EL “CAPACHÓN” MINAYA (Primera parte)

capachon minayaSu risa franca resonaba trepidante como un cascabeleo contagioso. Reía abiertamente, acentuando las profusas arrugas de sus párpados y mostrando sus dientes enormes, con un sacudimiento que las carcajadas producían a su enorme corpachón; con la sonoridad producida por sus recios pulmones cerreños; con la luz y el calor de una brillante lámpara minera; con el alma, con todo su ser. Era una risa tan viva que parecía un milagro; tan espontánea y juguetona que por ella se convirtió en uno de los hombres más populares y queridos de la tierra minera. Jamás he visto a nadie reír así, tan fácil y expansivamente. Su rostro era recio como el de un boxeador retirado, su cuerpo de enormes espaldas terminaban en descomunales manazas que como un milagro hacían repiquetear las cuerdas de la guitarra. El “Capachón” era conocido de uno a otro confín de la tierra cimera. Actor innato e intuitivo hacía derroche de su ingenio parodista urdiendo chistes y fabricando pullas. Sus amigos le conocían muy bien y estaban a gusto con él. Don Ramiro Ráez, decía: “El “Capachón” es el hombre ideal para pasarse en vela toda una noche; tiene un ingenio inigualable y una gracia especial para contar sus chistes”. Su nombre era Alberto Minaya Rolando, pero nadie lo conocía por tal, sino por “Capachón”. Su corpulencia hacía evocar aquellas bolsas de cuero con las que los “japiris” transportaban el mineral de los socavones; sólo que éste era un bolsón enorme: un capachón.

Jamás se le vio adusto. Nunca se tomaba en serio. Se ridiculizaba riéndose a mandíbula batiente de sí mismo. Aseguraba que era un hombre de tres cabezas y señalando un enorme lobanillo que le había crecido en la parte posterior de la cabeza, decía: “Ésta es la tercera”.  Para Fiestas Patrias confeccionaba una diminuta cristina militar y se la encasquetaba en la enorme protuberancia: “Con la más pequeña festejaré a la patria” aseguraba en un marco de risas amicales que celebraban el gesto. Su ingenio era preciso y raudo como una luz, instantáneo como una chispa. Una vez, por ejemplo, el “Sapo Parao” –Horrible como el batracio que le prestó el apodo pero elegante hasta la exageración, adornado de una parafernalia de anillos, esclavas, dijes, prendedores, leontinas y relojes- conocido picapleitos cerreño que le debía la chapa, con el fin de ridiculizarlo, comentó al terminarse un chiste: “Qué gracia, pues, Minaya; cuentas un chiste y tú mismo te ríes”, a lo que el “Capachón”  respondió sin inmutarse: “Eso no es nada, sapito; tú eres un rábula y, cosa curiosa, tienes metidas las manos en tus propios bolsillos”. Don Eliseo Malpartida Rocco, a quien por sus ojazos enormes y negros le llamaban “Ñahuirón”, compañero infaltable en serenatas, humoradas y jaranas, sentenciaba: “Con “Capachón” nadie puede. Nunca han logrado doblegarlo contando chistes. Y cuidado, si tratas de  “fregarlo”, ahí mismo te clava un apodo que te quedará por toda la vida. ¡Hay que portarse bien con él! ”.

 Nadie lo creería, pero era JUEZ DE PAZ. Nunca se descubrió cómo se las arreglaba para que todos los años lo nominaran en el cargo; pero mientras vivió, fue Juez de Paz. Sería tal vez porque entre risas fraternales solucionaba los pleitos, y luego de carcajeantes careos, los litigantes se abrazaban y terminaban “chupando” con el Juez en la tienda de don “Incacho” Marcelo.

En su homenaje y recuerdo he compilado algunas de sus ocurrencias para que puedan apreciar su chispa y jocunda.

-01-

 Cuando volvió triunfante tras haber servido en nuestro ejército, el andén del ferrocarril estuvo repleto de amigos. Retornaba después de dos exitosos años con el grado de sargento primero luciendo una brillante medalla en el pecho y su rango en la bocamanga de su polaca. Entre los que lo recibieron estaba lo mejor de la bohemia de aquellos tiempos: Ramiro Ráez Cisneros, Eliseo “Ñahuirón” Malpartida, “Calavera” Díaz, Manuel Shiraishi, “Chivillo” Frías, Pedro Santiváñez, “Boquerón” Rodríguez, hermanos Sarmiento, Andrés Urbina, Luciano Remuzgo, el trío Villaizán, Russo y Quintana, los hermanos Arias Franco, Armando Paredes, “Pepe” Languasco, y una interminable ringla de amigos de infancia. Con ellos, completamente emocionada su madre, una linda viejecita que lo adoraba. Inundada de lágrimas no dejaba de abrazar y acariciar a su hijo que fue transportado en hombros hasta un carro expreso que lo llevó a la calle del marqués donde residía. Aquella noche hubo despampanante jarana celebrando su retorno. Pasada la medianoche los amigos se retiraron para que descansara el hijo pródigo. Fue en esa oportunidad que su madre, con el fin de atender cualquier emergencia que se presentara, dispuso que durmiera en su alcoba. Cansado “Capachón” se tiró sobre la cama abrigada con gruesas sábanas de bayeta serrana y frazadas atigradas “Maranganí” y bolsas de agua caliente a sus pies. Era lo menos que podía ofrecerle la viejecita a su hijo.

No había transcurrido ni media hora cuando tras sonoros ronquidos, a manera de una justa tregua, “Capachón” comenzó a mandar –entre sueños- a una tropa imaginaria con su sonora voz engolada. “Un, Dos”; “Un, dos”; “Un, dos”. Su viejecita alarmada comenzó a llamarle pensando que algo grave le estaba ocurriendo. “Alberto, hijo”…¡¡¡Alberto!!!. El “Capachón” enojado, replicó. “Silencio, carajo, en la fila no se habla!. Y siguió. “Un, dos….

La viejecita quedó lela hasta que vio que se volvía a dormir.

02

Era muy joven todavía cuando se iniciaba la primera guerra mundial originando una sensible discusión entre croatas, serbios, austriacos y demás integrantes del consulado austro húngaro residentes en el Cerro de Pasco. Para entonces la mayoría de ingleses residentes en nuestra ciudad que estaban en edad de defender sus fronteras decidieron viajar a su patria para presentarse a filas. El problema surgió en la Railway Company encargada de la administración de todo lo que tuviera que ver con los ferrocarriles que transportaban los minerales de nuestras minas hasta el Callao. Los ingleses que se desempeñaban como exclusivos conductores de las gigantescas locomotoras, decidieron dejar su tarea en manos de los más perspicaces ciudadanos cerreños que necesariamente lograran superar una exigente prueba de inteligencia. Para el caso publicaron en enormes caracteres de las primeras páginas de los más destacados diarios locales, el siguiente aviso: ATENCION: Se requiere la presencia de jóvenes cerreños para desempeñarse como conductores de las locomotoras de la Railway Company. Requisitos: Tener de 23 a 25 años de edad; gozar de perfecta salud y no tener problemas policiales o judiciales en el país. Los interesados, presentarse a la Casa Redonda de la Railway  Company, el lunes a las ocho de la mañana para un examen especial. LA GERENCIA.

Como es natural, la juventud no habló de otra cosa por aquellos días. Teniendo en cuenta que el ferrocarril era el más reciente invento que concitaba la expectativa del mundo entero, muchos jóvenes quisieron acceder al puesto de conductor que hasta ese momento sólo los ingleses desempeñaban.

Desde las primeras horas del lunes se conformó una gigantesca “cola” de jóvenes que empezando en la Casa Redonda se prolongaba hasta la calle del marqués. Entre los aspirantes se encontraba el jovencísimo “Capachón”.

Todo el mundo vio que las entrevistas a los candidatos eran muy breves. No duraban ni cinco minutos. ¡Qué tal exigentes resultaban los gringos! La totalidad de jóvenes salía de la reunión con la mirada baja, señal de que no habían sido aceptados, hasta que el tocó al “Capachón”.

Cuando este entró en la sala de examen, los gringos miembros de jurado, lo examinaron de pies a cabeza como a un ser raro, totalmente extraño. Después de ese examen que puso nervioso al “Capachón”, el presidente del jurado, rodeado de los demás miembros, inició el interrogatorio.

  • Nosotros necesitamos –dijo el gringo- personas muy solventes de inteligencia y reflejos que puedan resolver de inmediato los problemas que rodean a esta profesión. Por eso le vamos a formular las preguntas que usted deberá responder de forma inmediata para ver su reacción…
  • Bien, señor. Comiencen
  • Está usted conduciendo una locomotora que avanza a cincuenta kilómetros por hora, cuando, de repente, ve que en el mismo riel pero en sentido contrario, viene otra locomotora a la misma velocidad… ¿Qué haría para evitar el choque?
  • Fácil, míster. Pongo los frenos para evitar el encontronazo que sería mortal…
  • ¡Sus frenos se han malogrado y no funcionan….¡
  • En ese caso hago sonar el “pito” lo más fuerte que pueda y el conductor que viene en sentido contrario, detendrá su locomotora….
  • Su máquina tiene averiado “el pito”…
  • Entonces procedo a tocar la campana de tal manera que el otro conductor lo escuche…
  • La campana está estropeada, no puede utilizarla…
  • Bueno, ante el peligro inminente, saco por la ventana las banderas de peligro y las sacudo para que se pueda ver el peligro y….
  • ¡No tiene ni una bandera, las ha olvidado…!
  • ¡Utilizo las bengalas, míster!!!!.-contestó inmediatamente esperanzado el “Capachón”
  • No ha llevado usted bengalas – “Capachón” quedó pensativo y luego de un corto silencio, convencido de que las preguntas eran muy “trancas”, con una sonrisa en los labios, dijo
  • En ese caso míster, como ya no hay nada que hacer porque la locomotora está desenfrenada, llamo a mi amigo Díaz
  • ¡¿Y qué le diría usted….?!!!
  • Díaz ven, porque vas a ver un choque de la gran flauta….!!!!!

Naturalmente no lo escogieron para ser conductor pero los gringos se quedaron riendo por largo tiempo.

Continúa………..

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