El Dr. Emilio T. Verástegui Orihuela.

Entre los hombres que venidos de otras tierras brindaron el aporte de su generosoEmilio Verátegui talento a nobles causas, el doctor Emilio T. Verástegui ocupa un lugar prominente en el corazón y recuerdo de los cerreños.

Nació en la ciudad de Concepción del valle del Mantaro el 12 de octubre de 1870. Fueron sus padres don Pedro Verástegui y doña María Natividad Orihuela. Dedicados a la agricultura y a la ganadería, educaron a su hijo en un marco de austeridad pero de profundo amor al prójimo. Culminada su educación secundaria en el Colegio Santa Isabel, ingresó en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos donde se graduó de Bachiller en Jurisprudencia en el año de 1904 y de Doctor en Jurisprudencia en 1906.

Radicado en nuestra ciudad desde fines de 1906, contrajo matrimonio con la dama cerreña María Alvarado La Torre dedicándose por completo al ejercicio de su profesión con altura, tesón y elevación de miras, alternando notablemente con el periodismo; en aras de él se aunó a un periódico combativo y ejemplar: EL ECO DE JUNIN, desde cuyas páginas desarrolló un amplio programa de ayuda a nuestro pueblo que muy pronto le otorgó su cariñoso respeto. Al efectuarse las elecciones municipales de 1908, los norteamericanos proponen  abiertamente la candidatura de Pedro Caballero y Lira y, al perderlas, realizan un acto de protesta desconociendo el legítimo triunfo del pueblo. El Prefecto de entonces, Octavio Negrete, apoya a los norteamericanos y su lugarteniente Jesús Zapatero ordena el asesinato del pueblo. Aquel 1º de diciembre de 1908, caen abatidos por las balas de la venganza: Alfonso Limas, Abraham Rantes, Ernesto Tello Véliz, Gerónimo Peña y Mariano Pérez.

No obstante haber sido recluido en la cárcel, jamás dejó de luchar en defensa del pueblo y la masa trabajadora por cuyos merecimientos fue elegido Alcalde del Concejo Provincial de Pasco, y cuando ejercía el cargo en forma notable y dinámica. Fallece repentinamente por una peritonitis, ante el estupor y congoja del pueblo, el 6 de mayo de 1909. Sus restos descansan en el Cementerio General del Cerro de Pasco.

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Un notable alemán desconocido (Segunda parte)

En el sereno análisis que hace en su trabajo don Herminio Arauco, dice: “¿Cuál era el valor de la riqueza privada antes de 1900?  Demos una mirada al patrón de 1900 y veremos un hermoso concierto de hombres de trabajo al servicio de la nación y de la colectividad del Cerro de Pasco haciendo riqueza privada y pública con la plata y el cobre. Allí están las 119 haciendas minerales fruto del trabajo colectivo y riqueza privada; allí están las catorce fundiciones que se levantaron en el Cerro de Pasco merced al esfuerzo individual, allí están los soles de plata de nueve décimos fino que quedaba en el país; allí están las instalaciones de Huaraucaca, Colquijirca y otros pequeños centros de trabajo de minas donde nunca se ha sentido el monopolio en forma alarmante…” (IBID).

un aleman desconocido 2

De nada valieron entonces éstos y otros alegatos. La decisión de la mayoría preponderó alentada por publicidad que desarrolló Mac Cune en nuestra ciudad. En poco tiempo, la suerte estaba echada.

De vuelta en su país,  Mac Cune cumple con informar al detalle el resultado de su visita al Cerro de Pasco, poniendo especial énfasis en las ventajas que ofrece el nuevo Código de Minería a la inversión extranjera y magnifica la mayoritaria decisión de los mineros de vender sus propiedades. Como era de esperarse, el informe logró despertar un gran interés en la persona de James B. Haggin que, verdadera­mente entusiasmado, convoca a varios destacados financistas norteamericanos y firma con ellos el convenio. Además de Haggin y Mac Cune, el grupo los conformaba J. Pierpont Morgan, los Vanderblit, la Testamentería de George Hearst, el industrial de acero Henry Clay Frick y el magnate banquero de San Francisco, Darius Ogden Mills. Así establecieron 10´000.000 de dólares para la empresa. Estos magnates, aportaron las siguientes cantidades: Haggin, tres millones; los intereses Vanderbildt, representados por Hamilton Mac Kown Twiombley, dos millones; Pierpont Mortgan, un millón; Hearts, un millón; Frick un millón; Mills, un millón; Mac Cune, el resto.

Contando con la presencia de los periodistas de diarios cerreños y limeños en un círculo de abogados, notarios y miembros del consulados norteamericano, directivos del Concejo Provincial de Pasco, el director y el cajero del Banco del Perú y Londres -Mac Cune que había llegado raudo a la ciudad minera- compró con dinero contante y sonante su hacienda La Esperanza a George Steel. Puso delante de él tres enormes bolsas de lona con diez mil  libras peruanas de oro cada una. Un total de treinta mil libras peruanas de oro, equivalentes a treinta mil libras esterlinas. Los flashes de las máquinas fotográficas deslumbraron el momento. La noticia transmitida por todos los diarios peruanos conmocionó a todos. El impacto que causó esta negociación pública fue impresionante. Los días siguientes, siempre en una marco de gran expectativa pública, Mac Cune compró las minas de Miguel Gallo Díez, abonando cien mil libras esterlinas por la propiedad, lo mismo que a Salomón Tello, Raquel Gallo, Isaac Alzamora, Baldomero Aspíllaga, Roberto Pfluker, José Payán, Ernesto Odriozola, Carlos Languasco,  Lercari, Martinelli, Ibarra, Hermanos Palomino, Chávez Rey, Pardo Villate, Botger etc. etc. etc. los primeros en vender sus propiedades. Más tarde serían otros que, contagiados de esta decisión, enajenaron sus minas en favor de los norteamerica­nos.

Haggin y Mac Cune  llegaron a comprar  al contado, 480 minas, lo que significaba el 80% de las minas del Cerro de Pasco. Adquieren también la concesión que estaba en poder de Ernesto Thorndike para construir el ferrocarril La Oroya – Cerro de Pasco. En los diarios de aquellos días, sus representantes hacían cotidianos denuncios de minas, dentro y fuera de la ciudad. Así nace la Cerro de Pasco Mining Company (Minería) y la Cerro de Pasco Railway Company, (Ferrocarriles) respectivamente. Todos los mineros peruanos habían estado ligados al capitalismo inglés a través del Banco del Perú y Londres cuya oficina estaba situada en la desaparecida Calle Parra. Otro de los intereses británicos estaba en la Casa Grace. Los bienes de ambos pasan a manos del capitalismo norteamericano de la Compañía que ya se había adueñado del 80% del total de minas del Cerro de Pasco.

“Durante su primera estada en el Cerro de Pasco que se extiende del 15 de setiembre al 8 de octubre de 1901, han comprado más de 300 pertenencias que les hacen dueños de las cuatro quintas partes del mineral cerreño. Este grandioso capital americano convertirá a este centro minero en uno de los primeros del mundo y el Perú podrá luchar ventajosamente contra Chile en los mercados del cobre. Entre este lote tan importante se encuentran los de los señores Steel, Tello, Martinelli, Ibarra, Hermanos Palomina, Chávez Rey, Villate, Botger, Lercari y otros (…) Con este motivo el despacho de la Diputación de Minería tiene un inmenso recargo de labores. Felizmente la larga experiencia del Sr. Negrete, Diputado y del Secretario Gabriel Costreau, permiten esperar que ese Despacho se ponga a las alturas de las circunstancias” (EL COMERCIO, 8 de octubre de 1901:1). “En el Perú, la presencia de la Cerro significa un desplazamiento del capital inglés por el norteamerica­no, y por lo tanto, la presencia de un nuevo eje internacional en el contexto de la ciudad peruana. De ahí que resulta significativo estudiar la estrategia implementada por esta corporación norteamericana para controlar y dominar un sector representativo de la economía nacional” (Ocampo, 1974.34).

un aleman desconocido 3A parte de las compras mencionadas, el representante norteamericano también efectúa el primer denuncio minero -vendrán muchos más- que es publicado en los diarios de la ciudad con el siguiente texto: Don James Mac Farland, de nacionalidad norteamericana, se ha presentado ante el Juzgado que Despacha el señor Juez, doctor Estanislao Solís, denunciando unos terrenos vacos situados en los alrededores de la ciudad y en los pastos de la Hacienda Paria con una extensión de 640,000 metros cuadrados, con los linderos siguientes: Por el norte, las pampas de San Judas y Pampaseca; por el sur, el camino real que conduce al caserío de Quiulacocha; por el este, la estación del ferrocarril; y por el oeste, la laguna de Quiulacocha. En su virtud, el señor Juez de la causa, por auto del 19 de setiembre último, admitió el denuncio, mandando se haga las publicaciones por el término de cuatro meses con citación de los Síndicos del Honorable Concejo Provincial de Pasco y el señor Presidente de la Honorable Junta Departamental. Lo que pongo en conocimiento del público a fin de que surta los efectos legales en cumplimiento de lo mandado. Cerro de Pasco, 3 de octubre de 1901- Fernando Santiago Portocarrero – Escribano del Estado (EL MINERO ILUSTRADO   Nº269:2) El resto es historia conocida

Un notable alemán desconocido (Primera parte)

AguilaPor razones incompresibles, el destino reserva un rol protagónico a hombres que con el tiempo entran en una zona nebulosa que termina difuminando su nombre primero, su existencia después. Tal el caso del joven alemán, William Van Slooten, graduado con honores en la Universidad de Virginia los últimos años del siglo XIX. Gracias a él –su intuición, pertinacia y bien argumentada descripción- se debe la fundación de la compañía norteamericana en el Cerro de Pasco. Anteriormente, no obstante bien documentados informes, la poderosa firma Mac kay, se había desentendido del asunto.

Veamos por qué.

Viendo su  dinamismo y dedicación, un grupo de capitalistas norteamericanos le auspicia un viaje de observación y estudios por los distritos mineros estadounidenses desde California hasta Nueva Escocia, durante el de año 1881. El resultado es sorprendente. Después de su estudioso periplo presenta un detallado informe. El mundo financiero se sorprende con las perspectivas que le ofrecen aquellas zonas mineras. Su trabajo constituye un triunfo notable. Pero este joven no se queda allí. Decide seguir estudiando otras zonas fuera de los Estados Unidos. Visita Ecuador para efectuar un detallado estudio de la mina de oro de Zaruma, de la que tanto se hablaba en aquellos momentos. Llega con el entusiasmo al tope haciéndole cumplir con eficiencia las etapas de estudio  programadas. Es en aquel lugar donde se entera que no sólo el oro sino también la plata de más alta calidad y en cantidades asombrosas se hallaban en el Cerro de Pasco – Perú. Le informan que empresarios y trabajadores ecuatorianos tienen un poderoso nexo con esta ciudad minera desde antes de la lucha independentista. Allí existe todavía una alta calidad de orfebrería. Que en el cercano pueblo de Quiulacocha se habían asentado quiteños, lojanos y guayaquileños, expertos en el trabajo de la plata que abundaba en esa parte del Perú. Sin pensarlo dos veces dirigió sus pasos hacia el altísimo lugar donde comprobó, a poco de llegar, que todo lo que le habían asegurado era cierto. Después de entrevistas con mineros, empresarios, periodistas y vecinos, saca conclusiones que hace conocer a sus auspiciadores. Que la abundancia de plata había bajado pero, en cambio, brillantes menas de cobre de altísima calidad asomaban en los vericuetos de aquellas interminables galerías. Que nunca había percibido tanta maravilla junta. Él, que creía haberlo visto todo, quedó mudo de asombro.  Bajado a las minas y visitado los numerosos ingenios llegó a la conclusión que con un fuerte inversión económica se podría modernizar los trabajos que todavía utilizaban obsoletas técnicas españolas. Por aquellos días, incansable en sus descensos mineros y sus intempestivas salidas al frío gélido, sufrió una grave pulmonía que estuvo a punto de dar término a su vida. Auxiliado a tiempo, tuvo que ser regresado a su tierra natal pero ya con el propósito de volver en cuanto repusiera sus fuerzas. Naturalmente, los pormenores de su loca aventura minera se hizo conocida en Nueva York mediante los diarios que con gran admiración magnificaron sus relatos.

un aleman desconocidoPara entonces, la situación se agravaba en el Cerro de Pasco. Los mineros ya estaban cansados de pelear con el agua, su antigua enemiga, que seguía inundando galerías y “ahogando” vetas argentíferas, incrementando el desánimo. La minería cerreña decaía y, consecuentemente, el Estado sufría la falta de capitales. Las dificultades eran tan graves que la desesperanza se adueñó de todos los ánimos. El ingeniero Rosell, decía en 1892: “El Cerro de Pasco, después de 350 años de explotación ininterrumpida y de haber producido mil millones de pesos fuertes, está todavía casi virgen; sus trabajos más profundos no alcanzan todavía los cien metros, y todas las minas hoy invadidas por el agua, fueron abandonadas hace cuarenta años, cuando los “pacos” y demás minerales oxidados cedían el campo a la plata nativa y a la polvorilla argentífera. La última inundación que nuestra indolencia no ha querido vencer, vino a interrumpir precisamente una de las boyas más abundantes, cubriendo riquezas que aguardan un genio emprendedor y una voluntad resuelta para devolver  en poco tiempo al Perú, su antigua fama de opulencia”. (Informe de la Compañía Minera Pasco Peruana 1892:6)

Por su parte el ingeniero Pedro G. Venturo, en la página 39 de su “Estudio del Asiento Mineral de Pasco”, publicado en 1897:39, afirmaba: “Puedo agregar además, que las mejores minas que hoy están aguadas, se encuentran siempre en las proximidades de la caliza, y los mismos minerales ricos que actualmente se han extraído de Peña Blanca, se presentan con caliza (…) La riqueza del Cerro de Pasco en profundidad, no parece por lo tanto ser una fábula (porque) la indicación de los hechos manifiesta lo contrario”.

 Entre tanto Van Slooten, se entrevistaba con dos de sus vecinos en las oficinas de  Nueva York (15, Broad Street).  En este mismo edificio tenían sus oficinas: James Ali Haggin y Alfred W. Mc Cune, que –cosa curiosa- en esos momentos buscaban proyectos mineros en los cuales invertir.

Está demás decir que sus entusiasmados relatos respaldados con fotografías, planos, registros de laboratorio y demás informes, llegan a convencerlos para invertir en el Cerro de Pasco. Aumentaba el atractivo la noticia de que los mineros locales no obstante el enorme valor de sus  yacimientos, ante las dificultades para su explotación creían conveniente venderlos.

En 1897, diez años después del arribo de la primera comisión, el ingeniero norteamericano W. Mac Cune llega al Cerro de Pasco y con las técnicas de exploraciones diamantinas más avanzadas de la época, comprueba la variedad y abundancia de minerales de nuestros socavones, especialmente del cobre que, además de abundante, era de muy buena calidad. No sólo eso. La zona era eminentemente mineralizada. Era, a no dudarlo, un emporio extraordinario. Por otro lado, los informes de Von Sloten después de haber estado en nuestra ciudad, llegan a manos del financista norteamericano Twombly que, más tarde, también será socio financista de la nueva compañía.

En sus reuniones con los mineros del Cerro de Pasco, Slooten se entera de que todos ellos deseaban vender sus minas, cansados de batallar con mil y una dificultades. Hubo, claro está, un pequeño número de mineros que estaban conscientes del enorme valor de sus pertenencia y que, trabajándolas después de vencer la dificultades del agua, darían grandes resultados económicos. El minero que llevaba la voz cantante de este grupo era don Carlos Rizo Patrón quien, en la reunión de mineros habida el 10 de abril de 1900, había dicho, entre otras cosas:  “Está hoy al alcance del Cerro de Pasco, que no necesitamos brindar al capital extranjero, ni nacional las utilidades pingües que podemos alcanzar sin gran esfuerzo como compensación de los sacrificios más o menos prolongados que llevamos hechos para sostener nuestras propiedades y arrancarles un fruto para satisfacer las más imperiosas necesidades”. (ARAUCO, Herminio- “APUNTES’ en EL MINERO de octubre de 1901). En aquella ocasión, el ingeniero Carlos Postt, miembro de la Delegación de Minería, respaldando a Carlos Rizo Patrón sostuvo que: “Una sola pertenencia minera de cobre bastaba para pagar el valor total de las minas del Cerro de Pasco” (IBID).

Continúa…..

EL HARAGÁN

El haraganNadie se explicaba cómo podía sobrevivir en un pueblo de gente tan trabajadora y buena como es Ticlacayán. Aquí precisamente tenía su residencia este vago empedernido. Hablarle de trabajo era como mentarle al demonio. Sin embargo –es justo decirlo- su holgazanería la reemplazaba con su perspicacia viva y chispeante que le permitía seguir tirando adelante. Era tan ingenioso que mediante su conversación amena, punzante y variada, encandilaba al cura, a los gobernantes, a las mujeres más guapas y a los hombres más sencillos del predio. Durante las faenas pueblerinas, a la vera de las chacras, narraba graciosos cuentos, hacía capciosas adivinanzas, entonaba lindas canciones y el más grande “trabajo” que hacía, era llevar su mate de chicha a los sudorosos obreros. Era tan ocurrente y simpático que, llegada la hora del condumio, le separaban un lugar en la mesa familiar. Era ocioso, pero también un intuitivo poeta popular. Era el orador de fondo en los festejos pueblerinos, en los entierros y en las bodas. Sin que nadie supiera cómo, ni por qué, se convirtió en un acertado adivino y atinado curandero. Así –por aquellos remotos años– aprendió el lenguaje de los animales. Si bien es cierto que no podía hablarles, él alcanzaba a entender lo que éstos decían.

En una de sus correrías escuchó a los comuneros afirmar que quién dotara de agua potable al pueblo y remozara la iglesia que estaba deteriorada sería elegido alcalde sin ningún miramiento. A partir de entonces se le metió entre ceja y ceja ser el alcalde del pueblo. Durante sus vigilias había pensado mucho en solucionar los problemas de Ticlacayán sin lograr su objetivo. Ya varios habían fracasado en el intento porque no encontraba un arreglo posible a la vista. Tanto se devanó los sesos que llegó a la conclusión de que los únicos que podían conocer la solución al problema, eran los animales. Pero, claro, como él no podía hacerse entender, recurriría a su ingenio para escuchar lo que conversaban. Para ello trazó un plan y luego de meditarlo bien, decidió llevarlo a efecto.

Un día completamente soleado, subió a un cerro elevadísimo y luego de desnudarse completamente, se tiró sobre las hierbas, fingiéndose muerto.

No había pasado mucho tiempo, cuando en el azul del cielo se recortó la imponente imagen de un cóndor que durante un considerable tiempo estuvo dando vueltas contemplando el desnudo gandul.

El viejo zorro de la comarca, viendo al cóndor trazar círculos en el cielo, convergió con prontitud asombrosa donde estaba tirado el haragán. En ese mismo instante el cóndor descendió de los aires.

  • ¡Qué tal compadre zorro! –Saludó con voz estentórea.
  • ¡Aquí compadre cóndor! –Respondió con su timbre aflautado el astuto- le vi dando vueltas por allá arriba, que me dije: “¡Cáspita, zorrito lindo!…¡El compadre cóndor tiene banquete a la vista, y estoy seguro que no se negará a compartir presa contigo!. ¿No es así compadre?
  • ¡Ya lo creo compadrito!, para eso somos hermanos espirituales. Para los dos alcanza con creces.
  • Tiene razón compadre; la presa es enorme. Pero… ¿Qué le habrá pasado a este hombre? Ayer nomás estaba muy vivo y fuerte.
  • ¡Seguramente se ha suicidado! Estos humanos son unos bobos, en cuanto se topan con una dificultad y no la pueden resolver, se vuelan la tapa de los sesos.
  • ¡Qué tontos!… ¿Pero cual habrá sido la dificultad de este hombre?
  • La de todos, compadre zorro, loa de todos. No tienen agua, y para conseguirlo tienen que caminar grandes distancias. Tampoco cuentan con el dinero suficiente para reparar la iglesia.

¡Pero, qué tontería! Si debajo de la gran losa de Ticlahuanca que está en la plaza hay un ojo de abundante agua. Sólo necesitan mover esa piedra y el puquial les dará el agua más rica de todo la zona. ¡Lo dicho! Estos humanos son tan inútiles y presumen de sabios. Yo, con una simple olida, me he dado cuenta de ese hallazgo.

  • ¡Así es, compadre zorro! Por otro lado, no tienen ni un centavo, cuando muy cerca de aquí hay un montón de plata.
  • ¿Cómo es eso compadre cóndor? ¡Explíquese!
  • A cinco leguas de aquí vive una vieja potentada que está tullida y a punto de morirse. Ha sido víctima de la brujería de sus nueras. Las canallas han amarrado con cordones de muerto las ropas de la vieja y, aprovechando su ausencia, las han enterrado debajo de su propia cama.
  • ¡Qué barbaridad!… ¿ Y?
  • Bueno, el que desentierre la hechicería y la queme, logrará salvar a la vieja volviéndola a la normalidad. ¡En pago de este servicio, la baldada le dará toda su riqueza que es muy cuantiosa!.
  • ¡¿Sí compadre?!.
  • ¡Ay caray!… ¿Cree usted compadre que por las puras estoy en los aires?…
  • ¡Claro, claro compadre cóndor! Bueno compadre; tengo hambre y la merienda está servida; comencemos el banquete!…usted primero…
  • ¡No, compadrito… usted merece el primer mordisco…
  • Ya pues compadre, si usted lo descubrió, apure el primer picotazo…
  • ¡Insisto compadre, usted es mi invitado!, así que le corresponde la primera dentellada…

Al escuchar esta gentil controversia y con peligro latente, el haragán pegó un estentóreo grito agitando piernas y brazos como un loco que el zorro desapareció aterrorizado  entre la maleza y el cóndor asustado por los aires.

Contento por los valiosos informes que había obtenido con astucia, el holgazán se vistió y con un  animado silbido entre los labios, bajo muy campante al poblado.

Lo primero que hizo en cumplimiento de su plan, fue reunir al pueblo en una gran fiesta dominical. Cuando el gentío se hubo reunido, él les habló con mucho entusiasmo:

-¡Queridos paisanos!, quiero decirles que yo no he nacido para el rudo trabajo manual. He nacido para brindar mi talento e inteligencia que no es poca. Como prueba de ello les pido que todos movamos esta roca gigantesca que por eternidades ha estado aquí cerca.

Unos con desconfianza y otros con entusiasmo, iniciaron el trabajo que el haragán les había propuesto. Después de unas horas de gran esfuerzo lograron hacer rodar tremendo monolito, y lo que aconteció después, los dejó con la boca abierta. Del centro de la huella dejada por la piedra, expulsada como por una fuerza colosal comenzó a brotar un incontenible chorro de agua cristalina. Por fin tuvieron agua.

Este acontecimiento hizo crecer desmesuradamente la imagen del poeta ocioso al que los hombres y mujeres pasaron a saludar y tratar más comedidamente. Muchísimos se disputaban el honor de sentarlo a su mesa.

A la semana siguiente, visitó a la vieja lisiada y luego de hacerle prometer la entrega de sus riquezas a cambio de su salvación, sacó las enterradas ropas hechizadas y las incineró. Misteriosamente, la baldada comenzó a utilizar sus piernas y manos con las que entregó cuatro bolsas de oro a su salvador.

Con este dinero hizo reparar la iglesia dejándola como nueva, y el día que se inauguró el acabado, luego de una misa solemne con procesión, en su correspondiente homilía, el cura pidió para que Nuestro Señor mantuviera vivo el talento del poeta. Después se sirvió un gran almuerzo en el que se escuchó el más entusiasta discurso pronunciado por el flamante alcalde ticlacaíno: el haragán.

El haragan 2

LA VIVIENDA CERREÑA (Tercera parte)

Otra construcción que conserva el rol de comercio y residencia. Esta está ubicada en la calle Huariaca, en el centro de la ciudad. El primer paso dedicado al comercio y, el segundo a vivienda del dueño. Nótese la nieve copiosa que ha caído en la ciudad.
Otra construcción que conserva el rol de comercio y residencia. Esta está ubicada en la calle Huariaca, en el centro de la ciudad.
El primer paso dedicado al comercio y, el segundo a vivienda del dueño. Nótese la nieve copiosa que ha caído en la ciudad.

La cantidad de habitaciones de la casa dependía del número de miembros y de la solvencia económica de la familia. Desde las enormes casonas solariegas construidas a la europea de los ricos mineros, hasta  las humildes rancherías de los peones.

Escasas ventanas pequeñas con guarniciones de hierro forjado a mano, custodian la estancia. Ventanas de la sala, de la cocina, de los dormitorios, del comedor. No necesitaban ser muy grandes ya que había que tomar en cuenta el agresivo frío ambiental. En los meses de sol, la pródiga luz se colaba por ellas iluminando el interior con cálidas tonalidades. En el invier­no, ampos de nieve alumbraban el ambiente. Afuera, las paredes estaban  enjalbegadas de cal y  negrísimo zócalo de brea.

Las recias puertas de pino que, nunca-pase lo que pase con el ambiente climático caprichoso, se doblaran-  daban acceso a la cálida intimidad. Dividida en tres partes con una hoja corrida de arriba hacia abajo, la una y, dividida en dos mitades la otra: superior e inferior; sólo la de arriba  permanece abierta para dar paso a la luz y al aire. La mampara de amplios ventanales impide el libre tránsito del aire frío a la vez que tamiza la luz que ilumina los interiores.

El apacible interior tiene varios compartimientos. El primero es la sala acogedora con un enorme sofá, dos sillones y una docena de sillas de Viena. Frente a la puerta, el hogar, guarnecido por espetones de bronce, montones de bituminoso carbón y grandes leños recién rajados que alimentarán el fuego reconfortante en las reuniones familiares. A un costado, un lustroso armario con incrustaciones de vistosos maderos.

 En las paredes, recargados de retratos de augustas parejas ancestra­les.  Más allá un portarretratos de láminas de totora en cuyos intersticios se colocan las fotografías de los seres queridos; un largo rabo de buey o caballo en el que se han colocado peines, peinetas y asentadores familiares.

 Presidiendo la sala, el gran espejo biselado de los abuelos, enmarcado en pan de oro; frente al espejo el sonoro reloj de enorme esfera y números romanos, señalando imperturbable, año tras año, la marcha del tiempo con el  tic tac martillado por incansable péndulo. Sobre el sofá, deso­cupado y tierno, el gato familiar.

 Al fondo, adosado a la pared, el finísimo piano STEINWAY. No se podía concebir una casa “decente” sin su piano.  “Sociedades dramáticas y filarmónicas se formaron en el Cerro de Pasco como expresión del tono europeo de la cultura, y el piano, a pesar de que debía ser transportado penosamente a lomo de mula desde Lima, distante a 213 kilómetros y aun desde más lejos antes de 1893, cumplió puntualmente su función en la educación de las hijas y en la distinción de las viviendas de la élite”  (CONTRERAS, 1990:38). En las veladas amicales o familiares, las notas de este instrumento se hacía escuchar en el ámbito casero. Tampoco faltaba, a la pared, colgada con hermosas cintas, la guitarra española.

En el comedor, la enorme mesa familiar rodeada de sillas. La cocina de cuatro hornillas hecha de ladrillos refractarios cubierta con gruesa plancha de hierro que siempre mantenía la cálida vigencia del calor. Sobre la cocina, robustas ollas con los guisos, locros, picantes, frituras y dulces.

Esta es la habitación más cálida y confortable de la casa, siempre ocupada por la familia que en amena charla, atienden los quehaceres hogareños. En lugar preferencial, la vitrina  de vidrios limpísimos en la que se puede ver la vajilla de losa de hermosos colores. Adosados a la pared, de extremo a extremo, los poyos sobre los que se colocan peludos pellejos para descansar. Además de asientos, estos poyos desempeñan la función de criaderos de cuyes que deambulan por toda la cocina con sus traviesos ojitos de pedrería; nada dejan éstos sobre el piso cuando la matrona pelaba papas, verduras, cebollas, frutas, etc.  A determinada hora, abundante alcacer alimentan a estos animalitos que serían sacrificados al llegar algún acontecimiento familiar importante­. Igual suerte correrían gallinas, patos, conejos y cerdos que se crían en el corral. Lo que nunca falta en un hogar cerreño, son los perros; engreídos guardianes de la propiedad.  “Las casas no están edificadas en absoluto en el acostumbrado estilo español o sudamericano las que, con sus espaciosos y cómodos patios, hubieran quitado mucho espacio al terreno de la plata. El patio es estrecho, limitado y sucio puesto que las lluvias y la nieve son acontecimientos de todos los días, los cuartos son bajos pero calientes con estufas o chimeneas. Las habitaciones se acomodan donde quiera que uno esté en el Perú, al clima” (Friedrich Gestaecker, 1861).

En el dormitorio, la cama de hierro con perillas de bronce, atravesada por recios tablones de pino sosteniendo mullido colchón de lana; sobre él,  las sábanas de bayeta blanca orilladas de seda y rodapiés de blondas. Encima las frazadas atigradas y un edredón bordado por las hacendosas manos de mamá. Sobre los veladores, el correspondiente candela­bro. En un rincón, los baúles donde se guardan prendas de ropa escogida. Al lado del añoso arcón de cuero repujado donde se atesoran  los más íntimos recuerdos de la familia: cartas atadas con lazos de seda, retra­tos, monedas, medallas. Debajo de la cama, la bacinica que permitirá inhibirse de salir al baño en las frías noches tormentosas. El robusto ropero familiar y a la cabecera un crucifijo que vela el sueño de la pareja.

Los pisos de las habitaciones interiores, los balaustres de los balcones, zócalos, recuadros, vigas, vanos, molduras, alféizares, recuadro, marcos y entarimados están trabajados en fino pino blanco o pino Oregón que por su finura y resistencia son preferidos por los alarifes cerreños. El patio interior contiguo a las habitaciones de la casa, está pavimentado con lajas de Quilcaymachay. En un extremo discreto del corral, la letrina, un cuartito de madera sobre el silo correspondiente.

Casa donde finalmente fue a refugiarse el otrora poderoso Club Alfonso Ugarte de Auxilios Mutuos. La “Compañía” ofreció a sus últimos socios que usarían este alojamiento en tanto ellos construían un edificio tan grande como el que había tenido la institución. En el lapso de espera, uno a uno los socios fueron muriendo y ya no quedó nadie para hacer cumplir la promesa. Finalmente el local quedó en manos del guardián. El que se ve es un pasaje entre las calles Lima y plaza Chaupimarca.
Casa donde finalmente fue a refugiarse el otrora poderoso Club Alfonso Ugarte de Auxilios Mutuos. La “Compañía” ofreció a sus últimos socios que usarían este alojamiento en tanto ellos construían un edificio tan grande como el que había tenido la institución. En el lapso de espera, uno a uno los socios fueron muriendo y ya no quedó nadie para hacer cumplir la promesa. Finalmente el local quedó en manos del guardián. El que se ve es un pasaje entre las calles Lima y plaza Chaupimarca.

LA VIVIENDA CERREÑA (Segunda parte)

Una vivienda antigua superviviente a pesar de las explosiones mineras diarias. Amplio portalón que da acceso a las instalaciones interiores a través de un zaguán. Dos puertas laterales en el primer piso. En el segundo, donde están instalados los tres dormitorios, tienen el adorno de un amplio balcón. El techo era de paja en un comienzo, como los europeos usaban en su tierra. El riesgo de incendios por las descargas eléctricas determinó que se cambiara por la calamina. Aquí no pudo ser implantada las “tejas” porque los cambios bruscos de elevadas temperaturas del sol en el día a las noches heladas de muchos grados bajo cero, las destruyeron.
Una vivienda antigua superviviente a pesar de las explosiones mineras diarias. Amplio portalón que da acceso a las instalaciones interiores a través de un zaguán. Dos puertas laterales en el primer piso. En el segundo, donde están instalados los tres dormitorios, tienen el adorno de un amplio balcón. El techo era de paja en un comienzo, como los europeos usaban en su tierra. El riesgo de incendios por las descargas eléctricas determinó que se cambiara por la calamina. Aquí no pudo ser implantada las “tejas” porque los cambios bruscos de elevadas temperaturas del sol en el día a las noches heladas de muchos grados bajo cero, las destruyeron.

Otros viajeros importantes también nos dejaron sendas impresiones de las viviendas cerreñas: “Los edificios son los menos malos de todas aquellas poblaciones que hay en las pampas y punas de Bombón, con motivo de vivir allí varios mineros, comerciantes y rescatadores de plata; su planta es de tierra y canto, techadas con maderas e “ichu”; su figura cuadrilonga o cuadrada de un solo piso, rarísima vez blanqueada por fuera” (Hipólito Ruiz, 1778).

“El lugar está construido en la forma más irregular, con casas de un solo piso, techos de paja, sin ventanas, excepto de papel grueso, no hay chimenea aunque dicen que nieva por fuerza once meses del año y esporádicamente el mes restante (…) no hay un solo hogar en ninguna casa, de modo que usan braseros (estufas) en los que colocan carbón de turba, lo cual origina un aire tan peligroso que obliga a dejar las puertas abiertas para evitar perecer sofocados; muchos mueren de esa forma cada año” (Visitante inglés en 1825).

“En el Cerro, había hermosas casas de ladrillo entre las rústicas viviendas de los demás (gente acomodada). Siempre había poca luz del sol y en el mejor de los casos dos ventanitas cerradas con marco de madera. Había curiosamente, lujo (vajillas por ejemplo) en medio de un terrible atraso. Los extranjeros suelen vivir mejor” (Edward Poeppig en 1831).

Ya se habló, aunque brevemente, de las casas espléndidas de los ricos, es decir, de los opulentos mineros, comerciantes, hacendados etc. y de los miserables aposentos de los japiris. A continuación, nos referiremos a una casa de la gente que conformaba, digamos la clase media popular cerreña.

Abiertas las zanjas previamente trazadas de acuerdo a las particulares necesidades de cada dueño, se levantaban las bases de piedra y,  sobre ellas, las paredes que por lo regular tenían entre una vara y una vara y media de espesor. Fornidos tablones de pino con abrazaderas y seguros de metal llamados “galeras” moldeaban la pared hecha de barro previamente cernido y apisonado con una mezcla de abundante ichu para asegurar la cohesión interna.

Atacadas las galeras, se apisonaba el barro con un mazo gigantesco que con mucha dificultad podía levantar un hombre y se amarraban y se entretejían las esquinas a fin de asegurar la resistencia. A medida que se levantaba la pared, se iban colocando los dinteles, antepechos, umbrales, marcos y contramarcos de puertas y ventanas que recién se abrían al secarse los muros. Listas las paredes, se entrecruzaban los tijerales y crucetas con los entrepaños, para amarrarlos a la cumbrera.

Toda esta carpintería estaba trabajada en madera resistente sobre la que se tejía el techo de paja en ángulo más o menos agudo a dos vertientes, para que la lluvia, el granizo, la cellisca y, la nieve, circularan rápidamente sin encharcarse en la superficie. En la parte central del montante  se colocaba la Cruz de la Pasión, la que protegía a sus ocupantes y que con reverencia era colocada en la fiesta de “Zafa-Casa”.

El que las casas estuvieran techadas de paja fue la razón para que durante las tormentas atmosféricas se produjeran fatales incendios debido a las descargas eléctri­cas. “Los techos están cubiertos con paja por lo que hay muchos incendios en el pueblo” (Archibald Smith, 1835). Sólo a comienzos del siglo XX, con la creación de la Compañía de Bomberos y la colocación de pararrayos, amenguó este peligro.

Las casonas de las familias pudientes y visibles, lucían sólidos balcones de pino Oregón o pino blanco traído de Canadá. Estos balcones con amplios corredores  de cobertura de vidrios  protegían a la casa del frío ambiente exterior y, no obstante las lluvias y los  severos soles esteparios que recibían, jamás se deformaron.

“Las viviendas mejores están bien instaladas y protegidas del frío por buenas chimeneas inglesas; pero el que no permanece todo el día en la habitación con calefacción, dedicándose a las listas de jornales o a los libros de contabilidad, difícilmente se acostumbrará al hielo  tajante del aire y a lo desconsolado de los alrededores” (…) Los alquileres de las viviendas son también tan altos como no se encontrará en otra parte” (Juan Jacobo Von Tschudi, 1838)

Aquí nunca pudo utilizarse la teja, porque el cambio brusco de temperatura, de muchos grados bajo cero a los implacables soles del día, hacían añicos la fragilidad roja.

Sobre el segundo piso, entre el cielo raso y el techo de paja: la troje. Aquí se guardaban papas, ocas, mashuas, ollucos, ­trigo, cebada, chuño, caya, moray, mote y demás alimentos. En los montantes de madera, el colgajo de huayuncas de maíz, cueros de cerdo, carne seca y aperos y utensilios de trabajo. El clima extremadamente frío y seco conservaba los alimentos en buenas condiciones.

Otra vivienda antigua a la que han suprimido los balcones quedando solo el del centro, en el segundo piso. El amplio portalón, el zaguán que conducía a los patios interiores. Al extremo una vivienda de ladrillos con instalaciones “modernas”.
Otra vivienda antigua a la que han suprimido los balcones quedando solo el del centro, en el segundo piso. El amplio portalón, el zaguán que conducía a los patios interiores. Al extremo una vivienda de ladrillos con instalaciones “modernas”.

Continúa…..

LA VIVIENDA CERREÑA (Primera parte

Este edificio erigido en 1890 pertenece al consorcio comercial Azalia Nation y Compañía. Es una típica vivienda – comercio como hubo muchas en la ciudad. En la amplitud del primer piso se realizaban los trámites comerciales y, toda la parte alta,  constituía la vivienda de los dueños. Nótese que cubriendo toda la extensión del segundo piso hay un enorme balcón cerrado de pino blanco con vidrios para dejar pasar solamente la luz, más no el frío terrible en todas las épocas del año. Una visible claraboya para iluminar los interiores y su correspondiente pararrayos. Este aditamento fue muy apreciado porque neutralizaba los ímpetus incendiarios de las tormentas eléctricas que en la ciudad eran continuas y muy peligrosas. Las calles estaban empedradas con sus correspondientes sequias por donde discurrían las aguas pluviales.
Este edificio erigido en 1890 pertenece al consorcio comercial Azalia Nation y Compañía. Es una típica vivienda – comercio como hubo muchas en la ciudad. En la amplitud del primer piso se realizaban los trámites comerciales y, toda la parte alta, constituía la vivienda de los dueños. Nótese que cubriendo toda la extensión del segundo piso hay un enorme balcón cerrado de pino blanco con vidrios para dejar pasar solamente la luz, más no el frío terrible en todas las épocas del año. Una visible claraboya para iluminar los interiores y su correspondiente pararrayos. Este aditamento fue muy apreciado porque neutralizaba los ímpetus incendiarios de las tormentas eléctricas que en la ciudad eran continuas y muy peligrosas. Las calles estaban empedradas con sus correspondientes sequias por donde discurrían las aguas pluviales.

Cuando se descubre el asombroso afloramiento de plata de San Esteban de Yauricocha, oleadas cada vez más numerosas de aventureros se afincan en sus predios. Todos llegan en pos de sus fabulosos filones. Aquí nadie vino a fundar una ciudad -ya lo dijimos- sino a llenarse las faltriqueras de plata para marcharse en cuanto hubieran saciado su ambición; por eso es que no se tomaron en  cuenta las consabidas cuadraturas conque los españoles trazaban las calles de las ciudades que fundaban. “Aquí fueron las vetas argentíferas las que determinaron la ubicación de las casas, que en todo caso, fueron vivienda y fortaleza”  (GERSTAEKER: 1973:69)

En derredor de la bocamina se erigía una muralla inexpugnable para asegurar la propiedad. Dentro, la precaria vivienda del dueño, la cuadra para los peones, un depósito para guardar los avíos y herramientas mineras: una segura habitación destinada a la custodia de las barras de plata y el azogue bajo el hermetismo de siete llaves; a un costado, la cuadra para las mulas.

“Desde que los españoles explotaron ávidamente nuestras minas, esa avidez no tuvo parangón con ninguna preocupación humana referente a la condición de vida de los hombres que explotaban dichas minas. Tugurios rurales, viejas chozas indígenas, fueron la característica urbanística que enmarcó la mina peruana” dice don Mario Samamé.

A fines del siglo XVI y comienzos del XVII, estas construcciones fueron muy rudimentarias, pero a medida que se comprobaba que los filones eran inagotables, fueron construyéndose más sólidas y cómodas porque ya la familia entera venían a aposentarse en ellas.  En todo caso se cumplía con las tres principales exigencias que una vivienda debe tener. La protección hacia arriba contra la lluvia y el sol mediante la techumbre. En sus comienzos fue de paja por el abundante “ichu” que hay en derredor de la ciudad. Los tejedores del techo seguían técnicas nativas pero adaptándose a las modalidades usadas en Francia, Italia y otros lugares europeos. El peligro de estas coberturas radicaba en el peligro que ofrecían. Bastaba un flamígero relámpago para que se incendiara el techo como una tea apocalíptica. Hubo muchas desgracias originadas por las tormentas atmosféricas.  Hacia los lados contra el viento y el frío mediante paredes gruesas  y bien construidas. Aquí se usaron las galeras para contener el barro apisonado que constituían los muros, después de fijar puertas y ventanas, se las encalaba rematándoles con bordes negros de brea. Hacia abajo, contra la humedad y el frío del suelo, mediante el piso. Se utilizaban las maderas más recias dándole preferencia al pino Oregón. Es a partir del siglo XVIII -época boyante de la minería cerreña- cuando las construcciones se hacen más cuidadosamente, de tal suerte que algunas de ellas, pervivieron por muchos años.

Es necesario aclarar que desde el siglo XVIII, se advirtió claramente la presencia de tres clases sociales claramente definidas. “De un lado, una pequeña minoría étnica blanca que gobernaba la estructura social, (…) una mayoría indígena subordinada y (…) un grupo mestizo más numeroso que se limitó a combinar algo de ambos mun­dos (CONTRERAS:1990:13)

El primer grupo conformado por los que “usaron indumentaria europea, que se expendía en los bazares principales de la ciudad o era confeccionada sobre base de telas importadas por sastres frecuentemente franceses establecidos en la ciudad“, tuvieron viviendas cómodas y confortables para resistir el frío y las inclemencias atmosféricas que eran muy terribles en aquellas épocas.

El segundo grupo –el mayúsculo- conformado por los braceros que trabajaban el fondo del socavón, tuvieron habitaciones miserables y casi desamparadas. “Siglos más tarde, la explotación de los asentamientos  mineros estuvo enmarcada por el CAMPAMENTO donde moraron los mineros en casi tan precarias condiciones como las de la colonia. Sólo con muy escasas excepciones, algunos yacimientos se vieron favorecidos, en el mejor de los casos, con casas de alguna mejorada estructura, pero siempre se carácter provisional”

. “A pesar de las ingentes riquezas obtenidas no hubo programas de viviendas sólidas y dignas para el esforzado trabajador peruano”, remarca don Mario Samamé Boggio y, continua, “Haciendo una síntesis de esta situación minera se podría afirmar que ella ha creado desde simples asentamientos humanos hasta conspicuas ciudades. Se tendría así: campamentos, pueblos, centros industriales y ciudades. Con la salvedad de toda generalización se podría también afirmar que en el virreinato se crearon ciudades y asientos mineros en forma de pueblos y, en la república, particularmente en el siglo XIX y primera mitad del siglo XX, campamentos y centros industriales”.

Los extranjeros que llegaron a nuestra ciudad, encontraron claramente la diferencia entre las casas de unos y otros: “las viviendas mejores están bien instaladas y protegidas del frío por chimeneas inglesas” (Tschudi: 1966:261).

Esta es otra muestra de la vivienda – comercio que predominó a fines del siglo XIX en el Cerro de Pasco. En la plaza del comercio que más tarde va a cambiar de nombre por el de Centenario, está la que vemos. Pertenece al croata Pehovaz, con las mismas características del anterior edificio. Al costado derecho se ve el consulado austro húngaro con su escudo correspondiente en el frontis. Es a partir de 1890 cuando comienzan a proliferar estas construcciones de los europeos, austriacos, húngaros, croatas, franceses, italianos, ingleses, mismos que han desparecido por el implacable “Tajo Abierto” de la minería. Al centro de esta plaza se erigió en 1929 el monumento a la Columna Pasco. Hoy en día, en lugar que ocuparon estas añosas viviendas, hay un enorme hueco.

Esta es otra muestra de la vivienda – comercio que predominó a fines del siglo XIX en el Cerro de Pasco. En la plaza del comercio que más tarde va a cambiar de nombre por el de Centenario, está la que vemos. Pertenece al croata Pehovaz, con las mismas características del anterior edificio. Al costado derecho se ve el consulado austro húngaro con su escudo correspondiente en el frontis. Es a partir de 1890 cuando comienzan a proliferar estas construcciones de los europeos, austriacos, húngaros, croatas, franceses, italianos, ingleses, mismos que han desparecido por el implacable “Tajo Abierto” de la minería. Al centro de esta plaza se erigió en 1929 el monumento a la Columna Pasco. Hoy en día, en lugar que ocuparon estas añosas viviendas, hay un enorme hueco.
Esta es otra muestra de la vivienda – comercio que predominó a fines del siglo XIX en el Cerro de Pasco. En la plaza del comercio que más tarde va a cambiar de nombre por el de Centenario, está la que vemos. Pertenece al croata Pehovaz, con las mismas características del anterior edificio. Al costado derecho se ve el consulado austro húngaro con su escudo correspondiente en el frontis. Es a partir de 1890 cuando comienzan a proliferar estas construcciones de los europeos, austriacos, húngaros, croatas, franceses, italianos, ingleses, mismos que han desparecido por el implacable “Tajo Abierto” de la minería. Al centro de esta plaza se erigió en 1929 el monumento a la Columna Pasco. Hoy en día, en lugar que ocuparon estas añosas viviendas, hay un enorme hueco.

Ernest Middendorf, al arribar a nuestra ciudad, dice: “Un paisano y acaudalado minero, el señor Steel, quien se había enterado de nuestra llegada, vino a buscarme y cordialmente me invitó a alojarme en su casa. Después de haber conocido de este modo el Cerro de Pasco por su lado malo (había estado alojado en un mal hotel) llegué a conocerlo también por el lado positivo, pues la casa a la que me llevaron era de buena construcción e instalada como una residencia elegante de Lima, con alfombras, muebles finos, espejos, candelabros y vajilla de plata, en la que nos sirvieron una bien preparada comida, acompañada de excelentes vinos. Después de haber reposado algo, hicimos un paseo por la ciudad en compañía del dueño de casa. En la parte central de las casas son de dos pisos y algunas bastante bien construidas; se ven muchas tiendas bien surtidas de toda clase de mercadería. En la medida que uno se aleja del centro, las casas son cada vez más pequeñas y parecen chozas. Allí es donde viven los indios mineros, aglomerados casi siempre en estrechas habitaciones. (MIDDENDORF, Ernest (1973:11/112).

(Continúa…..