LOS INSURGENTES DE PASCO (Cuarta parte)

los insurgentes 4La llegada a Lima del desaforado José del Campo alborotó el cotarro virreinal. Su informe causó profundo malestar en al gobierno. Dejar las cosas como estaban era sentar un mal precedente. Había que demostrar enérgico principio de autoridad. Indignadísimo, José Antonio Areche, dispuso que na fuerte dotación de soldados acudiera con prontitud a someter a los insurrectos de Pasco. ¡Faltaba más! Contando con este expeditivo respaldo, nombró como nuevo Guarda Receptor de Alcabalas en Pasco, al enérgico y condecorado Miguel de Enderica, cuyos merecimientos castrenses y amplia foja de servicios, lo calificaban para el cargo. Con órdenes conminatorias  y terminantes lo despachó con numerosa escolta. Busco –había pregonado Enderica- hombres de hígados, acero veloz y nada de remilgos sentimentales a la hora de los loros; hombres hechos al peligro, al sufrir y a la pelea.

En conocimiento de esta disposición, los hombres involucrados en el plan revolucionario, se unieron nuevamente para enfrentarse al regimiento español. En el tiempo transcurrido, mediante pasquines, pregones y canciones mantuvieron vívido el espíritu rebelde. Uno de ellos decía:

 Más de cuatro chapetones,                      Andarán por estas calles

han de llorar muy en breve                      amarrados como debe,

pues por el desliz más leve                           y después de castigarlos

bajaremos sus calzones                               los echaremos del Cerro

Los músicos y compositores no se quedaban atrás; huaynos, guaraguas y tristes, hablaban de su inquietud.

Nos cobran las alcabalas,                         Qué se han creído, ¡malditos!

nos cobran todas las sisas,                         que no nos dejan en paz,

hasta el aguardiente, ¡carajo!                 hasta las velas y el sebo

paga impuesto a los malditos.                tienen que pagar impuestos

La canción más cantada, la más popular, era aquella que en todas partes, especialmente en las chinganas cerreñas, se cantaba con gran entusiasmo:

Patriotas, el mate                          El inca la usaba

de chicha llenad,                             en su regia mesa,

y alegres brindemos                       con que ahora no empieza,

por la libertad.                               que es inmemorial.

 

Esta es más sabrosa                    Bien puede el que acaba

Que el vino y la sidra,                   pedir se renueve,

Que nos trajo la hidra                   el poto en que bebe

Para envenenar                              a su caporal.

 

Es muy espumosa                           ¡Oh!  ¡licor precioso!

y yo la prefiero                               tú, licor peruano,

a cuanto el íbero                            licor sobrehumano

pudo codiciar                                  mitiga mi sed.

 

                                   ¡Oh néctar sabroso,

                                   del color del oro,

                                   del indio tesoro,

                                   patriotas, bebed!

En la casa de José Vélez –notable chapetón- aparece pegado un pasquín que advertía: “El tabaco no está bueno; te enviaremos a Guía las que allí hay bueno. ¡Cuidado!. Si corres con la alcabala, te sucederá lo mismo. ¡Cuidado!. Con los azogues que se han de dar lo propio que antes, sin fianza ni confundido. ¡Cuidado!.”

Como había sucedido el mes anterior, los jóvenes jinetes tuvieron una rápida y plausible actuación de heraldos además de apoderarse de los caballos de los españoles.

La llegada de Miguel de Enderica y su sequito armado, se produjo el mediodía  del 5 de marzo de 1780. Aquel día había llovido a sus anchas, convirtiendo en lodazal intransitable el suelo pantanoso surcado en todas direcciones por canales, diques, acequias; como trazadas por la endemoniada mano de Satán. El populacho  indignado había visto llegar, emperifollado, a tremendo regimiento de coraceros con capotes encerados protegiéndolos de la lluvia y unos treinta arcabuces y otros tantos mosquetes. Aquella misma tarde, ante la sorpresa realista, el pueblo le planteó el plazo de veinticuatro horas para que abandone la Villa, caso contrario, tendría que atenerse a las consecuencias. Entre otras cosas decía también: “Si su señoría protege al administrador de alcabalas o le da auxilio, se le pegará fuego a todo lo que pertenezca a los españoles, sin que libertarse pueda alma viviente alguna, pues no queremos el cabezón (impuesto) de ingenios; no queremos sus fianzas a que se nos obliga por los azogues; no queremos pagar por los comestibles que con tanto rigor se nos cobra, cuyo margen ha dado las tiranías de este nuevo establecimiento (impuesto). Y debe pone V.S, remedio al recibo de ésta, en seis horas que se cumplirán a las doce del día miércoles y, a las ocho se verificará lo dicho”. “Nosotros reconocemos con lealtad a nuestro soberano; nosotros somos sus fieles vasallos, nosotros rediremos la vida, daremos el último aliento a su servicio: nosotros como a V. S le consta, hemos obedecido las órdenes de nuestro Monarca; mas nosotros, finalmente no podemos sufrir tan grandes extorsiones. V. S como Ministro de nuestro Rey y Señor pedimos, rogamos, suplicamos, ponga remedio inmediato”

 Envalentonado, el jefe español, con sus mejores galas y brillante sable en  mano, dispuso lo mejor que pudo la defensa de las Cajas Reales. No quería que  fuera blanco de los desmanes del mes anterior. Pavoneándose de arriba abajo, con voz atiplada pero enérgica, hacía escuchar en toda la calle  órdenes terminantes.

Cumplido el plazo sin que los españoles hubieran hecho nada por evitarlo, el 7 de marzo en la noche, premunidos de palos, sogas, hondas, garrotes y barretas, los habitantes de Bombón rodean el bastión español emitiendo feroces gritos y desafiantes proclamas. Los caballos hacinados en las caballerizas de las Cajas Reales fueron trasladados a los corrales del pueblo sin que ningún soldado pudiera hacer nada para evitarlo.

A las diez de la noche se ha iniciado el sitio del baluarte. Hombres y mujeres  convocados por las campanas de la iglesia, se aglutinan en la plaza principal y  marchan furibundos y vocingleros. Brillantes teas, como gigantescas luciérnagas, pululan amenazantes por las calles de  la Villa, cercando las Cajas Reales. Un comando especialmente designado inicia entonces la escaramuza. Un criollo, vestido como español, saca una daga del raído jubón y procede a degollar a uno de los vigías. La sangre brota  como un abierto surtidor, manchando los ponchos de de dos que los siguen. Al advertir el ataque, un cabo gordo que lleva un caballo de las bridas abre la boca con intención de gritar. Sólo queda en eso: en intención. Otra daga, como desgarrando un saco de arroz, le rebana el gaznate de oreja a oreja con un quejido sordo y aterrorizado. ¡Al Ataque! – sale el grito de decenas de hombres del pueblo que surgen de la penumbra a tomar el odiado bastión de la ignominia. Sólo así se podía vencer la defensa de aquellos soldados profesionales que tenían gorda experiencia de miles de encuentros. Sólo así pudieron acallar arcabuces y mosquetes antes de que vomitaran fuego. Los pocos que alcanzaron a disparar –por incomodidad o nerviosismo- no dan en el blanco. Los hombres de a caballo, agobiados por el soroche, desmontados por la muchedumbre, han huido como alma que lleva el diablo. A estas alturas se les heló el valor y, sus ahogos por falta de aire, se agravaron con las fieras amenazas de los nativos. A medida que transcurren las horas, los sitiadores cierran el círculo y, ya cercano el amanecer, arrebatadas de manos españolas, arriman pólvora, estopa y brea y prenden fuego a las Cajas Reales con los chapetones dentro. Las llamas de sus teas alcanzan paredes y techos de paja. Un denso y acérrimo humo de ají quemado hace huir a campo traviesa a los españoles. Cada chapetón que trata de escapar recibe contundentes golpes de mazos y garrotes. Muchos son los descalabrados. Las órdenes del gran Antonio Tolentino se cumplen así, al pie de la letra. Sólo podían matar cuando la urgencia de la situación les obligare, sino, no. Nada de sangre, que lo que se trataba era de dar una lección a tamaños abusivos. Así, en el rápido ataque entre un va y viene de hondazos certeros y arcabuzazos errados por el terror, en medio de insultos en dos idiomas, quechua y español, los pasqueños hacían valer su protesta. Entre esto ocurría, Miguel de Enderica, aprovechando la oscuridad y confusión general, ha ido a cobijarse en la casa del tesorero de las Cajas Reales, Valentín Angulo.

Dueños ya de la situación, destrozan las instalaciones de las Cajas Reales y prenden fuego a los padrones de tributación, recibos de Alcabala y toda la documentación pertinente. No dejan nada en pie, ni documento sin incinerar. Con los primeros rayos del alba en el horizonte, ebrios de triunfo, se dirigen a la casa del Tesorero, Valentín Angulo para apresar a Enderica. Los gritos broncos y desaforados estremecen las calles de la Villa.  Campesinos y mineros de toda la zona de Bombón, piden a voz en cuello la vida del cobrador español.

  • ¡¡¡Muera Enderica!!!… ¡¡¡Queremos su cabeza!!!…
  • ¡¡¡Que mueran los chapetones!!! –es el grito de guerra de los complotados.

Los puños en alto, se ubican enfrente de la casa del Tesorero que, presa de terror, aboga por la vida del asilado. Sin hacer caso de los ruegos penetran en el interior y encuentran febril y agitado al “valiente” Enderica que, ahogándose de miedo, tartajea súplicas. No hay ni huella de aquel soberbio español de dos días antes. Ahora no se ve sino  un pelele tembloroso y cobarde al que se le ha demudado el color. Al verlo así, y seguros que a nada conduciría  matarlo, deciden darle un aleccionador escarmiento. Los caudillos dialogan y toman una decisión. Cuando el sol inunda la Villa, lo desnudan completamente y  lo suben sobre un viejo jumento y, entre insultos y risas, lo arrojan de la Villa. En el relato que de él hace  Avellafuertes, señala entre otras cosas: “Luego que le aconteció el suceso salió acompañado de gran cantidad de gente de la plebe que gritaba en altas voces “YA SE VA EL LADRÓN, YA QUEDAMOS EN PAZ, YA TENDREMOS QUÉ COMER…”

A partir de entonces, el triunfador pueblo de Pasco, se mantuvo en perenne pie de guerra. Suponían que la Corona Española le haría victima de venganza represiva. Nada de eso ocurrió. Por el contrario, a partir de entonces, mediante trato diplomático, consiguieron que los mineros y comerciantes abonaran lo que en realidad venían pagando antes de las arbitrarias medidas de Areche. Gravitó poderosamente el significativo aporte pecuniario de Pasco. No era cosa de perder lo que se obtenía, por unas medidas arbitrarias e insensatas.

Aquel año de 1780, sólo dos pueblos del Perú, protestaron  valientemente ante la imposición impopular y abusiva de Areche: Pasco y Arequipa.

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