TESTIMONIO DEL SALVAJISMO CHILENO EN PASCO

Testimonio sobre el vandalismo chileno de la expedición Letelier en el Cerro de Pasco, escrito por Zoila Aurora, hija del mariscal Andrés Avelino Cáceres,  en su obra LA CAMPAÑA DE LA BREÑA

Dice lo siguiente:

“El señor Pedro A. Gonzales, vecino del Cerro de Pasco, quien tuvo que sufrir lastestimonio consecuencias de la invasión chilena en su provincia, me ha enviado una interesante relación, evidenciando cuál fue la conducta incalificable que observó el ejército chileno durante la ocupación de aquella ciudad. Estas líneas escritas por un testigo peruano, aunque horrorizan, prefiero reproducirlas descarnadas y horripilantes conforme las he recibido, por la verosimilitud que de ellas se desprende. Oíd:

“Las tropas chilenas al mando del comandante don Ambrosio Letelier y su segundo, Bouquet, ocuparon la ciudad del Cerro de Pasco, capital del departamento de Junín, el más rico asiento mineral de Sud-América, con una división fuerte de 3000 plazas de las tres armas. No me ocuparé en relatar detalladamente, aquella época de terror. No me ocuparé de los terribles asesinatos que cometieron, como los de la hacienda mineral de Angascancha, donde mataron al español don Ramón Tovías, a toda su familia y empleados, dejando nueve cadáveres. Un oficial, un sargento y un soldado se presentaron pidiendo hospedaje en el fundo y aprovechando de la confianza que en ellos tenían, comenzó la matanza sorpresivamente, pagando como saben pagar los ***** el hospedaje. No me ocuparé de los ganaderos Santiago y Eduardo Basilio, asesinados en su estancia de Tunyán, por la ruta del pueblo de Vilcabamba, por el gusto de matar, ejercitando su puntería en esos infelices pastores. No me ocuparé de las comisiones que marchaban a las haciendas minerales, con orden de arrebatar la plata en masa (pella), plata piña, sin fundir, el azogue y todo lo que hallaban de valor en dichos fundos, amenazando a los dueños y empleados con fusilarlos y sembrando el terror por donde pasaban. No me ocuparé de los exagerados cupos que imponían a los vecinos del lugar para que pagaran, en el término de 24 horas, siempre con amenazas de muerte. No me ocuparé de la inmensa cantidad de plata sellada, en pasta, en barras, labrada y alhajas que sacaron de impuestos y de las iglesias; de los millares de cabezas de ganado vacuno, lanar y caballar que realizaron, importando todo más de tres millones y medio de soles de plata. Todo pasó al olvido; pero lo que no se olvidará, ni debe olvidarse nunca, es la feroz matanza e incendio en el pueblo de Vilcas, caseríos de Viscas, Cuchis y Quintas inmediatos; de eso me voy a ocupar a la ligera porque pertenece a la historia.

El 31 de mayo de 1881 fue sorprendido el pueblo de Vilcabamba, perteneciente a la provincia de Pasco, por once soldados chilenos al mando de un oficial de apellido Troncoso; esta pequeña fuerza se había destacado en una comisión que regresaba de la provincia del Dos de Mayo, donde habían marchado con el objeto de aligerar esos pueblos de su dinero, alhajas, ganado y demás valores. Amedrentados los indios, al ver tropas chilenas en su pueblo, se ocultaron porque les tenían pánico. Los soldados, al encontrar el pueblo escueto, se dirigieron a la iglesia, rompieron la puerta y entraron cabalgados a robar las alhajas; al ver los indios su templo profanado y sus alhajas saqueadas, salieron de sus escondites y capitaneados por el bravo Máximo Guillermo, atacaron con palos y piedras a hombres armados de rifles, bayonetas y corvos; en este desigual combate murieron tres chilenos y tres del pueblo, quedando de estos muchos heridos. Los nueve chilenos restantes, se escaparon, sin abandonar lo robado; éstos avisaron a la Comandancia en el Cerro de Pasco, lo ocurrido, falseando la verdad. Era de esperar que mayor número de fuerzas fueran a castigar a esos valientes que habían sabido defender sus derechos; para el efecto, se prepararon a la defensa, cortando el camino en los sitios estrechos y aglomerando piedras, para impedir el paso, por medio de galgas. El día 2 de junio, se presentaron las fuerzas chilenas en número de cien hombres de infantería y caballería, por caminos extraviados, guiados por los traidores José Chombo, Pedro Cárdenas y Juan Valladares, vecinos del pueblo de Tápuc, de la misma provincia. sorprendidos por el enemigo, que avanzaba por puntos no esperados, no se acobardaron, aprestándose a singular combate con tropa aguerrida, bien armada, municionada y disciplinada, contra un pueblo que no contaba con más defensa que su valor y las piedras del campo. Como los chilenos les habían tomado las alturas, dominándolos completamente, se hizo casi imposible la resistencia; en esta situación se fijaron que los enemigos estaban situados en un pajonal; en el acto se les vino la idea de prenderle fuego; cuando los invasores vieron que pronto estarían envueltos en las llamas, desocuparon las posiciones, en precipitada fuga; los del pueblo aprovecharon esta confusión para ponerlos en completa derrota, tomándoles algunos rifles, mulas cargadas con municiones; desgraciadamente, este botín de guerra para nada les servía, porque no sabían darles su debido empleo. En esta ocasión murieron 3 chilenos, 5 del pueblo quedando de estos muchos heridos. El 5 de junio, fueron reforzados los chilenos con 300 hombres, haciendo un total de 400 plazas de las tres armas; con estas fuerzas se presentaron por puntos dominantes y siempre guiados por los traidores ya nombrados. Al oír las descargas cerradas de la infantería y el tronar de la artillería, los indios vieron que toda resistencia era inútil; había llegado la hora del “sálvese quien pueda”; estaban abrumados por el número, la táctica y las armas de precisión. Siendo los del pueblo 280, entre ancianos, mujeres, hombres y niños, sin armas, no era posible entrar en desigual combate; no había defensa posible;  abandonaron el pueblo en precipitada fuga, en tal desconcierto que cada uno iba por donde podía; las mujeres y los niños eran las víctimas más seguras para la cruel matanza que los chilenos practicaban divirtiéndose y apostando a la mejor puntería y a quién mataba más gente. Los días 5, 6 y 7, se ocuparon únicamente en la matanza de gente y en el incendio de la población de Vilcabamba, Cuchis y Viscas, propiedades particulares. Se cuentan algunos casos aislados de crueldad chilena y valor peruano: un chileno estaba solazándose, viendo arder una casa; el dueño Carmen Venturo, salió de su escondite se abrazó del incendiario y se precipitó con él a las llamas. Una mujer que estaba escondida en un corral, vio que un soldado que había quemado su casa, tomaba agua en un manantial; aprovechó de la actitud favorable de éste y le aplastó la cabeza con una piedra, acto que pagó con su vida. Un grupo de soldados encontró a una mujer oculta en unos matorrales: ella en cinta con tres tiernas criaturas a su lado; después de ultrajarla, le abrieron de un tajo el vientre y le sacaron el feto con la bayoneta; a los chicos los arrojaron a unos espinos gigantones, donde se retorcían de dolor. Un anciano de más de 80 años, se quedó en su casa por no tener fuerzas para escaparse, pero resuelto a vender cara su vida; así fue: aprovechó de la oscuridad de su casa y mató a un soldado chileno con un cuchillito de cocina; lo que pagó con la vida que ya le era fatigosa”.

El que se ponga a escribir el libro del vandalismo araucano, ha de encontrar durante esta campaña mayores tormentos y delirios macabros que narrar, que los imaginados en el jardín de los suplicios.

Zoila Aurora Cáceres (Firma)

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