LA MACHETE

la macheteComo a nadie se le hubiera ocurrido poner ese nombre a una niña, consideramos necesario hacer una aclaración. Primeramente, el nombre era una degeneración de un hipocorístico francés; el apellido lo vamos a obviar porque –como me aseguró don Juanito Arias Franco, mi confidente- sus familiares todavía viven entre nuestra ciudad y Lima.

Ella fue fruto de los irrefrenables amores de un joven francés y una hermosa chica cerreña. Ante semejante problema tuvieron que mirar la cosa con serenidad. No podían casarse porque ella era hija natural, muy pobre y, él un prominente hombre de la “sociedad” de aquel tiempo. Era imposible el matrimonio. Como se estilaba aquellos años, él cumplió con firmar la partida de nacimiento a pedido de ella. “Firma a tu hija para que no crean que es hija de padre desconocido. Pon a salvo mi buen nombre que de lo demás, yo me encargo. Soy muy mujer para mantener a nuestra hija. De ti no quiero nada. Sólo poner a buen recaudo mi nombre y salvar mi dignidad”. Después, no se habló más del asunto. Él abocado a sus trabajos mineros, cuando tenía tiempo, pasaba por la casa de ella a visitar a su niña que, con el amoroso cuidado de la madre fue creciendo saludable y alegre. Tanto en la Municipalidad cuanto en la iglesia, él hizo prevalecer el nombre francés que en homenaje a su madre quería adjudicarle: Mauricett. Y en esos tiernos gestos que tienen los padres le decía. “Machet”. Y claro, nuestro pueblo alteró el nombre que de tanto rodar por sus calles quedó convertido en, “Machete”. Nombre que la acompañó hasta el fin de sus días.

Como era de suponerse, la niña fue creciendo a pasos agigantados. Era blanca de ojos azules, algo colorada con pelos rubios y encrespados. Los días fueron dotándole de un especial atractivo físico y una vivacidad cada vez más deslumbrante. Los años la convirtieron en una chica especial.

Pronto cayó en la cuenta de que los paisanos de su padre, con muy hipócritas procedimientos, la discriminaban, aunque a decir verdad, los chicos se desvivían soñando con ella. No sólo por ser enormemente bella sino también por su gracejo especial y desbordante simpatía. Ella estaba consciente de sus encantos por eso decidió explotarlos sin restricciones de ningún tipo.

Comenzó encandilando a algún vejete “decente” al que no convenía que nadie los viera. Ella alquilaba una habitación muy secreta, alejada del centro de la ciudad, con todas las comodidades pagadas por el marchante. Allí se podía a órdenes del interesado que, al final salía muy gratificado. En otros casos, acompañaba a los mineros que preparaban un alojamiento muy cómodo en su mina y en donde gozaba de la preciosura. Estas actividades, como es natural, se hicieron conocidas en toda la ciudad.

Andando el tiempo se convirtió en un secreto a voces los favores que dispensaba a manirrotos mineros y numerosos jóvenes tarambanas de aquellos tiempos. “La Machete” era una confesa practicante del amor libre y, por ser cerreña, sus emperifolladas paisanas, señoronas de la “sociedad”, decían  “Es una aventurera francesa. No es cerreña”.

Enterada de que todo el pueblo sabía de sus andanzas, aceptó la invitación que le hicieron llegar desde RANCHO GRANDE. Se convirtió en una de las atracciones del engreído lupanar cerreño. La preferida,  porque encantos no le faltaban. Su belleza corpórea hacia evocar a aquellas mujeres desnudas pintadas con arte inigualable por Rubens, mujeres opulentas y hermosas, de abundantes carnes que hacía decir a los cerreños: “Con ésta si hay dónde agarrarse”. (¿Qué hubieran pensado estos señores si vieran a las actuales “modelos”, ridículos engendros  de hueso y pellejo?)

No obstante ser hermosa e inteligente mujer muy solicitada por todos, su vida jamás conoció los escándalos; al contrario, siempre con mucho amor y dedicación lograba deshacer entuertos que en la vida galante eran muy reincidentes. Así pasaron los años.

Convencida de que los marchantes preferían a las más jóvenes decidió cambiar de giro. Se convirtió en consejera y confidente. Andando el tiempo su especialidad pasó a ser “madrina” de tanto jovenzuelo que entraba a descubrir las delicias del amor en toda su dimensión.

Aquellos tiempos, cuando los padres veían que sus hijos varones habían crecido y tratando de evitar que se dedicaran a los placeres secretos, amañado con sus amigos lo llevaban ante la presencia de la “Machete”. Ella con el arte inconfundible que había adquirido con los años, le abría el cofre de los misterios más espectaculares del amor carnal. Para eso fue siempre una maestra insuperable. Su técnica radicaba en una prolija preparación  del debutante. Comenzaba invitándole –entre abrazos y besos- una colmada copa de ajenjo para que tome confianza. Inmediatamente después iba desnudándose poco a poco como actualmente hacen las striptiseras, a fin de darle confianza. Finalmente le llevaba a navegar por ese proceloso mundo de placer que terminaba encandilando al mozalbete. Finalizado el acto de desfloración, vestía con meticulosidad y le invitaba a salir a la sala donde estaba esperándolo su padre y amigos. Allí, el padre, le servía un colmado trago de mistral y tras un abrazo lo “declaraba un varón hecho y derecho”. Los testigos hacían lo propio y, esa noche, era no solo su debut amoroso sino también su debut en el trago. Antes de pasar al salón principal, agradecían a la “madrina” colmándole de generosos aportes monetarios. La “Machete” se sentía extrañamente feliz. ¡Quién lo diría! Andando los años tuvo gran cantidad de ahijados que todavía la recuerdan con gratitud.

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