LA MULIZA (Segunda parte)

03.- LA MULA, ELEMENTO DE TRABAJO.

la muliza 2Ubicado en la parte más alta de las cumbres andinas, alejado del puerto de transporte de minerales y de los centros de producción de bienes de consumo, el Cerro de Pasco recibió el valioso aporte de un personaje muy importante en la actividad minera de entonces: el arriero. Éste no solamente debía transportar enormes masas de mineral desde los socavones hasta los ingenios ubicados a considerables distancias, sino también, de vuelta, conducir la madera, el carbón y la sal, elementos muy útiles para la metalurgia de entonces. La cosa no queda ahí; debido a que en la ciudad minera no se origina ningún producto alimenticio, éste debía traerse de considerables distancias. Tadeo Haenke, dice al respecto: “No obstante las asperezas del clima (el Cerro de Pasco) es una de las más recomendables poblaciones del reino, tanto por su crecido vecindario como por el mucho dinero que circula y hace todo el fondo de su comercio”(…) “Éste presenta en dicha villa el espectáculo más agradable a la contemplación de los curiosos, pues se ve llegar a los vecinos de Jauja, a expender sus harinas, a los de Conchucos que vienen con el mismo destino y con el de dar salida a la ropa que labran en su país, no obstante que también los de Huamalíes conducen los suyos; a los de Huaylas cuya importancia principal se compone de azúcar; a los de Huánuco que conducen la coca, chancaca, mieles, granos y frutas; y a los de Cajatambo y Chancay que transportan el ingrediente tan necesario de la sal. A esto hay que añadir el comercio de dos mil mulas diariamente, las que se emplean para la conducción de los metales cuyo dinero se paga al contado, reportando a sus dueños de esta suerte, ganancias ventajosas, siendo el alma de todo esto, la propiedad de la mina.” (07)

Los dos tipos de trabajadores que acabamos de ver, es decir, los transportistas de minerales e insumos y, los transportistas de alimentos, originó la división en MULEROS, los primeros y LLAMEROS los segundos.

“La sustitución parcial de la llama por la mula no se llevó a cabo sino a partir de los años 1600 a 1630. Hasta esas fechas, todavía circulaban recuas de cuatro a seis mil llamas, movilizadas en los trajines de la coca y del alcohol (…) En cualquier caso, las características técnicas de esos dos animales de carga son completamente diferentes, al igual que lo son su áreas de crianza, sus formas de propiedad, los tipos de comercio en que se utilizan etc.” (08)

Esta división se hizo más notoria cuando, extremadamente abundante como resultó la producción minera cerreña, la llama y el caballo resultaron débiles e insuficientes para el transporte de la metálica saca. La llama, por ejemplo, puede cargar hasta cien libras de peso cubriendo una distancia de diez leguas diarias y le es dramáticamente difícil vencer los ríspidos y agrestes caminos de la zona andina; por esta razón se recurrió a la solución ideal: la mula. Este poderoso híbrido, no solamente resultaba idóneo para el transporte metálico como había ocurrido en Potosí, sino también para el pisoteado de la plata en los ingenios. Su compra entonces se torna increíble: “dos mil mulas diarias en el mercado” dice Tadeo Haenke; Tord Lazo remarca: “(En el Cerro de Pasco) el comercio mayor se realiza con Quito por sus textiles y Córdoba, Salta y Tucumán, como proveedores de mulas para el trabajo minero”.

“Disponemos también de algunas evidencias sobre el stock de mulas y caballos en el Cerro de Pasco. Respecto de las primeras, que podía utilizarse  como animal de tiro pero sobre todo como medio de transporte, según una información de entonces -el mineral se transporta para su depuración y beneficio a las respectivas haciendas, viéndose ocupados en semejante trajín dos mil a tres mil mulas diariamente-. Respecto de los segundos un Estado del Número de Haciendas del Asiento Mineral de Pasco, hecho por Mariano de Rivero en 1827, contabiliza 586 caballos trabajando en los ingenios que molían y refinaban metales en las riberas de Pasco y Quiulacocha y en las quebradas de Pucayacu, Tullurauca y Ulcupalpa”(09). “Por esta razón la venta de mulas se hace extraordinaria. Las cerca de quinientas minas boyantes que se estaba trabajando en ese momento lo justifican. Pero la mula no se da así no más simplemente como el caballo o el burro; se necesita de una cría especializada que solamente se daba en el norte argentino, zona singularmente signada para  la cría y venta de mulas”.

“Ante tamaño auge de la venta de mulas, Córdoba (perteneciente a la provincia de Tucumán, aprovechando la disposición de sus valles que se transforman en excelentes y resguardados potreros, como hechos ex profeso, con tan sólo un cerco en las entradas. Entre propiedad y propiedad, los límites quedan asegurados a un bajo costo puesto que la naturaleza con sus vallados naturales, hace importantísima la separación ya que se utilizan pircas de piedras o arbustos muy abundantes en la zona. Aquí se producen entonces los grandes criaderos de mulas y los extensos potreros invernales, de tal manera que las tierras aptas de la sierra son ocupadas en su totalidad. Cuando el espacio se reduce por la abundancia de animales, los potreros se van extendiendo a la zona pampeana argentina, especialmente en dirección a Santa Fe. Para entonces Córdoba ya está saturada por más de 800 estancias. En esa época, por el sentimiento de cooperación, los animales pueden pastar en todas las extensiones sin limitarse a terrenos privados. Todo es comunitario. Al principio al menos, después se originarían los conflictos de propiedades (…) la cría de mulas ha invadido todos los terrenos y no hay lugar para la agricultura” (10).

El problema que representa la cría de este resistente animal consiste en que a diferencia del vacuno cimarrón que se produce libremente en los campos, la mula es un animal doméstico que exige ciertas técnicas para su reproducción y una especial dedicación en varias etapas que llegan hasta la venta, desde noviembre en que comenzaba la parición, hasta el 24 de junio, día de San Juan, en que comenzaba la hierra y la venta consiguiente. En todo ese tiempo hay que seleccionar y separar los conjuntos reproductores, cuidar de la alimentación de las pequeñas crías, capar a los machos, marcar a los animales con hierro, amansarlos y, la prueba más brava, arrear las enormes piaras hasta la zona de venta de los ventisqueros de Pasco. La mula con toda esta delicada tarea de carga, sólo podía estar a cargo de personajes especializados: los empresarios fleteros de Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Salta, Jujuy. Desde allí había que traer las mulas que la industria minera cerreña requería. “Allí hacen su trato con los que bajan del Perú a comprarlas” (11). Así los gauchos y cholos cerreños -llamados muleros por esta profesión-  conducían miles de mulas a través de las inmensas pampas argentinas y, trepando los nivosos Andes llegaban a nuestros predios.  

 04.- EL MULERO.

Este fue un personaje especial en la ciudad minera durante todo el siglo XVIII. Alcanzóla muliza 3 tal nombradía que, impresionado por su prestancia, audacia,   desparpajo y notable habilidad ecuestre, el pintor y arqueólogo francés Leoncé Angrand, lo plasmó en numerosos apuntes a pluma y en sus lienzos: EL MULERO.

 De rudeza proverbial gozaba de un profundo sentido de la libertad. Jamás, bajo ninguna condición por apremiante que fuera, la perdió para bajar a los socavones. Su vida era libre como los aires. Trashumante impenitente mercaba mulas y caballos para la carga y el transporte;  su negocio redondo consistía en la venta de mulas para el trabajo minero. De ahí su nombre. Generalmente era  joven, hijo de dueños de minas o de comerciantes que proveían de bienes a los mineros –se les llamaba “aviadores” por el negocio de los avíos mineros-; guitarrista, decidor, enamorado y “pata de perro”, su “profesión estaba como pensado para él  puesto que servía para saciar su sed de aventuras”.

 El amor, brújula alucinante de la juventud, atraía con fuerza extraordinaria a estos aventureros del transporte; tenían como los marinos, “en cada puerto un amor”. Guitarra en mano, serenateros y cantores, enamoraban a las parlanchinas tucumanas, entrerrianas, santiaguinas y cordobesas; pero de ellas, las más asediadas eran las de Jujuy que, como las pinta Carrió de la Vandera, eran las más pulidas y graciosas, parecidas a las sevillanas, con una correcta pronunciación del castellano, elegantes aunque no tanto como las limeñas; alegres y querendonas. Las de San Felipe de Real, más conocido por Salta, bellas, de rostro atezado, con largas cabelleras que llegan a cubrirles las caderas, trenzadas con hermosas cintas de colores. Cuántos amores no habrán dejado los muleros por aquellos andurriales de Dios.

Lo más notable de este bizarro jinete -hablando de su indumentaria- era su chambergo de amplias alas que le permitía, sin ningún menoscabo, resistir la fuerza de los granizos y las trombas de agua, la nieve implacable, el viento silbante y envolvente o las agudas esquirlas de las heladas nocturnas y amanecientes. Tal su resistencia. Era también cobertura providencial para atenuar los quemantes rayos solares de las inmensas estepas. Colocado sobre la cabeza, cubría su pelambre alborotada y rebelde que estaba contenida por vincha o pañuelo de color; terminaba en un barboquejo resistente anudado en el barbado y renegrido mentón o, al cuello, si se lo ponía a las espaldas. Era peculiar este chambergo viajero, oscurecido por vientos, lluvias, heladas y distancias.

Los pantalones de gruesa lana o “diablo fuerte”, tenían rodilleras y entreperneras de cuero sobre el calzoncillo de bayeta, sujeta con gruesa correas de cuero de grandes hebillas que no sólo servía para sujetar los pantalones, sino también para contener el “corvo” filudo, enorme puñal que era arma y utensilio imprescindible en la vida del mulero. Mucho semejaba al “Facón” gaucho. Las botas de media caña contenían el extremo de los pantalones y siempre llevaban las hermosas y tintineantes espuelas nazarenas de plata. El torso cubierto con camiseta de franela, encima una camisa de bayeta o jerga sobre la que portaba una pelliza de cuero con interior de lana y fuertes botones de cuerno de toro. Adherida a la chaqueta, una cruz hecha con la “Palma de la Pasión” bendita el Domingo de Ramos, para protegerse de rayos, truenos y tempestades. Y siempre, sin falta, a la grupa del caballo, una querendona vihuela para los momentos del alma que no eran pocos y, al lado, la cantimplora para el agua de vida. Cubriendo todas estas prendas, el poncho -bandera de vida, tremolante de aventuras- tejido en lana de vicuña cuyo abrigo era proverbial. A pie o sobre el caballo, el mulero cubría todo su cuerpo con este tradicional aditamento cerreño. Para la lluvia llevaba otro ligero poncho de hule impermeable que colocaba encima del anterior, evitando que éste se empapara. Llegada la noche, los ponchos y las caronas del caballo le servían de cama y la silla de almohada. En la mayoría de los casos, consultado con la expresión de los cielos de la ruta, ante la amenaza de lluvia, podían usar los toldos que los protegerían durante el sueño.

El correaje y montura de cuero portaban a un costado el lazo, el zumbador, enorme zurriago que hacía restallar en las soledades para forzar la obediencia del muleraje. A esto se añadía el fuete o fusta de cuero con incrustaciones metálicas.

El mulero cerreño había conseguido un mimetismo extraordinario con los gauchos del Plata, sus compañeros de conducción de las mulas. Igual valor, igual independencia, igual sensibilidad. Tanto fue su mimetismo que igual que el gaucho- como decía Alberto Félix Rivas al hablar del

(…) El canto creció en la pampa como viva expresión criolla. También en el vivac los gauchos empujaban la noche con canciones a la libertad al son de la guitarra. Se oían hasta muy tarde; y no sólo llenaban el pecho de aquellas figuras silenciosas perfiladas alrededor del fuego sino que alcanzaban a todo el campamento (…) El sentido musical le llegaba al criollo desde la infinita armonía de aquella naturaleza salvaje donde el mugido y el relincho redondeaban la idea del paisaje. Y ganaba ánimo en el afán de sacarse la tristeza hasta la superficie vital, para alcanzar cierta conformidad a sus desvelos” temperamento criollo: “Fácil es imaginar la tristeza del criollo por su existencia en permanente sobresalto y en su soledad, fácil de suponer también que, en tal estado, la música y la canción venían solas a sus labios. El gaucho desvalido sabe cantar. Ha oído los pájaros en el atardecer; ha visto el sol incendiándose en el horizonte; ha sentido hasta lo hondo del silencio de la pampa y la noche galopando en su sombra, ganadora de nostalgias y sueños. Ha sufrido la soledad y el recuerdo de esa potente nada, misteriosa y rotunda, aprendió a cantar

Continúa….

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