Muerte a los intrusos (Segunda parte)

los intrusos 2Los yauricochas aseguraban que la plata representaba a la luna, esposa del sol y se dieron cuenta que el oro –representación de Inti- era completamente incorruptible e inatacable por otras fuerzas que se encuentran libres en la naturaleza. Lo hallaban puro o asociado a la plata, su compañera, mezclada con grava, arena, arcilla o cuarzo;  en formas de pepitas o en granos, escamas, polvos o incrustaciones. Admirados de su calidad repararon también que es muy dúctil y muy maleable. Así llegaron a formar delgadísimas láminas con las que fabricaron hermosísimas esculturas que representaban seres vivos, animales y plantas varias. Ellos, como sus antepasados que plasmaban su admiración en pinturas rupestres, ahora lo hacían de oro y plata, fabricando  animales y hombres del tamaño natural, propiciando la mágica intervención de sus dioses en la caza y la ganadería. Para la confección de sus ídolos, utilizaron también una gran variedad de piedras preciosas que incrustaban con técnicas muy especiales. Ágatas, amatistas, alabastros, calcedonias, citrinos, cinabrio, copiaditas, turquesas, ónices, cuarzos de varios colores, granates, piropos, malaquitas, ópalos, sílex, lapislázuli, …”

Esta habilidad artística de los yauricochas llegó a conocerse en el Cusco y, como es lógico, su territorio se convirtió en ambicionado objetivo de conquista. Cuando los tinyahuarcos irradiaron con sus tamboriles el inminente ataque de hombres que decían venir del “Ombligo del Mundo”, los persiguieron a campo traviesa y los derrotaron sin piedad. Junto con los yauricochas estuvieron los “pumpush”, de Upamayo, los tinyahuarcos, los yanamates y los “yaros” circundantes. Primero los observaron pacientemente desde sus miradores ubicados en las cimas de los cerros esperando que se cansaran en su infructuosa búsqueda, luego bajaban sigilosos, y los acribillaron con fechas y lanzas como lo hacían con los animales que cazaban. Después las deidades vengadoras hacían lo suyo. Trombas diluviales anegaron abras y caminos; rayos, truenos y centellas remataron con implacable granizada a las primeras víctimas. ¿Cuántos fueron los muertos? No se sabe con exactitud, pero fueron cientos. Los quipus no los puntualizan porque eran cosas ya perdidas. Todos aquellos cadáveres fueron despedazados por los aviesos cóndores. No una, sino, siete veces. Las aves de presa quedaron ahítas y los invasores, humillados. Los ejércitos quechuas que venían por orden de Pachacuti, cayeron en la cuenta de que ningún ejército podría vencer a estos guerreros tenaces. La misma resistencia ofrecieron los huancas, taramas, xauxas y otras tribus aledañas. Los nuestros no sólo conocían sus vericuetos, abismos y cavernas, también tenían una extraordinaria resistencia para desplazarse con comodidad por estas inmensidades. Los cusqueños tuvieron que cambiar de estrategia. Humillaron armas y avivaron astucia. Valiéndose de los informes de espías y viajeros, establecieron claramente que los invencibles yauricochas eran hombres muy dedicados al trabajo. Nadie los igualaba en el cumplimiento de sus tareas. Pero también –informaron con especial énfasis- eran muy alegres, dados a la bebida y eran -sobre todo-  grandísimos mujeriegos. El trago y las mujeres eran su más grande debilidad. Estos datos sirvieron para que Pachacuti pergeñara su estrategia de anexión. No podían dejar en el aire a tremendos artesanos. Únicos y valiosos.

Un día brillante de junio, cuando el sol destacaba todo su poderío en el inmenso cielo azul, vieron llegar una inmensa caravana de personas extrañas, sin escudos, arcos, macanas ni flechas; completamente desarmadas; sólo portaban panoplias con armas decoradas como presentes para los anfitriones; frutas, verduras y maíces magistrales; porongos enormes, repletos de chicha dulce, pero embriagante; ejército de vestales, jóvenes y hermosas, apetecibles, escogidas, para entregarlas como muestra de buena voluntad y homenaje. Con ellas sellarían el vínculo definitivo de sangre que los uniría por el resto de los tiempos. Como lo planificaron, así lo hicieron. Al ver los valiosos regalos, los curacas se dedicaron a beber esa chicha riquísima con la que pronto cayeron en la embriaguez, deliciosa y dulce. Fue en ese estratégico momento que el portavoz de los embajadores cusqueños entregó a los curacas sendas mujeres hermosas, todas ellas muy jóvenes, reclutadas de los accllahuasis imperiales, como símbolo de unión entre cusqueños y yauricochas. Sólo así, halagados y triunfadores, permitieron aliarse para formar una sola y poderosa nación que llamaban Tahuantinsuyo.

A partir de entonces, los hermosos trabajos de orfebrería artística, admirado por los siglos, fueron  llevados al Cusco para el culto de Inti y la nobleza inca. Es más, por decreto imperial, todas las minas pasaron a ser propiedad del inca. Nadie podía sustraer ni un gramo de mineral  so pena de castigo severo. Los valiosos orfebres de nuestros pagos se dedicaron a partir de entonces a elaborar objetos artísticos para la élite cusqueña. La prueba es que para pagar el rescate del inca en Cajamarca, de nuestro territorio salieron ingentes cantidades de esculturas de oro y plata. Era el trabajo de nuestros orfebres. ¿De qué otra parte podían sacar los metales preciosos en cantidades sorprendentes para trabajar en su transformación en joyas de ensueño?”. Más tarde, mucho más tarde, hordas de extranjeros barbados, conchabados  con tribus traidoras de otros pagos, se adueñaron de las riquezas inagotables transformando a los dueños en vasallos. De esto, hace cinco  siglos.”

FIN…………

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