EL GARAÑÓN CERREÑO

En este tradicional Día del Padre, hago llegar mi saludo cordial a todos los padres del mundo, especialmente a los cerreños, deseándoles mucha felicidad en el futuro, rodeados de sus hijos.

el garañon cerreño“Los años cuarenta del siglo pasado la compañía norteamericana “Copper Corporation” se permitía solventar una planilla de quince mil hombres en minas, talleres, oficinas, ferrocarriles y demás ambientes de su propiedad. La ciudad minera, como siempre, lucía el esplendor de su vida social y comercio. Todo iba avante. Exitoso. Cumpliendo con los lineamientos del Gobierno, la COPPER publicitaba, “premios en efectivo a los padres más prolíficos”. El Presidente de la República había establecido que era imperativo recompensar a los padres que trajeran hombres fuertes y productivos para el país. Como es lógico, las parejas cerreñas deseosas de ganarse el galardón, no dejaron en paz los tálamos nupciales y apuraron afanosamente, con mucho placer por supuesto, la producción de críos en serie. Se sabía por un expeditivo medio de publicidad, que cada mes, uno, dos o tres individuos, se llevarían un atractivo  premio por sus hazañas amatorias. En realidad, -digámoslo sin tapujos- aquellos fondos compensatorios iban a parar a manos de cantineros que atendían inacabables brindis de los más efectivos sementales cerreños. Los chiuches florecían y alborotaban en el Hospital de la COPPER y en el Carrión, porque, inclusive, quienes no estaban comprendidos en el concurso, contagiados de la moda le dieron gusto al cuerpo hasta límites insospechados. En las calles cerreñas abundaban mujeres jóvenes con tremendas barrigas que proclamaban su fecundidad llevando de la mano a un “chuchecito” que estaba dando sus primeros pasos y, “quipichado” a sus espaldas, un recién nacido. Era lo más común y cotidiano. Esta moda publicitada con bombos y platillos, no hacía más que exacerbar el machismo minero, siempre pujante, donde el promedio de bullangueros niños por hogar era de diez como mínimo. (Aquí se menosprecia a quienes  no llegan a esa marca promedio).

Al finalizar el año cuarenta, subieron la recompensa para el mejor fecundador obrero. ¡Claro!. Los gringos estaban de plácemes. Cuanto más niños, más laboreros en las bocaminas y talleres, especialmente en la “Picking Plant” donde se iniciaban en el trabajo a los diez y once años de edad. Sólo era cosa de propagar el concurso. Por eso es que para la Navidad de aquel año, el Superintendente Philpott, quedó estupefacto. El premio le correspondía a un tal Fructuoso Goyena, padre que había engendrado diecinueve niños –hombres y mujeres- en veinte años de matrimonio. ¡Un hijo por año! Sin salir de su asombro, encargó a su secretario que llevara a la oficina a tremendo plus marquista minero. Quería felicitarlo personalmente y conocer de cerca cómo podía ser un mortal de semejantes cualidades genésicas y tremendo prontuario fecundador. Así se hizo.

Una mañana, el Secretario anunció al Superintendente que a la espera de ser recibido se encontraba Goyena. Todo fue escucharlo y el corazón le dio un vuelco al gringo. Por fin conocería a un hombre que había podido superarlo diecinueve veces. Él tenía un sólo esmirriado engendro rubio, pálido como un pabilo.

Se trazó en la mente la figura del semental y lo imaginó enorme, poderoso, bien parecido. No podía ser de otra manera. Un hombre débil, enclenque y sin atractivos físicos, de ninguna manera podía haber alcanzado esa proeza tremenda de hacer parir anualmente a su compañera. Para salir de aquella interrogante, ordenó que lo hagan entrar en su oficina.

Lo que apareció ante sus ojos fue todo lo contrario de lo que había imaginado. Un hombre flaco, macilento, con el mameluco enorme cubriéndole la mezquina carcasa, sin ningún atractivo. No lo pudo creer. Tuvo que preguntar…

— ¡¿Usted ser Fructuoso Goyena…?.

— ¡Sí, Míster. Para servirle.

— ¡¿Usted tener diecinueve…niños…?!.

— Efectivamente, Míster. Tengo diecinueve hijos. Todos vivos.

El gringo no sabía qué decir. No lo podía creer. Es más. No podía entender cómo, este hombre tan simple y aparentemente débil, pudiera tener tantos hijos. No terminaba de convencerse, por eso siguió preguntando.

— ¿Usted, ha tenido un hijo cada año de su matrimonio…?.

— Sí, Míster – Contestó Goyena.

—Yo no logro entender eso –Estaba perplejo. No lograba armonizar su pretendido reproductor con éste que tenía delante de él. Decidió jugarse su última carta- ¿A qué atribuye usted el que tenga tantos hijos, Goyena. Puede explicármelo?

— Todo es muy sencillo, míster.

— Bueno, entonces, explíquemelo, por favor.

— Bien. Yo, míster Philpott, vivo a sólo dos metros de la línea férrea en el barrio de la Docena….

— Bueno, pero eso qué tiene que ver con su caso….

— Es que diariamente, de lunes a sábado, a las cinco de la mañana, con toda puntualidad, la locomotora del ferrocarril pasa por mi puerta haciendo un estrépito infernal. Está calentando motores para arrastrar coches y bodegas que salen de la estación con rumbo a la Oroya, a las seis en punto…

— ¿…y ?

— A partir de ese momento ya es imposible dormir. El sacudimiento es insoportable y el ruido ensordecedor.

— ¿…y ?

— Bueno, levantarse a esa hora con tanto frío para ir a trabajar, es demasiado temprano….

— ¿…y ?

— Para seguir durmiendo, ya es demasiado tarde.

— ¿…y ?

— ¡Cómo que… ¿Y?! Entre tanto hay que hacer algo, …¿No?! ¿Sí o no, míster?. Con los ojitos brillantes de malicia remató. ¡Yo y mi señora nos echamos un “mañanero” y santo remedio.

El gringo lo comprendió todo en un instante y con la risa abierta en los labios le alcanzó el apetecido premio al obrero fecundador”.

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