Gamaniel Blanco Murillo (Mártir obrero) (Segunda parte)

Al día siguiente -sigue contándonos don Juanito Cortelezzi – tocaron a la puerta del gamaniel Blanco 2“gringo” y se presentó el traidor, un tal Ponciano Leyva, que pedía hablar con el Superintendente y con el jefe Militar a quienes dijo:

–Esperando que cumplan con lo que han prometido, les voy a decir que Gamaniel Blanco está escondido en los altos de una casa en Morococha Vieja – En un papel dio los más mínimos detalles. Después de proporcionar las señas correspondientes, el delator se retiró y, al momento una patrulla policial lo encontró en la troje de la casa de un obrero. De allí lo sacaron a culatazos y lo ataron para embarcarlo inmediatamente a Lima, de donde fue enviado al Frontón. Era el 10 de noviembre de 1930.

Cuando el delator se enteró del apresamiento de Gamaniel, se apersonó a la oficina del Superintendente a reclamar su ascenso y aumento de sueldo prometidos y se encontró con esta sorpresa. El gringo, indignado le dijo:

–Mire, si usted ha sido capaz de traicionar y delatar a un hombre que, acertada o equivocadamente, está luchando por ustedes. ¿Qué puedo esperar yo que soy extranjero y no soy amigo de los obreros? En este momento queda usted despedido y tiene dos horas para que abandone Morococha, y si se resiste, yo haré conocer que usted es un vil delator y, lo que más le conviene es irse. A la puerta de su casa hay dos camiones para que transporte sus “cosas” (Relato de don Juan Cortelezzi  Martel, compañero y amigo de Gamaniel Blanco).

Cuando la noticia del apresamiento se publica en los diarios de lucha del país, las voces de connotados líderes y periodistas cerreños se hace escuchar a los cuatro vientos. La voz enérgica de Miguel de la Matta; la indeclinable protesta de Andrés Urbina Acevedo, de  Augusto Gayoso Picón; de los líderes de Morococha, La Oroya y del resto del Perú.

Transportado al Frontón es recibido con muestras de simpatía por los presos políticos que Sánchez Cerro había enviado a la isla. Por directa y especial disposición del tirano, el Director del Frontón, Hernando Arnáez Morla, el Subdirector, Ildefonso Torrico y el jefe de la Guarnición, Tenien­te Edmundo Bazo, orquestan las torturas y vejámenes contra el joven luchador. Para que la orden presidencial se cumpla, Edel­miro Portugal, sanguinario esbirro del “mocho”, viaja al Frontón a dictar las disposiciones criminales. A partir de ese instante estaban enviando un mensaje a los luchadores obreros: Quien se opusiere a los designios del tirano tendría que sufrir un calvario.

Durante el día, Gamaniel era sepultado vivo en una estrecha celda de cemento, sin luz y casi sin aire; condenado a dormir sobre el frío cemento, recibiendo una sola ración de la inmunda bazofia al día para que se alimentara. Al promediarse el mediodía, castiga­ban su cuerpo desnudo con enormes varas de goma hasta que perdiera el conocimiento. Al atardecer era llevado a la “lobera”, una caverna ubicada casi a nivel del mar, esculpido en la roca dura. Aquí lo engrillaban de pies y manos y lo dejaban, de pie. Al atardecer, la marea subía y llegada la noche ya le llegaba al mentón y, claro, no obstante el frío, tenía que luchar contra el acuciante sueño que si le vencía, irremediablemente moriría ahogado. Al día siguiente, cuando la marea bajaba, los custodios lo sacaban temblando de frío, rendido de sueño y con las huellas de los mordiscos de las alimañas del mar, y lo tiraban a la playa de donde los luchadores encarcelados lo recogían, le daban café caliente y lo hacían dormir, pero él, presa de terribles pesadi­llas, despertaba convulso y afiebrado, estremeci­do de temblores horrendos. Así, hasta que bien entrada la mañana, nueva­men­te lo llevaban a encerrar en su celda especial. A­sí, diariamen­te. ¿Cuántas veces sus lágrimas no se habrán mezclado con las aguas del mar? Llanto de rabia, de impotencia, de furia ante tanto abuso.

En las páginas de LOS ANDES del año de su muerte, se publica la siguiente creación. En ella podrá apreciarse claramente que en él se fundían claramente, de un lado la exquisita sensibilidad del poeta que más de una vez puso de manifiesto en sus versos; del otro, la bravura del joven luchador que sin ápice de cobardía hizo frente a tantas dificultades que encontró en la vida. En él se fundían entrañablemente. La dulzura y pasividad de un cordero ante la inmolación y la bravura del león que no se rinde, ni herido. Leamos

            «Amoroso y tierno niño que me escuchas, voy hablarte del ser que más queremos en el mundo.

–¿Cuál es? – será tu pregunta – pero ante mi respuesta permanecerás callado y meditabundo. Pues mi conversación trata sobre lo que es la MADRE. 

            La madre, niño, es el amor de nuestros amores; el don más preciado de la vida; el santuario del ideal más noble, bello y grande; la felicidad y el contento del hijo. Eso es la madre; eso es la mujer autora de nuestros días.

            El niño y el hombre, aman a su madre con fervor muy grande, con toda la devoción de su ser, con todo el amor de sus entrañas. E­lla vela por el hijo con cariño más puro y virginal: ora acariciándolo en horas de placer besando con sus santos labios la frente del tierno infante; ora meciéndolo en sus brazos al ritmo de sus trovas infantiles, para proporcionarle alegría al corazón de su hijo; ora dulcificando las horas de tristeza y llanto, que muchas veces suele tener el niño, con sus palabras tan dulces y armoniosas que brotan a raudales del fondo mismo de su corazón; ora cuidándolo desconsolada en las negras noches de dolor- si alguna desgracia sucede a su querido hijo- colmándolo de caricias y procurando así, curar sus dolores con el remedio santo de su amor; ora inculcando ejemplos de bien para todos sus semejantes; ejemplos de amor, de bondad para con los anima­les, plan­tas y demás seres creados por la naturaleza.

            Las caricias de esa mujer que debemos llamarla bendita, son más dulces que el néctar de las flores primaverales; más ambicionadas que todas las dichas que se pudieran conseguir en el camino de la vida. 

            Ella participa de nuestras alegrías, de nuestros sufrimien­tos; ella lo sabe todo. Por eso, cuando el hijo llora, llora también ella; cuando el hijo está alegre y ríe, el corazón de la madre es un santuario de gozo. ¿Por qué será esto? Todo esto sucede porque ella ama, no con el amor ficticio ni pasajero, sino con el amor duradero y grande, con la misma esencia de ese don querido. En todas las épocas, en todas las edades, el hijo invoca el sagrado nombre de su madre. Niño amoroso: ama a tu madre con el fervor sagrado de tus entrañas; quiere la con toda tu alma, porque cumplir con ese deber, es cumplir  con la ley más bella que Dios ha impuesto a los hijos. La madre nunca dice una mentira, nunca engaña; habla en todo momento palabras desnudas de egoísmo.

            El amarla no sólo consiste en demostrar cariño, no. El amarla consiste, principalmente, en cumplir sus mandatos, obedecer sus consejos. Aquellos niños que no obedecen los consejos maternales, viven a su manera y con el transcurso de los años se constituyen en seres nocivos a la sociedad y a la patria, lo contrario sucede si el hijo es obediente, pues,  en sus futuros días será la honra, el estímulo, la satisfacción de todos. Para su madre, será una gloria infinita. Por eso niño, mi consejo  para ti es: Ama a tu madre, cumple sus consejos y labrarás la felicidad de tu futuro.                               

                                                                                  Gamaniel Blanco Murillo.

Gamaniel Blanco 3Como puede verse, Gamaniel Blanco Murillo amaba a su pueblo, amaba a su madre; sus rasgos de lucha demuestran claramente el enorme amor que profesaba a sus compañeros de infortunio, los obreros. Durante lo mejor de su juventud se había entregado abiertamente a la lucha por la consecución de las mejoras dignas para los mineros, sin embargo, aunque parezca mentira, uno de los teóricos del partido comunista, un tal Martínez de la Torre, en una carta enviada a Del Prado insistía en “formar inmediatamente células adheridas al Partido, que trabajen bajo la dirección del mismo. Si antes se había hecho el trabajo a partir de los dirigentes sindicales y respetando los planteamientos de éstos por más que pudieran parecer oportunistas; ahora se busca limpiar la organización de la influencia pequeño burguesa y chauvinista, procurando que en la dirección estén solamente los auténticos que demuestren un firme sentido de clase y una gran voluntad de acción, para lo cual hay que deshacerse de los pequeño-burgueses como Gamaniel Blanco y Adrián Sovero (…) la labor más interesante en este instante es demostrar a los camaradas mineros que no es un problema de nacionalidad sino un problema de  clase. La explotación en las minas es un fenómeno netamente capitalista, completamente independiente de la religión, raza o país. A los mineros tiene que serles indiferente que el que extraiga la plusvalía sea la Cerro de Pasco Copper Corporation o el señor Proaño. La lucha se plantea, pues, para ellos, en un definido terreno proletario y por consiguiente de lucha de clases”

Como puede deducirse, ya Gamaniel no les servía a estos teóricos de pacotilla. Lo que buscaban eran autómatas asesinos que obedecieran a pie juntillas sus órdenes. Estos huidizos “luchadores”, traicionaron las más grandes aspiraciones de un hombre que, en todo terreno, los superó como luchador y como líder. Transcurridos los años, -lo hemos visto-  la sangre y el sacrificio de Gamaniel fue capitalizado por estos traidores que postularon a cargos gubernamentales de la nación, felizmente sin éxito alguno. Bueno, sigamos.

Pocos hombres habrán sufrido como Gamaniel Blanco Murillo. Po­cos habrán soportado el lacerante odio de sus carceleros por su amor a la justicia; por su indesmayable amor a los obreros, por su irrenunciable postulado de lucha. Por  la traición infame de quienes debieron respaldarlo siempre. Las salvajes palizas diarias que le propinaban, sus nocturnos cautiverios en la “lobera”, su hermético encierro, no pudo ser resistido por su castigado cuerpo. A­quella aciaga mañana del 16 de abril, al cumplirse justamente el primer aniversario de la muerte de su maestro José Carlos Mariátegui, moría en la carceleta del Hospital Guadalupe del Callao, arrojando con los últimos vestigios de la generosa sangre de sus pulmones, el último grito de rebeldía que en su vida había sido su norte. Era la madrugada del 16 de abril de 1931. Moría en la flor de la vida. Como Carrión, su paisano. Estaba por cumplir 24 años.

Inmediatamente, para ocultar el crimen, lo envolvieron en una sábana y, como una última limosna, lo entregaron a sus amigos para que lo enterraran. Su cuerpo está sepultado en el Cementerio Baquíjano, pero, desde aquel día, en cada recoveco de la mina, en cada galería poblada de lamentos, en cada espalda sudorosa y maltra­tada, hay un luminoso canto de justicia prendida en cada uno de los corazones mineros. Él no ha muerto.

El monumento más grande que le ha erigido su pueblo lo constituye el Instituto Superior Pedagógico que lleva su nombre. Un sagrado lugar donde diariamente, en la lección tenaz y el esfuerzo fructífero, se está preparando la juventud que él tanto amó. No hay mejor monumento que éste, estoy seguro, donde la juventud le rinde diaria pleitesía luchando por una mayor justicia entre los hombres.

En edición del 18 de abril de 1931, en LOS ANDES, la pluma flamígera y siempre valiente de Andrés Urbina Acevedo, un extraordinario cerreño, dice:

ADIOS  AMIGO

(A la augusta memoria del intelectual cerreño, Gamaniel Blanco, muerto en el Frontón, víctima del imperialismo). 

            ¡Un golpe rudo y fiero acaba de asestarnos la fatalidad!…. ¡No solamente la crueldad de los “hombres contra los hombres”, sino también el destino, se presenta contra nosotros!

             Más… ni el dolor agudísimo que tortura nuestro espíritu por el alejamiento eterno del hermano, ni todos los despreciables obstáculos juntos que, cual estropajos arrojados en nuestro sendero de libertad, han de arrancarnos jamás una lágrima cobarde, ni un quejido de humillación de impotencia,… no… Por eso, ante la desaparición del noble compañero, y destacado cerreño Gamaniel Blanco, que con su pluma depuradora y sin mancha estigmatizó siempre a explotadores y mandones, colocamos en las columnas de la prensa, con caracteres que jamás desaparecerán, la ¡maldición eterna sobre aquellos culpables que sumisos a sus malvados instintos, precipitaron el final de una vida útil, mil veces más prometedora de grandezas para este fatal Perú que la de sus gratuitos enemigos, de cuyas consecuencias, si es que lo conservan, no podrá apartarse jamás el índice acusador de la ineludible justicia que más tarde o más temprano, ha de llegar a su fin. Por eso con todas las rebeldías de nuestra alma libre, que fueron las mismas de Blanco, lanzamos la más dura imprecación contra ese mismo destino, que hoy nos es fatal. 

            ¿Cuánto tiempo todavía hemos de mirar los insultantes e irónicos cuadros de la injusticia social que presenciamos mientras allá, en las mazmorras del Frontón?, Donde fuera recluido por la dictadura sanchezcerrista, muere asesinado Gamaniel Blanco, como lo ha dicho Ángela Ramos ante la tumba del epónimo Mariátegui; mientras decimos, baja a la tumba un defensor del proletariado, un elemento útil a su patria, una valioso exponente de la intelectualidad cerreña, lejos y abandonado del regazo de los suyos; nace en el Cerro de Pasco, se pasea provocador y altanero, sarcástico ante nuestras leyes, el asesino de un obrero, George Mac Queen, culpable único y directo de los graves sucesos de setiembre del año pasado, cuando las prisiones del país claman por él a gritos. !

            Gamaniel Blanco Murillo, hijo de esta ciudad, intelectual de prestigio y valioso periodista, a la par que amantísimo ciudadano de su tierra, por cuyo mejoramiento, en todo orden de cosas, se desveló mayormente, atestiguando lo que decimos, la excelente organización que bajo su mando tuviera la Brigada de Boys Scouts, la eficaz ayuda a la obra del monumento a la Columna Pasco, la creación de la brillante biblioteca del Club “Juventud Apolo”, su sobresaliente actuación como Auxiliar del Centro Escolar de Varones, su resaltante labor periodística en “Los Andes” y demás colegas. Así como en ADELANTE que él fundara y dirigiera, en la Revista Pedagógica “Fíat Lux”, y muchas otras actividades que por el momento se nos olvida. Últimamente tuvo como campo de  acción su pujante dinamismo en el asiento minero de Morococha en donde fuera solicitado para integrar el personal docente del Centro Escolar Obrero, aportando en bien de este lugar, entre muchas plausibles obras, con la publicación de un importante estudio titulado “Breves Apuntes para la Monografía de Morococha”, y luego con la del Periódico “Justicia”, vocero del proletariado, de vibrante y altiva campaña. Con motivo del último movimiento reivindicativo obreril de la región, fue designado como Delegado de los trabajadores de Morococha ante el Congreso Obrero de la Oroya, que trajo como consecuencia; Primero su prisión en la Comisaría de la Oroya, donde nos confundimos, por _última vez, en un largo abrazo con el infortunado y recordado camarada, y después su reclusión en el Frontón, injusticia incalificable que ha motivado su desaparición del escenario de la vida, en plena gestación de sus nobles ideales y, cuando esperanzas aurorales nos hacían ver en él a un triunfador. El Partido Comunista del Perú, al que se había afiliado últimamente, ha dado a sus restos honrosa y modesta sepultura.

 Gamaniel:

              En el sitio incontaminado en que hoy moras: sueña en paz. Tus sacrificios y tus desvelos no han de permanecer estériles, ni han de quedar en la impunidad. !Tu nombre escrito con letras de oro en las páginas de la humanidad, sin amparo reluce hoy y seguirá perenne con brillante regadora ante los miopes ojos de los enemigos de la hora que ya llega!

 Y…

 Deja que el más sincero de tus amigos en la adolescencia y en la juventud, se descubra solemne ante tus yertos despojos y depositando un ósculo en la sagrada mortaja de tu memoria, siga su ejemplo de caer sonriente en la lucha sacrosanta… Amigo, Gamaniel… Adiós.

Andrés Urbina Acevedo.

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