EL “CAPACHÓN” MINAYA (Tercera parte)

Entre los japoneses llegados a nuestra tierra, había uno que se distinguía por su personalidad muy refinada que demostraba a las claras ser de origen noble. Su menuda esposa, de apostura majestuosa, llevaba con dignidad y nobleza su cargo de consorte del nipón que, llamado Tereno, se cambió por el de Julio, cuando lo bautizaron en Chaupimarca: Julio Shimazu.

Como el de los demás japoneses, nadie conocía su origen ni a qué se había dedicado en su tierra natal. Su idioma extraño que nadie comprendía, hizo más difícil esta tarea; pero es necesario decir que Julio con su castellano de sólo palabras necesarias se hacía entender plenamente.  Su bazar de lencería y venta de ropa fina, así como su contigua peluquería, eran un dechado de limpieza y orden donde, entre reverencias y sonrisas, atendía a su numerosa clientela satisfecha. En resumen, Julio y señora, eran muy respetados y queridos por los cerreños que, sin excepciones, mostraban su abierta simpatía por el niño del matrimonio nacido en nuestra tierra. Era una japonesito cerreño, sonriente y bello, como hecho en losa fina. El caso es que, católica como era la familia, decidió bautizar al niño en la pila de Chaupimarca. Para el caso –me contaba don Juanito Arias Franco- hicieron circular hermosas esquelas trabajadas en finísimo papel de lujo y, marido y mujer, con un comedimiento extraordinario, fueron de casa en casa para entregar personalmente las esquelas del convite. Los invitados, naturalmente lo constituían lo más granado del Cerro. Ningún personaje notable había sido excluido. Todos ellos, en el momento de ser convocados para la fiesta, observaron la repetida intención de nipón de hacer notar que la hora del ágape sería las ocho en punto de la noche.

Así, llegamos al día del acontecimiento. Efectuada la ceremonia religiosa que contó con el apadrinamiento del Prefecto y esposa, pasaron al hogar del oferente.

Todos quedaron deslumbrados al llegar.

La casa, había sido iluminada desde los portales profusa y artísticamente con farolas orientales de notable factura. Todo relumbraba. El piso alfombrado, los muebles, cuadros y macetas de flores artísticamente colocados, trabajados por las manos de la señora de la casa. Sobre la mesa central, vistosa y apetitosa muestra de la dulcería japonesa. La vajilla de extraña y atrayente porcelana que concitó la admiración general. Desde la entrada se vio el señorío de los anfitriones. En un marco de reverencias inclinaciones y sonrisas se comenzó a las ocho en punto con la ceremonia del ágape correspondiente. Esta noche la señora se lució de lo lindo, no sólo en la pródiga atención de sus invitados sino también, llegado el momento, arrancando hermosos compases a un extraño  instrumento de cuerda de sonido sordo pero hermoso. Era el tradicional Samisén, instrumento japonés que sólo las mujeres tañen en su lejano imperio; provisto de una lengüeta de carey con el que regaló no sólo con dulces melodías niponas, sino que emocionó a sus invitados con mulizas conocidas y hermosas. Los aplausos premiaban el regalo artístico de la dama en el momento en que varios aldabonazos sonaron a la puerta. Cuando la ventanilla fue abierta por el anfitrión, apareció la figura del ilustre Presidente de la Corte Superior de Justicia tratando de justificar su tardanza. Después de escucharlo muy atentamente, el anfitrión, con pasmosa tranquilidad, dijo:

— ¡Perdóneme doctor, pero la invitación fue hecha para ras ocho!. Gracias –y cerró la mirilla y la puerta siguió cerrada. Clara muestra del orden y la disciplina japonesas que todo el pueblo comentó. Pero la cosa no quedó ahí, porque después de la comida, estaba lista la orquesta con los mejores músicos cerreños para animar la alegría general; la misma anfitriona pasó de invitado en invitado una copilla muy hermosa de porcelana japonesa, conteniendo un licor amarillento espumoso de fuerte bouquet.

— ¿Qué es esto, Julio? – preguntó el “Capachón” que también había sido invitado por ser vecino del barrio de la calle del Marqués.

—   Esto ser la cerveza japonesa, Arberto. Espero que te guste… ¡Sírvete….!

—  !Esta bien, Julito, está bien –contestó el “Capachón” que se notaba a las claras que desde muy antes había empinado el codo- Pero si es cerveza no debes servir en estas copillas tan pequeñas. Para eso hay vasos…- En realidad la desafortunada intervención del “Capachón”  había despertado un automático rechazo en los presentes que de una u otra manera trataban de ignorar la desatinada participación.

— Este trago llamarse Sake, y es de arroz, preparado por mi señora. Hay que tomaro de a poquitos porque es muy embriagante…

— ¡A mí no hay trago que me tumbe!. Tú lo sabes Julio- dijo el “Capachón” y en una actitud nada elegante, tomó el recipiente principal de donde se servía en las copitas, y sirviéndose en un vaso, apuró el sake de un solo tiro. Fue suficiente. A muy poco tiempo, roncaba como un descosido en un rincón de la sala y no gozó de aquella inolvidable fiesta peruano – japonesa.

-09-

Nunca se le vio silencioso al “Capachón”. Sólo había contadas ocasiones en las que era todo orejas. Su discreto acatamiento se traducía en una mirada atenta y respetuosa. Este milagro sucedía cuando en la famosa “Broadcasting” -lugar de tertulias y humoradas amicales-, se realizaban proverbiales y divertidas reuniones. El amabilísimo anfitrión, don Teodoro Lizárraga, haciendo gala de su locuacidad y hospitalidad chalacas, nucleaba un selecto grupo de bohemios que muy gustosos asistían a estos cónclaves fraternos. Allí se reunía la flor y nata de la intelectualidad cerreña: Andrés Urbina Acevedo, Juan de Dios Malpartida, Gerardo Patiño López, Lorenzo Landauro, César y Leoncio Lugo, Arturo Mac Donald, Miguel Ampuero, Ambrosio Casquero Dianderas, Herminio Cisneros. La plática era sustanciosa. Don Ramiro Ráez Cisneros, con su parla culta, disertando de literatura y arte. Don Víctor Rodríguez Bao, abarcando amplios aspectos de la historia local y mundial. Don Enrique Frías, el popular ASFRÍ, comentando con sapiencia, los últimos acontecimientos taurinos en ruedos ibéricos, mejicanos y peruanos. Don Francisco N. del Castillo, representante del Foro nacional, dando muestras de su vasta y profunda cultura. El popular “Wagrabotas”, Dionsio Rodolfo Bernal, ameno y divertido conversador con sus comentarios acerca de exóticas tierras extrañas y lejanas. Era conocedor de pueblos a los que nunca había llegado, salvo por sus abundantes y escogidas lecturas. ¡Y lo que son las cosas!, andando el tiempo, nuestro inteligente “Wagrabotas”, llegó a ser Cónsul del Perú en varios países de América, Europa y Oriente: Bolivia, Chile, Inglaterra, Shanghai, Tokio, Calcuta, Otro de los contertulios era el joven Augusto Mateu Cueva, hombre de avanzada que encendía los ánimos con sus posiciones revolucionarias. Conjuntamente con él, don Miguel de la Matta, huanuqueño fraternal y cariñoso que en hermosos libros nos ha regalado con acertados retratos de nuestros hombres y nuestros pueblos. A veces, especialmente invitados, venían insignes representantes de las artes y las letras nacionales. Muchísimas veces estuvo con ellos el poeta tarmeño José Gálvez Barrenechea; de Lima, el que había sido apreciado Prefecto del departamento de Junín, don Enrique Bustamante Ballivián y el notable jaujino, Clodoaldo Alberto Espinoza Bravo. Estas amenas tertulias en las que se alternaba la poesía, el comentario, el chiste, la semblanza, se combinaban con buena música. Allí estaba don Teodoro Lizárraga haciendo dúo con José Giles con hermosas melodías clásicas en violín. Las guitarras de los hermanos Sarmiento y don Alfredo Arredondo en páginas selectas y conmovedoras tristes y mulizas. Ya en el remate de la fiesta entraba a tallar “Capachón” con nuestra música popular: huainos, mulizas, chimaychas  y cachuitas. Durante toda la noche ha circulado el vivificante “quemao” y a una hora oportuna, calándose el delantal, el anfitrión hacía frituras exquisitas y piqueos cargados de ají y pimienta.

-10-

En una de sus últimas visitas a La Esperanza, donde era muy querido, atinó a pasar por la tienda de don Pío Ramírez en la que se hallaban bebiendo muy alegremente un grupo de amigos. Amable como siempre, se acercó a saludarlos y cuando le alcanzaron el buen pisco manifestó que él no bebería porque el día anterior se había amanecido de claro en claro, por ese motivo sentía el cuerpo malo y una sed espantosa. “Tómate esta naranja para que refresques el caldero” le dijeron, alcanzándole una sazonada fruta que el “Capachón” mondó de inmediato. No había pasado mucho tiempo de su llegada cuando ya los amigos se estaban riendo alegremente. En uno de esos instantes de gran algazara, al querer intervenir abruptamente, se atora con un pedazo de la naranja que tenía en la boca. Sus amigos trataban de salvarlo, pero por más esfuerzos que hacían, el “Capachón” se ponía más cianótico, con los ojos saltones y una angustia atroz que desesperaba. Ante la infructuosidad de golpes en la nuca y a las espaldas, decidieron llevarlo al hospital Esperanza. Fue en vano. Cuando llegaron, el rubio doctor Kelly certificó su deceso. De inmediato la trágica noticia se propaló por todos los confines mineros. El dolor fue inmenso y general. Era el martes 24 de febrero de 1948.

El día de los funerales, llegaron de todos los rincones de su tierra amada, compungidos hombres y mujeres. Todos se disputaban el féretro para llevarlo a su última morada. Fueron tantas las coronas fúnebres acompañando el ataúd que daba la impresión de una barquilla mecida en un mar de flores. En aquella ocasión, a nombre de los amigos, la oración fúnebre la dijo entre lágrimas su entrañable compadre y amigo: Don Ramiro Ráez Cisneros. Nadie sospechó en ningún instante que, dos días después, don Ramiro le seguiría en aquel camino del viaje sin retorno. El pueblo que tanto amaron los dos, los sepultó con lágrimas de cariño y un juglar cerreño escribió este sencillo romance que,  como epitafio, colocamos en sus tumbas.

capachon minaya 2

 

ROMANCE POR LA MUERTE DE ALBERTO MINAYA Y RAMIRO RÁEZ

                                                           Minaya y Ramiro Ráez

                                                           murieron el mismo mes;

                                                           Ramiro el compositor

                                                           y Minaya el humorista.

 

                                I                                                                             II

 

Minaya el de los “chascarros”,                Ramiro el de las mulizas,

flor de la risa minera;                               Ramiro el de las chimaychas,

el de los “Bandos”, Minaya,                     el de los huainos, Ramiro,

mensajes de carcajada.                             orfebre de nuestro canto.

Minaya el de los apodos,                          Sus creaciones se elevaron

-pinceles de travesura-                             con voz de profunda mina,

retratando a sus paisanos                                    voz de metálica fiebre

con acierto y cundería.                              por los confines del Cerro.

Tanto le dio a su pueblo                           Y el pueblo que tanto amó

entre risas y alegría                                              lo bautizó con cariño:

que éste lo nombró riendo.                                  por nombre y por apellido:”El

“El Gran Capachón Minaya”.                   Gran Pescador de Perlas”                                   

                                                           Alberto Minaya y Ráez,

                                                           murieron el mismo mes;              

                                                           Ramiro el poeta del pueblo

                                                           y Minaya el humorista.

                               III                                                                                      IV

 

            Capachón de pura cepa,                            Ramiro el poeta del pueblo,

            por criollo y por castizo,                           veta de gracia minera,

            por su propio apelativo                            hacedor de huainos lindos

            cerreño como ninguno.                             -tembladerales de cholos-

            Capachón el “bastonero’                           Guitarras de alma cobriza

            que se lucía radiante                                             palpitantes de luceros

            haciendo encontrar parejas;                               hechas de recios metales,

            iluminando los rostros,                             cantaron sus creaciones

            acelerando los pulsos                                y entre íntimos bordones

            de los que bien se querían                        y tintineantes bandurrias,

            y no encontraban resquicio                                 cantó a la musa cerreña;

            para decir sus amores.                              mujer de nieve y de plata.

 

                                                           Minaya y Ramiro Ráez,

                                                           murieron el mismo mes;

                                                           Ramiro el compositor

                                                           y Minaya el humorista.

 

                              V                                                                             VI

 

            Diluvio de flores blancas                          Y aquella tarde sombría

            cayeron del cielo triste                             en que la muerte llegó,

            y se apagaron las risas                             los pétalos congeló

            en los labios del minero.                           de las flores de su canto.

            Recios y broncíneos hombros                  Y se apagaron los huainos,

            llevaron al Capachón                                las mulizas y chimaychas

            recorriendo nuestras calles                                 heridos en son de muerte del

            de un confín a otro confín,                                    “Gran Pescador de Perlas”.

            Y entre lloros y lamentos                         Y todo el mundo advirtió

bohemios y jaranistas                               que del cielo encapotado

estremecieron las piedras                        chorreaba en el clavijero

de nuestras calles tan frías.                                 lágrimas del pueblo amado.

           

            Alberto Minaya y Ráez

            en el mismo mes murieron,

            el primero en veinticuatro,

            en veintinueve el segundo.

                               VII

            Los dos con sus “cucuruchos”,

            sus cordones y rosarios,

            abrazando el uno al otro,

            entraron juntos al cielo.

            Los ángeles se asombraron

            y San Pedro enmudeció,

            y en sus manos de alabastro

            se congelaron las llaves;

            y esa tarde de febrero

            del año cuarenta y ocho

            las nubes se encabritaron

            y gimió el Cerro de Pasco.

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