LA MULIZA (Séptima parte)

la muliza 9El Caballo de Oro

(El relato de un carnaval cerreño).

por Ambrosio Casquero Dianderas.                                                           

El Cerro de Pasco, cuna de El Dorado que descubrió Huaricapcha en una cueva insigne, tuvo ayer unos espléndidos carnavales, tal vez inigualables a los de hoy. No llegaba aún a extinguirse el alba de nuestra vida soñadora, cuando ya era fama muy clavada en el alma cerreña, la del insigne don “CALIXTO”, que duró tantísimos años en la ciudad.

Los hechos que pasamos a narrar, se diría que de por sí son novelescos, sino hubiera intervenido la realidad en el desarrollo de la acción que daremos a conocer a nuestros lectores.

                                                           II 

Era en los carnavales de antaño, el primer factor que los movía, el de “quedar bien” ante el público, para lo cual, debía obrarse con el concepto de lo original. Por otra parte, cada miembro de las comparas a lucirse, debía sufragar sus gastos personales, con plata propia, desde la cotización de socio a la institución a que se pertenecía, hasta el disfraz de seda y el magnífico caballo de paso bien presentado. Y Había que tenerse en cuenta, que para el lucimiento, un sinnúmero de miembros disfrazados…Un verdadero conjunto, o mejor legión de vasallos del monarca reinante en los días de Momo. Claro que a cualquier tiempo fue mejor, Oh manes del Dios Antaño!…

                                                           III 

Así queda muy bien…¿No es cierto…? Así, pero una manita más por debajo del anca…

Ya…

         Eso es….

         Y tras este diálogo, el caballo de un miembro del Club memorado, el caballo de aquel que hoy con toda amplitud de nuestra pluma lo evocamos, quedó convertido en un magnífico CABALLO DE ORO. ¿Qué pasó para que obrara tal milagro de convertirse en eso?…Poca cosa: varias manitas de purpurina dorada con el zumo de plátanom hicieron el milagro…El animal, así pintado de oro sobre el pelo fino, era un caballo irreal, fantástico, se diría tal vez trasunto de un sueño de Edgar Allan Poé o de algún poeta dadaista. 

         Sobre el caballo ya pintado, todo el cuerpo, cubrieron una hermosa montura de galápago, con risueños adornos de géneros de colorines y cascabeles en enorme profusión. Luego que estuvo expedito, apareció en la puerta de su residencia, el que debía cabalgar sobre el noble bruto. Recordamos claramente. Era un bien caraterizado súbdito de Mefisto. Un demoniaco ser, con su ropaje rojo, sus amplias y plateadas alas, el rabo largo de ostensible tentación; en fin, una figura que, sobre el caballo dorado, constituía lo maravilloso, lo imponente, como lo fantástico. 

         Un amigo del diablo aludido que montaba el noble bruto, en tanto iba una guitarra en su manos, templándola “en llano”, medio borrachín, en el patio del dueño del caballo evocado, comentó diciendo: ¡Este se saca el premio!. 

                                                           IV 

         Éxito contundente en toda la población, la tarde magnífica de aquel lejano carnaval cerreño. El paseo de la inconmensurable legión de súbditos del Monarca de entonces, fue soberbio, imponente, magnífico, único, rubricado con el melodioso canto de la muliza, toda alma cerreña, toda “te quiero palomita”, y toda:

                            “Te adoro mi dueña

                            y escucha mi voz…” 

         Muy delante de dicha magnífica comparsa lucía su estampa el caballo dorado, gallardo e inquieto, a su apuesto conductor demoniaco. Se supo que él, con su caballo y con su sencillo y original disfraz, estuvo designado para el premio, entre los que mejor se distinguieron en su presentación. 

                                                           V 

         Y, en efecto, salió triunfante el diablo de la leyenda, que hoy evocamos, y su caballo dorado. Pero el epílogo no estaba previsto. Cuando ya había cerrado la noche, y, en la clara hondura azul del cielo, fulgían los luceros rutilantes cerreños, el caballo de oro, sufrió un violento estertor, en su pesebre, bajo un viejo “quinual”  y, fulminado por aún no sabemos qué, quedó tenso en la tierra… 

         ¿Qué había pasado?…Los comentarios fueron cien, pero la versión que prevaleció sobre todas: La pintura del polvillo de oro dorado, dada al caballo sobre el fino pelaje cubriéndolo totalmente, lo había intoxicado…La química, seguramente, obró en sentido opuesto a la vitalidad del animal.


(Diario EL MINERO  de 14 de febrero de 1942:4)

la muliza 10

¡Aquel Carnaval!

Por César Pérez Arauco

La dictadura del “oncenio” de Augusto Bernardino Leguía se caracterizó, entre otras cosas, por el gran empuje que le dieron a los carnavales en Lima. Ostentoso boato, exuberancia e inolvidables manifestaciones populares. El Cerro de Pasco de entonces, no constituyó ninguna excepción; al contrario, como antaño, gozó y de divirtió a lo grande. A uno de estos años corresponde la estampa que aquí les relato. El protagonista principal es don Pedrito Santiváñez, notable enfermero que sirvió abnegadamente por más de cincuenta años en nuestro Hospital Daniel A. Carrión y, en su juventud, fue dinámico animador de actividades musicales, deportivas y sociales.

La llegada de la fiesta de Momo había causado gran revuelo en el pueblo y los  clubes carnavalescos tomaron las precauciones necesarias para que sus comparsas fueran las mejor presentadas en aquellos días de algazara. El primero fue el “Vulcano”, paradigmática institución, creada en homenaje al dios romano del fuego que con yunque y martillo forjó los rayos de Júpiter; aglutinaba a excelentes músicos y notables poetas que han dejado notable heredad que sigue nutriéndose con las inspiradas creaciones de actuales artistas cerreños. El “Juventud Apolo”, en homenaje al dios griego, protector de la música y la poesía, reunía  a lo más granado del arte. Notables poetas y músicos unían sus talentos para conseguir excelentes creaciones que el pueblo cantaba. El “Cayena” en remedo y recuerdo al más dantesco presidio del mundo, ubicado al extremo norte de la América del Sur, en la Guayana Francesa, donde recluían a los más avezados delincuentes. El club –recuerdo local de la mencionada prisión- reunía a los mozos cundas de la ciudad; “niños bien” de buena presencia, enamorados, músicos, poetas, cantantes, trompeadores de leyenda; hijos de los más empingorotados personajes que en nada querían parecerse a los miembros de la otras comparsas; por eso decidieron que saldrían por las calles a cantar a las mujeres guapas, vestidos de “tunantes”, a la usanza española –alguno de ellos, lo era- sin subirse a ningún caballo, irían a pie. Así lo hicieron en los carnavales y las cintas de colores que adornaban su vestimenta oscura correspondían a sendas enamoradas que tenía cada uno. El “Tahuantinsuyo” del barrio de “La Esperanza”, reunía en su seno a los más brillantes músicos y cantantes del lugar. Su paradigma fue el gran compositor tarmeño, Marcelino Porras Mandujano que ha dejado inolvidables creaciones en el voluminoso cancionero local. Su comparsa de decenas de jinetes, iba presidida por el inca. Su ropaje magnificente de especiales telas y pieles ostentosas, lucía una variada muestra de joyas. Cada año, por riguroso orden histórico, el monarca cambiaba. Comenzó por Manco Capac, le siguieron los trece restantes. El séquito numeroso, no le iba a la zaga. Detrás escoltado por fieros guerreros de escudos y macanas en ristre, iba el decorado carruaje real con ñustas, coyas, mamaconas y escogidas, admirables vestales, lujosa y pintorescamente ataviadas. Toda la Panaca Real. Mostraban la opulencia del imperio inca. El  “Filarmónico Andino”, novísima institución presidida por don Pedro, contaba en ese momento, con la participación de los más geniales músicos y destacados poetas del ambiente local. Graciano Ricci Custodio era su estrella más rutilante. Invitado por don Pedro, acababa de arribar tras haber dirigido la banda de música de nuestro Ejército. Su maestría era incomparable. Lo acompañaba los más selecto del arte musical cerreño. Todo el mundo comentaba positivamente el acierto de esta incorporación.

Cada una de las comparsas había seleccionado a su Banda de Música y, de campos aledaños, habían traído los mejores caballos para sus jinetes. Los ensayos diarios, exigentes y disciplinados de más de un mes, buscaban afiatar a músicos y cantantes  para lograr el beneplácito del pueblo que, unánimemente, se volcaría a calles y plazas para escucharlos y solazarse. Las mulizas y huaynos a cantarse en la ocasión, se encargó a los mejores poetas y músicos de entonces. En los versos, Andrés E. Urbina, Ramiro Ráez Cisneros, Ambrosio Casquero, Lorenzo H. Landauro, Arturo Mac Donald, Gamaniel Blanco Murillo, Francisco N. del Castillo y otros; la música a cargo de  Graciano Ricci, Adrián Galarza Gallo, Daniel L. Rojas, Armando paredes Ugarte, Andrés Rojas Quiñones, entre los más notables.

El Concejo Provincial de Pasco por intermedio de su Inspector de Espectáculos, a la sazón don Humberto Galantini, había reunido a los personeros de los clubes carnavalescos con el fin de acordar el día y hora en que deberían presentar sus comparsas.

Aquí ardió Troya.

Iniciada la sesión a las ocho en punto del día viernes -puntualmente, cosa muy rara en el Cerro- los representantes del Vulcano, Apolo, Tahuantinsuyo y Cayena, en forma por demás sucinta, habían acordado el domingo para el “Vulcano” y “Cayena, martes para “Apolo” y “Tahuantinsuyo”, dejando el último día para el “Filarmónico Andino”, aprovechando la ausencia de sus representantes. La breve y convencional reunión llegaba a su fin con la lógica aprobación de los participantes que, demás está decir, eran los beneficiados, cuando intempestivamente hicieron su aparición los delegados del Filarmónico con Pedro Santiváñez a la cabeza. El señor Galantini que dirigía el debate cumplió con hacer conocer las disposiciones que el Concejo había tomado para la presentación de las comparsas cuando hubo finalizado:

_ ¡Señor Presidente: Pido la palabra!.

_ ¿Tiene usted algo que argüir?.

_ “Sí, señor- don Pedro estaba de pie, serenamente firme- En nombre del “Filarmónico Andino” del que me honro en ser su Presidente, impugno esa decisión por arbitraria – ¡Una explosión de murmullos recorrió la sala, y los ojos expectantes de los asambleístas se clavaron en el rostro del presidente.

_ ¡Es un acuerdo unánime, señor representante del Andino!.

_ ¡Arbitrario!

_ ¡De ninguna manera!

_ ¡Sí, señor Presidente!. ¡Arbitrario, porque ha sido adoptado en ausencia de una de las partes interesadas como es mi representada….!

_ !Lo hemos debatido democráticamente!. Además, esa es la disposición del Concejo Provincial al cual represento en mi condición de Inspector de espectáculos…!

_ ¡Lo invalida aún más, señor Presidente!. –el silencio era electrizante pro la voz de don Pedro se hizo más sonora- Debo decirle a usted, con todo respeto a la institución que representa, que el Concejo nada tiene que ver en este caso, porque si en lugar de fiscalizar nuestras actividades, nos hubiera prestado alguna colaboración a fin de hacer factible la presentación de nuestras comparsas, gustosos habríamos recibido sus directiva; pero, no habiéndolo hecho, no podemos aceptar esta medida, a mi entender, dictatorial…

Los escandalosos comentarios que la decidida actitud de don Pedro desató, fueron cortados por el último recurso conminatorio y enérgico del señor Galantini:

_  ¡¿Quiere decir que usted se opone a que el Vulcano se presente el domingo…!

_  ¡De ninguna manera. Conocemos y respetamos a esta dignísima institución y ella puede presentarse el día que lo crea conveniente. Lo que digo y, ahora lo reitero es que el Concejo no debe disponer arbitrariamente la fecha de nuestra presentación…

_ ¿Para eso ha venido…?!

_  Y para informar a los clubes colegas que el Andino se presentará, de todas maneras, el domingo – Las airadas protestas menudearon siendo las más sonoras las del representante del Vulcano.

_ ¡De ninguna manera! . ¡El domingo se presenta el “Vulcano”- delegado se hizo escuchar iracundo.

_ ¡Bien está!. Mi representada, respetando su antigüedad lo hará en segundo término. Como se presentarán a las dos; nosotros les daremos una hora y, de todas maneras, se hayan presentado o no, el Andino estará haciendo su ingreso en la ciudad a las tres de la tarde – Ya se iba a armar una trocatinta histórica, mas don Pedro Santiváñez con mucho tino concluyó, – Eso es lo que queríamos hacer conocer a nuestros dignísimos colegas y habiendo concluido nuestra misión, nos retiramos deseándoles muy buenas noches…-Y diciendo esto salió por un callejón de murmullos, seguido de los miembros de su directiva.

Esta actitud agravó la grande rivalidad que desde años antes existía entre el “Vulcano” y el “Andino” en su disputa por la superioridad.

Al día siguiente, propagado por “El Minero”, “El Diario” y “Los Andes”, la actitud de don Pedro se convirtió en comidilla del pueblo. Se tejieron mil conjeturas, se realizaron apuestas y las gentes del pueblo se aprestaban a ser jueces de un singular duelo de calidad artística, entusiasmo, disciplina y organización.

Y llegó el domingo.

Desde las primeras horas de la mañana, el sol estuvo inundando de luz el abigarrado y caótico paisaje de la ciudad señera.

A la una de la tarde, don Pedro Santiváñez, tenía a la puerta de su casa, un impresionante caballo moro, negro como la noche, de impresionante alzada. Crines al aire, amplia grupa y firmes agujas, más que un animal era la representación de la majestad equina. Cubierta la silla con hermosos pellón sampedrano y atezado con arneses de plata, el caballo parecía de filigrana. Pinturero y nervioso, muy nervioso, hacía honor a su nombre: “El Gran Diablo”. Había sido criado y amaestrado en los agrestes y soledosos campos chacayanos. Cuando se aprestaba a montarlo, el caballo se mostró inquieto, no conocía al jinete; es entonces que quien lo había traído –eximio y experimentado caballista- don Marcelino Suárez, subió sobre el animal, picó espuelas y a lo largo de la calle del Hospital, en galope franco y tendido  hizo dar varias vueltas y gambetas al “Gran Diablo” y tras una carrera abierta, lo sofrenó de golpe delante de don Pedro, haciendo recostar sobre los cuartos traseros, todo su peso. Húmedos y brillantes los belfos, “El Gran Diablo”, estaba listo para presidir la comparsa. Fino poncho de vicuña sobre terno negro de casimir inglés, pañuelo blanco de seda aprisionado con anillo de oro al cuello y alón sombrero blanco de paja de Guayaquil, el Presidente del Andino, también estaba listo.

Como lo habían acordado, todos los miembros del “Filarmónico Andino” estaban reunidos en el patio de la casa de don Pedro Llacsa en el barrio de Cabracancha: Directivos, músicos, cantantes, banda de músicos, gallardos chalanes y coheteros. Urgido de saber si el “Vulcano” estaba cumpliendo con el programa y la expectativa que se había despertado en el pueblo, don Pedro envió a un  jinete a fin de que se informara al respecto. El comisionado picó espuelas y en quince minutos estaba de vuelta, agitado y emocionado. Informó que la expectativa en la ciudad era tremenda y el “Vulcano” recién se estaba reuniendo en Patarcocha. Todo el Cerro de Pasco estaba en sus calles y plazas. Faltando un cuarto de hora para las tres, el jinete traía otro informe:

_ Todavía el “Vulcano” está tardando en reunirse en su totalidad. Creo que van a tardar más de una hora en conseguirlo.

_ ¿Nada más…?

_ Sí, algo importante. Me han asegurado que los directivos del “Vulcano” han jurado bajarlo a usted a riendazos de su cabalgadura en cuanto lo encuentren. Todo el pueblo lo está comentando.

_ ¿A, sí…?. ¡Veremos!

Era las tres de la tarde en punto. Don Pedro hizo la señal convenida y el “Filarmónico Andino” partió a conquistar la ciudad. Delante, concitando la atención del público, la resonante banda de músicos abriendo calle con un vibrante pasacalle; detrás, elegantes chalanes de finos ponchos de vicuña, sombreros blancos y pañuelos rojos al cuello, flameantes y airosos; la mano izquierda gobernando al obediente bruto, la derecha repartía los programas de colores en el que se hacía conocer la constitución de la directiva, cuadro de músicos y cantantes y, principalmente, mulizas, huaynos y chimaychas que cantarían aquella tarde. Las gentes arremolinadas en las calles se peleaban para obtener alguno de estos recuerdos que, ahora pasados los años, constituyen un trofeo de inapreciable valor sentimental y artístico.

¡Cohetes, serpentinas, bombardas, globos, chisguetes y más serpentinas de colores!

La participación de los ciento cincuenta jinetes del “Filarmónico Andino” fue acamada con estruendosa algarabía popular. Los comentarios, vivos y sabrosos, aclamaban las canciones presentadas. Después de hacer su recorrido por las principales calles y plazas de la ciudad, cantando pletóricos sus creaciones populares, el “Filarmónico Andino” se retiraba. Había triunfado plenamente.

Partían ya los Andinos pletóricos, cuando frente al Mercado central, se encuentran frente a frente con los integrantes del “Vulcano” que recién hacían su ingreso en la ciudad. Los jinetes sofrenaron sus cabalgaduras y las bandas enmudecieron. Frente a frente estaban los jinetes de ambos bandos. El silencio era enorme. La gente presagiaba lo peor y apiñada en veredas y balcones, esperaba el desenlace. El silencio se tornó sobrecogedor. De pronto, la voz clara y sonora del Presidente del “Vulcano”, deshizo el silencio.

_ ¡Pedro!…. ¡Un abrazo!

_ ¡Dos! – respondió don Pedro.

Acercaron sus cabalgaduras y se estrecharon en un cálido abrazo. Inmediatamente, como si lo hubieran ensayado, los integrantes de ambas comparsas hicieron lo mismo. El pueblo, lleno de emoción, prorrumpió en interminable y sonoro aplauso. Así, amistosamente, al calor del cariño por nuestra música y versos, aquella rivalidad quedó zanjada.

Transcurridos muchos años nosotros seguiremos aplaudiendo porque de aquellos años queda en nuestro álbum añoso las mejores composiciones de nuestra música.

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