LOS INSURGENTES DE PASCO (Primera parte)

los insurgentesTodos los días, desde las primeras horas, en clima totalmente nivoso, dos jinetes muy jóvenes partían de la casa paterna de Oyarzabal a difundir un mensaje escueto y preciso: “El domingo, a las tres”. Nada más. Todos lo entenderían. Había que ser cuidadosos con los recados por los soplones que siempre abundan. Uno cabalgó por tierras  del Huallaga convocando a pueblos de la ruta; el otro, por la inmensa meseta de Bombón, avivando la rebeldía de los hombres.

A las tres de la tarde -como habían convenido- el Director de Debates  agitaba la campanilla. La sala estaba llena de hombres abrigados con ponchos de lana, birretes, sombreros lanudos, bufandas, sacos de cuero con sendas huaracas cruzándole el pecho. Allí, de pie –mirada aquilina- Antonio Tolentino, el líder que los había convocado, los contemplaba con mirada de aprobación. Una sonrisa de complacencia se escorzó en su rostro. Nadie sabía de dónde había aparecido. Su escondite era un secreto bien guardado. Había que prevenirse de las traiciones. Viviendo a salto de mata, perseguido encarnizadamente por la justicia oficial española, estaba ahí, incólume, para insuflarle  ánimo a sus paisanos. Había recuperado enormes pastizales de la otra banda del río Yuragcarpa que confina con los de Llacsahuanca para expulsar a Resines, arrendatario de la estancia Racracancha, sirviente del  Teniente Coronel del Batallón de Infantería de Lima, Conde de la Vega del Rhen, otro cogotudo explotador como el aniñado Conde de San Isidro. Ambos mantenían sus títulos con los dineros de las minas cerreñas y el ganado de los pastizales comunales. De pie, con el continente de un guerrero; pelliza de cuero, chompa de lana y bufanda de alpaca, pasó la vista por el auditorio que automáticamente produjo un silencio respetuoso. Aclarándose la voz, comenzó diciendo:

— ¡El Corregidor, Avellafuertes es extremadamente abusivo, lejos de administrar justicia, la festina –un rugido de aprobación resonó en la sala-  Nadie puede llamarle la atención, por eso se cree un dios; todos estamos cansados de comprobarlo diariamente. Pensar en un viaje a Lima para reclamar una imparcial administración de justicia, es poco menos que imposible; no sólo porque su costo y riesgos lo hacen impracticable, sino porque en la mayoría de casos, -por no decir la totalidad- la Audiencia termina apoyándolo. Ante estos inalcanzables remedios legales, no nos queda sino la rebelión. Es el único medio efectivo para oponernos al Corregidor opresivo!

—- ¡Esta es la verdad; la pura verdad!. – Grita Sebastián Huaricapcha, de Ninagaga- No es necesario darle más vueltas al asunto. Esta es la causa principal por la que nuestro inca Juan Santos Atahualpa se levantara en nuestra selva arrojando a tantos ilegales de territorios que sólo a los chunchos les pertenece. Hasta su levantamiento, de nada sirvió alegatos y petitorios. Nada se había conseguido. Lo único que nos queda, es hacer sentir el peso de nuestra indignación que está respaldada por la razón. – ¡Siiii! Una oleada de furor ratifica lo que el delegado dice.  De todos los rincones de la enorme sala se levantan puños cerrados de indignación y trepidantes voces respaldaban las propuestas de continuar con la revolución. Una rabia incontenible unifica las actitudes de los asambleístas. —- ¡Nosotros, los indios –gritó Melecio Atencio, personero de Rancas- somos tratados peor que bestias salvajes. Estamos obligados a tributar; a trabajar en las mitas mineras de las que casi nadie sale vivo; obligados a vivir en el pueblo que nos han fijado sin siquiera tener opción de viajar de un sitio a otro; y ahora nos horroriza pensar en lo que están maquinando los malditos chapetones…!!!

—- El año pasado, -interviene Inocencio Gora, también de Rancas- gracias al coraje de nuestros hermanos  pudimos enfrentar al terrateniente, Conde de San Isidro, desgraciado chapetón, que pretendía cobrar el arrendamiento de Cuchis, como si fueran de su propiedad. ¡Esas tierras son nuestras! ¡Nos las legaron nuestros antepasados! ¡No tenemos que pagar nada! ¡Desgraciados!.

—- Estos malditos españoles han llegado a extremos inauditos porque no sólo contra nosotros ejercen su desmedido apetito, sino también entre ellos; recuerden el lío descomunal entre don Bernardino Gil de la Torre contra don José Antonio Fuster….- alega Rumindo Ricapa de la Villa de Pasco.

—- Bueno, don José Antonio Fuster, por lo menos es vecino de la Villa de Pasco. Siendo cuñado de doña Gerarda de Beraún,  dueña de ganado lanar en la estancia de Bombón y punas de Huánuco y, de las minas de Tayayog, goza de harta influencia en el Corregimiento.  Por eso, don José de Avellafuertes, tuvo que intervenir para calmar las furias de ambos contendientes. –Grita Pascual Solórzano, comunero de Vicco-. Lo que este canalla quiere, es incrementar sus campos de pastoreo y canchas de puna para acumular notables ingresos económicos con la venta de sus productos a los mineros. Su acción se basa en la regalada mano de obra de nuestros hermanos y, el hambre y perjuicio de las comunidades vecinas a las que somete por la vía de la usura y el “reparto legalizado”. No debemos permitirlo. Hagamos la revolución para que no siga ocurriendo esto en nuestra tierra. Hagamos aquí, lo que ha hecho Juan Santos Atahualpa en la montaña….!

—- ¡Bien dicho. Muy bien!. Pero los líos de los chapetones, no debe preocuparnos; al fin y al cabo, ellos tratan de arrancharse las presas como los cóndores hambrientos. Ése es su problema. Lo que debemos evitar es que se apoderen poco a poco de nuestras tierras y encima nos cobren los más infames impuestos que ya no podemos pagar…

—- ¡Claro que sí! –intervino Froilán Carhuaricra de Ninagaga– Fijémonos en lo nuestro y busquemos solución a nuestros problemas. – ¡Claro, claro! Es la confirmación general que con gran dificultad pueden mantener los hombres a punto de estallar- No olvidemos que cuando don José Avellafuertes, actuaba como Corregidor de Canta, su compinche, el español José Maíz y Arcas, Marqués de la Real Confianza, pretendía apoderarse de la Estancia de Racracancha que está entre Canta y Pasco. Esto originó serios enfrentamientos con los comuneros de Huayllay y los del “El Diezmo”. Al final, en el colmo del abuso y la prepotencia, hace cuatro años nomás, la Autoridad Real ha ordenado, sin que nada podamos hacer ni nada nos pueda amparar, que las tierras de Yuraccarpa, Cotán, Casacancha, Chuyuscocha y Guaramachay sea entregadas en posesión a favor de Antonio Rasines…

— ¡Parece que hasta el Altísimo está en contra de nosotros. Desde hace cinco años, una crueldad inaudita se ha apoderado de nuestra tierra. Nunca las tempestades, ni la nieve, ni el granizo, ni el frío, habían sido tan crueles.

Como si no fuera bastante, en 1777, apenas recuperados de la terrible catástrofe, la ciudad minera tomó conocimiento que la Corte Española estaba enviando al Consejero de Indias José Antonio Areche. Venía con el título de Superintendente y Visitador General de la Real Hacienda y revestido de facultades omnímodas que lo hacían, inclusive, superior al Virrey. Traía como misión fundamental obtener más dinero para las insaciables arcas fiscales de la Corona Española. Contra toda razón lógica y  manifiesta resistencia del pueblo, aumenta los impuestos exageradamente, duplica el precio del  tabaco, jabones, velas de sebo, huevos, mieles, cordobanes……Para que nadie se escape del pago crea la Junta de Diezmos. La gente no lo puede creer. La elevación de la Alcabala del 4% al 6%, el aumento del 12% al impuesto del aguardiente, los enardece. Pero esta vez no sólo los indios son damnificados; también están considerados los criollos y españoles residentes. Los criollos, desde entonces se convirtieron en inspiradores y conductores del movimiento en pro de la independencia. No en vano eran miembros de la económicamente poderosa oligarquía criolla. Difícilmente, estos hombres, dueños  de inmensas fortunas mineras, extensas haciendas y numerosos esclavos, podían resignarse a obedecer el mandato político de españoles a los que consideraban inferiores en ilustración, prestigio y riqueza. Los criollos despreciaban a los hijos de España y los llamaban despectivamente “chapetones” o “godos”. A esta situación tirante por sí, se suman las reformas introducidas por los Borbones. Llegaron al país funcionarios más rígidos, menos corruptibles, que aplicaron con más rigor las leyes a favor de los españoles, motivando enérgicas protestas.  Desde ese momento se ha extendido la tributación no sólo a los criollos sino también a mestizos, cholos, indios, y otras castas y, en general, a toda la gente libre –se exceptuaban los esclavos-. Las protestas comenzaron a surgir y, todos a una, se coludieron para luchar contra estas atroces medidas de exacción. Por  primera vez, indios, mestizos y criollos estaban juntos. Como a todos les afectaba la depredación programada por la corona, todos estaban en pie de lucha.

—-Finalmente, no podemos quedar indecisos ante la amenaza de los chapetones. Ya otros pueblos vecinos han demostrado con creces que se puede luchar de igual a igual contra los abusivos –continuó hablando Tolentino-. Aquí nuestro visitante hermano  Filemón Urquiaga que ha estado en Llata, nos contará lo que han tenido el valor de hacer allá.

— Hace tres años no más –julio de 1777-  los llatinos nos han dado el ejemplo de cómo deben actuar los hombres -comenzó diciendo el relator-. Cuando llegaron el Consejero y su sobrino para cobrar los tributos y otros renglones de sus negocios, rodearon la casa de don Matías Ramírez donde se habían alojado, y los conminaron para que abandonen Llata. Los chapetones no sólo no hicieron caso sino les dispararon con sus arcabuces. El pueblo no lo resistió más. Los mataron y después los descuartizaron, más tarde destruyeron los papeles de cobranzas e incendiaron la casa.

—- ¡Así se hace!. ¡Así se hace!. Dejémonos de discursos y actuemos –fueron las voces que interrumpieron el relato. Tolentino tuvo que agitar reiteradamente la campanilla, de pie, para que la gente se calmara –Continúe, el relator- ordenó.

— La cosa no quedó allí, señor Presidente, la insurrección se extendió a los pueblos de Puños, Miraflores, Punchau y Singa, los mismos que atacaron al corregidor Santiago y Ulloa que estaba en Quivilla. El español tuvo que escapar disfrazado a Lima por la ruta de Chiquián  y Huacho. Con él huyeron los curas españoles…..

— ¡Hagamos igual!. ¡Hagamos igual! –gritaba el pueblo…

—……… todos estuvieron unidos como un solo hombre. El que comandó el movimiento fue el cura de Llata Joseph Parrilla y el “conchucano” José Arquíñigo. A ellos les seguía todo el pueblo. Presos los revolucionarios por las fuerzas enviadas de Lima; 13 han sido condenados a muerte y 52 han sido enviados a prisión perpetua a la isla Juan Fernández, de Chile.

— ¡Los llatinos sí que tienen huevos!- gritó Nemesio Robles- ¡No sigamos cojudeando más. Necesitamos actuar con hombría que lo demás son huevadas!

Tras amplio debate llegaron a la conclusión de que la única manera de hacerse respetar era actuando con valentía y decisión. Estarían pendientes de la llegada de los esquilmadores para expulsarlos como habían hecho en otros pueblos, entretanto realizarían activa propaganda difusora para hacer conocer las medidas conminatorias a realizar. Todos, sin excepción, cooperarían en la franca oposición a pagar más impuestos. Bajo ningún ofrecimiento o amenaza se doblegarían. Estaban dispuestos a actuar con la energía necesaria para el cumplimiento de su programa de oposición.

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