hasta los hombros; se me estiraban los riñones con un dolor que me torcía las entrañas, las piernas se me zafaban  por las ingles, por las rodillas… ¡Era que se me habían colgado de los pies!…Al mismo tiempo me golpeaban la espalda con un saquito de arena. Fue un instante, un ahogo, se me vaciaron los pulmones enteros, me desmayé. Cuando volví en mí, empapado a baldazos empecé a revolcarme en el suelo con calambres en mis intestinos retorcidos, con una sensación dolorosísima de tirantez en todo el vientre, hasta las ingles. ¡Los bárbaros me habían estrujado los testículos!. Yo gemía como una bestia. Estaba desnudo y sucio con mis excrementos, pero no había terminado. La fuerza del dolor no me dejaba hablar. Mas luego, fue peor. Me pusieron en una especie de potro, boca abajo, desnudo como estaba, con las piernas y los brazos abiertos, en aspa, la cabeza colgando… Cada pie y cada mano me los tenían sujetos en los huecos de unas prensas. Me pusieron trapos mojados sobre el cuerpo y empezaron a flagelarme. Sentía mi carne herida, ardiente como el fuego. Estaba ya destroncado y tenía que soportar más todavía. Con unas varillas flexibles me chicoteaban las plantas de los pies. Entonces empezaron a voltear un tornillo y a dislocarme el cuerpo. Yo me sentí desgarrado por dentro, parecía que los tendones se me iban a romper en el estiramiento, que los huesos se me separaban unos de otros, se me partía la cintura, se me iban a quebrar los hombros; creo que daba alaridos. De repente algo se reventó dentro de mi cuerpo y empecé a botar sangre. Sentí que se me vaciaban los intestinos…Tuve un vértigo. Me estaban echando baldes de agua. Empezó la tortura otra vez. Frente a mí estaba chiquito, contrahecho, el ministro, riéndose con cara de diablo: “Sigan hasta que cante” –decía- Vi sus anteojos como espejuelos; tenía guantes claros  y como un mono sádico agarraba a una mujer por la cintura. Todo a través de un sudor porque yo me volví a desmayar… Me desperté sobre la tierra con el cuerpo descoyuntado, molido, iba a hablar, pero ya no me preguntaron más… Desde entonces me he quedado así como soy ahora, zafado de la cintura”.

En este estado de cosas, llegamos al domingo 6 de marzo de 1932 en que José Arnaldo Márquez intenta victimar a Sánchez Cerro en la iglesia Matriz de Miraflores. Aquella mañana, orondo, condecorado y desafiante, salió Sánchez Cerro de Palacio de Gobierno acompañado del Jefe de la Casa de Gobierno, Antonio Rodríguez y por el Edecán Mayor Luis Solari Hurtado, llegando a la Iglesia a las once y cuarto de la mañana.

En la Iglesia, entró primero el Coronel Antonio Rodríguez antecediendo al tirano que eraJose arnaldo marquez 2 seguido por su edecán. Al llegar la comitiva a la altura de la puerta lateral izquierda, en forma sorpresiva, blandiendo una pistola surge Melgar Márquez que le dispara a una distancia de más o menos cuatro metros. El estruendo del disparo originó una gritería entre los presentes. Sánchez Cerro se desploma. Todos lo creen muerto. Sin embargo gracias al estuche metálico de los lentes que portaba en el bolsillo izquierdo de la polaca, la bala que iba destinada al corazón, se desvía y lo hiere en el hombro. Melgar trata de seguir disparando y, en ese instante, una bala disparada por Rodríguez lo hiere. Se da cuenta que la situación es muy riesgosa y trata de huir, pero mal herido, no puede trepar el enrejado de la Iglesia y cae prisionero en manos del Prefecto y del coronel Rodríguez.

La Iglesia es un maremágnum de gritos y desmayos, de correrías e imprecaciones. Con la celeridad del caso, el herido es trasladado a la clínica Delgado. En tanto, sin hacer caso de sus heridas, Melgar es recluido en la Intendencia de Policía donde, con gran presencia de ánimo, declara ser el único culpable del atentado.

Los miembros del Congreso Constituyente con el fin de contener la avalancha de indignación se reúnen en sesión extraordinaria. Luego de acalorada discusión, acuer­dan sancionar la Ley Nº 7060 que restablece la pena de muerte en el Perú y la confirmación y funcionamiento de las Cortes Marciales para juzgar delitos políticos y sociales. Todo es rápido.

El 13 de marzo de 1932, basándose en la ley Nº 7491, la Corte Marcial condena a la Pena de Muerte a José Arnaldo Melgar Márquez y a Juan Seoane. Con­tra ­los otros acusados se dictan penas de penitenciaría.

Los “sanchecerristas” pedían la pena de muerte implantada por el crucial momento que se estaba viviendo, pero en este momento surge la figura de un probo y valiente jurisconsulto, el doctor Diómedes Arias Schereiber, Decano del Colegio de Abogados de Lima que, con coraje, se enfrentó al desborde pasional de esos momentos. En oficio dirigido al Presidente de la Constituyente, decía

Que no se podía juzgar con una ley salida horas después del atentado, porque ninguna ley tiene efecto reatroactivo. A  esta ejemplar y serena voz, se une la  enérgica actitud  de una distinguida matrona limeña, doña Juana Alarco de Dammert que no obstante ser contraria las ideas del fallido magnicida, fue enérgica en su lucha porque éste fuera juzgado dentro de la ley que regía al producirse el delito y, esto, por un Tribunal Civil. A esta otra valiente actitud se sumaron la  intercesión de autoridades universitarias y eclesiásticas, los pedidos de Acción Católica y las presiones internacionales que finalmente consiguieron la conmutación de la pena salvando la vida de los condenados, Melgar y Seoane.

Lo que hicieron los  esbirros en contra de estos dos hombres, fue terrible. Años más tarde, evocando la figura de Melgar, ciego y destrozado por la tortura en prisión, Seoane escribiría: “La descolorida figura de Melgar aparece vacilando en la sombra como un espectro blanco. Tienta el vacío con la mano derecha, la izquierda lleva en cabestrillo. Se abren sus ojos ciegos… ¿Mirando qué…? bajo la frente envuelta en vendas. Tiene el pantalón desgarrado, sucio de vómitos y de sangre. Va sin camisa, con el saco sobrepuesto en el hombro, desnudo el pecho. Una linterna bambolea reflejos sobre su desencaje. En su cara burilada en marfil, la palidez de la muerte y el ansia incierta de los ciegos traen en recuerdo de la tortura mística de las efigies medievales. Mi angustia ha quedado en suspenso, Miro extático a través de la luna, Melgar pasa muy cerca, amparado por el brazo del caporal. Yo que no sé ni lo que puedo hablarle, oigo de pronto que mi voz va rasgando la contracción de mi garganta:

— ¿Pepe, estás mejor… ? No sé si me oye pero el agente me interrumpe.

— Está prohibido hablar con éste….! (Hombres y Rejas: 36).

Respecto de la libertad conferida a José Melgar Márquez después del triunfo del Frente Democrático Nacional, tras las elecciones generales de 1945, Luis Alberto Sánchez dice: “José Melgar era el más antiguo de los reclusos por causas políticas. Llevaba allí trece años, cuatro meses y veintidós días, había entrado a los dieciocho años, menor de edad, y cumplía ya los 32 años. La trémula noche que lo depositaron en la enfermería del panóptico, herido en la cabeza y en el brazo por sendos disparos, acababa de cumplir los 18 años”

Es indudable que quien siembra vientos, cosecha tempesta­des. En dieciséis meses de gobierno, en medio de una  virulencia exacerbada, mantuvo la vigencia de la Constitución de 1920; promulgó la Ley de Emergencia el 9 de enero de 1932, instrumento que le sirvió para una represión sangrienta, la deportación de la minoría parlamentaria de oposición, la clausura de la Universidad de San Marcos en cuyos claustros se hallaba la más férrea oposición; el 7 de julio se efectúa la revolución aprista que terminó con la vida de centenares de civiles y militares. El tirano que en su haber había sumado la sangre de otro heroico cerreño, el comandante Gustavo Jiménez “El Zorro”, militar honrado y distinguido, asesinado en Paiján por sus esbi­rros, seguía con sus medidas impopulares y después de un año y un mes del atentado de Melgar, va a caer víctima de las balas de otro cerreño, Abelardo Mendoza Leiva. Esa es ya otra historia.

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