Nuestra música LA CACHUA

Desde los albores del siglo XVII, acentuándose en el XVIII, la fama del Cerro de Pasco se irradió por todos los confines del mundo. Pormenorizados relatos de notables figuras del intelecto europeo –testigos presenciales de lo que veían- se encargaron de irradiar la magnitud de nuestra grandeza económica. Desde entonces, enorme cantidad de ciudadanos del mundo asentaron sus reales en nuestra tierra. Su ardua estadía cargada de pintorescas anécdotas y vivencias dramáticas se compensó con los millones de monedas de oro que llevaron de la tierra que los aposentara. Pero no sólo los europeos vinieron a nuestra tierra. También hombres y  mujeres de diferentes lugares del Perú llegaron  a probar suerte en sus minas y talleres. Nuestra zona de influencia era marcadamente notoria. Tanto unos como otros, trajeron consigo –como es natural- su aporte cultural, especialmente la música a través de sus más variadas manifestaciones que hemos visto en tratados anteriores en este lugar. Como en otras entregas hemos mencionado la influencia europea, ahora tocamos la influencia de otros puebles del Perú.

LA CACHUA.

La cachua, siendo hermana menor del huayno, es más retozona, más espontánea, más pizpireta. Con alegre desenfado se ríe de las formalidades. Es una chiquilla campesina que ataviada con sus multicolores polleras, gira incansable y coqueta. Se ríe de la seriedad y generalmente en su lengua –dulce quechua de sus ancestros- expresa sus sentimientos con chocarrero gracejo, sin tapujos, sin melindres.

Ima para huarmita munayman,

ima para huarmita munayman,

chula medias purichimanampa,

chula medias purichimanampa..

Libertino y fanfarrón, el cholo manifiesta que para qué necesita mujer si ésta lo va a tener descuidado, con las medias cambiadas, alteradas, de un color y otro color. Es entonces que la mujer, dándose por aludida, le contesta al amante liberal: ¿Y para qué quiero marido si siempre preñada me va a tener…?

Ima para jolgota munayman,

ima para jolgota munayman

patrra sapa purichimanampa,

patrra sapa purichimanampa..

La cachua cerreña, pícara y movediza, es generalmente el remate del huayno; el epílogo. Es el instante en que, a la par que las pulsaciones, los pies se arrebatan en remolinos de picados zapateos. Hombres y mujeres están en el pico más alto de la alegría, exentos de hipocresías y melindres; por eso dejan escapar sus expresiones sin ningún tipos de amarras ni remilgos.

Aceituna, aceituna,

qué bonito color tú tienes;

así soy yo, así soy yo,

chiquitito pero cariñoso.

A veces -enamorado y jadeante-,  el cerreño encendido por los tragos, incursiona en terrenos escabrosos y risueños. Sus referencias amorosas y sexuales, veladas o no, son saetas muy precisas.

Bonita cintura tienes,

anoche te la medí,

con una vara de cinta,

cincuenta vueltas le dí.

!Ay! rosita, rosa                                          Cura durmiendo,

qué estarás haciendo,                                sacristán borracho,

en la noche oscura                                     levanta la sotana….

con el taita cura.                                         !Que siga la jarana…!

            Yo le pegué a mi cholita

            Con un justa razón,

            porque le encontré lavando

             del Pedro su pantalón

Los matices de la cachua son numerosos:

!Ay! chuchulaiqui,                                                 Por tí, negrita,

!Ay! chuchulaiqui,                                                 pierdo la vida;

paltas Tarman niraiqui,                                        ese tu marido

paltas Tarman niraiqui..                                       me matará.

!Ay! siquilaiqui,                                                      A un barranco

!Ay! siquilaiqui,                                                      me echará;

zapallo huancar                                                      los gavilanes

niraiqui.                                                                   me comerán.

Que buena lisura,

que buena vergüenza,

tomando cerveza

en tanta pobreza.

La audacia de la sátira es muchas veces urticante. No hay remilgos ni hipocresías. Cuando el jaranista, -flor de machismo serrano- alardea de sus dotes amatorios y con atrevido desenfado manifiesta.

            A mi me llaman borracho,

                                                     a mí me llaman tunante;

así borracho y tunante,

cambio, cambio, cambio mujeres….

La chola escamada por lo que dice el cantor, en un gesto audaz y reivindicatorio, mirándole de soslayo, le espeta su reproche:

Mituta apamuy,

cerreño cojudo,

huahuata rurashum,

cerreño cojudo.

“Si no puedes hacerme un hijo,  al menos trae un poco de barro para hacer un muñeco, cerreño cojudo”. Un reto abierto, directo y claro que no necesita canción de respuesta, sino el hecho material del contundente desmentido amatorio.

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