Juvenal Augusto Rojas Cortabrazo (Nuestro poeta) (Segunda parte

Juvenal también ha incursionado en el cuento, en el ensayo y sobre todo en el periodismo. En el terreno del cuento, tiene varias creaciones como la que presentamos:

Un cuento para ti

UN CUENTO PARA TI.

Tres hermanos, tres hermanos en pleno ombligo de la serranía. Abruptos, macizos, hieráticos. La sonrisa que dibujan sus rostros, eran algo así como el fruto del recuerdo y del odio, del amor y de la tristeza. Almorzaron el “yantar” frío y, en palabras cortadas, urdieron el plan de venganza. Por fín -dijeron- llega la hora. Al maldito le estará anunciando su conciencia. Vamos…

Y se perdieron en abismos y cañadas y, pasando dos noches cuando en sus montes nunca pensaban pensamientos de venganza y ni siquiera en su lenguaje había aparecido aquella “venganza”. Por fin divisaron el valle profundo, en donde las casitas de tejas rojas, como banderas descoloridas lo saludaban en el retorno como multitud abigarrada con trapos de guerra.

Cuando el cénit recibía el sol, ellos ingresaban al pueblo de Cochas Chico, rumbo al barrio querido, al barrio de aquellos buenos años felices y de un día funesto, desgraciado.

El mismo zaguán, el mismo portón, las arcadas y los poyos. El olor de las caballerizas les habló de tantas cosas trágicas. La huida del asesino, el rapto de su madre, la  pérdida de su potrillo alazán “Quilincho”. Este remolino de recuerdos conturbaba al mayor de los tres hermanos. Este respondía al nombre de Matienzo. El segundo era Rosendo y el menor, Argumino; eran los hermanos Terrazos, los que más tarde darían que hablar a todos los comarcanos con su ley: “La justicia está en nuestros brazos”.

Sin decir nada, sin preguntar por nadie, ingresaron y atravesaron el patio, corrieron el cerrojo y abrieron una puerta de fierro. Entraron en un cuarto con ojos iluminados a pesar de la media luz de la estancia. Cada paso era una pisada sonora que partía en dos el silencio, ahí inquietado tal vez por cuánto tiempo hace…?  y pusieron sus ojos como movidos por un mismo mecanismo, en algo que se veía ya claramente en el frontis superior, por encima de unos cirios retorcidos y empolvados y por encima de una mesa descolorida que se cubría el cuerpo con un mármol también empolvado, que parece que hacía las veces de altar. Mirando un crucifijo imponente echaron al recinto este juramento necesario y sagrado:

–¡ Señor, aquí estamos en la casa de nuestros mayores, venimos en nombre del amor que enseñaste al mundo, venimos a lavar un honor y a matar a un fiero lobo disfrazado de hombre. Resultado de aquel amor es hoy nuestro odio. Odio acérrimo, odio hasta la muerte, al maldito causante de nuestra desgracia. Señor, tú también enseñaste a odiar porque hiciste conocer el amor y, ambas son las caras de la misma moneda.

Por ti, por nuestra madre sacrificada y por nuestro padre asesinado, este juramento: ¡ Juramos matar al maldito, don Pedro Pacchas, serpiente humana, veneno de nuestros mayores, con cuya sangre reivindicaremos la dignidad de esta casa perdida”.

Un silencio fúnebre recibió el juramento que más tenía visos de oración.

Cada rostro revelaba el estado inquietante de su espíritu. Un sudor frío perlaba la frente pronunciada de  argumentos tembló, no sé si de temor o emoción, y habló así: “Hermanos, la sangre del canalla no debe ensuciar estas tierras. Estos lugares aún conservan la fragancia de nuestra madre por algún sitio. Todavía están las pisadas de nuestro padre; por todas partes yo encuentro nuestros gorjeos de ayer. Aquí vivimos lo mejor de nuestros años, aquí aprendimos las enseñanzas virtuosas de papá, aquí fuimos felices, y todos estos recuerdos bellos no deben desaparecer cuando le toque el último minuto de vida, al fiero Pacchas….¡Yo quiero para él la peor circunstancia de la vida y en el peor sitio que haya por aquí…”. Todos efectivamente, asintieron el pedido. No había otra alternativa que crearle una situación difícil a Pachas y entonces con su sangre pestilente, no lavar un honor ultrajado, sino desangrar un quiste social de beneficio de la buena convivencia de los humildes poblanos. Pero también les gritaba la sangre a ellos, a que hicieran justicia por la muerte despiadada del padre y por el abuso cometido en torno a la buena madre. Y se aprestaron a castigar al satánico instinto erótico y satánico del criminal.

Los hermanos Terrazos dirigieron sus pasos a la plaza del lugar. Iban erguidos y felinos como antiguos y como hambrientos jaguares. Todo el vecindario hacía estallar la noticia de la buena nueva: la buena llegada. Pero ellos no tenían tiempo para hablar con nadie. Todos sus actos ya tenían un programa que se iba a cumplir, horas tras horas, minutos tras  minutos caminaban y caminaban en todas las cosas amadas. Veían sólo la imagen de los padres desaparecidos…y apretaban los dientes como queriendo retener el aliento saturado de emoción interna. Todas las fibras sensitivas convergían en el recuerdo del día trágico. Aquella fecha funesta ponía en los desmesurados ojos glaucos de ellas, el filo de cien puñales que cortaba la vista de cualesquiera que los miraran de frente. Todo el pueblo los vio pasar. Ellos caminaban orgullosos de su estirpe, los otros le echaban sus más tiernos respetos.

Los hermanos Terrazos a donde iban en aquella actitud?…Sus mentes maquinales qué clase de venganza habían urdido contra el fiero Pacchas…?

Los hermanos Terrazos hicieron un alto en el camino. Llegaba un anuncio de polvareda que al instante confesaba la cercanía de unos cabalgados. Ellos impertérritos aguardaron la llegada a un kilómetro del pueblo, en un recodo panorámico, donde la muerte se agitaba y esperaba al lado de un abismo profundo.

Como barrera humana dividieron el camino en afán de alto. Y todos a una sola voz gritaron: ¡Alto! cuando a sólo veinte metros delante tenían a los jinetes que, a manera de centauros serranos, llegaban a toda máquina, imponiendo la pisada de sus caballos y su destreza largo tiempo aprendido. Fue suficiente y la distancia para que los hermanos Terrazos reconocieran al fiero Pacchas y su cuadrilla. Este hombre también midió la circunstancia del caso y como bárbaro Atila, aulló:..¡Los Terrazos!…¡A la carga muchachos…!!! Y en unos minutos dramáticos, la peonada dio cuenta de Argumeno y Rosendo. Sus cuerpos muchachos de crepúsculos estaban diseminados en el lugar de la muerte. En tropel furioso los cabalgados del fiero Pacchas recogían sus pasos volviendo a la hacienda “La Buena Vida”, donde ya el cobarde Pacchas preparaba un comelitón a sus huestes del mal…”Ea, muchachos…Ya llegan. Estuve desesperado pensando que algo grave les había pasado, ya saben que yo los quiero más que a mis hijos”…Y en sus ojos malignos había hipocresía e toda laya. ¡Pero qué iban a entender esas cosas, aquellos hombrecillos dominados y educados a la manera del coyote serrano!.

-¡ Pasen, pasen muchachos. La mesa está servida. Esta fecha me recuerda a otra que ya ustedes saben”. Y en un arranque de optimismo cobarde o satisfacción infeliz agregó..”Van dos para mi colección de recuerdos. jaja.ja.ja. ¡ Al que viene por algo que se lo lleve al diablo, ja,ja,ja,ja…pasen,…pasen”

Y todos pasaron, sentados a la manera más “huasa” comieron, bebieron y hablaron de todo lo acontecido. Dijeron que los Terrazos se manejaban unos brazos como garrotes y unos dientes como leones. Prueba de ello estaba en que uno de los cabalgados había sido derribado y cocido a dentelladas y que, inclusive había un caballo destripado. Poco le importaba aquello al fiero Pacchas. Ordenó lo conveniente y, sacando su tabaco picado llenó la tosca cachimba y acoderándose muellemente en el sofá se hundió en sus recuerdos tristes.

Mientras tanto la gente embriagada del fiero Pacchas, había violentado las cerraduras del depósito de licores donde Pacchas guardaba sus grandes botijas importadas, juntamente con sus barriles de buen cañazo. Ellos, sus hombres, en la flor de sus “delirium tremens” llenaron baldes,  garrafas y botellas de lo que más a la mano encontraban, todo un pandemonio. Y salieron al patio en el furor de su orgía dionisiaca.

Gritos destemplados y compasiones bárbaras del subconsciente delataban la dimensión bajo de aquella gentuza y del propio Pachas.

El fiero Pachas como despertando de un sopor amargo, todo avinagrado el mismo, con la conciencia castigado por el remordimiento, salió como un loco con los ojos que le bailoteaban y la cabellera revuelta a mandar silencio a sus carneros humanos.

–¡Bestia, animal… etc. etc., ¡Cállate! y cada interjección, cada palabra iba unido al foetazo en el rostro. Y en su idiotez gritaba y gesticulaba…”Así hablan de su protector, de su padre, del que les da de tragar…?…¡Imbéciles…mueran…mueran, carajo- Y golpeaba a diestra y siniestra en brutal espectáculo mortalmente…

La plebe enardecida con esta acción del hombrecillo a quien servían sin medida ni descanso, como a un dios, como a un ser superior, entonces procedió como lo dictaba la animalidad en que fueron educados. Por fin iban a dar el examen de lo bárbaramente aprendido en muchos años, desde sus antecesores. Por herencia servían de esta manera, pero ya la estupidez, el abuso y el alcohol llegaron al clímax de lo trágico. Inmediatamente los hombres del fiero Pachas, hacían arder la hacienda “La Buena Vida”. Corrían por trigales, los maizales, los cultivos de maderas, de frutas, de  hortalizas…y todo…todo ardía como si el infierno hubiera hecho presa de la tierra. Todo era un espectáculo macabro, dantesco, infernal. Los niños, las mujeres, los animales ardían como teas humanas. Lo que se salvó fue muy poco.

El fiero Pachas, siempre el fiero Pachas, como si mil vidas tuviera, contemplaba el espectáculo escalofriante del otro lado del río. Comprendió que era su siembra, su cosecha y, recién veía que más vale vivir pobre pero derecho, que rico y por mal camino. Lloró abundantemente, hasta la noche, hasta el día siguiente.

Con el anuncio del nuevo día, la policía rural y los campesinos de Cochas Chico llegaron donde él

-¡Dese preso perro asesino- grito un cabo. Todo hecho harapo humano, don Pedo Pachas no opuso resistencia y marchó preso ante el repudio y desprecio general.

Algunos buenos viejos del lugar comentaban las escenas tan tristes que se veían en el lugar donde hasta ayer fue lo más bello de la comarca y codiciado edén de todos los dueños de haciendas. Hasta allí había llegado el pobre Pachas, con maniobras sucias. Nada de lo que tuvo fue legalmente suyo, y recién estaba en su lugar, encuadrado a su verdadero destino.

Mientras tanto, en la cama de un humilde chacarero, viejo amigo de los padres de los Terrazos, curaba a un herido. Era Matienzo, el mayor de los hermanos. Había salvado su pellejo por una casualidad del destino. Mientras que los cabalgados operaron como molinos bestiales sobre su cuerpo y en la confusión de la lucha desigual, él había rodado por la pendiente, colgándose su cuerpo en un árbol anciano a medio abismo.

Al atardecer de ese día cundo el viejito Pancho, que así se llamaba el chacarero, buscaba un cabrito perdido, dio con el hallazgo de Matienzo. Tras prolongados esfuerzos y en compañía de su hijo menor de 15 años también llamado Pancho y su anciana esposa, lograron salvar ese cuerpo infortunado. Así llegó Matienzo a sus padres donde efectivamente recogía cariño, amor de pobres, verdadero amor. Y esto comprendía muy bien Matienzo y recién empezaba a recordar todo lo sucedido y el porqué de su vuelta a Cochas Chico. ¿Qué situación se le crea ahora a Matienzo frente al desdichado Pacchas?.

–Gracias  Dios y a usted don Pancho, todavía vivo…gracias a usted también doña Nicolasa. Nunca estaré en condiciones de pagarle todos estos favores. En fin, que Dios les premie. Nada más puede decir y pedir”.

Con esta frases que retrataban de cuerpo entero a Matienzo, único sobreviviente de los Terrazos, la calidad de su persona, el buen aprovechamiento de las virtudes de sus mayores y sobre todo la sinceridad de su ser, se presentaba la escena de la despedida en aquella humilde choza, pala de los humildes hombres.

-Que te vaya bien, niño Mati- decía el anciano- Buen viaje.

-Yo te doy mi bendición- exclamó la dulce anciana.

-Adiós padres adoptivos- dijo el valiente Matienzo y empezó a ascender por un ondulado caminillo, ganando pronto el camino hacia Cochas Chico. Una vez que sus plantas llegaban a la plaza poblana, sigilosamente alguien se deslizó a sus espaldas, cubrió los ojos de Matienzo a la par que decía guturalmente.

–¿ Quién soy…?

Era el juego de un adolescente junto a la Margarita de sus tibios recuerdos. Y el gallardo mancebo, respondió:

–¡Anjá, conque eres la misma de ayer…mi anciana Margarita..

Y lo asió por la cintura, volteándose a él. Selló sus palabras con un ardiente beso. Las miradas que otras veces se dieron tal vez perdidas, hacían una reminiscencia de años y muy tiernamente, pero con la expresión de polluelos tristes, se miraban y se penetraban y hablaban esos secretos, se decían un mundo de confesiones en la eternidad de un instante.

El cuerpo, lugar a donde los llevó un impulso contenido largamente, sólo era el testigo del cariño de estos amantes, que supieron de la triste y paciente espera, del mor fugaz que ellos querían perennizar, de sus juramentos optimistas, de sus sueños con afán de realizaciones y de todo, todo, todo….

Matienzo nuevamente entraba en el pueblo. La dulce Margarita obediente a las palabras del amante, había vuelto a su casa por otro camino. Ella había acudido al pueblo, se había mezclado con la multitud que trajo preso al tildado Pacchas, y todo había hecho cuando supo la noticia de la llegada de los hermanos Terrazos, noticia que circuló con el rumor del viento poniendo una nota de alegría en cada pecho campesino que amaba siempre la memoria de los buenos padres de Matienzo. Y así es cómo ella chocó con el hombre a quien siempre amó y a quien siempre esperaba en la certeza del retorno.

Todo el camino recorrido de Matienzo estaba lleno de cavilaciones, de remordimientos, de presentimientos funestos. “De nada vale lo que le he prometido a Maca, cuando todavía mi vida es incierta” pensaba y tenía razón; todavía no había cumplido con el punto vital de su retorno a Cochas Chico. Todavía su enemigo, aunque preso, respiraba, bramaba, existía y es entonces cuando apartándose de sus pensamientos, enrumbó sus pasos hacia el Juez del pueblo, a pedir justicia por la muerte de sus hermanos, de sus padre, el rapto y muerte de su madre, pérdida de sus tierras paternas y de todo cuanto era su mundo y su tesoro, cargos que pesaban sobre el fiero de Pachas.

El juez que era un vejete abundado, sin ninguna dinámica física, ni intelectual, ni cuenta se daba de la presencia de Matienzo.

Cuando éste gritó que le hagan caso, casi le da un patatuz y por poco no cae. Recién es cuando toma sus lentes y mira al aparecido.

–Ahhh, usted don Mati seguro que viene por su presa que ya está bien recaudado- musitó sonriéndole como un conejo…

–Yo quiero que se me haga justicia en el acto, que se me atienda…-respondió a su vez Matienzo. Y el Juez prometió antes de las doce horas, iniciar el juicio criminal contra don Pedro Pacchas, por todos los cargos aumentados en sus contra. En estas creencias, el fuerte Matienzo, esperó el siguiente día, rezando que todo se arreglaría a su favor y aún podría respirar el aire de la vida en la dulce compañía de su prometida.

¡Qué lejos estaba Matienzo de la ruda realidad que iba azotar su destino. ¡Qué lejos  a veces quedan las aspiraciones más nobles, para quedarse en simpes conos truncados!…¿No es así la vida, lector?…Espere usted a mañana el desenlace fatal de este Cuento Andino.

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Y volvió Matienzo hacia el Despacho del Juez, pensando convertir sus anhelos en feliz realidad. ¡Qué desilusión del hombre cuando ve quebrarse el vaso de su ilusión..!…! Qué desaliño en las normas de la vida…!…¡ Qué eclosión de sombra en lo que hubiera sido auroras en la nueva vida del valiente Matienzo…..

Todo en aquella mañana bostezaba su cólera. ¡Cómo era posible que en aquel poblacho no existiera justicia?..El Juez había dicho:”Mañana prometo hacer justicia”, y el dolor de que esa mañana no llegara a cumplirse, era lo que ahogaba un grito de rabia en la garganta de toro de Matienzo. Si el juez no entendía razones y todo de ayer a hoy, estaba preparado contra Matienzo; era éste ahora culpable de todos los delitos producidos en el valle, inclusive de cuando él gustaba un pan a cientos de kilómetros del lugar. Y de él gustaba un pan a cientos de kilómetros del lugar. Y el hombre que es hombre, cuando ve castigado lo más noble de su ser: sus sentimientos, ya no es el racional de siempre, es la bestia del instante, del minuto, del segundo.

Relámpagos e imágenes cruzaban el espacio mental de Matienzo. Ya todo tenía para él un solo color: ¡negro!. El negro de las penas y del lento estaba presente a cubrir a alguien. Y él, en un apocalipsis brutal castigó al Juez con su desprecio aposentado a flor de su rostro su emoción enérgica contenida. Y Salió disparado, como quien se acuerda de algo más importante, como quien acude a una cita de amor.,…

Toda la conversación fugaz y fuerte que tuvo con el juez le dio la pauta del lugar donde estaba el fiero Pacchas. Y hacia él marchó, enhiesto y presuroso, porque la justicia la iba con él.

La cantina de don Román, hombre silencioso y de mucha menta en varias leguas a la redonda, estaba de fiesta. Una marinera bien cernida era interpretada en figuras por el buscado Pacchas. Una algazara atronadora era el preludio de lo que se avecinaba. Todos vivían el instante feliz de Pacchas, el instante en que él decía que empezaba su nueva libertad con el encarcelamiento de su temido buscador. Y de lleno se había entregado a los brazos de Baco y de Afrodita.

Y se rompió la fiesta ante la aparición del temido y odiado Matienzo. Avanzó como un tigre carnicero hacia Pacchas, midiéndole todos sus movimientos y adivinando su trama. Eran dos montañas de odio acumuladas en dos generaciones. Eran los dos sobrevivientes de ambas. Todo estaba decretado para el instante difícil. Sin que mediara intervención alguna en la soledad del ambiente, dos hombres mejor dicho, dos fieras peleaban su vida, dos fiera se devoraban a tronchazos, puntapiés, dentelladas y esgrimían los mil y un recursos que la desesperación de verse perdido el uno, y de hacerse justicia el otro, le ofrecían en aquel instante patético, de hondo dramatismo, de millonario espectáculo de salvajismo. Las acciones eran tremendas, ahora son inenarrables. No es propio escribir lo que se ha visto en un infierno, cuando las palabras huelgan…

Un cuento para ti 2Sólo sé que en el instante de interceder en salvaguarda de Pacchas, todos sus amigos, se hicieron nada como por arte de encantamiento o magia. En una lucha, hombre a hombre y estando armado Pacchas, no era gran cosa para el atlético Matienzo. Pegó más en la lucha y como el “gallo que canta en corral ajeno”, gritó;”¡Hay alguien más?….¿Dónde están esos bellacos hipócritas…?.Un silencio fúnebre recogió sus palabras victoriosas. El escenario trágico mostraba un cadáver humano, muerto por Matienzo en afán de justicia….

Así eran aquellos pueblos andinos de hace medio siglo, ahora ya todo caducado, ahora se vive otra vida. Los aires de la civilización tardan, pero siempre llegan. A las horas de barbarie suceden horas de luz, de raciocinio y es entonces cuando un pueblo se agradece por que la grandeza de un pueblo principia por la calidad de luz que tienen sus hijos en las testuz (La máquina está filosofando Salgamos ya el asunto).

Y el pobre Matienzo hizo justicia a su manera. La muerte y el agravio a sus padres, estaban vengados. Pero era poca cosa Pacchas para pagar tantos pecados. Y todavía quedaban los asesinos de sus hermanos, pero Matienzo, hombre proverbial, en el silencio de su tristeza perdonó a aquellos pobres hombres que actuaron inconscientes, sumisos, bajo el peso tal vez del hombre, de la necesidad. Y comprendió que el crimen en agravio de sus infaustos hermanos, era obra y dictado de Pacchas; pero no, nunca de los humildes seres sujetos a su voluntad torpe del; ahora muerto Pacchas.

Decían que por las noches de luna, en el perfil de la cordillera había un jinete con cara al pueblo de Cochas Chico. Todo el pueblo, no sé por qué, pensaba que era Matienzo contemplando a su pueblo injusto. De él, ya no se supo más. El mismo se erradicó del pueblo. Dejó sencillamente una amada que en el silencio de una tarde agonizó de amor.   (El Minero de  10 de junio de 1954.).

L A  M I N A

(1957)

La mina tiene un sabor de tragedia. Toda ella está palpitando tragedia, segundo, pulgada, paso a paso. Almas humildes vagan en las noches y en los días. Cada pared, cada cuadro, cada nivel está tatuado de accidentes mineros. ¡Qué sabor dantesco, qué negrura mortal despide la mina …!

 Aquí un derrumbe metalero… allá la caída de una tolva … más allá el descarrilamiento del trole. Por otra recta un incendio infernal, ¡el fuego central devorando la mina! … Y en otro sitio caen los durmientes, madera carcomida por el hambre mineral. Y la dinamita, la explosión, los gases, el frío, el calor y los dientes pétreos amenazantes sobre las cabezas mortales. Y los tirados de alfombras en el piso escabroso y malhadado. Todo, todo, todo respira muerte… Sombras que enlutan perennemente las galerías subterráneas. Aquí -efectivamente hay infierno-, ¡aquí está el infierno! …

 La muerte regada en cada recta, en cada frontón, en cada nivel, en cada cuadro, en cada galería, en cada chimenea. Aquí la muerte es vertical. Empieza por los pies y termina en un cráneo destrozado en astillas. ¡Cuántas veces la sangre humana ha amasado la infelicidad de sus hogares con una mezcla de mineral. La masa humano-mineral ha matado el hambre corporal de las esposas, de los hijos, de las madres, de los entenados, de los hermanos, de todos, y de todos los hogares, cuando esa masa creó otra hambre que en la tierra jamás se satisface: el hambre de la Justicia! Y la justicia nunca ha dado el alimento feliz al hogar cuyo sostén se pudre en una galería minera enriqueciendo con su sangre la ley del vil metal.

 Y así pasarán y seguirán pasando los héroes del subsuelo, sin que su protesta se haga Justicia, sin que su vida tenga resguardo y garantías de una Ley Madre, sin que sus días sean seguros de ser vividos en función de familia y en función de Patria! …

 Ah, los tiempos que oprimen a los obreros subterráneos. a los callejones pétreos, mortales, que aún estrechan la vía humana y estrujan las carnes oprimiéndoles el estómago, arrebatándole el pulmón, apagándole la voz, cercenándole las extremidades, decapitándolo como a nuevos Túpac Amarus, hundiéndoles, oscureciéndoles la vida fulminándoles la existencia …

(CIMA, Revista de humanidades: 13).

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