LA VENGANZA DEL MUERTO

zeladitaEntre los aventureros que arribaron a la tierra minera al finalizar el siglo XVIII, había uno de lúgubre aspecto que fue a afincarse en una casucha de esos laberintos formado por los barrios de Huancapucro y Matadería. Hermético y sin amigos, nadie llegó a saber jamás de dónde había venido. Alto y desgarbado, de piernas como zancos, se bamboleaba al caminar arrastrando sus enormes zapatos. Sus brazos descomunalmente largos colgándole a los costados, terminaban en manazas cruzadas de azulencas venas que remataban en sarmentosos dedos. Trajeado de negro -de la cabeza a los pies- su vestimenta hacía resaltar su extremada palidez de muerte. En su rostro huesudo, afilado y lívido, dominaba la lobreguez de sus ojos profundamente oscuros, tenebrosos e inquisidores; sus largos  cabellos entrecanos  le llegaban al hombro. Sobre el chaleco una leontina de plata brillante en cuyo extremo lucía un Longines “Tres Estrellas”.

A poco de llegar inició sus actividades curando “el susto”y “el mal de ojo” de los críos cerreños. Utilizaba montoncitos de flores, galletas, caramelos, monedas menudas y rezos especiales; cerrando el cuerpo de las parturientas protegiéndolas del “sobreparto”; su técnica para el jubeo con el cuy era insuperable y, cuando notaban a hombre o mujer, inapetente, legañoso y  presa de bostezos, inmediatamente era convocado para que con el uso de mantas, fajas y pañuelos, hiciera “rodar” a su paciente que en un santiamén le devolvía la salud. Se hicieron famosas sus incursiones en las cavernas de “León Gasha” y “Shuco” haciendo volver el alma de sus clientes víctimas de maleficios. Su mano santa era tan acertada que curó a cuanto paciente le llevaran con las más raras enfermedades.

Como adivino, era único. Conversaba con los cerros que confidentes le revelaban lo que averiguara. Curó  los “daños” hechos a sus clientes con prontitud y eficacia y, cuando los ruegos y la paga le convencían, convertido en un “malero” experimentado él también devolvía el maleficio con conjuros y oraciones utilizando  muñecos amarrados con raros y enigmáticos aditamentos. Experto en pócimas y bebedizos fue muy solicitado haciéndose milagrosos sus “filtros de amor”. Como “huesero” nunca hubo igual. Su fama en poco tiempo, había crecido hasta sobrepasar los linderos de la vieja ciudad minera. Su nombre alcanzó celebérrimos contornos en todo el centro del Perú: Zeladita. Sí, así a secas: Zeladita. No más nombres ni apellidos. Pero además de su extraordinaria habilidad como curandero,  brujo y agorero; tenía otra cualidad que sólo contadas personas conocían. Era espiritista, y de los buenos. En un ambiente de su casa había adecuado su estancia para las sesiones en las que convocaba al alma de los muertos. Cubierta totalmente de tétricos catafalcos, la lúgubre habitación tenía una mesa circular de madera  construida con restos de viejos ataúdes extraídos de los cementerios de Santa Rosa, Uliachín y Yanacancha. El ensamblado de las maderas lo había logrado con ligazones de tarugos, sin clavos ni colas. Siete sillas de negro tapiz rodeaban la mesa maléfica. En cada una de las cuatro esquinas de la sala, un gigantesco candelabro con su velón de listones negros, expeditos para ser encendidos al comenzarse la sesión.

Para esas mismas fechas en que la popularidad de Zeladita había rebalsado los confines cerreños, ocurrió un hecho que espeluznó a las pacatas y silenciosas   gentes del emporio minero.

zeladita 2 Dos socios de una mina de plata- boyante y riquísima- habían tenido tal suerte que en breve tiempo su producción se había hecho abundante, llenando de plácemes y monedas a cada uno de  ellos. Uno, el más dinámico y diligente, no obstante su apariencia débil y enjuta, había reunido tal cantidad que en las noches, pacientemente contaba y recontaba sus tintineantes monedas de nueve décimos, pensando en una vejez tranquila y sosegada al amparo de sus ahorros. Solo como era, sin mujer y sin hijos, su único compañero era su socio a quien le confiaba todo, menos el lugar donde –previsor- escondía su dinero. El otro, corpulento, y dicharachero, asiduo asistente a los clubes y reuniones, dilapidaba su parte sin ningún reparo. Confiaba en el trabajo pertinaz y silencioso de su socio que, llueva o truene, de día o de noche, atareaba como un esclavo. Poco a poco fue llenándose de deudas de juego. Sus vicios y francachelas sólo tenían otra inclinación tierna y amorosa: una hija. Cercana a los quince años había quedado como único consuelo de su vida a la muerte de su esposa. Su adoración a la niña se había convertido prácticamente en una malsana idolatría.

Emplazado por sus acreedores, acuciado por las deudas de juego, un día decidió hablar con su socio para obtener un préstamo de éste. Confiado bajó a la mina cuando los obreros ya se habían retirado, y como siempre lo encontró trabajando solo. Compungido y con propósito de enmienda le contó  de sus necesidades y de sus angustias pidiéndole el préstamo de una respetable cantidad de dinero. El socio, conocedor de sus irrenunciables y enfermizas inclinaciones a los dados y naipes, se negó rotundamente a alcanzarle tal ayuda. La negativa exasperó al solicitante que aprovechando de su corpulencia, comenzó a maltratar a su compañero. Al ver que la negación persistía, el grandulón pasó a torturarlo con una pinza y un puñal. Tanto fue el maltrato que le propinó que cuando se dio cuenta, ya el débil socio había finado. Aterrorizado y  con el fin de engañar a la justicia, separó la cabeza de su víctima que, para la tortura, estaba sólidamente amarrada a una columna y la arrojó muy lejos.

Al día siguiente, cuando los obreros volvieron a su labor, encontraron el cuerpo exánime del laborero y dieron parte a la policía. El primero en aparecer sorprendido fue su socio, el mismo que fingiendo sorpresa y una congoja tremenda lloró y maldijo. Tan buena fue su actuación que la autoridad y los amigos creyeron a pie juntillas en su inocencia y todo quedó en nada.

Los días pasaban y las deudas acosaban al criminal cuya mina ya nadie quiso trabajar. Apremiado por la necesidad, en el convencimiento de que en algún lugar su víctima había enterrado su dinero y en afán de rescatarlo para sí, decidió pedir la ayuda del ya famoso Zeladita.

  • Mira Zeladita –le dijo- el obtener una fabulosa fortuna está en nuestras manos. Las tuyas y las mías. Yo te pagaré una respetable cantidad de dinero si logras entrevistar al espíritu de mi socio para que nos revele dónde está escondido su dinero. Total, ya no lo necesita.
  • El caso es muy difícil –respondió Zeladita muy pensativo – casi imposible. Su socio ha fallecido de “mala muerte” y es más que seguro que esté penando en la otra vida. En estas circunstancias es muy complicado.
  • Haz todo lo que puedas. Te pagaré muy bien.
  • Sólo hay una probabilidad. Para convocar a este espíritu, se necesita una médium muy especial, que ha de ser muy difícil encontrar aquí.
  • Haremos lo que sea necesario –suplicaba el asesino- la buscaremos donde sea. Es preciso hallarla… ¿Cómo ha de ser esa médium?….
  • Tiene que ser una mujer todavía púber, virgen y pura, cuya vida sea tranquila y virtuosa. Sólo en ella podría alojarse un espíritu atormentado como el de su socio.

Las condiciones planteadas por el espiritista zahorí, amoscó al minero que desde aquel momento se dedicó a buscar a la médium precisa. No la encontró. Su angustia iba creciendo hasta llegar a la desesperación. De pronto, un día, como iluminado, pensó en la única persona que podía ayudarlo: su hija. Ella era muy joven, virgen, virtuosa, casta y pura. No había nada que hacer, su hija a la que tanto adoraba, lo salvaría. Estaba seguro que por muy pocos instantes nada malo le ocurriría. Alegre como unas pascuas le comunicó su determinación a Zeladita. Ya todo estaba listo y sólo había que esperar el viernes a la medianoche para la sesión. Desde el día miércoles, la niña ignorante del papel que jugaría y confiada en su progenitor, no probó alimento alguno. Zeladita –muy previsor- le daba una pócima secreta a base de miel de abejas, coca y maca que la niña, obediente y colaboradora bebía cada seis horas. Nada más.

Por fin llegó el viernes. Cercana la medianoche, lóbrega y fría, se presentó el impaciente minero llevando de la mano a su hija, inocente y buena, que en esta ocasión, vestía una larga y blanca túnica. El espiritista, todo ataviado de negro, la recibió y le hizo pasar al lúgubre aposento; encendió los velones y, en esa penumbra, acercó las tres sillas a la mesa y cuando la niña comenzaba a sobresaltarse, el padre le dio un beso en la frente y le dijo que no temiera, que sólo era un momento en que Dios la visitaría. La muchachita se tranquilizó y Zeladita extrajo su brillante reloj de plata y delante de los ojos de la niña comenzó a hacerlo pendular y con voz cascada y profunda le conminaba a que se durmiera. Cuando la joven quedó en trance, ordenó que pusieran las manos sobre la mesa, tocándose uno al otro. De inmediato con voz profunda comenzó a convocar al alma del difunto. Estuvieron buen rato en estas invocaciones cuando comenzaron a oír pasos y golpes sobre la mesa del centro que se movía como si se tratara de zafarse de una prisión. Los velones chisporroteaban y las llamas se inclinaban hacia un lado como si un viento fuerte tratara de apagarlas. El ruido de pisadas y piedras cayendo sobre la mesa se hacía más intenso cuando de pronto la joven médium se estremeció como agarrotada, luego, unos temblores y fuertes convulsiones se apoderaron de su frágil cuerpo. Entretanto el ocultista  conminaba al espíritu a decir donde estaba escondido el dinero. A cada pregunta, las contracciones se hacían más crueles y ostensibles. De pronto vieron que de la boca de la niña salía un líquido viscoso y, moviendo los labios, con una voz varonil que no era la suya y que el minero reconoció como la del extinto, dijo:

  • ¡No!… ¡no!.. ¡no!. – A cada palabra. La médium se retorcía. Su frente blanca se perlaba de sudor y copiosas lágrimas brotaban de sus ojos.
  • ¡Dinos!, ¿Dónde está tu dinero? –Grito sin poder contenerse el minero, y de inmediato le llegó la respuesta de los labios de su hija que estaba poseída por el espíritu de la víctima.
  • ¡Nunca!…¡nunca! –ya en el paroxismo parecido a la locura, gritó- ¡Maldito seas!, ¡Maldito seas!…¡Maldito!… –diciendo esto la damisela, doblegada por los esfuerzos, se desmayó. Entre tanto los ruidos se alejaban haciéndose cada vez más imperceptibles.

Todavía con la tensión del esfuerzo, Zeladita acudió inmediatamente a la joven que desmayada yacía sobre su silla. Le limpio el líquido que había manchado su vestido y procedió a despertarla. Mucho tiempo estuvo en este empeño hasta que la chiquilla dio muestras de vida. Así, soñolienta y sonámbula como una autómata,  fue llevada a  casa por su padre.

Lo espectacular del caso es que, no obstante la angustiosa desesperación del minero, la hija no llegó a reaccionar normalmente y, desde aquel día, inapetente y enajenada, fue sumiéndose en un misterioso silencio en tanto sus carnes se secaban y su palidez se acentuaba. El sentimiento de culpa y la consternación del minero fue creciendo cada vez más y más, cuando la joven, a poco de quedarse dormida, despertaba sobresaltada prorrumpiendo desgarradores e inhumanos gritos como salidos de ultratumba. Al final ocurrió lo que tenía que ocurrir. Una noche, entre alaridos desoladores y espasmos estremecedores, el cuerpo de la joven quedó rígido para siempre.

A partir del deceso de su hija, el minero comenzó a perder la razón y su único afán era entrar en las bocaminas abandonadas buscando el tesoro por el que había matado, pronunciando ininteligibles palabras, hasta que un día desapareció misteriosamente sin que su cuerpo jamás fuera hallado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s