LOS INSURGENTES DE PASCO (Tercera parte)

los insurgentes 3Avellafuertes no alcanzaba a comprender cómo, indios y mestizos que antes no se podían ver, estaban unidos con los criollos que antes los despreciaban y marginaban. Era cierto lo que le habían informado. Los nobles como condes, marqueses y caballeros, no sólo estaban hastiados con las ingentes cantidades que tenían que aportar a su rey, sino que ahora, como si nada, se disponía una sucesión de impuestos altamente gravosos que los dejaría en la ruina. Ellos, religiosamente a través de las Cajas Reales tenían que pagar la “Media Anata”, impuesto que significaba la mitad de todo lo que sus minas, haciendas, obrajes y comercios producían en el año, nada más que por ostentar los títulos que los codeaba con los nobles de España. Muchos españoles tan ricos como éstos, lejos de la vanidosa altanería de un título de la nobleza de España, prefirieron seguir plebeyos usufructuando sus cuantiosos caudales sin tener que compartirlos con el rey. Pero, ambos, nobles y plebeyos, como acababa de ver, estaban tan indignados como el pueblo llano por las arbitrarias medidas impuestas últimamente, especialmente la llamada Alcabala, que Antonio Pagán en su obra “Defensa de Villena”, define así: “La alcabala es un derecho que, como parte del precio de una cosa vendida o cambiada, se paga a S. M. o a otro en su nombre. Esta definición nos muestra el aspecto de cuota impositiva que, como veremos, era percibida bien por la corona, bien por las clases privilegiadas en aquellos lugares donde sus miembros llevaron a cabo en su propio provecho el cobro de esta contribución, la cual  venía a engrosar sus ingresos ordinarios, aumentando notablemente su fuerza económica”.

Con la serenidad que sus largos años de Gobernante le dictaba, se puso a meditar detenidamente. En silencioso compás de espera en el que sólo sus pasos se escuchan en la estancia, transcurrió un buen rato. Por fin tras sopesar la gravedad de la situación y las posibles futuras consecuencias, habló con determinación.

— ¡Tenemos que salvarle la vida al Receptor de Alcabalas al precio que sea!. Estos indios son capaces de cualquier cosa. Quiero que todos me acompañen a Pasco para solucionar, en el mismo lugar, el problema con sagacidad. Como está la gente, nuestros guardias no lo podrían hacer… ¡Vamos…!

Con densa ventisca que apenas les permitía distinguir la ruta, partieron para el rescate; pero por más que intentaban avanzar rápidamente, la espesa capa de nieve que cubría los campos les impedía. Los caballos agitados, posaban los cascos con temor sobre la nívea superficie. Entretanto, los sitiados enviaban urgentes pedidos de ayuda a las autoridades de Huánuco, Tarma y Jauja, pero los mensajes caían irremediablemente en manos de los levantiscos. Se erigieron barricadas, se construyeron trincheras, se formaron muros rotundos, plagados de enfurecidos campesinos; las cornetas sonaban apremiantes a toda hora; el pueblo rabioso estaba armado de machetes y cuchillos de cocina, palos, herramientas de mano y barretas que sabían utilizar eficientemente dentro de las minas. Se cerraron negocios, casas y talleres;  hasta los holgazanes y vagabundos que encontraban en los portales y en el mercado, fueron obligados a trabajar en las barricadas y, para los que no tenían armas, se trajeron rocas y piedras de las canteras que fueron apiladas en elevados montículos en todas las esquinas de la villa. Las calles se encontraban atiborradas de rumores contradictorios. Se decía que los indios de toda la meseta se habían unido a la turbamulta de la revolución. Inclusive acudían de los lejanos pueblos de la quebrada de Chaupihuaranga dejando abandonados ganado y familia, trepando por sobre las cadenas montañosas para estar en el lugar que el deber los emplazaba. ¿Cuántos eran?. ¿mil, dos mil? …. ¿Cuántos? Nadie lo sabía con certeza.

Largas fueron las horas que tuvieron que luchar contra el tiempo implacable para llegar a la Villa de Pasco donde los emponchados insurrectos rompían con  hachones de luz la opacidad del ambiente. Cuando los descubrieron los recibieron con desaforados gritos y consignas desafiantes. Los cabecillas de la rebelión tuvieron que actuar enérgicamente para que dejaran entrar al intendente. La oficina principal de las Cajas Reales, repleta de máquinas, mamotretos amarillentos, tinta y papeles, estaba completamente sucia. El hollín de la estufa manchaba la pared y el techo; el olor de los cuerpos encerrados con la humedad de la lluvia filtrándose por las vigas y paja del techo, podía cortarse por todas partes con dagas o espadas que estaban junto a los arcabuces, coletos de cordobán, prendas de abrigo y ropa sucia. Olía a cuartel, a invierno, a miseria y a miedo. En ese interior, convertido en fortín de guerra, se conmovieron al ver a José del Campo, lívido como un papel, transpirando copiosamente, no obstante el frío reinante. Los guardias reales tenían los mosquetes asomando por las rendijas de la casa y, el temor era tanto, que ni con la entrada del Intendente de Tarma lograron calmarse. Los caballos chilenos que habían conducido a los soldados españoles, en un abrir y cerrar de ojos, los jóvenes jinetes cerreños los habían decomisado para la causa de la rebelión.

— ¡ Chavinpalpa…!!! –Tuvo que hablar alto para hacerse escuchar. El bramido del pueblo era ensordecedor- ¡Chavinpalpa!…

— ¿Señor…!

— ¡Tenemos que sacar al Receptor de Alcabalas…..

— Me temo que no podríamos, señor….

— ¿Por qué?

— Ningún español puede transitar por las calles. Así me lo han hecho saber. Quien se atreviera hacerlo, moriría irremisiblemente…Hay piquetes de vigilantes que custodian todas las calles…!Han declarado el toque de queda popular!.

— ¿A ese extremo han llegado estos salvajes…?

— ¡Así es señor…!

— ¡Ajá…! –Largo rato estuvo meditando el Gobernador y luego preguntó-   ¿Y… los indios?

— Bueno, los indios son los únicos que pueden transitar por estas calles…

— ¡Ajá…!

Disfrazado con las ropas de un indio por disposición de Avellafuertes, salió el cobrador español más muerto que vivo y, aterrorizado, cruzó las calles del insurrecto Pasco. Los sitiadores ni siquiera repararon en aquel “indio” que, emponchado y tambaleante como si estuviera ebrio, se dirigía a las afueras del Pueblo. A extramuros de la Villa, se reunió con otros jinetes que lo esperaban para conducirlo a Huayllay. De aquí enrumbaría a Lima para dar cuenta de la asonada.

Entretanto, dentro de Las Cajas Reales las horas han ido transcurriendo cargadas de presagios y fuertes tensiones emocionales. Los hombres sienten achicarse las horas y agrandarse la angustia; saben que allá fuera los campesinos están decididos a todo. Los gritos fieros y estridentes son rebencazos de terror que estremecen sus carnes. Temblorosos como victimas en patíbulo no pueden hilvanar las oraciones que como humo se disipan de sus mentes.

Una hora antes de cumplirse el plazo y las gentes con sus gritos estremeciendo los cimientos de las Cajas Reales, hace llamar al representante de los sitiadores y les expone enérgicamente que no encontrándose presente el Guarda Receptor de Alcabalas, José del Campo, no existía razón para realizar ninguna acción bélica y conmina a los hombres del pueblo a que depongan su actitud beligerante. Incrédulos los sitiadores buscan afanosamente a Del Campo y al no hallarlo, obligan una reunión urgente de todo el pueblo.

Guiados por las autoridades del Cabildo de Indígenas, encargadas de guiar la acción de las masas, comprueban que el tumulto ha crecido con los caciques menores de parcialidades y ayllus andinos, además de muchos criollos, mestizos y forasteros que han logrado asentarse en las tierras comunales y nacientes haciendas ganaderas, adoptan acuerdos que concluyen:

1.- No se rendirán y que la acción de protesta debe extenderse a todos los pueblos  de la zona.

2.-  Ejercerán mayor y celosa vigilancia para evitar la huida de los chapetones.

3.- Seguirán publicando los pasquines para mantener informada a la opinión pública, sosteniendo el ímpetu inicial.

Por su parte, Avellafuertes ha organizado una guardia pretoriana que cuida de los intereses de los españoles y la integridad de las Cajas Reales. Ha informado que efectuará una represión enérgica a cualquier acto de protesta que se realice en el futuro.

Como no podía ser de otra manera, las comunidades apretadas por la hambruna, la especulación de alimentos y el cobro de alcabalas, han pegado pasquines revolucionarios en las puertas de las residencias de los notables, en la Casa de Aduana, en la iglesia y en las Cajas Reales. En el último Pasquín proclamaban: “Ocho provincias nos han ofrecido cincuenta mil hombres para la lucha: Huánuco, Huaylas, Cajatambo, Huamalíes, Jauja, Canta y Chancay para batir al PORFIADO (Se refieren a Avellafuertes)”

Salvado por la estratagema de Avellafuertes, no hubo ningún muerto pero tampoco nadie pagó ningún impuesto.

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