LOS SANGUINARIOS DE POMAYARUS (12 de agosto de 1908)

los sanguinarios de PomayarusSe vivía la época en la que los bandoleros serranos ejercían el imperio de sus salvaje accionar en toda la zona pasqueña. El Escuadrón de Gendarmes de Caballería que debía resguardar este territorio no se daba abasto para combatirlos. En la ordenanza emitida por la autoridad policial del país se estipulaba: “La Guarnición de Gendarmes de la Infantería del Cerro de Pasco queda refundida en la Guardia Civil y en el Escuadrón de Gendarmes hasta completar su dotación, así como todas las demás facciones de fuerza que existen destacadas en diversos lugares del Departamento de Junín” -.- Regístrese y comuníquese. Rúbrica de Su Excelencia. Julio de 1908”.  En realidad, ésta era una declaración lírica sin ningún efecto práctico porque los fondos destinados al pago de sus haberes tardaban mucho o jamás llegaban. Los gendarmes estaban descontentos e incómodos. Esto lo sabían muy bien los abigeos y rateros de toda la provincia pasqueña. Los ganaderos estaban librados a su suerte, sin ninguna protección estatal.

El agravante  no era solamente el robo y su secuela de abusos; lo más grave es que estos salvajes  actuaban con un ensañamiento sangriento que mucho tenía que ver con sus abusiones y creencias. Ponemos por ejemplo el grave hecho de sangre que tuvo por escenario la Hacienda Pomayarus de propiedad de la señora Isabel Franco viuda de Arias, cuyo móvil fue el robo de ganado lanar. El informe policial que se hizo conocer a través de los periódicos fue el siguiente:

“Hacía algún tiempo que Antonio Loyola, yanacón de la hacienda, había recibido de su matrona, la señora Isabel Franco, 700 cabezas de ganado lanar para alojarlas en su estancia  “Uscumachay”, ubicada a dos leguas de la Casa-Hacienda. Loyola puso este ganado al cuidado de sus tres hijos. El mayor, Cirilo, de 17 años de edad, el segundo, Zenobio, 12 y, la tercera, Domitila, de sólo nueve. Estas criaturas tranquilas y entregadas a su vida pastoril vivían en aquella soledad de relativa pasividad, sin sospechar que eran espiadas por ojos escrutadores que fueron tomando nota del valor de sus encierros y las costumbres que observaban en la estancia. El padre de los jóvenes, Antonio Loyola, vivía con su esposa y el resto de su familia en otra estancia distante algunos kilómetros”.

Los ladrones de ganado, bárbaros aventureros de horca y cuchillo que infestaban la provincia, dirigieron bien pronto sus siniestras miradas a esa indefensa cabaña y la noche del domingo 12 de agosto de 1908, dominados por su ferocidad sin límites, se precipitaron a apoderarse del ganado que custodiaban esas infelices criaturas.

Cuando despertaron, los jóvenes decidieron enfrentar a los ladrones oponiéndose valerosamente a que se llevaran su ganado. No tenían armas de ninguna clase, tan solo su voluntad y valentía para no dejarse avasallar. Fue inútil. Locos de ira los salvajes abigeos los persiguieron a campo traviesa y al alcanzarlos los  cogieron de los pelos, los tumbaron y los maniataron. Sin hacer caso de sus ruegos y sus gritos implorando piedad, los cosieron a puñaladas, les cortaron la lengua, les sacaron los ojos y los decapitaron salvajemente con una saña diabólica. Con las manos y ropas ensangrentadas, después de la degollina, bebieron sendos trago de cañazo, subieron sobre sus cabalgaduras y se marcharon. Dejaban los tres cadáveres horriblemente mutilados y libres, de obstáculos, se llevaron consigo todas las cabezas de ganado.

Al día siguiente, muy temprano ya que no había podido conciliar el sueño toda la noche por una negra premonición, Loyola fue en busca de sus hijos. Lo que encontró casi lo vuelve loco. No podía creer lo que estaba viendo. Los cadáveres de sus tres hijos completamente decapitados con las cabezas lejos de sus cuerpos, a decenas de metros distantes del albergue familiar.  Había charcos de sangre diseminados en casi todo el perímetro de la estancia. Con una desesperación conmovedora lloró junto a los cadáveres. Así lo encontró su mujer con la que compartió su desgracia. Algo más tarde, con algo de tranquilidad, puso en conocimiento del administrador de la hacienda Pomayarus, Julio Liborio Torres con quien se presentaron a sentar la denuncia correspondiente ante el prefecto. Éste con la premura del caso  impartió  órdenes apremiantes para la captura de los asesinos. En la subprefectura y la comisaría sospechaban que el cabecilla de esta horda de criminales podía ser Donato Chávez, avezado criminal y ex penitenciario prontuariado que vivía en la hacienda Chinche, limítrofe con la de Pomayarus.

Inmediatamente después de la reunión, contando con ciertos datos e informes pertinentes, el Subprefecto Accidental, señor Aníbal Dall’ Orto, se dirigió al lugar de los sucesos para capturar a los autores del espantoso homicidio triple.

Enterado del hecho de sangre y la indignación al tope el pueblo minero vio a la comisión salir a las dos de la tarde bajo las órdenes del mismo subprefecto  Dall´ Orto en busca de los asesinos. Todos los policías y voluntarios que los acompañaban, llevaban la consigna de traer vivos a los delincuentes para que mediante un juicio justo pudieran purgar sus delitos en la cárcel. Nadie podía perdonar el ensañamiento de estos criminales que habían  llegado al extremo de arrebatar la vida de tres inocentes criaturas.

Llegados al terreno encontraron abundantes huellas de personas y bestias que se dirigían a una de las estancias cercanas. El propietario de la hacienda al ser interrogado por la autoridad, sumamente nervioso  dio declaraciones contradictorias. Inmediatamente fue detenido y llevado preso al Cerro de Pasco donde el pueblo se hallaba completamente alborotado de indignación.

Se armó un gran revuelo cuando los cadáveres de las tres víctimas fueron transportados para ser reconocidos por los médicos legistas. Los cuerpos tenían un aspecto horroroso, completamente contundidos  y con las ropas en girones, demostraban que habían sido arrastrados antes de ser muertas. Se podía colegir que habían sufrido una muerte dolorosa por el mal trato que habían sufrido las arterias. Las tres criaturas habían sido degolladas con cuchillos de poco filo y sus manos tenían las uñas ensangrentadas cubiertas de hierbas y lodo, posiblemente al tratarse de asirse de hierbas y  tierra en momentos de ser arrastrados. Era una espantosa muestra de sanguinaria matanza a seres indefensos.

El Subprefecto  después de efectuar atinadas pesquisas comunicó al juez del crimen, doctor Blondet, todos los pasos seguidos en la investigación, poniendo a su disposición a todas las personas sobre que recaían sospechas fundadas. Estas personas eran: Juan Minaya, a quien se le encontró la camisa con manchas de sangre,  acusado de ser enemigo del padre de las víctimas. Los otros fueron, Placido Chávez, Federico Clemente, Agustín Espinoza, Lorenzo Cristóbal, Ramón Román, José Rojas, Raymundo y Aniceto Alaya, Teodosio Chávez y Santiago Minaya. Muchos de éstos eran vecinos de la estancia donde se efectuó la sangrienta carnicería y tenían cuentas pendientes con la justicia.

Tras un severo y “científico” interrogatorio y la presentación de pruebas contundentes, tuvieron que confesar al detalle la comisión de aquel execrable hecho de sangre. Todos los asesinos desalmados  fueron recluidos en la cárcel cerreña.

(FUENTE: EL MINERO ILUSTRADO).

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