EL CACIQUE TRAIDOR por el padre Córdova y Salinas O.F.M.

el cacique traidorEntre todas las crónicas que los misioneros franciscanos nos dejaron en Pasco, ésta del padre Córdova y Salinas fue publicada en “La Pirámide de Junín”de nuestra ciudad a fines del siglo antepasado. El padre Córdova ejerció su magisterio en el siglo XVIII y su crónica fue publicada por primera vez en 1651 en Lima. Como su acercamiento con nuestra tierra fue muy notorio, su crónica fue conocida en nuestra ciudad a través de muchas entregas. Aquella vez el periodismo en nuestra ciudad era muy activo. Por tratarse de la selva correspondiente a nuestro departamento, ahora publicamos un fragmento.

Un año había empleado Fr. Jerónimo Jiménez en cultivar estas plantas y para que pudiesen mejor fructificar, escribió a Huánuco al P. Cristóbal Larios, natural de la Villa de Ica, de conocida virtud, de condición dócil, naturaleza mansa y apacible. Partió de Huánuco a jornadas largas, llegó al río que bañan aquellas montañas, lo cual sabido por Fr. Jerónimo Jiménez envió a recibir para que en una balsa lo pasen. Hízose así y los indios trajeron con gran demostración de alegría y  regocijo, tocando flautas y enarbolando una cruz que para el efecto llevaron. Con este piadoso triunfo llegó a Quimiri y a la nueva iglesia de San Buenaventura donde después de habérsele recibido y dándosele estrechos abrazos de caridad, asentaron las cosas de aquella conversión. Decíales misa el padre Larios y, su compañero, les hacía la doctrina. Había aprendido con expedición y gran gusto de los indios la lengua campa. Comenzaron a dar el agua del santo bautismo a los niños, hijos de los infieles, y con ese fervor fueron también bautizando a algunos adultos que estaban bien catequizados, en especial a un indio principal llamado Domingo, hermano del cacique.

Yo conocí mucho el espíritu celestial con que Fr. Jerónimo Jiménez se ocupaba de solicitar las conversiones de infieles expuesto a derramar la sangre de sus venas, que de antemano tenía ofrecida Dios; y al padre Cristóbal Larios, lo hallé en el noviciado de Lima, cuando entró a ser Maestro de Novicios por religioso de reconocida virtud. Era de condición mansa y apacible.

Todo iba viento en popa y los misioneros se sentían satisfechos de su obra al ver el copioso fruto recogido entre los indios. Mas el cacique Zampati no estaba tranquilo, porque los misioneros eran testigos de su mal vivir, y le molestaba la corrección de éstos. Hízose con tres mujeres jóvenes y los emisarios de Dios le hicieron comprender que tenía que ser ejemplo de moralidad y buen vivir ante los demás neófitos. El que conozca al salvaje, aunque se vista de cierto ropaje de civilizado, se dará cuenta de que no dispone de la más mínima dosis de virtud, y que una reprensión, aunque sea en forma prudente y atinada, tiene que producir en su espíritu un impacto tremendo, y el afecto momentáneo, que tal vez profesó a su bienhechor, se convierte en odio profundo y mortal..

Éste es el caso del cacique Zampati que para acabar con los emisarios de Dios, urdió una treta, asegurándoles que dentro del Perené había muchos indios “antis” para catequizarlos. En un principio le creyeron y de hecho salieron en una expedición con este fin; mas un indio cristiano, a quien le había quitado su mujer, reveló a los misioneros las torcidas y malévolas intenciones del curaca. Disimulando ante Zampati los motivos revelados,  se volvieron a Quimiri después de haber caminado algunas leguas.

En ese tiempo llegó a Quimiri el padre Tomás Chávez, dominico con una compañía de treinta soldados para colaborar en la conversión de los infieles. La presencia de  los soldados y la antipatía que siempre los indios han demostrado al militar, sirvió al cacique para explotar el caso y tratar de acabar con los misioneros.

Persuadidos los misioneros por el padre dominico, los soldados, formaron dos grupos para llevar a cabo la expedición. Uno por tierra y otro por río, en balsas. El grupo que iba a navegar el Perené se componía del padre Tomás Chávez dominicio, fray Gerónimo Jiménez, cinco soldados y el cacique Andrés Zampati. A los dos días de navegación el padre Chávez  enfermó de gravedad por lo que tuvo que quedarse en la estancia y volver a Quimiri. El padre Cristóbal Larios siguió por tierra con el otro grupo para encontrarse en Ante (Antis) 50 leguas adentro.

Fr. Gerónimo Jiménez y su comitiva llegaron por el río a un paraje, que, según el historiador, padre Izaguirre, queda cerca de las cascadas donde vivían los antis. Éstos habían tendido una celada y comenzaron a tirar con notable prisa muchas flechas que en breve quitaron la vida a los españoles.  Sintiéndose herido de una flecha Fr. Jiménez que la tenía atravesada, se puso de rodillas dentro de la balsa con un crucifijo en las manos, invocando devotamente el divino favor; en eso llegó un indio de los que iban en las balsas –cómplice de Zampati- y en acto de traición descargó un terrible golpe con el remo en la cabeza y nuca del bendito religioso, que al punto cayó muerto…Igual suerte corrieron el padre Cristóbal Larios y los suyos. Esto ocurrió el 8 de diciembre de 1637.

Me parece conveniente apuntar algunos detalles de este hecho glorioso de los protomártires de la Orden franciscana Los religiosos salieron de Quimiri con el cacique y caminaron tres leguas hasta las orillas del caudaloso río y sitio llamado  Mandati -probablemente el Perené- donde embarcados avanzaron treinta leguas aportando a los antis, en un sitio llamado Coachiri. Este lugar corresponde a la conversión de San Tadeo de los antis, cerca de las Cascadas, en un estrecho por donde se subía al Gran Pajonal, llamado las Trancas.

El padre Larios murió cuatro días después. Le esperaron en una cuesta donde no se podía subir sino con ambas manos. Al herirlo cayó rodando a los pies de los soldados Juan Vargas y Juan de Miranda, que luego huyeron y anduvieron errantes hasta verse salvos, narrando todo lo sucedido.

El cacique Zampati volvió con los suyos a Quimiri, reduceidno a cenizas la iglesia y las sagradas imágenes, aprovechando los vasos sagrados para profanarlos.

No todos los suyos aprobaron la conducta de Zampati. El que a hierro mata a hiero muere. Poco tiempo después, los suyos le dieron una cruel  muerte. Sobre todos los indios “amages” del Cerro de la Sal que habían jurado vengar la muerte de su amado padre Fr. Gerónimo Jiménez.

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