LA MULIZA (Cuarta parte)

09.- La fiesta de los Carnavales.

la muliza 5A propósito de la muliza, queremos referirnos a una fiesta que en el Cerro de Pasco alcanzó, desde mediados del siglo XVIII, un auge extraordinario: Los Carnavales. Mucho hay por decir al respecto, por eso es que, con especial cuidado hemos elegido páginas especiales de nuestros escritores que fueron testigos de excepción de aquellaS bullangueras celebraciones. Los más representativos organismos que mantuvieron al tope el entusiasmo en estas celebraciones fueron los clubes carnavalescos.

El primer Club Carnavalesco que fundaran nuestros abuelos fue el CLUB CALIXTO. Corría el año de 1880. Su vida de 32 años -desapareció por decisión de sus socios en 1912- estuvo cargada de éxitos rotundos. Su boato y magnificencia fue tal que, en Ambo y Junín, pueblos aledaños, también surgieron conjuntos carnavalescos con el mismo nombre.

En 1905 se fundan  BONIFACIO, MARISCO y MEFISTOFELES, tres cubes de vida activa que dejaron grandes recuerdos en el pueblo. En 1906, en cambio, nace el Club que como ninguno, representa al Cerro de Pasco: El VULCANO. Sus socios, preclaros y queridos ciudadanos cerreños, han sabido mantener, generación tras generación, la más fiel tradición musical cerreña de los carnavales. Actualmente lo hace con entusiasmo digno de aplauso la familia Rodríguez.

Cuando Don Calixto,  había alcanzado raigambre en el pueblo minero, un grupo de jóvenes “bien”, con el fin de alternar efusivamente con todos los celebrantes de la Fiesta de Momo, decidió “sacar” una numerosa comparsa que, a diferencia de los otros grupos, no utilizarían cabalgaduras para desplazarse. A la usanza de los jóvenes cruzados del entusiasmo y la música que conformaban las “Tunas” españolas, también  irían a pie, portando sus gonfalones característicos bordados en oro, cintas de mil colores e instrumentos en ristre. No tendrían compañía femenina porque, precisamente, de lo que se trataba era de rendir pleitesía a la belleza de la mujer cerreña. En lo único que se parecería a los otros conjuntos sería en la interpretación de Huaynos, Mulizas y chimaychas, matizados con los “Bandos”; para ello contaban en sus filas, con los mejores compositores y poetas del parnaso local. El nombre que eligieron fue EL CAYENA. No era para menos. Rendían homenaje así a la cárcel más dantesca de aquellos años que tenía ese nombre. Allí estaban recluidos los más notables malandrines del mundo. El caso es que, en tanto vivieron, tuvieron resonante éxito por su “buen ver”, su juventud, su entusiasmo y la calidad de sus canciones. El más grande problema que tenían que afrontar era el de ir a pie, y con ello, el tener que mojarse los pies hasta extremos increíbles; por lo demás, de que se convertían en fácil presa de las chicas que los mojaban a su gusto. Se les hacía muy difícil la fuga. Su vida -como dijimos- fue muy breve pero espectacular. Dejaron grandes recuerdos. Cuando se subieron a sus cabalgaduras ya perdieron su atractiva particularidad. Les siguieron los grupos de BONIFACIO, MEFISTOFELES Y MARISCO.

El entusiasmo carnavalesco jamás decayó en la ciudad minera; por el contrario, pueblos aledaños contagiados del sano y chispeante entusiasmo juvenil, fundaron sus clubes correspondientes: KAISER (Huariaca, 1918), ASTOLFO ( Goyllarisquizga, 1921); COW BOYS (Smelter); MARTE Y PIZARRO, (Goyllarisquizga); LIRA OLLANTAY, (Paucartambo); CHAPLIN, (Huariaca); SAN JOSE,  (Mina Ragra); VULCANO CHICO, (Carhuamayo); DON QUIJOTE, en La Quinua, 1920; MOMO DE YANAHUANCA, (1920); MOMO DE CHACAYAN, (1922); TRIFON (1913), en Huaraucaca; ATAHUALPA ANDINO (1926) Yanahuanca, etc.

En el Cerro de Pasco, como es natural, continuaron fundándose clubes carnavalescos como: CLUB JUVENTUD APOLO (1922); FILARMONICO ANDINO, (1924). Posteriormente le siguen, LIRA DEL ANDE, LIRA CERREÑA, HIJOS DEL TAHUANTINSUYO, DON NADIE, LOS DIAMANTES DE YANACANCHA, ROSARIO DE YANACANCHA, etc.

A continuación, algunas referencias a los carnavales a través de la pluma de notables escritores mineros.

Lo que ha sido y lo que es el Carnaval en el Cerro de Pasco.

por Carlos Malpartida “Athos”.

En los buenos tiempos de la plata, cuando ésta se derrochaba a manos llenas por nuestros abuelos, cuando las muchachas eran sencillas e inocentes como mariposas, porque no sabían de letras con que dirigir cartitas perfumadas a los galanes y cuando los chicos no fumaban cigarros hasta cumplidos los 21 años, las cosas pasaban en esta bendita y frígida tierra, tan sencillamente, que eran una delicia y una bendición, si los comparamos con los actuales.

Días antes del carnaval, tanto los viejos verdes como los chicos precoces, se daban citas frecuentes para organizar el juego con motivo de la tradicional entrada de Don Calixto y la popular Muliza, cuyos simpáticos acordes conquistaban más de un corazón.

Los gotosos pasteleros de  torcidas manos, desempolvaban sus millares de cascarones, para vender al mejor postor y hacer su agosto a costillas de tantos entusiastas.

Los briosos corceles y los brillantes disfraces eran buscados con afán, mientras las jóvenes casaderas, con esa alegría propia de su edad, sostenían acalorada discusión sobre la mejor manera de contribuir a la celebración de esta gran fiesta y de preparar sus atrayentes confecciones. ¡Oh! eran soberbios aquellos tiempos que se fueron para no volver.

Llegado el gran día, la cuidad se declaraba en fiesta. El comercio cerraba sus puertas y los balcones eran ocupados por el bello sexo que se disputaba el mejor sitio para presenciar el desfile.

A las dos de la tarde llegaba el ansiado momento. Numeroso tropel de jinetes presidía a la comitiva de Don Calixto y su graciosa pimienta, iniciando el juego en todo el trayecto; más de un ojo huero, una nariz torcida y una cabeza averiada eran los resultados de este combate carnavalesco.

la muliza 6Bien pronto aparecía Don Calixto en brioso corcel, elegantemente ataviado, guido por su pimienta, que lucía elegante  vestido vaporoso de gasa celeste y blanco, acompañado de más de 60 personas cuyos lujosos disfraces costaban centenares de soles. Instalados en la Plaza principal de Chaupimarca, se cantaba la popular muliza, una de las cuales reproducimos para que se conozca el gusto que predominaba entonces en esta clase de composiciones.

M U L I Z A

No hay alma fina que de lo bueno,

no forme un sello al corazón,

ni hay ser humano que en lo sensible

no sea apacible a una impresión.

 

Amo a una bella, que es primorosa,

y que graciosa su lira oí;

es lance fuerte si ella supiera

y no sintiera lo que hay en mí.

 

Bañan rocíos de amor el alma,

y en dulce calma se ve oprimir;

cuando mil voces brotan mi aliento

porque me siento no resistir.

 

           ESTRIBILLO

Si ayes respiro por tus sonrisas

no son pues brisas ni olas del mar,

es la expresión del fino amante

que a todo instante quiere exhalar.

                      (1879)

Una de las mejores voces de esos tiempos eran las de Alvariño, Durán, Venegas, Valdivieso y otros tantos. En la orquesta figuraban los Alcántara, Gutiérrez, Collao, etc. etc.

En diversos lugares de la cuidad se daba lectura al bando, cuyo tener redactado con la chispa y calembour más jocoso, hacía reír a mandíbula batiente al numeroso populacho. Una banda de músicos escogidos cerraba este alegre cortejo.

Después de recorrer las principales calles iniciando el juego, la comitiva se daba cita en la casa de Don Calixto donde se servía un espléndido lunch. Las viandas más exquisitas roseadas de fina champaña, el añejo y exquisito cognac, el puro de Ica y la cerveza de varias clases adornaban esas mesas. Al día siguiente los jóvenes de ambos sexos se aprestaban a la lucha. Vestidos unos de dril blanco y otros sus pantalones parchados, sacos de diablo fuerte, botas de cuero ruso y sombreros de paja se lanzaban en pos de esas aventuras. Con esta feliz indumentaria y un canastillo forrado de roja para para llevar los cascarones, salían en grupos los jóvenes jugadores dominados de un entusiasmo sin precedentes, que daba gusto verles.

Ya en los balcones o en cualquiera casa particular, se atrincheraban las hermanas y se entablaba la más animada e interesante lucha. Empezaban con unos cascaronazos tan fuertes que bien pronto eran víctimas de sus efectos más de media docena de vidrios que con gran estrépito se venían al suelo, amén de alguna nariz rasgada o algún ojo huero.

Se colocaba una escalera que sostenida por dos mozos servía para que los demás asaltaran la fortaleza. Los osados recibían una lluvia de cascarones y agua, pero nada los  detenía en su ardor bélico que por fin tomaba por asalto la fortaleza. Empezaban los forcejeos los achuchones y los gritos, el rodar de los muebles, la rotura de las copas y vasos y la caída de los jugadores como latigazos. Al poco rato se oía la voz de ¡A la carga! y todas las niñas acompañadas por las sirvientas, los abuelos y algunos papás se precipitaban sobre los asaltantes y el más lego era amarrado a una silla donde se le coronaba terminando con esta escena las hostilidades. El padre de familia  gritaba entonces: ¡Señores, vamos a tomar una copita!, ¡¡Bravo, bravo, a remojarse!! gritaban los combatientes que destilaban agua como salidos de una batea y luego se pasaba al comedor donde se notaba la bonanza de la casa.

Mientras esto sucedía, los organizadores más entusiastas de la fiesta, entre los que encontraban los estimables caballeros Venancio Góngora, José Malpartida y Apolinario Franco, reunían en la plaza a lo más granado de la sociedad para bailar alrededor de un árbol lujosamente adornada con cintas, frutas y otros objetos de fantasía, tal como lo habían implantado las hermosas “Huanquitas aguadoras”. Cada pareja se encargaba de cortar con un hacha el árbol, hasta que debilitado este se rendía al duro golpe de alguna de las parejas que eran designadas en medio de aclamaciones de entusiasmo padrinos para el próximo año. Se quemaban gran cantidad de cohetes y cohetecillos y la comitiva pasaba a la casa de algunos de los invitados donde se bailaba y jugaba hasta el día siguiente.

Y el pueblo compuesto entonces por los llamados barreteros, japires y pasaches, cuyos salarios les permitían cierta holgura se divertían también en armonía con sus costumbres. En los barrios de Arenillapata, Puchupuquio, Uliachin y Yanacancha, se reunían partidas de macetonas en son de combate y sin más trámite tomaban a cualquier transeúnte y lo amarraban en una silla, quien para recuperar su libertad, tenía que dar dinero en pro de la gente alegre.

Así transcurrían los tres días de carnaval en medio del contento general y los recuerdos más halagüeños. El miércoles se daban cita todos los prosélitos de don Calixto y procedían a la ceremonia de su encierro previa una jocosa memoria testamentaria.

Ahora todo ha cambiado, en lugar de Don Calixto, se presenta las comparsas de Bonifacio, Mefistófeles y Marisco. Antaño la juventud se mojaba mucho pero se divertía mejor, hogaño el carnaval ha decaído con el cambio de costumbres y la decadencia de la fortuna particular.

Continúa……

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