LA CALLE DEL MARQUÉS

la calle del MarquesComenzaba el siglo XVIII en el floreciente Cerro de Pasco cuando atraído por la bonanza de sus vetas arribó el ambicioso español, José Martín de Muñoz y La Serna. Cansado de ser un segundón llegaba impulsado por conseguir su meta: Atesorar el oro suficiente para acrecentar sus caudales y un título nobiliario para hacer brillar su nombre. Desde el comienzo su empeño estuvo orientado a ese fin; jamás se detuvo ante ningún obstáculo para conseguirlo. Impetuoso e irreverente se llenaba la boca cuando sentenciaba: “¡Dios está en los cielos; el Rey está muy lejos; ergo: Yo mando aquí!”. No aceptaba réplica alguna. Su palabra era ley. Gobernaba con la férrea tiranía de su látigo. Con el paso de los años fue abarrotando sus arcas con caudales amasados con el sudor y sangre de los humildes japiris, asperjados con lágrimas de sus viudas y huérfanos. Con esta malhadada fortuna y firmado por el mismísimo Rey de España, adquirió el título nobiliario de Marqués. Tanto habían sido los marcos de plata cerreña que, por la misma regia disposición se le facultaba a colocar delante de su sonoro nombre, la Disposición de Orden Noble (DON) para él y para su familia. Al final quedó registrado el siguiente título: Don José Martín  de Muñoz y la Serna, Marqués de Santa María de Pacoyán. “Como vos –rezaba la Real Cédula- nos prestasteis notables y grandes servicios con el sostenimiento de las arcas reales, os concedemos ser hijodalgo y un escudo de gules partido en dos cuarteles; en uno de ellos, alusivo a vuestro nombre, la corona de Santa María de la Inmaculada Concepción, en oro, y el otro, en plata, un alcaraván, símbolo de vuestra soledad en aquellas altas sierras, y de vuestro empeño y nobleza. Este escudo simboliza vuestra grandeza nunca quebrantada por la soledad ni las privaciones que padecísteis y, por todo ello, declaramos hijodalgo a vos y a vuestros hijos y nietos, y a todos los que os sucedieran por vía legítima; ítem, el uso de Don antepuesto a vuestro nombre, el mismo que ha de ser mercedado a los vuestros por siempre jamás”.

Organizó quince días de fiestas rumbosas para celebrar en grande la recepción de su título nobiliario. El primer día, ocho de diciembre, día central de la Inmaculada Concepción de María, su Matrona, hizo su primer paseo portando su estandarte nobiliario, bordado con hilos de oro y plata e incrustaciones de diamantes. Iba sobre un poderoso caballo chileno de gran alzada y noble estirpe que proclamaba la gallardía de su persona y la riqueza de su suerte. Iba vestido, con una riquísima tela musga bordada toda de oro y aljófar, una gorra encarnada, cubierta con finísimos diamantes con tres cañones de oro formados en la cabeza y las de un águila del mismo metal de las cuales salían unos penachos de plumas blancas, carmesíes, azules y verdes, cuyos troncos subían unos para arriba y otros se derramaban hacia abajo cubriendo parte de un mantón de brocado azul que prendía del hombro izquierdo y daba media vuelta por debajo del brazo derecho. Toda la crin y cola del caballo cubiertas de cadenas de perlas y los revestimientos eran de brocado índigo bordado de piedras preciosas. Acompañábanle todos los vecinos notables del pujante pueblo minero en caballos y mulas ricamente aderezadas.

En la noche se encendieron grandes luminarias con multitud de juegos artificiales. Al día siguiente, la misa fue solemne con asistencia de invitados regios y pueblo en general. Grupos de danzarines escoltaban a la Virgen. Los días siguientes hubo corridas de toros, torneos y escaramuzas de caballeros. Todos los días –derroche de vinos españoles- hubo soberbios banquetes para la nobleza como para la plebe que gozó óptimamente.

Estando su nombre en la cumbre de la opulencia hizo venir a una hermosa mujer –primera novia de su juventud- para hacerla su esposa.

Este noble y principal señorón se avecindó en una de las calles adyacentes a la Plaza Chaupimarca. Con piedras de Quilcaymachay y reputadas maderas extranjeras, alarifes y carpinteros, construyeron un palacete en cuyo frontis lucía, tallado en “alaymosca”, el novísimo título nobiliario. A partir de entonces, aquella rúa minera quedó bautizada con el nombre de: La calle del marqués.

En su camino inexorable, los días vieron discurrir la vida del soberbio reyezuelo que todo lo tenía a sus pies, riquezas, honores y una bellísima mujer cuya hermosura iba aparejada con su virtud y recato. No obstante el marqués no era feliz. En vano veía transcurrir su juventud esperanzada. Año tras año, la frustración le propinaba recios golpes a su orgullo: No podía tener hijos. Infructuosamente había buscado entre médicos y curanderos, el tratamiento para su manifiesta esterilidad; impotentes fueron las curas con abundante wanarpo y florecidas macas. No hubo caso. Cuando las primeras hebras blancas emergieron en su encrespada cabellera sintió que la vida se le estaba yendo apresuradamente. Su infecundidad no sólo lo atormentaba, sino que, como estigma fatal, hizo nacer en su alma la violencia de un monstruo más temible y cruel: Los celos. Se pasaba largas horas suponiendo lujuriosas ocurrencias que nunca habían sucedido y los que su bella y aún joven mujer, era la libidinosa protagonista.

Con el ánimo doblegado por tantas preocupaciones y sobresaltos, hizo venir a un sobrino suyo para que administrara sus negocios. Su llegada constituyó todo un acontecimiento. Él, ya libre de responsabilidades laborales, su tiempo lo dedicó a su bellísima consorte. Con asiduidad ejemplar la llevaba a los saraos que continuamente organizaban sus enriquecidos paisanos; correspondiendo él, como es mandato de cortesía, todas las atenciones recibidas; pero, amoscado por las deferencias mostradas hacia su compañera de parte de jóvenes y viejos, decidió esconder aquella joya entre las cuatro paredes de su palacete. A medida que transcurrían los días, sus celos enfermizos lo castigaban tenazmente. En sus afiebradas suposiciones enredó a su sobrino con su mujer. Escondiéndose entre los cortinajes y pasillos, espiábalos sin tregua. Su insania le decía que en algún momento les sorprendería “in fraganti”. A tal extremo llegó su aberración que determinó no recibir la visita de ningún hombre porque suponía que vendría por su mujer.

Una noche que su mente alucinada había entretejido una espectacular patraña, no pudo más. Rojo de fiebre invocó a Satanás.

  • ¡Oh señor de las Tinieblas!… ¡Oh Príncipe del averno!… ¡Venid a mí que preciso de vuestra ayuda! –No había terminado de invocarle cuando, entre una nube de hediondo olor a azufre, apareció el diablo.
  • ¡Aquí estoy!… ¿Para qué me habéis llamado? – Dijo el maligno con voz cavernosa y un fétido regüeldo.
  • ¡Os he invocado, señor de la oscuridad, para que libréis de los celos a mi pobre corazón!….
  • Sobre vuestro corazón y voluntad, sólo el que veneráis puede salvaros. ¡Lo único que yo puedo hacer es matar a quien mancilla vuestra honra!…

Al oír tal afirmación, el Marqués cobró la certeza de que sus sospechas eran ciertas y en el límite del paroxismo, gritó:

  • ¡Ya lo sabía!… ¡Ya lo sabía!… ¡Ella me engañaba… ella me engañaba!… ¡Tengo que matar al traidor!.
  • ¿A cambio de qué?. –Preguntó Satanás.
  • ¡De mi alma! –Respondió ajeno a lo que decía. El diablo, que no pierde la oportunidad de ganar almas para el infierno, subrayó: Está bien. Mañana, exactamente a las doce en punto de la noche, pasará por vuestra puerta el personaje que os deshonra. ¡Vuestra merced ya verá lo que hace!.

Al día siguiente, con el corazón palpitante y preso de una extraña agitación, esperó agazapado en el quicio de su puerta, cuidando que los contadísimos transeúntes que pasaban no pudieran reconocerlo. Llegada la medianoche, distinguió a un arrebujado personaje que cubierto con grueso poncho caminaba por su puerta. No lo pensó dos veces, armado de un agudo puñal acometió al desconocido y luego de asestarle feroces estocadas lo liquidó al instante.

Era extraño, no obstante lo horroroso del crimen, el Marqués se sentía extrañamente satisfecho de haber lavado su honra con la sangre del embozado. No había estado tan contento en mucho tiempo. Así se encontraba en su pieza cuando se presentó el diablo.

  • !No os creáis liberado del ladrón de vuestra honra!. El hombre que ayer matásteis, era un modesto minero que iba a descansar, a dejar el fruto de su trabajo para sus hijos. Si murió fue porque yo así lo dispuse.

Aquella misma noche, siguiendo las instrucciones del maligno, el Marqués volvió a hundir la daga en el cuerpo de un individuo que sorprendió a su puerta. Cuando asomó el candil para ver el rostro de la víctima, quedó helado de espanto. Envuelto en una capa oscura yacía su propio sobrino que, sin duda, aquella noche retornaba a descansar. En aquel momento, como un milagro, recobró la razón y consciente de la monstruosidad que había cometido acudió ante un misionero franciscano –tan sabio como comprensivo- que con gran paciencia escuchó las confesiones de todas  sus culpas.

  • Es aterrador lo que habéis venido haciendo hijo mío. Las vidas ajenas deben ser respetadas como propias. En vuestro desmedido afán de posesiones, habéis permitido que los hombres humildes de vuestras minas mueran atrozmente descalabrados. Y no sólo eso, sino que poseído por los celos, habéis dado muerte con vuestras propias manos a tres hombres inocentes. Esos, hijo mío, son pecados mortales…
  • De los cuales me arrepiento, padre…
  • Para perdonar vuestras gravísimas culpas, es menester que cumpláis unas grandes penitencias…
  • ¡Lo que digáis padre!… ¡Lo que vuestra merced mande! –Respondió contrito y muy emocionado el pecador.
  • Primeramente, vais a entregar un considerable donativo a cada una de las familias de los pobres indios de vuestras minas…
  • ¡Así lo haré padre, así lo haré!…
  • Y desde ahora, todas las noches, llueve o truene, tendréis que ir diariamente a la plaza Chaupimarca, y de rodillas, debajo de la horca, rezaréis un rosario completo por cada uno de los hombres que matasteis…
  • Bien, padre, bien…

Y así lo hizo. En cumplimiento de esta sacerdotal disposición, el Marqués de Santa María de Pacoyán, lleno de arrepentimiento y dolor, entregó muy buenos doblones de plata a las viudas de los japiris y fue a rezar al rosario en su primera noche. Desde su llegada, azotado por un viento helado y silbante, de rodillas sobre el empedrado y bajo el sombrío cadalso de la plaza, el penitente comenzó a rezar el rosario con gran devoción.

Habían transcurrido varias horas y amanecía. Finalizada su penitencia el Marqués disponía a levantarse con las rodillas entumecidas, cuando en una de las calles colindantes con la plaza, alcanzó a oír un coro de voces infantiles que muy claramente decían.

  • ¡Un padrenuestro y una avemaría por el alma del marqués!

Presa de terror, que las voces habían originado en su espíritu, el noble cumplió con la penitencia.

Su confesor quedó muy intrigado cuando le narró lo sucedido, pero le conminó a que siguiera cumpliendo con su castigo. El resto de noches ocurrió lo que la primera. Siempre la misma contrición y las mismas voces infantiles a la culminación de la misma.

Ya había cumplido trece noches de disciplina con el añadido del Padrenuestro y el Avemaría  por su alma, cuando aquella madrugada, a la aparición de los primeros rayos del alba, vio que por la calle Chancayana, se acercaba una procesión. Las voces infantiles eran límpidas y blancas, las salmodias y los rezos fascinadores.  Vio en las andas, níveas y sublimes, la imagen de la Santísima Virgen del Carmen. Los que la llevaban eran hombres y mujeres muy jóvenes y bellos. En la idea de que la procesión sería culminación de su dolor y su perdón, se acercó compungido con la cabeza gacha delante de la imagen.

Fue todo.

Aquella nubosa mañana, las trabajadoras gentes del pueblo, encontraron macabramente rígido el cuerpo del homicida penitente colgado de la horca.

Los ángeles, que no podían olvidar los crímenes cometidos por el Marqués, lo habían ahorcado.

la calle del marques 2 Continúa

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