Muerte a los intrusos (1460) (Primera parte)

Cuadro del famoso pintor norteamericano Louis  Glanzman en el que se ve  los ejércitos de Pachacuti avanzando entre la nieve para anexar a nuestros antepasados, los yauricochas. Jamás lo lograron.
Cuadro del famoso pintor norteamericano Louis Glanzman en el que se ve los ejércitos de Pachacuti avanzando entre la nieve para anexar a nuestros antepasados, los yauricochas. Jamás lo lograron.

Para escribir sobre este sangriento suceso contamos con la asesoría de nuestro maestro y amigo, doctor Juan José Vega Bello, autoridad absoluta en aquel pasaje de nuestra historia. Teniendo a la mano una serie de crónicas, los comparamos con el códice que los descendientes de los yauricochas guardan con especial veneración; misterioso paquete parecido a las petacas españolas, con cobertura de cuero, llamado: “Garashipo”. Lo es en verdad. Cordones de colores anudados estratégicamente: los “quipus”; luego, una serie de pliegos de cuero con recuadros pintados a mano con una ringla de símbolos jeroglíficos llamados “Kellcas”. Aquí se encuentra  narrada toda la historia de sus antepasados. Sólo los iniciados la pueden descifrar. Como los más viejos y respetados códices del mundo, permanece celosamente guardado a los ojos de profanos, al extremo de no permitir que cualquier persona tenga acceso a él. Cuando lo tuve en mis manos quedé mudo de asombro. Después de desatar con prolijidad, el Apocuraca –nuestro anfitrión- apartó las numerosas partes con mucha prolijidad.  Si bien es cierto que antiguamente no conocían el papel ni el papiro, en cambio sí “escribieron” (k’elkan) cueros, telares y huacos, con la respectiva simbología denominada “tokapos”, de apariencia “pallariforme”. Una fuente verdadera de frondosa información. Allí está toda la historia de los yauricochas: límites geográficos de sus propiedades, sus más caras costumbres todavía vigentes, los nombres de sus ancestros destacados y sus consecuciones. No sólo es  un cuadro estadístico y cromático de nudos y cuerdas sino, de lejos, el catálogo de historias extraordinarias que los “quipucamayoc” pueden descifrar mediante los nudos de sus quipus. Es más. Conservan escrituras oficiales españolas, crónicas, decretos, normas legales, y toda relación que les compete. Nadie lo debe saber. Los “comunes” lo ignoran. Sólo los ancianos apucuracas -depositarios de los conocimientos ancestrales- lo manejan con veneración. Cada uno de ellos conoce al detalle la vida de su parcialidad y sus relatos tienen  un concepto de unidad. Para que no pueda haber infidencias o robos, al “Garashipo” lo llevan y lo traen de un sitio para otro, como  apreciable trofeo. Nadie, por más que se empeñe, podría sustraerlo. Los más viejos son sus celosos guardianes.

Los intérpretes nos aseguran que en el comienzo de este códice ancestral, se dice de los Yauricochas, lo siguiente: “Por insondables misterios que la noche de los tiempos tiene ocultos, los hombres de estos pagos descubrieron los metales que andando los años llegaron a transformar con sorprendente habilidad. Aprendieron a reconocerlos en sus yacimientos, extraerlos, fundirlos y moldearlos. Primordialmente utilizaron el oro, la plata, el cobre y algunas aleaciones, para  fabricar objetos ceremoniales y utensilios de uso común. Además de mineros, eran excelentes ganaderos y saladeros. La admiración con que los cronistas españoles Francisco de Xerez, Pedro Sancho de la Hoz y Francisco López de Gómara -cada uno en su momento- describieron las hermosas esculturas metálicas llevadas a Cajamarca para el rescate del inca,  confirmaba que nuestra región andina era el primer centro metalúrgico de América. ¡Qué duda cabe!  Ellos, más que ninguno, lo sabían. El foco principal de este núcleo fue la hoya metalífera que entonces recibía el nombre de “Cerro mineral de Bombón”.

 Ellos elaboraban artísticos objetos de arte en oro, plata y cobre; incluso, platino; efectuaban diversas aleaciones entre las que destacaban los bronces, tanto de estaño como de arsénico; el plomo y mercurio también los conocían pero raramente utilizaban. Estos minerales fueron trabajados por procedimientos mecánicos, utilizando, piedras de tamaños y formas diversas a guisa de martillos; yunques de piedras, cuya diferencia de aspereza y grano la aprovecharon a modo de lima; tenazas, moldes y demás instrumentos para trabajo de vaciado, filigrana, perforación y engaste. Con el fin de evitar las huellas del martillo y del yunque, usaban tejidos de lana que por su elasticidad natural, obligaban al metal a extenderse junto con ellos, bajo el impacto de los golpes. De esta forma el martillado, corte y repujado, constituyeron las formas primitivas del trabajo en metal. Luego vendrían los cortes en tiras, incisión, dorado y unión y soldadura en frío. En el desarrollo de la tecnología metalúrgica y la orfebrería primaron los valores estéticos, simbólicos y religiosos más que los funcionales. Buscaron fusionar en una sola pieza conceptos tan dispares como la musicalidad, el colorido, la suntuosidad, el respeto, la jerarquía y el impacto visual. La técnica del martillado y laminado lo realizaban con una destreza sin igual, tanto en el manejo de las herramientas cuanto en las combinaciones. Debían, primero, elegir la aleación adecuada –el cobre utilizaron mucho para estos menesteres- mediante la cual podía ser trabajado o forjado, ya fuera en frío o en caliente.

 

CONTINÚA…

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