LA MUJER DEL MULERO

la mujer del muleroEl Cerro de Pasco vivía el auge de su exitosa producción minera del siglo XVIII. La producción de plata era tan ingente que tuvieron que instaurarse las Cajas Reales, la Fundición de Barras de Plata y la Casa de la Moneda para efectuar la amonedación correspondiente. Los arrieros -muleros y llameros- fueron personajes claves en la economía minera. No solamente transportaban metales por cientos de kilómetros hasta el puerto de embarque con todo el riesgo que la empresa implicaba, sino también proveían a la población minera de los bienes de consumo que era incapaz de producir. En aquellos tiempos aconteció un hecho que todavía los ancianos recuerdan.

Todo comenzó una noche en una iluminada taberna cerreña. Al calor de los tragos, unos hombres se habían trabado en una agria discusión que derivó en una apuesta denigrante.

– ¡Yo sostengo que todas las mujeres son falsas y tramposas! ¡Sólo esperan que el marido dé vuelta para que los engañen y les pongan los cuernos!-decía alterado  uno de ellos.

  • No puede ser. No todas son malas. Siempre hay excepciones –respondió otro.
  • ¡Qué inocente eres!… ¡las mujeres están hechas con la piel del demonio… ninguna es honesta… dale una ocasión y te traicionará!
  • ¡Estás hablando con resentimiento, sin medir tus palabras!
  • Sí, mil veces sí… todas las mujeres son canallas y perversas… ¡Haz la prueba y verás!…
  • No generalices. ¡No todas las mujeres son desleales!…
  • ¡Todas!… ¿Me entiendes?… ¡todas!… ¡todas! ¡No hay ninguna que sea honrada!
  • ¡No te permito que hables así, porque en ese caso también te estás refiriendo a la mía!…
  • ¡Todas las mujeres son iguales!… ¡alevosas! ¿Por qué crees que la tuya sea la excepción?
  • ¡Porque yo la conozco desde niña y sé que nunca me sería infiel por nada del mundo!…
  • ¿Estás seguro?
  • ¡Claro, pues, miserable, estoy seguro… ¡Segurísimo!

El canalla que ofendía a las mujeres con desparpajo desafiante y altanero, comenzó a pasearse por todo el ámbito de la taberna y, cuando hubo llegado al otro extremo, gritó:

–   ¡Puede ser cierto lo que tú dices… hasta ahora! ¡Pero dale una oportunidad y verás que te traicionará!…

  • ¡No! –Gritó indignado el mulero.
  • Si estás tan seguro… ¿Por qué temes?… ¡Te apuesto!

El silencio de la estancia se cargó de tragedia y mudos los amigos no perdieron palabras del diálogo. El marido, ofendido porque se hubiera dudado de la integridad de su mujer, aceptó el desafío.

  • ¡Acepto!. Dime ahora en qué consiste la apuesta.
  • Mira: tú eres mulero y mañana irás rumbo a Tucumán a traer mulas para las minas. No estarás por aquí alrededor de un mes, tiempo más que suficiente para probarte que ella es igual a todas las demás.
  • ¿Qué harás? –Gritó el marido ofendido.
  • A tu retorno, en este mismo lugar y delante de estos mismos caballeros, te presentaré las pruebas más irrefutables de que tu mujer te ha traicionado, en cuyo caso, me tendrás que dar todo el importe de tu negocio de las mulas…
  • Y si no fuese así… –decía pálido el marido – Si no fuese así… ¡te mato! – concluyó perturbado.

La despreciable apuesta quedó concertada. Esa noche el recio cerreño no durmió acosado por la duda y atormentado por ese negativo sentimiento. Ni siquiera mencionó a su mujer la concertación de la apuesta. A la claridad de los primeros rayos del alba, se unió a la tropa de jinetes y partió llevando consigo su dolor, su dilema y rencor.

El despreciable apostador, en la seguridad de que el marido había aleccionado a su consorte para no aceptar sus requerimientos, urdió una trampa vil y despreciable. Conocedor de que una vieja mujer la acompañaría durante las noches que durara la ausencia del marido, procuró encontrarse con ésta sin que la señora se enterara. Un día la abordó y con mucha sagacidad, le dijo:

  • Señora, ¿Quiere ganar cien doblones de plata?
  • ¿Cien doblones de plata, caballero?…
  • Sí, señora.
  • ¿Cómo?
  • ¡Muy fácil! Lo único que tiene que decirme es, qué señales tiene en sus partes íntimas su ama y traerme cualquiera de sus piezas de ropa interior.
  • .. ¡¿para qué?! –Se alarmó visiblemente la anciana.
  • No se preocupe, señora. Yo no le haré ningún daño. Eso es lo único que quiero; a cambio, yo le daré el dinero y muchos regalos más.
  • .. ¿Cómo conseguiré verle las partes más íntimas a mí señora ama?

El bribón, que todo lo había preparado, le explicó al detalle lo que tenía que hacer y para darle más confianza, le regaló con dos monedas que la deslumbró.

La vieja rastrera, cumpliendo con lo que su contratista le había encargado, reunió con mucha paciencia una buena cantidad de piojos y, una noche, sin que su señora lo viera, echó los bichos en la cama y luego se acostó. Como era de esperarse, a la medianoche, presa de un insoportable escozor, la señora despertó y llamó para que la vieja la examinara. La oportunidad fue muy bien aprovechada por la insidiosa. Desnuda completamente, fue examinada con mucho detenimiento por la arpía que se fijó cuidadosamente en las partes secretas. Exterminados los piojos, la hizo vestirse teniendo mucho cuidado en ocultar la más íntima de las prendas. Dueña de estos informes, buscó al infame que ni siquiera se había hecho ver por la señora. Luego de pagar espléndidamente, esperó la llegada del mulero. La esposa –ignorante de lo que se tramaba- también esperaba por el arribo de su marido.

Como se había previsto, así demoró el mulero. Como ya estaba pactado, las mismas personas y en el mismo lugar se reunieron expectantes de lo que iría a ocurrir. La noche cargada de presagios y temores agoreros fue testigo del encuentro.

  • Ya estoy de vuelta y he venido a saber el resultado de la apuesta – dijo con voz cansada el mulero.
  • Aquí estoy para probar lo que dije –retrucó orondo el canalla- como hemos convenido, aquí estamos todos, en el mismo sitio y entre los mismos testigos, para probarte públicamente que tu mujer no es todo lo honorable que dijiste que era.
  • ¿Qué pruebas tienes? –Replicó el mulero con el color demudado y una acentuada convulsión en los labios. – ¿Qué pruebas tienes?
  • ¡Esta!… –ante el atónito auditorio, sacó el zurrón, la prenda más íntima de la señora ¿Lo reconoces?
  • ¡Déjame verlo! –Con un resto de esperanza y un marcado temblor en las manos, examinó la prenda y comprobó que efectivamente era de su mujer al ver el bordado de su monograma; sin embargo con un hilo de esperanza casi gritó:
  • .. ¡has podido robarlo!…
  • ¿Robarlo?… ¡Lástima que no pudiera conservar el calor natural con que se lo quité…
  • ¡Eso no prueba nada!
  • ¿No?…bueno, ya que tú insistes, te diré algo más que sólo tú y yo sabemos. Tiene los bellos rubios y encrespados y en ese lugar tan íntimo y secreto esconde un par de redondos lunares como dos arvejas y si no fuera bastante, en la nalga derecha tiene una pequeña cicatriz en forma de hoz… ¿Qué más quieres?

El mulero no pudo seguir escuchando y cayó sentado sobre el tosco butacón de madera con todo el peso de la tragedia sobre sus espaldas. Era cierto. El rufián, cogió de la mesa los doblones del mulero y con una risa sarcástica salió de la taberna:

  • ¡Gané!…

Cuando el canalla se hubo retirado, los amigos, conmiserativos, se acercaron con rebosantes jarros de licor en las manos y después de darle unas palmadas de cariño y de comprensión sobre las espaldas, siguieron bebiendo en silencio. Ya cerca del amanecer, le acompañaron a su casa y, al despedirse, uno de ellos puso un puñal en sus manos. El mulero comprendió el mensaje y entró en su casa.

La joven esposa que no imaginaba lo ocurrido, salió a recibirlo colmándole de besos y caricias. El marido, ciego de ira, desenvainó la daga y, fuera de sí le gritó:

  • ¡He venido a matarte!
  • ¡Por Dios! ¿Qué tienes, amor?… ¿Por qué quieres matarme?…
  • ¡¿Todavía me lo preguntas?! ….. Acabo de estar con tu amante y me lo ha contado todo delante de testigos!
  • ¿De qué hablas?… ¡Dios!… ¿Qué te ha contado?…… ¿Qué?…¿Quién?…
  • ¡De tus asquerosas y pérfidas aventuras!

La discusión, cada vez más acalorada y amarga siguió subiendo de tono y, en ella, fueron volcando todos sus sentimientos. El mulero, no obstante estar embriagado, vio en los ojos de su mujer tanta sinceridad y transparencia, que terminó por ceder a sus súplicas. Ya calmado la escuchó.

  • No es necesario que te jure mi inocencia, porque Dios lo sabe todo y como la injuria me ha cubierto de negro baldón, te pido, te suplico, te imploro que, mañana a primera hora lleves a tus testigos ante el juez que yo estaré allí y probaré mi inocencia.

Al día siguiente el mulero, con un rescoldo de duda en el corazón, cumplió con ir a casa de sus amigos llevándolos al despacho del Juez Mayor del Cerro de Pasco. Ya en el local, los introdujo en una habitación contigua separada sólo por una cortina de pana a esperar un determinado momento. Entretanto, la mujer, iracunda y ofendida, llegó ante el juez y acusó al rufián de haberla ultrajado y robado. Sin más trámite, el canalla fue detenido justo cuando se aprestaba a partir con su botín y su vileza.

Al entrar en la sala, maniatado y conducido por cuatro alguaciles armados, el ofensor vio a la mujer y al juez mayor que de inmediato abrió el proceso y dirigiéndose a la señora le ordenó:

  • ¡Usted ha traído una grave denuncia! ¡Diga!, ¿De qué acusa a este hombre?
  • ¡De haber entrado en mi alcoba, violentarme y hurtarme mis tesoros más preciados!….
  • ¿Es cierto? –Inquirió el juez dirigiéndose al reo, que tembloroso y pálido como un papel, comenzó a hablar con voz aflautada.
  • ¿Yo… señor juez?… ¡Esta señora miente! ¡Yo nunca he entrado en su casa, ni la conozco por dentro siquiera y no le he robado ninguna joya u objeto preciado!….
  • ¿Puede usted jurarlo?
  • ¡Sí su señoría! Sobre el crucifijo del hijo de Dios. Nunca he entrado en la casa de esta mujer y menos aún la he tocado. ¡Se lo juro por Dios y por mi vida!…
  • ¿Qué nunca la has tocado, dices?… –insistió el juez con energía.
  • ¡No, nunca! ¡Ni sé quién es!….
  • ¿Es cierto eso?
  • ¡Se lo juro por Dios! –Y cayendo de rodillas besó el crucifijo.

En ese instante salieron de su escondite el marido y sus amigos. Los esposos se abrazaron delante del juez, y el delincuente, avergonzado de arrepentimiento narró todo lo ocurrido y en un mar de llanto pidió perdón a la pareja que felices recibieron la reposición de su dinero y sobre todo, la devolución de lo más preciado para el matrimonio: honra y felicidad.

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