CUANDO EL CARRIÓN ESTUVO A PUNTO DE PERDER LA CATEGORÍA

Corría el año de 1957. El “Estudiantil Carrión”, representante del Colegio Nacional, se debatía en el último lugar de la tabla de colocaciones en la Liga de Fútbol. De seguir así era inminente su descenso. Sólo un milagro podía salvarlo. La angustia de los hinchas alumnos y profesores, era notoria. Su desempeño a lo largo del certamen había sido desastroso. No daba pie en bola. Muy pronto la angustia se trocó en cólera. Claro, el presidente no sabía atar ni desatar al frente del Club. Su mayor desacierto fue que, contando con excelentes alumnos que estaban jugando en otros clubes de primera, no quiso inscribirlos alegando “falta de experiencia”. La gota que rebalsó el vaso fue la catastrófica derrota ante el “Brigada Boys Scouts” un cuadro que no era cosa del otro mundo pero que le había infligido una goleada memorable: 6 a 0. Había sido su penúltimo partido. Ahora ambos compartían el último lugar. Tenía que ganar su último encuentro. Su rival sería el “Circulo Urano” de Buenos Aires. El pesimismo había hecho presa de los socios en general. Es entonces que, indignado como pocos, el profesor de inglés y gran deportista, Eugenio Pastrana Chamorro pide al director del colegio, doctor Carlos Vílchez Murga, una sesión general para contemplar el caso angustioso por el que estaban atravesando.

Aquella tarde, como nunca, la sala de sesiones estaba al tope. La expectativa era tremenda. Abierta la sesión, el director invitó al presidente del club, profesor Galarza –conocido en el ambiente deportivo como “Sancochado”- a que explique el porqué de la desastrosa actuación del club de fútbol. En medio de un silencio sepulcral dijo que había hecho todo lo posible pero que la “mala suerte” les perseguía y que por eso estaban de coleros.

  • Lo que ocurre, señor presidente –dijo el teacher Pastrana- es que mi colega Galarza, no sé por qué razones ha marginado, desde el año pasado a los excelentes alumnos que tenemos y que bien podía defender nuestro colores.
  • ¡No se trata de ninguna marginación, señor director. Lo que ocurre es que la mayoría de estos jóvenes no tienen la experiencia necesaria para competir en primera…
  • No es cierto. Muchos de ellos ya compiten con los más renombrados jugadores de primera..-retrucó Pastrana- sólo se requiere solicitar sus correspondientes firmas para jugar por nuestro club…
  • ¿Es cierto esto, profesor Benavides? –preguntó el director al profesor de Educación Física, Sebastián Benavides Nation.
  • Así es, señor director –respondió el aludido- Estos muchachos ya han sido tentados por los equipos de primera, sólo que su deseo de jugar por el Colegio, a la espera de que se les invite a hacerlo no han firmado por ninguna institución,  pero ya cansados de esperar su oportunidad se aprestan a hacerlo el próximo año por el club que los requiera…..
  • Es lamentable que teniendo una inmejorable cantera de valores, estemos dando pena en la liga…
  • ¡Pastrana estárespirando por la herida!. –gritó “Sancochado” fuera de sí- Como no lo hemos llamado a conformar el equipo del Colegio,ha preferidojugar por el Unión Railway, con sus hermanos.
  • Nosotros desde hace tiempo alineamos por el club Railway por el que jugó nuestro padre y no nos mueve ningún interés particular para pedir que se salve a nuestra institución. Mis hermanos Lucio y Roberto seguirán jugando en su club ferroviario así como yo. Lo que pido al profesor Galarza es que, en lugar de los morenos que trabajan en la Compañía Flores y Costa, se llame a nuestros alumnos..
  • ¿Cómo es eso que los morenos de Flores y Costa están quitándole cupo a nuestros alumnos? Explíquese profesor Galarza….
  • Bueno –balbuceó nervioso “Sancochado”- al iniciarse el trabajo de construcción del policlínico de la Esperanza, los contratistas trajeron muchos hombres de Chincha; hombres altos, fuertes y bien dotados a los que les invité a jugar por nuestro club…
  • Altos, fuertes y bien dotados, pero que nunca han jugado pelota. Eso se ve a las claras. El día que debutaron en el Estadio fueron el hazmerreir del público porque con los zapatos que le compró el presidente apenas si podían caminar, parecían unas niñas debutando con sus tacos altos, y, de la pelota no sabían nada de nada…-Sí, si, así es- respaldaban voces indignadas.
  • Yo no podía saberlo, señor director. Pensé que eran como los jugadores del Alianza Lima, por eso, de mi propio peculio les compré zapatos que yo no sabía que en su tierra no habían usado. Como tanto se canta de que “Chincha cuna de campeones” yo creí que sabían jugar…
  • No señor director, ahora lo sabemos –intervino el “Pajarito” Santiváñez- Esos hombres son simples peones aquí y en Chincha, donde nunca vieron una pelota. Lo que pasa es que el profesor impresionado por su talla y la canción “Chincha cuna de campeones” los invitó a nuestro cuadro….-los murmullos de indignación crecieron en extremo que el director tuvo que intervenir enérgicamente.
  • ¡Silencio!. ¡Silencio!. No estamos aquí para agravar nuestra situación sino para encontrar soluciones. Nos falta un solo partido. ¿Se puede salir airoso cambiando totalmente el equipo…?
  • ¡Sí, señor Director! –contestó Benavides, de pie. Su rostro moreno, herencia de su abuelo jamaiquino, traslucía seguridad absoluta. Su talla elevada que lo hacía especial integrante del equipo de básquetbol, le daban un talante atlético- En la semana inscribiremos a los muchachos,en tanto seguiremos entrenando para el compromiso final…- Una salva de aplausos mostró la esperanza de los socios.
  • Bien –dijo el Director- Hágase así. En el último partido nos representarán los alumnos. Dejó la responsabilidad al profesor de Educación Física y al docente Galarza, nuestro agradecimientopor el esfuerzo desplegado. ¡No se hable más!

Durante toda la semana con el apoyo del profesor David Torres Rocha que ejercería como delegado y Job Arzapalo, alumno, que sería el tesorero, se iniciaron las correspondientes inscripciones de los alumnos para defender al “Estudiantil  Carrión”. El profesor Benavides ensambló el cuadro de la siguiente manera. En el arco, Jesús Azcurra Nieva, de backs, Julio Córdova Campos, Félix Luquillas Hualpa, Manuel Velarde y “Cachorro” León; de volantes, Nicolás Alania y “Chucho” Solórzano; en la delantera, Jorge Soria, Roberto Soto, Ángel Madrid, Miguel Dávila, y Rafael Paz. El aguatero y portabolas “Shevo” Velasco. La mayoría de estos hombres alternaban con los mejores elementos locales en el Campeonato Interbarrios defendiendo al “Atlético Banfield Club”. Este es el cuadro que tuvo que vestir camisetas parecidas a las de la selección nacional porque al “Sancochado” Galarza no le dio la gana de entregar los uniformes. El domingo siguiente en un lleno de aficionados el Carrión  salvó la categoría con una memorable goleada al Círculo Urano: Seis a cero.

estudiantil carrión

Había comenzado a renacer el Estudiantil Carrión. El entusiasmo fue de tal magnitud que  todos los socios decidieron cooperar con la institución. Profesores, alumnos, exalumnos y padres de familia cerraron filas en torno a la campaña de aquel año de 1958.

Los alumnos fueron convocados, pero Ángel Madrid Marrull se negó a jugar por el Club, en su reemplazo invitaron a César Pérez Arauco que acababa de retornar de Lima para ocupar la plaza de centro delantero. Los que también se negaron fueron Rafael Paz y Velarde y en reemplazo entraron Pablo “Trapo” Mendoza y Renzo Luchini. Así se completó el cuadro que tuvo un gran desempeño aquel año. Vencieron a sus rivales por sendas goleadas. No era extraño, casi todos jugaban por el Banfield en el campeonato interbarrios.

estudiantil carrión 2

Con las nuevas camisas del club, en la foto están: Jesús Azcurra, “Chucho” Solórzano, Jorge Soria Méndez, Roberto “Bío” Soto, Renzo Luchini, César Pérez Arauco,Julio Córdova Campos, Félix Luquillas Hualpa, Miguel Dávila Ramos, “Cachorro” León, Nicolás Alania y Armando Anchiraico. Al extremo nuestro entrenador Sebastián Benavides Nation. Campeones invictos del año de 1958 en la Liga de Fútbol del Cerro de Pasco.

Anteriormente le anteceden al Estudiantil Carrión, el Club Sportivo Cienciano, fundado el 8 de julio de 1901 por la promoción de estudiantes del Colegio Nacional de Ciencias y Artes del Cuzco. y el Colegio Nacional de Iquitos “C .N. I” fundado el 20 de mayo de 1926.

LA ROCKOLA

rockola wulitzerPor aquellos días la aparición de la rockola originó un enorme revuelo en la muchachada del Colegio. Con hiperbólica exageración, “Pepe Botellas” no dejaba de magnificar su sonido, su nitidez, y su modernismo. ¡Es cojonudo!, repetía una y otra vez con ojos que querían saltársele de las órbitas. Su rostro rubicundo, prematuramente mofletudo, contribuía a remarcar su asombro extraordinario. Rodeado de la totalidad de alumnos de la promoción, casi gritaba enajenado de admiración: “¡Es como si tuvieras a la orquesta a tu lado!. Su sonido se puede aumentar o disminuir a voluntad; es incomparable. Armar un “tono” con ese aparato debe ser algo “bestial”. Uno, después de poner en la ranura una moneda de cinco reales, al simple manipuleo de unos botones, escoge lo que desea escuchar y, ¡listo!. ¡Qué bacán! ¡Qué bestial! ¡Mundial! ¡A bailar!”. Las preguntas lo acribillaron de uno y otro lado. Él respondía con el mismo entusiasmo. Todos le creyeron porque “Pepe Botellas” raramente asistía a las clases de la tarde. Sólo la importancia de la noticia lo había impelido a romper sus perennes vacaciones. (Después supimos que el dueño del aparato le había enviado al Colegio para concitar nuestra atención a cambio de unos tragos).

Cuando “Panza de Agua” Ayzanoa –nuestro Regente- hizo sonar la campana de salida, en un santiamén los del Quinto Año estábamos disciplinadamente formados, como nunca, listos para salir sin importarnos para nada la salida de las chicas del patio femenino. Estando fuera en ansioso tropel, como los huelguistas mineros de la “compañía” íbamos pletóricos de entusiasmo a conocer la novedad. Al plantarnos a la puerta del “Bar Café Carrión” de Mario Robles, en la Plaza Dos de Mayo, no sólo estábamos los de la promoción; nos rodeaba un nutrido grupo de alumnos de otras secciones que expectantes de asombro se aprestaban a admirar aquel portento de modernidad. Entramos, y allí estaba la enorme caja metálica de líneas modernas y audaces, iluminada por brillantes y siempre cambiantes colores de mágicos contrastes. Nadie pronunciaba palabra. Nuestros ojos escrutadores hablaban por nosotros. En la parte superior, sobre un fondo diamantino de negrura magistral, resaltaban nítidamente las letras doradas de la marca: WURLITZER, nombre que más abajo y en caracteres mucho más grandes, ocupaba toda la dimensión de los parlantes. Los discos que ordenadamente se mostraban en un panel especial eran de 78 revoluciones por minuto, de frágil carbón, con las melodías que en esos momentos deslumbraba a todos. (Mucho tiempo después serían de 45 revoluciones). “Pepe Botellas” precoz ebrieta de cuarto año, nos miraba con cara de satisfacción al comprobar nuestra incredulidad. Inmediatamente, alineados en orden correlativo, dos líneas de teclas luminosas. En la primera, figuraban todas las letras del abecedario y, en la segunda, los números correspondientes: del cero al nueve. Sus combinaciones permitían la selección de la pieza a escucharse. Más abajo, un iluminado panel en el que figuraban con amplitud, el nombre del disco, su género e intérpretes. No había sino que presionar estos botones tras depositar una moneda para que se efectuara el milagro. Nuestro guía, “Pepe Botellas”, sacó del bolsillo una moneda de cincuenta centavos y como un mago que va a realizar un prodigio, la dejó caer en la ranura; al momento se realizó el portento. Un aditamento central, parecido a una paleta giró parsimoniosamente para ubicar el disco seleccionado; hallado éste, lo recogió y luego de ponerlo en la parte central para su ejecución volvió al costado donde había estado en el comienzo. La guja reproductora bajó parsimoniosamente sobre el disco y de inmediato surgió la magia de un alegre chorro de sonidos que a todos encandiló. La alegrona voz del “Muñecón de Colombia” con: “Bésame Morenita” se irradió por todo el salón:

Mírame, mírame, quiéreme, bésame morenita
que me estoy muriendo por esa boquita
tan jugosa y fresca, tan coloradita.
como una manzana, dulce y madurita,
que me está diciendo
no muerdas tan duro, no seas goloso
y besa que besa que es más sabroso
y dale un abrazo a tu morenita.
Y me está pidiendo que bese que bese la condenada
y que abrazo sin beso no sabe a nada
así me lo dice mi morenita.
Mírame, bésame, quiéreme morenita.

Nuestro mudo asombro se encendió cuando “Pepe Botellas” largó a bailar con su estilo “chonguero” y contagiante. Todos llevábamos el ritmo sobre libros y cuadernos. Estábamos Pedro Solís Echevarría, Fernando Livia Chávez, Héctor Martel Vásquez, Dionisio Travezaño Angulo, César Pérez Arauco, Guillermo León Campoa, Juan Rodríguez Munguía, Moisés Huamán, Ángel Madrid Marrull, y , Jorge “Ica”. Sentíamos que la orquesta estaba allí, con nosotros, en la intimidad de aquel cerreño café.

¡Qué emoción!.

Por aquellos días, la Sonora Matancera campeaba triunfal en la preferencia estudiantil. Cómo olvidar, por ejemplo, a Bienvenido Granda cantando, “Angustia”, o al “inquieto anacobero” Daniel Santos en, “Virgen de Medianoche” o a Carlos Argentino con “Apambichao”, o a aquella voz inquieta de la novísima Celia Cruz, o la melosa de Olga Chorens; es decir todas las estrellas de la Sonora: Nelson Pinedo, Vicentico Valdez, Bobby Capó, Alberto Beltrán….. Los “templados” también tenían lo suyo. Los Panchos a la cabeza, Los Tres Diamantes, Nicolás Urcelay, Gregorio Barrios, Leo Marini, Genaro Salinas, Fernando Albuerne, Luis Alberto del Paraná. Reforzados por las películas que proyectaba el “Grau”, Pedro Infante encandilándonos con “Flor sin retoño” o “Cien años” (Cuando escuchamos estos boleros nuestro corazón se estremece de nostalgia de una época inolvidable); Miguel Aceves Mejía y sus extraordinarios falsetes; la magistral Lola Beltrán que encumbró a José Alfredo Jiménez, especialmente con “Cucurrucucú paloma” y “Corazón, corazón”. Es decir, canciones para todas las preferencias. No está demás decir que, deslumbrados por la calidad del sonido, pasamos un buen rato de escuchas en aquel magistral desfile de estrellas. Todos nos convertimos en admiradores de este milagroso aparato al que llamaban Rockola. Creo que Mario Robles se llenó de plata en muy corto tiempo porque desde las primeras horas de la mañana hasta muy pasada la medianoche el aparato no dejaba de sonar. En poco tiempo otros establecimientos trajeron sus armatostes sonoros con gran espectacularidad: “Las Camelias”, “La Cabaña”, el “Bolívar”, “El Farolito”, “Tres Estrellas”.

Alentados por las ventas obtenidas, los agentes de la Wurlitzer, visitaron el burdel llevando consigo otro enorme aparato de colores chuchumecones y formas más atrevidas y escandalosas. Estaban convencidos que ése era el aparato apropiado para el lupanar. Frente a la Mami que tenía una actitud de “No quiero nada”, el más vejancón y apuesto de los vendedores soltó un “floro” convincente, detallando las inmejorables ventajas del aparato; para hacer más contundente la exhibición, la instalaron en el entarimado donde hasta la noche anterior el “Conjunto Estable” del burdel animaba los amartelamientos chongueros. El aparato se iluminó con extrañas y cambiantes luces esplendentes, semejante a marquesinas espectaculares de cines norteamericanos. El impacto fue instantáneo. La Mami y sus pupilas miraban asombradas el espectáculo. Cuando el aparato comenzó a sonar, los ojos de las curiosas parecían que irían a salírsele de sus órbitas. De inmediato, como un prodigio de “La mil y una noches”, la orquesta “Billo´s Caracas Boys” inundó la estancia prestando marco a la voz incomparable del tenor venezolano Alfredo Sadel. Los ojos de la Mami se encharcaron de nostalgia cuando escuchó los primeros compases de “Damisela Encantadora”. ¡Qué viejas saudades no se agolparían en la mente de la vieja mujer que tuvo que regarlas con lágrimas vivas y abundantes!. Cuando terminó la canción, unánimes aplausos mostraron la total aprobación de las pelanduscas que, emocionadas consolaban a la Mami. Ya no hubo nada qué hacer. El armatoste quedaría allí “per sécula seculorum” y ya nadie habría de moverlo.

Aquel fue el día más triste para “Trapito” Rodríguez y compañía. Cuando llegaron con el entusiasmo de siempre, se toparon con la más grande sorpresa de su vida. En el lugar donde hasta el día anterior estaba el piano -negro y lustroso- ahora lo ocupaba un extraño y mayúsculo aparato de colores escandalosos. Por largo rato estuvieron mudos de dolorosa premonición. La “Mami” –haciendo de tripas corazón- cumplió con informarles muy compungida que ante la necesidad de adecuarse a la modernidad, se veían obligadas a instalar la rockola y que, a partir de esa noche, ya no requerirían sus servicios. No dijo más. Un apretón de manos cerró el trato. Los músicos fueron al bar acompañados de las niñas que solidarias, sentían el cambio que entonces comenzaba en sus vidas. Omara, poniéndole el brazo sobre los hombros le dijo a “Trapito”: “Hay que tener coraje para afrontar todo lo que se presenta. No olvides lo que Leonidas Yerovi decía al respecto: “Cuando ames a una mujer// ámala de tal manera// que la dejes de querer// cuando ella ya no te quiera”. Lo propio hizo Malena, Simona, la Limeña, la “negra” María, Norma y Vilma. En silencio apuraron sendas copas de cognac y se retiraron. Los ojos del “Trapito” brillaban, húmedos. Con las manos temblorosas y las lágrimas pugnando brotar de sus ojos, pensó muy apesadumbrado. Habían dejado gran parte de su juventud dando vida a las noches burdeleras; ahora que no los necesitaban, los echaban como trastos inservibles. A partir de entonces, el pianista “Trapito” Rodríguez, tuvo que convertirse en florista encargado de confeccionar las coronas mortuorias de los obituarios citadinos. Diariamente, desde las primeras horas se le veía a las puertas del Hospital Carrión, esperando los decesos para atenderlos. Se hizo íntimo del “Cura Bolo”. Los dos participaban de parecida inquietud. “Cara de Mango”, -la primera voz- descubrió tardíamente que no tenía ninguna otra habilidad para sobrevivir; al final, terminó de ayudante de mecánico en el taller de Lasteros; el “Tuerto” Rojas, tras guardar el piano en un rincón del patio donde acabó de arruinarse, se dedicó a reparar los somieres y camas de las chicas. No quiso abandonar el burdel. Alternaba esta ocupación con la de ayudante en una empresa de Transportes. Ya eran otros tiempos. En ese momento comenzaba otra etapa en el lupanar y en la ciudad.

LOS TRIUNFADORES DEL CUSCO

En la foto que ilustra la nota, el grupo de carrioninos protagonistas luciendo las chompas celestes que flamearon triunfantes en la ciudadela de Macchu Picchu en una excursión inolvidable. Están (De pie) Humberto Maldonado Balvín, Luis Rosazza Atencia y Edgardo Montero Vargas y Abelardo Boudrí Tello. (En cuclillas)

Colegio Carrión 4Con el desbordante entusiasmo que caracteriza a esa hermosa etapa de la vida que es la juventud, los alumnos del Colegio Nacional Daniel A. Carrión festejaron la noticia. La Dirección había acordado una excursión a las milenarias ruinas de Macchu Picchu. Los integrantes de la “Promoción” desbordaban de emotiva exaltación. Conocerían aquel enorme bastión de peruanidad que a través de polícromos grabados circulaban por el mundo entero. A partir de ese momento se enfrascaron en proyectar los planes más ambiciosos.

Tras la adecuada organización y nominación de las comisiones, todo quedó listo. Utilizarían un carro relativamente nuevo de la marca FORD, armado a la usanza de la zona. Era un “Mixto”. Se le llamaba así porque sólo una cuarta parte –la que va adyacente al motor- tenía la cobertura de un precario techo; el resto iba totalmente descubierto, limitado por un sólido barandal de recias maderas. Un heroico vehículo muy usado para los viajes al interior de las “quebradas” en el transporte de “cosechas”. Caso de mal tiempo o de lluvia, se lo cubría con una lona asegurada con sogas. Eso era todo. Para los ilusionados viajeros era suficiente. Delante, arrellanados en los asientos de madera, irían los profesores y algunos “niños bien”; detrás, acompañados por el inspector, los más bullangueros e inquietos, libérrimos como ellos solos.
Primeramente lo pintaron y dibujaron en la parte más visible, el mapa del recorrido que efectuarían, iluminándolas con frases llenas de optimismo y colorido. A un costado, la bandera nacional y, en el otro, la divisa celeste del Colegio. ¡Qué hermoso quedó el carro! ¡La nave que los conduciría al Cusco milenario!

El día de la partida fue muy especial. Un suceso casi inédito en la ciudad. En un bullicioso marco de sonoras fanfarrias de la banda municipal los jóvenes se despedían de sus familiares y amigos. Estuvieron presentes, el subprefecto, el Alcalde, concejales, director, profesores, padres de familia, alumnos, familiares y pueblo en general formando un emocionado corro. Tras los abrazos de despedida, los encargos y recomendaciones, partió el carro. Los bomberos hacían sonar su sirena de alarma en tanto los pañuelos y sombreros, en adioses cariñosos, daban una nota conmovedora al momento. Una emotiva muliza desgranaba sus notas cuando el carro se perdía por las últimas cuadras de la calle Lima. La gritería de los excursionistas fue perdiéndose poco a poco a medida que el carro avanzaba.

A partir de aquel momento, a medida que el vehículo iba descendiendo hacia climas más abrigados, un bullicio imparable de alegría hermanó a los excursionistas. Cantaban a voz en cuello y conversaban animadamente hasta cansarse. A su llegada a cada una de las ciudades, la recorrían extasiados, tomando fotografías y notas de lo que observaban. Ya cansados por la noche, caían rendidos pero felices, a dormir. Los que más gozaban eran los alumnos que iban en la “carga”. Pletóricos respiraban un aire abrigado que les llenaba los pulmones. A lo largo del viaje el tiempo los acompañó plácidamente. Sus ojos se llenaron de hermosos paisajes en su recorrido por sierra y costa. Hasta ahora recuerdan con enorme emoción aquellos momentos inolvidables.

Llegaron a su destino final a la seis de la tarde, hora maravillosa del Ángelus. Las piadosas gentes del lugar se persignaban reverentes al toque de la “María Angola” de la catedral del Cusco. Ellos, muy emocionados, hicieron lo propio. Daban gracias a Dios por haberlos hecho llegar con bien a su destino. ¡¡¡Estaban en la capital milenaria de América Hispánica!!! Sus corazones palpitaban saturados de gozo. Se sentían enormemente felices. Como todos los jóvenes visitantes echaron unas hurras sonoras como avisando que habían llegado desde el techo del mundo.

De inmediato se dirigieron al Colegio de Ciencias donde les habían adecuado el alojamiento. A la puerta, el Director, profesor Manuel J. Valenzuela Valdez, muy ceremonioso y firme, les dijo: “Este ha de ser nuestro alojamiento. Espero la más grande disciplina en el cumplimiento de nuestros horarios. Tienen una hora para asesarse e instalarse debidamente. A las siete se servirá la cena en el comedor del Colegio. A las ocho todos deberán estar en sus habitaciones para descansar debidamente. Mañana a primera hora debemos levantarnos para dirigirnos al ferrocarril con el que debemos llegar a la ciudadela de “Macchu Picchu”, objetivo principal de nuestro viaje. No olviden comportarse debidamente. Buenas noches”. Se retiró dejándolos a órdenes del auxiliar de educación.

Como se dijo, se hizo. Pero en el encierro de la enorme habitación donde se habían instalado las treinta camas correspondientes, la casi totalidad de alumnos se acostaron en cuanto el inspector aseguró con llave el dormitorio. Un grupo integrado por cuatro inseparables amigos, Humberto Maldonado, Lucho Rosazza, Abelardo Boudrí y Edgardo Montero, estaban intranquilos. No comprendían por qué tenían que estar encerrados. Pensaban que lo más atinado sería que les dieran libertad por unas horas para conocer aquella hermosa ciudad. No transigían con la disposición directoral. Pesarosos y compungidos, se pusieron a meditar. Humberto Maldonado, el más inquieto, examinando la puerta la halló muy hermética, pero cuando manipuló las manijas de un enorme ventanal, éstas se abrieron. ¡No lo podía creer! Las ventanas que estaban casi al ras del piso, daban a una calle transitada. Con una sonrisa de oreja a oreja invitaron a sus colegas a escaparse a conocer la ciudad y conquistar la noche. Hallaron un silencio timorato. Nadie más quiso salir. Ante la indiferencia de sus colegas salieron sibilinamente dejando las ventanas juntadas para su vuelta. Se dirigieron a la Plaza Mayor de la ciudad que rebozaba de luminosidad y alegría. Reinaba un ambiente de luz, color y alegría. Alumnos de todos los colegios del Perú, con los distintivos de sus chompas características, gozaban plenamente. Entraron en un restaurante y entablaron pronta amistad con un grupo de alumnos tacneños que los invitaron a beber vino. Ellos prefirieron cerveza. Las primeras cervezas de su vida. Todos bebían de lo más contentos. Al poco rato ya entonaban sus canciones lugareñas, repetían maquinitas y barras colegiales. El ruido que hacían era tremendo. Buen rato estuvieron confundiéndose en abrazos fraternales como si fueran amigos de años, cuando ocurrió algo inesperado. Vieron en la puerta del restaurante las inconfundibles y amenazantes figuras del Director y el inspector de educación. Quedaron mudos. Con voz que no aceptaba réplicas, el Director los encaró muy enérgicamente: “¡Jóvenes alumnos!: Acaban de cometer un gravísimo acto de indisciplina. Esto amerita un enérgico e inmediato castigo. En consecuencia, así como han logrado escaparse del internado, sabrán cómo retornan a su lugar de origen. ¡Quedan ustedes expulsados de la delegación pasqueña!”. No dijeron más. A grandes trancos se alejaron del lugar. Los cuatro amigos quedaron estáticos. No sabían qué hacer. El impacto producido fue de tal magnitud que ante la angustia que los invadía, los tacneños y los de otras localidades se solidarizaron con ellos. Trataron de levantarles la moral diciéndoles que era natural que actuaran así pero que mañana, al pasarles la cólera, “otro gallo cantaría”. No fue así.

La mañana luminosa como pocas, les hizo abrigar la esperanza de que el problema de la fuga hubiera sido olvidado. No. El Director y el inspector actuaban con una seria rigurosidad que hacía vigente el castigo impuesto la noche anterior. No pudieron lograr ni siquiera de que los escucharan para esgrimir un “mea culpa”, una explicación, e implorar una súplica de perdón. Ellos no existían para directivos ni colegas. Eran unos proscritos. Eran los expulsados que servirían de “Chivos expiatorios” para que nadie pudiera repetir la condenada acción de escaparse. ¡Estaban advertidos! Pronto comprendieron que no había nada qué hacer. El tiempo volaba. El inspector en forma ostentosa repartió los boletos debidamente numerados para que suban al tren; a todos, menos a los expulsados. Ni siquiera se dignaban hablarle. Así las cosas, viendo que no podrían entrar en los coches, repararon que al final del convoy, había una gigantesca plataforma donde transportaban durmientes. No lo pensaron dos veces. Se camuflaron entre los maderos, tratando de pasar inadvertidos. Estaban convertidos en polizones. El corazón les dio un gigantesco vuelco cuando partieron a destino. Así llegaron.

Cuando estuvieron en “Aguas Calientes” listos para trepar a la ciudadela inmortal, encontraron una inusitada algarabía juvenil de una gran cantidad de alumnos de todas las regiones del Perú, especialmente de Lima. Cada grupo tenía el distintivo de su chompa escolar. Guadalupe con su chompa celeste y su clásico escudo; Alfonso Ugarte de granate, con una AU amarilla en el pecho; Dos de Mayo del Callao, con divisa verde; los “chocolateros” del Leoncio Prado con coquetonas chompas azules y muchos otros grupos más. El bullicio era impactante. Cuando todos los excursionistas se aprestaban a partir, los anfitriones hicieron escuchar una trompeta y mediante unos altoparlantes enormes, dijeron: “Bienvenidos al Ombligo del Mundo: el Cusco. Vais a conocer el santuario de nuestros antepasados. Como cada una de las delegaciones ha venido premunidos de sus chompas distintivas correspondientes, se premiará a la primera que logre izarla en el “Inti huatana” que es la parte alta de Macchu Picchu. Esa delegación será la campeona. Partirán en cuanto suene el pistoletazo del juez especial, miembro del Ministerio de Educación. ¡Suerte a todos¡”. La información avivó los más grandes ímpetus de los muchachos que estaban listos para partir. El grupo de los cuatro expulsados que se hallaban alejados de sus compañeros carrioninos, “haciendo de tripas corazón” hicieron lo propio. Como no se había fijado ninguna clase de reglamento especial, Humberto hizo en voz alta la siguiente reflexión: “Nosotros los cerreños somos gente de puna, estamos acostumbrados a correr en altura, así que podemos hacernos del triunfo. Para lograrlo, no iremos como el resto, por la ruta establecida. Cortaremos camino y avanzaremos verticalmente y no en zigzag como ellos. En consecuencia está en nosotros el ganar la carrera. Vamos”.

Partieron como una exhalación. Era la última esperanza de conseguir la amnistía. Eso les dio un valor especial. Partieron. Avanzaban formando una sólida unidad, cuidando uno del otro, como hermanos. Jamás sospecharon que tendrían que vérselas con innumerables dificultades. El suelo resbaladizo cubierto de unos zarzales espinosos y abundantes así como cactus hirientes en donde fueron lastimándose y dejando algunos retazos de pantalones y camisa. Sin mirar hacia abajo, sus gritos eran los únicos eslabones que los unían. Si al comienzo les acompañaba el recio murmullo de los otros muchachos en competición, poco a poco fue disipándose el eco de esos sonidos hasta que sólo sintieron sus propios y únicos pasos. El sol alumbraba esplendente desde arriba, llenándoles de sudor y secándoles los labios. Sintiéndose el desfallecer avanzaban impertérritos cuando alcanzaron a oír unas voces que desde la parte alta los alentaban. Eran los miembros de la comisión que certificaría la llegada de los concursantes. Renovaron sus fuerzas y en medio de aclamaciones coronaron la cima. Cumpliendo con lo dispuesto, izaron sus cuatro chompas carrioninas que, en ese momento eran los gonfalones de un triunfo.

Una banda de música colocada exprofeso, atacaba una fanfarria triunfal que se escuchó en el trayecto. Anunciaba el arribo de los triunfadores. Emocionados los ganadores se abrazaban y recibían los parabienes del jurado. Fue una algarabía inusitada. Tuvo que transcurrir como media hora para que el primer pelotón de alumnos que competían asomara a la meta. Sorprendidos se enteraron de que los primeros habían cruzado la meta. Una bocina descomunal centuplicaba el anuncio que el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión del Cerro de Pasco, había ganado la competencia. Los abrazos y aplausos generalizados retumbaban entre aquellas murallas milenarias. El alma les volvió al cuerpo cuando vieron venir, exultantes de orgullo y alegría, al Director y al inspector que venía a estrecharlos en un abrazo extraordinario. La aflautada voz del Director se escuchaba entre los recios murmullos de la muchedumbre. “¡¡¡Estos son nuestros mejores alumnos del Carrión y hoy día han dado una muestra más de su valía!!!”. Las fotografías y felicitaciones y aplausos menudearon. Al abrazar a cada uno de los triunfadores repetía ronco de emoción. “Muchachos, siéntase nuevamente cómodos en su delegación que los recibe con los brazos abiertos. Han conseguido nuestro perdón. ¡¡¡Enhorabuena, campeones…!!!”. Muchas delegaciones reclamaron posar con los campeones que tuvieron que volver a ponerse sus chompas triunfadoras con un C.N. C en el pecho. Aquello fue inolvidable. Desde entonces, han transcurrido setenta años.

NUESTRO COLEGIO NACIONAL DANIEL A. CARRIÓN (Primera parte)

Al cumplirse un aniversario más de nuestro querido Colegio, rindo mi homenaje de admiración y respeto por todo lo que ha logrado a lo largo de su historia, especialmente a los venerables maestros que nos han dejado sus generosas enseñanzas que tanto agradecemos y  a los compañeros que han compartido con nosotros inolvidables momentos de fraternal comunión espiritual. A continuación una semblanza histórica y algunas anécdotas pintorescas y amenas.

Era muy claro el consenso del pueblo cerreño al promediarse 1940. Demandaba la creación de un colegio de media para la formación de su juventud. Nadie como él para exigirlo. Era activo gestor de la economía nacional. Sabía que desde el siglo anterior, todos los pueblos del Perú, habían conseguido sus colegios; sólo una orquestada marginación mantenía fuera del ejercicio de sus correspondientes derechos al pueblo minero. Así las cosas, una pléyade de hombres e instituciones que, desde la década anterior venían trabajando arreciaron sus actividades con don Gerardo Patino López a la cabeza; su batallador periódico EL MINERO había sembrado inquietudes y fusionado voluntades. El subprefecto  Alba Bardales; el alcalde, Leoncio Sánchez Palacios; el Inspector de Enseñanza, Carlos Mesías; el Diputado, Manuel B. Llosa y las organizaciones culturales juveniles, hicieron conocer sus inquietudes al Senador por Junín, Ing.  Ernesto Diez Canseco Masías quien, haciéndose eco de esta justa aspiración, en el histórico debate del 20 de junio de 1942, en la Cámara de Senadores, luego de sustentar valederos argumentos técnicos y poderosas razones históricas, concluyó su intervención en su Cámara diciendo: «Cuánto Carrión ignorado habrá perdido el país y cuánto más seguirá perdiendo si no se remedia esta desgraciada situación…! Démosle un Colegio al Cerro de Pasco».

Fue suficiente

Considerándolo dentro de la Ley del Presupuesto Nacional de 1943, se crea el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión en homenaje a nuestro mártir epónimo, y en su sesión de 11 de mayo de 1943, el Consejo Nacional de Educación autoriza su funcionamiento y nombra a su primer Director, el pedagogo Elíseo Sanabria Santiváñez.

El 31 de mayo de 1943, teniendo como escenario el Teatro Principal del Cerro de Pasco, ante una expectativa verdaderamente conmovida, se inaugura el Colegio. El acta del histórico acontecimiento, dice: «En la ciudad del Cerro de Pasco, a 31 de mayo de 1943, en el Cinema Teatro, presentes, el Director del Colegio Nacional Daniel Alcides Camón, el doctor Elíseo Sanabria Santiváñez.; el Cuerpo Docente, integrado por los profesores: Augusto Mateu Cueva, Mario Revoredo Reyna Farje y Hernando Sánchez. Aranda; el Cuerpo Administrativo, integrado por el señor Ginez Pomalaza Cosme y la señorita Florisa Altamirano Cárdenas; el Subprefecto de la Provincia, señor Antonio Alba Bardales; el Juez, de Primera Instancia, doctor Francisco Carranza; las autoridades locales, vecinos notables, padres de familia y alumnos fundadores, se abrió la sesión de inauguración del plantel”.

El Director del flamante Colegio hizo uso de la palabra destacando la trascendencia y las finalidades de la educación secundaria. También hicieron uso de la palabra, el señor Martín D. Mendoza Tarazona a nombre de la Asociación de Maestros Primarios, Armando Casquero a nombre de los padres de familia y, la señorita Hilda Rojas Lucich, a nombre de los alumno fundadores. El Subprefecto de la Provincia, señor Antonio Alba Bardales, a nombre suyo y del Presidente Manuel Prado, declaró inaugurado el Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión.

Después de acordarse la inscripción de los alumnos fundadores en el Libro de Actas, se levantó la sesión.

Listos para el desfile de Fiestas Patrias de 1944. Lucen cristinas y chompas granates con letras blancas y pantalones o faldas azules. Más tarde se cambiaría de color del uniforme. Está la pléyade de maestros fundadores
Listos para el desfile de Fiestas Patrias de 1944. Lucen cristinas y chompas granates con letras blancas y pantalones o faldas azules. Más tarde se cambiaría de color del uniforme. Está la pléyade de maestros fundadores

PROFESORES FUNDADORES

Además del Director don Eliseo Sanabria Santiváñez, los profesores fundadores del Colegio los señores Mario Revoredo Reyna Farje, en Ciencias; Augusto Mateu Cueva, en Letras; Hernando Sánchez Aranda, en el Área Técnica. Más tarde se sumaron. Florentino Solís Isidro, para Educación Física que fue sucedido por el destacado basketbolista cerreño Félix Baldoceda Yanútulo; y Julio Mendoza Bravo para Castellano y Literatura. En reemplazo de Hernando Sánchez Aranda, que por motivos de salud tuvo que alejarse, ingresó Pascual Sanabria Verástegui que fundó la orquesta del colegio, cumpliendo excelente actuación; Augusto Lizárraga en Inglés que por Resolución Suprema había sido declarado «Curso Mayor Básico»; Ginés Pomalaza Cosme para dictar Matemáticas dejando el cargo de Secretario- Tesorero-Bibliotecario a doña Priscila Z. González, primero y a Abraham Túpac Yupanqui después, siendo todos ellos auxiliados por doña Florisa Altamirano Cárdenas. El curso de I.P.M estuvo a cargo del suboficial Avelino Choque Palomino.

Esta lista fue acrecentándose y, transcurrido medio siglo, podemos recordar a inolvidables maestros que han dejado profundas huellas de su magisterio: Rolando Camarena, Moisés Rosas Benavides, Teodorico Ampudia Zarzoza, César García Cabrera, Teodoro Mellado Salazar, Antonio Soto González, Daniel Florencio Casquero, Andrés Fuentes Dávila, Jesús Santiváñez Santiváñez, César Pineda del Castillo, Eugenio Pastrana Chamorro, Fortunato Arzapalo Callupe, Toribio Quijano Tamayo, Jorge Vásquez Huerta, David Torres Rocha, Pablo Montalvo Lavado, Mario Galarza Mayor, Francisca Montero de Parra, Luis Alberto González y González, Elíseo Acosta Ricse, Severiano Rojas Lazo, Ascanio Santiváñez, Gamaniel Giraldo Castillo, Abad Ricaldi Huacachín, Víctor Campos Martínez, Luis Aguilar Cajahuamán, Raúl Canta Rojas…

Sus Directores que han dejado el contingente de su capacidad en beneficio del plantel, fueron; Elíseo Sanabria Santiváñez (1943-1948), Manuel J. Valenzuela Valdez (1949), Carlos Vílchez Murga (1950-1957), Arnulfo Becerra Alfaro (1958), Basilio Orihuela Melo (1959-1960), Elías Ortega Pérez (1962-1963), Juan Salguero Pizarro (1963), Justo Fernández Cuenca (1963), Martín Nilo Manyari de la Cruz (1964-1968), Samuel Bruno Arroyo Pecho (1969-1971), Baldomero Meza Limas (1971), Raúl Leoncio Colca Malpartida (1972-1976), Celso Azcanoa Colqui (1976-1978), Samuel Arroyo Pecho (1978-1979) Andrés Rosas Clemente (1979). Celso Azcanoa Colqui (1980-1982), Luis López Patino, Alejo Bringas Zúñiga, N. Vigo Araujo, (1983-1984), Andrés Rosas Clemente (1985-1986), Fausto Huaynate Cóndor 1986-1988), César Boza Simón (1988-1994), Gabriel Espinal Sánchez (1994).

En la fotografía de al lado, el Cuerpo disciplinario del Colegio. Están Anatolio Santiago “Pallaco”, inspector;  José Santos Ayzanoa (Regente), Pablo Cornelio, inspector y Moises Velazco, Inspector.
En la fotografía de al lado, el Cuerpo disciplinario del Colegio. Están Anatolio Santiago “Pallaco”, inspector; José Santos Ayzanoa (Regente), Pablo Cornelio, inspector y Moises Velazco, Inspector.

Cuando se inauguró el Colegio se alquiló el local del Jirón Puno No 146 en donde se iniciaron las clases. En agosto se mudó a la Plazuela Ijurra que tenía una merced conductiva muy elevada. Se buscó otro local y se trató de alquilar el que fuera el Colegio Americano, pero resultó muy oneroso. Se tuvo que volver a la Calle Puno, esta vez al número 161, cuyo alquiler era de doscientos soles mensuales. En 1956 se trasladó a la Plaza Centenario hasta el 5 de octubre de 1959 en que se inaugura el local que actualmente ocupa el terreno de Patarcocha donado por el Concejo Provincial de Paso.

En el plano del deporte, traemos a la memoria nombres tan queridos como la del maestro Eugenio Pastrana Chamorro que, como alumno primero y profesor después, nos regaló con lo mejor de su generosa capacidad. Con él, Loli, Acurio, Osorio, Chinchan, Ulloa, Parra, Santiváñez…Donde estén, nuestro homenaje de gratitud a todos ellos. Luego vinieron, el «Zurdo» Acosta, Documet, Abel Arauco, Miguel «Pecas» Dávila, Job Arzapalo Callupe, Agustín Bustamante, «Flaco» Córdova. En el Voleibol auroral destaca nítidamente la figura de Raquel Ordoñez Vadillo, extraordinaria capitana de nuestro representativo. Con ella, Bertha Lavado, Nila Meléndez, Nona Laderas, Nelly Ponce, Leonor Alocilla, Betty Parra, Clelia Atala, Dionne Carrión, Aidita Santiváñez, Mirtha Aguirre, Yupropia Zeladita, Ketty Ponce…Todas extraordinarias, todas inolvidables. En el fútbol la lista es mucho más dilatada: Jesús Azcurra, «Cholo» Alania, «Negro» Luquillas, «Pecas» Dávila, Probo Camayo, «Flaco» Córdova, «Fena» Livia, «Trapo» Mendoza, Jorge Soria, «Bío» Soto, «Trueno» Rivera, «Chino Callupe…«El Mufle», …la lista es interminable

Equipo de fútbol del “Estudiantil Carrión” campeón invicto de la Liga el año de 1958, por primera vez
Equipo de fútbol del “Estudiantil Carrión” campeón invicto de la Liga el año de 1958, por primera vez

Muerte a los intrusos (Segunda parte)

los intrusos 2Los yauricochas aseguraban que la plata representaba a la luna, esposa del sol y se dieron cuenta que el oro –representación de Inti- era completamente incorruptible e inatacable por otras fuerzas que se encuentran libres en la naturaleza. Lo hallaban puro o asociado a la plata, su compañera, mezclada con grava, arena, arcilla o cuarzo;  en formas de pepitas o en granos, escamas, polvos o incrustaciones. Admirados de su calidad repararon también que es muy dúctil y muy maleable. Así llegaron a formar delgadísimas láminas con las que fabricaron hermosísimas esculturas que representaban seres vivos, animales y plantas varias. Ellos, como sus antepasados que plasmaban su admiración en pinturas rupestres, ahora lo hacían de oro y plata, fabricando  animales y hombres del tamaño natural, propiciando la mágica intervención de sus dioses en la caza y la ganadería. Para la confección de sus ídolos, utilizaron también una gran variedad de piedras preciosas que incrustaban con técnicas muy especiales. Ágatas, amatistas, alabastros, calcedonias, citrinos, cinabrio, copiaditas, turquesas, ónices, cuarzos de varios colores, granates, piropos, malaquitas, ópalos, sílex, lapislázuli, …”

Esta habilidad artística de los yauricochas llegó a conocerse en el Cusco y, como es lógico, su territorio se convirtió en ambicionado objetivo de conquista. Cuando los tinyahuarcos irradiaron con sus tamboriles el inminente ataque de hombres que decían venir del “Ombligo del Mundo”, los persiguieron a campo traviesa y los derrotaron sin piedad. Junto con los yauricochas estuvieron los “pumpush”, de Upamayo, los tinyahuarcos, los yanamates y los “yaros” circundantes. Primero los observaron pacientemente desde sus miradores ubicados en las cimas de los cerros esperando que se cansaran en su infructuosa búsqueda, luego bajaban sigilosos, y los acribillaron con fechas y lanzas como lo hacían con los animales que cazaban. Después las deidades vengadoras hacían lo suyo. Trombas diluviales anegaron abras y caminos; rayos, truenos y centellas remataron con implacable granizada a las primeras víctimas. ¿Cuántos fueron los muertos? No se sabe con exactitud, pero fueron cientos. Los quipus no los puntualizan porque eran cosas ya perdidas. Todos aquellos cadáveres fueron despedazados por los aviesos cóndores. No una, sino, siete veces. Las aves de presa quedaron ahítas y los invasores, humillados. Los ejércitos quechuas que venían por orden de Pachacuti, cayeron en la cuenta de que ningún ejército podría vencer a estos guerreros tenaces. La misma resistencia ofrecieron los huancas, taramas, xauxas y otras tribus aledañas. Los nuestros no sólo conocían sus vericuetos, abismos y cavernas, también tenían una extraordinaria resistencia para desplazarse con comodidad por estas inmensidades. Los cusqueños tuvieron que cambiar de estrategia. Humillaron armas y avivaron astucia. Valiéndose de los informes de espías y viajeros, establecieron claramente que los invencibles yauricochas eran hombres muy dedicados al trabajo. Nadie los igualaba en el cumplimiento de sus tareas. Pero también –informaron con especial énfasis- eran muy alegres, dados a la bebida y eran -sobre todo-  grandísimos mujeriegos. El trago y las mujeres eran su más grande debilidad. Estos datos sirvieron para que Pachacuti pergeñara su estrategia de anexión. No podían dejar en el aire a tremendos artesanos. Únicos y valiosos.

Un día brillante de junio, cuando el sol destacaba todo su poderío en el inmenso cielo azul, vieron llegar una inmensa caravana de personas extrañas, sin escudos, arcos, macanas ni flechas; completamente desarmadas; sólo portaban panoplias con armas decoradas como presentes para los anfitriones; frutas, verduras y maíces magistrales; porongos enormes, repletos de chicha dulce, pero embriagante; ejército de vestales, jóvenes y hermosas, apetecibles, escogidas, para entregarlas como muestra de buena voluntad y homenaje. Con ellas sellarían el vínculo definitivo de sangre que los uniría por el resto de los tiempos. Como lo planificaron, así lo hicieron. Al ver los valiosos regalos, los curacas se dedicaron a beber esa chicha riquísima con la que pronto cayeron en la embriaguez, deliciosa y dulce. Fue en ese estratégico momento que el portavoz de los embajadores cusqueños entregó a los curacas sendas mujeres hermosas, todas ellas muy jóvenes, reclutadas de los accllahuasis imperiales, como símbolo de unión entre cusqueños y yauricochas. Sólo así, halagados y triunfadores, permitieron aliarse para formar una sola y poderosa nación que llamaban Tahuantinsuyo.

A partir de entonces, los hermosos trabajos de orfebrería artística, admirado por los siglos, fueron  llevados al Cusco para el culto de Inti y la nobleza inca. Es más, por decreto imperial, todas las minas pasaron a ser propiedad del inca. Nadie podía sustraer ni un gramo de mineral  so pena de castigo severo. Los valiosos orfebres de nuestros pagos se dedicaron a partir de entonces a elaborar objetos artísticos para la élite cusqueña. La prueba es que para pagar el rescate del inca en Cajamarca, de nuestro territorio salieron ingentes cantidades de esculturas de oro y plata. Era el trabajo de nuestros orfebres. ¿De qué otra parte podían sacar los metales preciosos en cantidades sorprendentes para trabajar en su transformación en joyas de ensueño?”. Más tarde, mucho más tarde, hordas de extranjeros barbados, conchabados  con tribus traidoras de otros pagos, se adueñaron de las riquezas inagotables transformando a los dueños en vasallos. De esto, hace cinco  siglos.”

FIN…………

Muerte a los intrusos (1460) (Primera parte)

Cuadro del famoso pintor norteamericano Louis  Glanzman en el que se ve  los ejércitos de Pachacuti avanzando entre la nieve para anexar a nuestros antepasados, los yauricochas. Jamás lo lograron.
Cuadro del famoso pintor norteamericano Louis Glanzman en el que se ve los ejércitos de Pachacuti avanzando entre la nieve para anexar a nuestros antepasados, los yauricochas. Jamás lo lograron.

Para escribir sobre este sangriento suceso contamos con la asesoría de nuestro maestro y amigo, doctor Juan José Vega Bello, autoridad absoluta en aquel pasaje de nuestra historia. Teniendo a la mano una serie de crónicas, los comparamos con el códice que los descendientes de los yauricochas guardan con especial veneración; misterioso paquete parecido a las petacas españolas, con cobertura de cuero, llamado: “Garashipo”. Lo es en verdad. Cordones de colores anudados estratégicamente: los “quipus”; luego, una serie de pliegos de cuero con recuadros pintados a mano con una ringla de símbolos jeroglíficos llamados “Kellcas”. Aquí se encuentra  narrada toda la historia de sus antepasados. Sólo los iniciados la pueden descifrar. Como los más viejos y respetados códices del mundo, permanece celosamente guardado a los ojos de profanos, al extremo de no permitir que cualquier persona tenga acceso a él. Cuando lo tuve en mis manos quedé mudo de asombro. Después de desatar con prolijidad, el Apocuraca –nuestro anfitrión- apartó las numerosas partes con mucha prolijidad.  Si bien es cierto que antiguamente no conocían el papel ni el papiro, en cambio sí “escribieron” (k’elkan) cueros, telares y huacos, con la respectiva simbología denominada “tokapos”, de apariencia “pallariforme”. Una fuente verdadera de frondosa información. Allí está toda la historia de los yauricochas: límites geográficos de sus propiedades, sus más caras costumbres todavía vigentes, los nombres de sus ancestros destacados y sus consecuciones. No sólo es  un cuadro estadístico y cromático de nudos y cuerdas sino, de lejos, el catálogo de historias extraordinarias que los “quipucamayoc” pueden descifrar mediante los nudos de sus quipus. Es más. Conservan escrituras oficiales españolas, crónicas, decretos, normas legales, y toda relación que les compete. Nadie lo debe saber. Los “comunes” lo ignoran. Sólo los ancianos apucuracas -depositarios de los conocimientos ancestrales- lo manejan con veneración. Cada uno de ellos conoce al detalle la vida de su parcialidad y sus relatos tienen  un concepto de unidad. Para que no pueda haber infidencias o robos, al “Garashipo” lo llevan y lo traen de un sitio para otro, como  apreciable trofeo. Nadie, por más que se empeñe, podría sustraerlo. Los más viejos son sus celosos guardianes.

Los intérpretes nos aseguran que en el comienzo de este códice ancestral, se dice de los Yauricochas, lo siguiente: “Por insondables misterios que la noche de los tiempos tiene ocultos, los hombres de estos pagos descubrieron los metales que andando los años llegaron a transformar con sorprendente habilidad. Aprendieron a reconocerlos en sus yacimientos, extraerlos, fundirlos y moldearlos. Primordialmente utilizaron el oro, la plata, el cobre y algunas aleaciones, para  fabricar objetos ceremoniales y utensilios de uso común. Además de mineros, eran excelentes ganaderos y saladeros. La admiración con que los cronistas españoles Francisco de Xerez, Pedro Sancho de la Hoz y Francisco López de Gómara -cada uno en su momento- describieron las hermosas esculturas metálicas llevadas a Cajamarca para el rescate del inca,  confirmaba que nuestra región andina era el primer centro metalúrgico de América. ¡Qué duda cabe!  Ellos, más que ninguno, lo sabían. El foco principal de este núcleo fue la hoya metalífera que entonces recibía el nombre de “Cerro mineral de Bombón”.

 Ellos elaboraban artísticos objetos de arte en oro, plata y cobre; incluso, platino; efectuaban diversas aleaciones entre las que destacaban los bronces, tanto de estaño como de arsénico; el plomo y mercurio también los conocían pero raramente utilizaban. Estos minerales fueron trabajados por procedimientos mecánicos, utilizando, piedras de tamaños y formas diversas a guisa de martillos; yunques de piedras, cuya diferencia de aspereza y grano la aprovecharon a modo de lima; tenazas, moldes y demás instrumentos para trabajo de vaciado, filigrana, perforación y engaste. Con el fin de evitar las huellas del martillo y del yunque, usaban tejidos de lana que por su elasticidad natural, obligaban al metal a extenderse junto con ellos, bajo el impacto de los golpes. De esta forma el martillado, corte y repujado, constituyeron las formas primitivas del trabajo en metal. Luego vendrían los cortes en tiras, incisión, dorado y unión y soldadura en frío. En el desarrollo de la tecnología metalúrgica y la orfebrería primaron los valores estéticos, simbólicos y religiosos más que los funcionales. Buscaron fusionar en una sola pieza conceptos tan dispares como la musicalidad, el colorido, la suntuosidad, el respeto, la jerarquía y el impacto visual. La técnica del martillado y laminado lo realizaban con una destreza sin igual, tanto en el manejo de las herramientas cuanto en las combinaciones. Debían, primero, elegir la aleación adecuada –el cobre utilizaron mucho para estos menesteres- mediante la cual podía ser trabajado o forjado, ya fuera en frío o en caliente.

 

CONTINÚA…

EL CACIQUE TRAIDOR por el padre Córdova y Salinas O.F.M.

el cacique traidorEntre todas las crónicas que los misioneros franciscanos nos dejaron en Pasco, ésta del padre Córdova y Salinas fue publicada en “La Pirámide de Junín”de nuestra ciudad a fines del siglo antepasado. El padre Córdova ejerció su magisterio en el siglo XVIII y su crónica fue publicada por primera vez en 1651 en Lima. Como su acercamiento con nuestra tierra fue muy notorio, su crónica fue conocida en nuestra ciudad a través de muchas entregas. Aquella vez el periodismo en nuestra ciudad era muy activo. Por tratarse de la selva correspondiente a nuestro departamento, ahora publicamos un fragmento.

Un año había empleado Fr. Jerónimo Jiménez en cultivar estas plantas y para que pudiesen mejor fructificar, escribió a Huánuco al P. Cristóbal Larios, natural de la Villa de Ica, de conocida virtud, de condición dócil, naturaleza mansa y apacible. Partió de Huánuco a jornadas largas, llegó al río que bañan aquellas montañas, lo cual sabido por Fr. Jerónimo Jiménez envió a recibir para que en una balsa lo pasen. Hízose así y los indios trajeron con gran demostración de alegría y  regocijo, tocando flautas y enarbolando una cruz que para el efecto llevaron. Con este piadoso triunfo llegó a Quimiri y a la nueva iglesia de San Buenaventura donde después de habérsele recibido y dándosele estrechos abrazos de caridad, asentaron las cosas de aquella conversión. Decíales misa el padre Larios y, su compañero, les hacía la doctrina. Había aprendido con expedición y gran gusto de los indios la lengua campa. Comenzaron a dar el agua del santo bautismo a los niños, hijos de los infieles, y con ese fervor fueron también bautizando a algunos adultos que estaban bien catequizados, en especial a un indio principal llamado Domingo, hermano del cacique.

Yo conocí mucho el espíritu celestial con que Fr. Jerónimo Jiménez se ocupaba de solicitar las conversiones de infieles expuesto a derramar la sangre de sus venas, que de antemano tenía ofrecida Dios; y al padre Cristóbal Larios, lo hallé en el noviciado de Lima, cuando entró a ser Maestro de Novicios por religioso de reconocida virtud. Era de condición mansa y apacible.

Todo iba viento en popa y los misioneros se sentían satisfechos de su obra al ver el copioso fruto recogido entre los indios. Mas el cacique Zampati no estaba tranquilo, porque los misioneros eran testigos de su mal vivir, y le molestaba la corrección de éstos. Hízose con tres mujeres jóvenes y los emisarios de Dios le hicieron comprender que tenía que ser ejemplo de moralidad y buen vivir ante los demás neófitos. El que conozca al salvaje, aunque se vista de cierto ropaje de civilizado, se dará cuenta de que no dispone de la más mínima dosis de virtud, y que una reprensión, aunque sea en forma prudente y atinada, tiene que producir en su espíritu un impacto tremendo, y el afecto momentáneo, que tal vez profesó a su bienhechor, se convierte en odio profundo y mortal..

Éste es el caso del cacique Zampati que para acabar con los emisarios de Dios, urdió una treta, asegurándoles que dentro del Perené había muchos indios “antis” para catequizarlos. En un principio le creyeron y de hecho salieron en una expedición con este fin; mas un indio cristiano, a quien le había quitado su mujer, reveló a los misioneros las torcidas y malévolas intenciones del curaca. Disimulando ante Zampati los motivos revelados,  se volvieron a Quimiri después de haber caminado algunas leguas.

En ese tiempo llegó a Quimiri el padre Tomás Chávez, dominico con una compañía de treinta soldados para colaborar en la conversión de los infieles. La presencia de  los soldados y la antipatía que siempre los indios han demostrado al militar, sirvió al cacique para explotar el caso y tratar de acabar con los misioneros.

Persuadidos los misioneros por el padre dominico, los soldados, formaron dos grupos para llevar a cabo la expedición. Uno por tierra y otro por río, en balsas. El grupo que iba a navegar el Perené se componía del padre Tomás Chávez dominicio, fray Gerónimo Jiménez, cinco soldados y el cacique Andrés Zampati. A los dos días de navegación el padre Chávez  enfermó de gravedad por lo que tuvo que quedarse en la estancia y volver a Quimiri. El padre Cristóbal Larios siguió por tierra con el otro grupo para encontrarse en Ante (Antis) 50 leguas adentro.

Fr. Gerónimo Jiménez y su comitiva llegaron por el río a un paraje, que, según el historiador, padre Izaguirre, queda cerca de las cascadas donde vivían los antis. Éstos habían tendido una celada y comenzaron a tirar con notable prisa muchas flechas que en breve quitaron la vida a los españoles.  Sintiéndose herido de una flecha Fr. Jiménez que la tenía atravesada, se puso de rodillas dentro de la balsa con un crucifijo en las manos, invocando devotamente el divino favor; en eso llegó un indio de los que iban en las balsas –cómplice de Zampati- y en acto de traición descargó un terrible golpe con el remo en la cabeza y nuca del bendito religioso, que al punto cayó muerto…Igual suerte corrieron el padre Cristóbal Larios y los suyos. Esto ocurrió el 8 de diciembre de 1637.

Me parece conveniente apuntar algunos detalles de este hecho glorioso de los protomártires de la Orden franciscana Los religiosos salieron de Quimiri con el cacique y caminaron tres leguas hasta las orillas del caudaloso río y sitio llamado  Mandati -probablemente el Perené- donde embarcados avanzaron treinta leguas aportando a los antis, en un sitio llamado Coachiri. Este lugar corresponde a la conversión de San Tadeo de los antis, cerca de las Cascadas, en un estrecho por donde se subía al Gran Pajonal, llamado las Trancas.

El padre Larios murió cuatro días después. Le esperaron en una cuesta donde no se podía subir sino con ambas manos. Al herirlo cayó rodando a los pies de los soldados Juan Vargas y Juan de Miranda, que luego huyeron y anduvieron errantes hasta verse salvos, narrando todo lo sucedido.

El cacique Zampati volvió con los suyos a Quimiri, reduceidno a cenizas la iglesia y las sagradas imágenes, aprovechando los vasos sagrados para profanarlos.

No todos los suyos aprobaron la conducta de Zampati. El que a hierro mata a hiero muere. Poco tiempo después, los suyos le dieron una cruel  muerte. Sobre todos los indios “amages” del Cerro de la Sal que habían jurado vengar la muerte de su amado padre Fr. Gerónimo Jiménez.