UN DÍA DE NIEVE EN NUESTRO PUEBLO

un día de nieveEs un mediodía invernal de diciembre en la ciudad minera. La nieve ha comenzado a caer inmisericordemente hasta envolver en una bruma espectral a la plaza Chaupimarca. Es día domingo. Los grandes comercios, el cine y residencias del lugar tienen las puertas cerradas, acurrucadas como están por el frío. Terminada la misa, los fieles se han retirado a sus casas. Llegadas a ellas se arremolinarán en derredor a la estufa familiar de la sala o en el acogedor y cálido ambiente de la cocina donde se han preparado caldos guisos y frituras que habrán de ser ingeridos en el almuerzo familiar.

Para esta época, los muchachos de la escuela nos divertíamos fabricando gigantescos muñecos de nieve. Comenzábamos con una bola que hacíamos rodar en todas las direcciones mientras crecía y crecía hasta alcanzar dimensiones colosales. En las pequeñas treguas de descanso, nos frotábamos las manos azulinas y heladas de tanto helor para luego seguir con la tarea. Echábamos aliento caliente sobre las manos y el vaho vaporoso nos hacía parecer pequeños dragones con sus lenguas de fuego. Juntadas varias bolas, la más grande la poníamos debajo (las piernas) y, encima, una mediana (el torso). La más pequeña, iba encima; era la cara del muñeco al que le hacíamos ojos, narices y todo. Para ello invitábamos al artista del salón, mi amigo “Peyo” O´Connor, un niño extraordinario que con el paso del tiempo se convirtió en el más grade pintor autodidacta de nuestra tierra. El con una asombrosa habilidad tallaba los rasgos del muñeco semejando a los más pintorescos personajes del pueblo. Previo a eso, hacíamos un agujero en el “panza” del muñeco y le echábamos un poco de carburo, los gases apestosos salían por la “boca” a donde prendíamos fuego. El muñeco estaba fumando. Nuestra alegría era indescriptible.

Había grupos de vándalos que la emprendían a inclemente bombardeo de bolas de nieve con el fin de mortificar a los amigos. Éstos les respondían y de esa manera nos divertíamos de lo lindo.

Aquellos días, las personas que tenían que trepar a las partes altas de nuestra ciudad, tenían que sufrir serios resbalones. Calles estrechas y empinadas como, “Sal si puedes” un laberinto de callejones y pasajes muy riesgosos;

La nieve ha dejado en nosotros la impronta de su frío y belleza que no podemos olvidar. Para que tengan idea de ello les cuento que un día que acababa de llegar de Lima nuestro amigo Pablito Dávila, estaba con los amigos que lo rodeaban escuchando su conversaciones cuando la nieve arreció. Estábamos en el bar de Sergio Bustamante viendo caer los copos cuando, inopinadamente, Pablito salió al centro de la plaza y abriendo los brazos recibía placenteramente lo copos gigantescos y hermosos. No podíamos creer lo que estábamos viendo. ¡No pude resistirme! Nos dijo momentos más tarde. Después de años he sentido la caricia de nuestra nieve.

¡Cuántos recuerdos nos trae la nieve!

En esta otra placa, vemos a una madrugadora cerreña atravesando la plaza Carrión premunida de sus paraguas y my bien abrigada. La opacidad del ambiente es dominada por los tenues rayos de luz de los focos públicos.
En esta otra placa, vemos a una madrugadora cerreña atravesando la plaza Carrión premunida de sus paraguas y my bien abrigada. La opacidad del ambiente es dominada por los tenues rayos de luz de los focos públicos.

La nostalgia de aquel grato fenómeno atmosférico tan caro para nosotros los cerreños, nos ha concitado a reproducir el poema de “Damablanca” que se titula precisamente, La Nieve.

La nieve

(poema)

Cae menuda la nieve

cubriendo las aceras,

vistiendo las alas de los árboles,

apretando la risa de los campos

contra su corazón helado.

Cae sobre los lirios soñados,

sobre los parques dormidos.

Tiende su pálido destello

sobre los recuerdos escondidos

implacable, descalza:

enmarañada rima de la nieve

con el verso desnudo del invierno.

Helado corazón de gotas blancas

palpitando en el frío campanario

y en el íntimo curso del arroyo,

cae la nieve…

(Damablanca).

Nuestra vieja iglesia de Chaupimarca, acurrucada con el frío de la nieve que ha caído toda la noche. Los heroicos quinuales (Son los únicos árboles que pueden germinar aquí, cerca del cielo) resisten el peso níveo
Nuestra vieja iglesia de Chaupimarca, acurrucada con el frío de la nieve que ha caído toda la noche. Los heroicos quinuales (Son los únicos árboles que pueden germinar aquí, cerca del cielo) resisten el peso níveo
Las bancas del parque amanecieron cubiertas de nieve.
Las bancas del parque amanecieron cubiertas de nieve.
La nieve ha sorprendido al ferrocarril a la salida de la ciudad en una imagen cerreña que parece surrealista
La nieve ha sorprendido al ferrocarril a la salida de la ciudad en una imagen cerreña que parece surrealista
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