EL “CAPACHÓN” MINAYA (Segunda parte)

Amaba y respetaba entrañablemente a su pueblo y no paraba mientes en poner en su lugar a quien osara ofender a su Cerro. Una vez cuando él –aprista integérrimo- se encontraba leyendo su TRIBUNA a la puerta del Mercado, acertó a pasar un coche repleto de limeños, pero de aquellos intonsos que creen que a nosotros nos hacen un favor viajando a nuestra tierra. Al ver a Capachón enfrascado en su lectura, uno de los “criollitos” con el fin de mortificarlo, preguntó

— ¡Oye…!

— ¿Es a mí…?- Preguntó “Capachón”.

— ¡Sí, sí… a ti, vejete!

— ¿Qué quieren…?

— ¿Desde cuándo está muerto este pueblecito pestilente?- y un coro de risas cachacientas estalló dentro del carro. “Capachón” fijando su mirada de pocos amigos en los “chistosos” que además eran unos negros que habían venido a jugar por el Huarón, contestó:

— ¡No puedo asegurarles con exactitud!…!Ha de ser recientemente porque ustedes son los primeros gallinazos que veo por aquí…!

El silencio avergonzado y el pique del coche fue la respuesta amilanada de los “criollos”.

-04-

Era muy sabido que cuando se “picaba” tenía que continuar bebiendo hasta caer rendido, y para el caso, agotaba todos sus recursos pecuniarios. Un día que se encontraba libando su buen pisco en una rueda de amigos, viéndose   ya sin un cobre en los bolsillos, salió de la tienda del “Cachuchón” Lozano y fue a visitar a una frutera  que era su “querida”. Al pedirle prestado algún dinero, la mujer conocedora de sus mañas, le dijo que no tenía dinero pero si quisiera, podía llevar frutas. Ni corto ni perezoso, el “Capachón” cogió numerosas naranjas y se marchó. Al pasar por la imprenta “Kipus”, ve a su propietario y le dice:

— ¡Oye, Rosendo! … !Te vendo estas hermosas naranjas…!

— ¡Oh!, Alberto… ¿Qué me hago yo con naranjas…?

— ¡Hazte un jugo de naranjas, pues!… ¡Yo necesito plata!

— Está bien, pero… ¡Naranjas!.. No, no, no. Ahora si me trajeras clichés, tintas, papeles o tipos…! Ahí está; en este momento necesito tipos para mi imprenta…! ¡Si me traes tipos, inmediatamente te los compro…!

— ¡No se hable más! –Respondió “Capachón” y encargándole sus frutas, se fue a la bodega del “Cachuchón” para volver con tres amigos tan chispeados como él –Ya Rosendo. Aquí te traigo estos tres tipos…! La plata!

Un coro de incontenibles carcajadas celebró la ocurrencia.

-05-

Lo dicho. Muchísimas veces a costa de los amigos jugó chanzas inolvidables como aquella en casa de don Pedrito Santiváñez. En el “desate del niño” del año anterior, al momento de inscribirse para las ofrendas había afirmado muy orondo: “A este hermoso niño le falta un par de ángeles custodios. Apúnteme usted, señora Angelita, ya que el próximo año voy a traer a dos ángeles”. El compromiso quedó hecho y la promesa debidamente registrada en el Libro de Actas. En esta ocasión –transcurrido el año- al momento de repasar las entregas, el secretario puntualizó: “Don Alberto Minaya Rolando, prometió un par de ángeles”. Los asistentes al ver que Capachón no tenía nada en las manos, comenzaron a azuzarlo para que entregara el presente prometido. Entonces poniéndose de pie con ese vozarrón peculiar que tenía, dijo: “Pedro y Angelita, amigos míos; yo siempre cumplo lo que prometo. He ofrecido traer dos ángeles y aquí están: Ángel Galarza y Ángel Portillo”. Y en medio de las risas generales llevó a los dos amigos ante la presencia de los anfitriones.

-06-

Hubo una época que en el Cerro de Pasco hubo buen número de sastres aglutinados en su respectivo gremio. Todos ellos dispuestos a conseguir mayor cantidad de clientes. Algunos hasta se arriesgaban a fiar a connotados morosos que había en el pueblo. Entre éstos figuraba en primer lugar Epifanio Giles, “El mago de la tijera” que se arriesgó a fiarle un traje a “Capachón” Minaya para Fiestas Patrias. Como pasados los días el deudor no aparecía, Giles decidió ir a buscarlo donde fuere para que la pague la cuenta. Un día lo encontró a la puerta de la iglesia. Con el fin de que el “Capachón” no lo envolviera en su parla convincente le espetó de un  solo tiro.

– Mira Alberto, ya se acerca fin de año, estamos en vísperas de navidad y tú no me has pagado el importe del último traje que te he confeccionado. Como esto no puedo seguir esperando más te conmino a que de inmediato, me pagues la deuda. No sé los medios que utilizarás pero tú sabrás de dónde sacar.

-Mira hermano, -le dijo “Capachón”- Para navidad que está muy próxima voy a recibir una partida especial y te voy a pagar

—No, no, no. Ya no puedo darte más plazo.

-Pero si navidad está a la vuelta de la esquina

– No puedo esperar más- La discusión se hacía cada vez más sonora y espectacular por lo que la gente se había arremolinado en derredor de los dos amigos.

-Una semana nada más, hermano -pidió “Capachón”

-Si no me pagas ahora mismo, voy a tener que tomar otras medidas.

– A, eso no,  ¡Eso no!. No tomes otras medidas que las que tienes están bien. El terno me queda bien. Diciendo esto se retiró dejándolo con la voz entre los labios al sastre en medio de las risas generales.

-07-

 Los carnavales era época propicia para sus chistes y bromas. De aquellos días, don Julito Patiño nos contaba  la siguiente ocurrencia. Un grupo de amigos entre los que se encontraba el “Capachón”, había decidido ir a jugar carnavales a Cabracancha, pero como es costumbre establecida, para llegar allá, el grupo tenía que empinar el codo con gran entusiasmo en cada “Caipin Cruz” de los caminos, de tal modo que al llegar al lugar de los acontecimientos, el Capachón casi no podía mantenerse en pie. Iniciado el juego, como es natural, él resultó el más perjudicado. Todas las damas allí presentes, no sólo lo pintaron de lo lindo, sino que lo empaparon en agua hasta dejarlo hecho una sopa. Así las cosas y ante el peligro de que pudiera coger una “pulmonía galopante” lo llevaron al dormitorio del dueño de casa, don Nicéforo Rojas, y tras desnudarlo completamente con el fin de poner a secar su ropa, lo acostaron entre pellejos y sábanas de bayeta a fin de que pudiera echarse un sueñito reparador; entretanto, los amigos habían armado una alegre jarana con una orquesta de altos quilates. Tanta fue la bulla producida que despertó al “Capachón”. Todavía con los humos encima, decidió no perderse el baile; pero al verse completamente desnudo, lo único que hizo fue ponerse su par de zapatos  “rompebuques”, remachados con clavos de bomba, y al no encontrar su ropa, se caló un enorme poncho de vicuña que milagrosamente le cubrió todo el cuerpo. Con este vestuario improvisado bajó a la sala y continuó bebiendo para “curar cabeza”. En eso oye una “relojera” de rompe y raja, y sin más, invita a bailar a una señorita y, en el momento culminante del zapateo, para dar más ánimo a la fiesta, se echa el poncho a las espaldas sin acordarse de que se hallaba completamente desnudo; sólo cuando las mujeres gritaron su sorpresa ante el espectáculo, se dio cuenta de su desairada situación.

-06-

En la época de los treintas se hallaba en pleno apogeo el C.J.C. que no era sino las siglas del Club Juventud Cerro. La sociedad cerreña miraba con mucho agrado y esperanza a la pléyade de jóvenes que se habían reunido para constituir una institución que, con el tiempo, llegó a ser la más admirable y querida. El tercer día de carnaval, realizaba su tradicional baile anual. Aquella noche acertó a pasar por la vereda de enfrente –camino a su casa-, rendido y saturado de copas, el gran “Capachón” Minaya. Había jugado y jaraneado como nunca. Al oír las alegres notas musicales de una extraordinaria orquesta, encaminó sus pasos nada seguros hacia los salones del prestigioso club. Estaba decidido a compartir la alegría que allí se vivía. Al llegar a la puerta, hecho una miseria, con el pelo apelmazado de harina, la cara pintada de hollín, talco y betún y, arrastrando gran cantidad de serpentinas que le colgaban del cuello, quiso imponer su autoridad de Juez de Paz, dando grandes voces para que lo dejaran entrar; pero su estado era tan calamitoso y descuidado que decidieron no permitirle la entrada… !Caramba!. ¡¡¡Si era un baile de gala!!!.

— ¡¡¡…Yo sólo quiero entrar a la cantina a consumir. No a bailar….!!!.

— No se puede, señor Minaya…

— ¡Esta es la primera vez que me paran a la puerta de un club! ¡No puede ser!.

— Lo sentimos, señor Minaya, pero no puede ingresar.

Ya los invitados que iban llegando al baile se reunían a la entrada, esperando que el incidente terminara. Impotentes los miembros de la “Comisión de Recepción”, decidieron llamar a un rubicundo austriaco, miembro de la directiva, para que pusiera coto a semejante escándalo. Cuando el gigantón se puso delante del Capachón, éste le espetó.

— ¡Bueno, “ultimadamente”… ¿Quién es usted para no dejarme entrar a la fiesta?.

— ¡Sepa usted, señor Minaya, que yo no lo dejo entrar porque: ¡¡¡Soy Vocal…!!!

— ¡Ah! ¡Entonces sí puedo entrar, porque yo soy ¡¡¡CONSONANTE!!! – y sin más entró triunfante en el salón, seguido de estruendosas carcajadas.

-07-

 El “Capachón” era muy conocido en el Cerro de Pasco. No existía barrio que no hubiera sido escenario de sus ocurrencias. Por ejemplo, en la Esperanza, populoso y querido barrio cerreño, había una tienda grande y surtida, donde ¡claro! se vendía el consabido “Puro de Ica”. A este lugar que estaba repleto de amigos, llegó una tarde “Capachón” y luego de los saludos de estilo, dijo al tendero:

— ¡Pío, dame una buena “mula” de pisco que estoy de pasada…

— Bien, Alberto- contestó don Pío Ramírez, el dueño.

— Y ustedes amigos,… ¿Por qué no toman… ah?. ¡Pidan lo que deseen y tomen conmigo…! !Cuando “Capachón” toma, todos toman!- la invitación fue acatada inmediatamente. Unos pidieron pisco, otros “Capitán”, otros vermouth, otros coñac y algunos el bravo aguardiente de caña que llamaban “Chacarpo”; y cuando todos tenían sendas copas en las manos, con su enorme vozarrón concluyó- ¡Salud!- Con una prontitud asombrosa y de un solo golpe, todos escanciaron sus copas hasta la última gota. En ese instante el “Capachón” sacó un real, es decir, el precio de su copa y poniéndolo sobre el mostrador dijo muy claramente para que todos le escucharan: ¡Cuándo “Capachón” paga, todos pagan!

Entre sonoras risotadas por el giro que había tomado la invitación, todos tuvieron que pagar sus correspondientes tragos de muy buena gana. Esta risueña anécdota traspasó las fronteras patrias echada a volar por la pluma magistral de uno de los contertulios de aquella ocasión: Don Ramiro Ráez Cisneros. Hace algunos años se lo oímos repetir a un conocido cómico mejicano y en “Selecciones” del Reader’s Digest vuelven a repetir la historia.

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