DEBÍA PRESTAR SERVICIOS (Huancapata.)

Ramiro Ráez Cisneros, como lo hemos visto, fue uno de los más notables poetas populares de nuestro medio. Sus  mulizas, huaynos y chimaychas, fueron muy festejados. Como periodista alcanzó un sitial preponderante debido a su pluma galana y admirable. En este campo editaba un periódico festivo que llevaba por nombre: EL HIPO, cuyas apariciones eran recibidas con beneplácito por numeroso público. Nosotros nos aventuramos a revelar esta identidad porque él, siendo huancaíno, afirmaba que por más que no lo quisiera, estaba ligado a lo huanca. “Vivo en Huancapucro, nací en Huancayo pero siendo cerreño de corazón tendré que ser HUANCAPATA.  A continuación publicamos dos relatos de su pluma.

HuancapataCorría el año de 1894 y en el Cerro de Pasco se explotaban activamente sus minas. Los primeros oxidados se extraían a brazo, se medían en un cajón de madera de un metro de lado llamado “Cajón de Ley”, que contenía cosa de tres toneladas de mineral. Un sinnúmero de mulas las transportaban a las varias haciendas de beneficio que aún existen en las quebradas y pampas cercanas al Cerro; allá se molía el metal en los ingenios o molinos de piedra, y después de dos  meses de permanecer con sal y mercurio dentro de un circo, cuya capacidad era de cinco cajones de ley,  producían en término medio treinta marcos o sea 15  libras de plata pura con el consumo de 30 libras de mercurio.

De la plata, primero se extraía el mercurio y luego se fundía en barras de 6 arrobas cada una, que en número de 50 ó más se remitía a la capital por la ruta de Canta, todos los meses del año. Allá en la Casa de la Moneda, se transformaban las barras en soles de plata fina de nueve décimos; cada barra rendía unos tres mil soles, y esta plata sellada, no emigraba como hoy sino que volvía al Cerro por la misma ruta.

En otras publicaciones nos ocuparemos del Cerro de ahora 40 años; hoy por falta de espacio tenemos que ir derecho al cuento.

Estaba desde tiempos atrás algo nublada la atmósfera política del Perú y en el año al que me refiero estalló la revolución que todos saben, en este centro minero cosmopolita y polígloto; volaban las noticias; “Han Tomado Huánuco, se acercan a Huariaca; son 500 o son 2,000; se baten en La Quinua; ya llegan y efectivamente llegaron con muchos galones, diversidad de uniformes y armamentos”. Después de un tiroteo de un par de horas quedaron dueños y señores de la plaza del Cerro, de la cual se habían retirado prudentemente  las autoridades y las pocas fuerzas de que disponían con destino a Tarma, donde residía la Prefectura.

Transcurridos pocos días, se supo de la llegada a la Oroya de una considerable fuerza al mando de un digno coronel del Ejército, que el Gobierno de Lima enviaba para combatir a los revolucionarios; no había en aquel tiempo ferrocarril ni carreteras, el telégrafo estaba cortado y las noticias se conocían por el correo de brujas. Estas noticias eran de terror y desesperación de las placeras que a falta de local tenían sus puestos alineados en Chaupimarca, frente a la Iglesia; las pobres en cualquier cierrapuertas, pagaban el picante, porque no sabían cómo escapar y llevar sus mercaderías; aquello causaba lástima y risas al mismo tiempo, con escenas dignas de verse en los cinemas. Ya en Carhuamayo, las fuerzas del Gobierno obligaron a las de la Coalición a retirarse no sin antes haber requisado cuantas bestias pudieron.

Al otro día ingresaron al Cerro las fuerzas del Gobierno con el Prefecto de Junín y el Subprefecto de la provincia y, con el objeto de perseguir a los revolucionarios, se ordenó un verdadero decomiso de bestias. Todos los corrales de peruanos y extranjeros fueron visitados y vaciados; nadie se escapó de la pesquisa. Se lo llevaron todo.

Poco a poco iban regresando las bestias tras la realización de largas comisiones y el Comandante devolvía a los propietarios las que se hallaban cansadas. Fue por esta razón que consiguieron los agraviados la devolución de yeguas y chuscos; en cambio el mulo que no sabía cansarse no tenía cuando. Un día perdió la paciencia un damnificado y con cara de condenado dijo:

— ¡Oye, Huancapata, estoy resuelto! Hoy o saco al macho o me llevan a la cárcel de donde tú te encargarás de sacarme… ¿Entiendes…? – Diciendo esto se fue al cuartel en donde fue recibido por el jefe que escuchó su reclamo diciéndole al reclamante:

— Por favor amigo, tenga usted paciencia; le devolveré la bestia tan luego retorne de Tarma; se lo prometo.

— ¡Pero mi coronel, ya no es posible seguir soportando estos sacrificios ni menos estoy obligado a ir a pie a mis haciendas teniendo bestias! Yo en nada me meto. No soy revolucionario. Es más, yo soy ciudadano extranjero y no tengo nada que ver con sus movimientos políticos…

— ¡Sí, sí. Yo sé que es usted es extranjero, pero también debe  saber, mi querido amigo, que el macho es peruano y, como tal, debe prestar servicios a su nación!…

Sin duda que el macho seguirá prestando servicios a la Nación, porque nunca más se  lo devolvieron.

TODOS HABIAN CUMPLIDO

                                                                       por Huancapata

No ha transcurrido mucho tiempo de la fecha aquella en que don Apolinario y don Elías –Huancapata 2tío y sobrino respectivamente- se disputaban la Alcaldía del Cerro de Pasco. Ambos contendientes eran personas dignas de respeto y acaudalados mineros descendientes de los antiguos españoles de Huánuco trasladados cuando se descubriera el mineral de plata de Yauricocha. Ellos fundaron la ciudad actual, dándole por nombre CERRO DE PASCO por la población de Pasco que aún existe a 15 kilómetros más al Sur Este.

Faltaban pocos días para la elección de cargos en el Concejo Provincial y, por lo tanto, tanto el tío como el sobrino, contaban con el voto de los demás; sobre todo don Apolinario que estaba segurísimo del triunfo: ni uno solo de los ediles se había excusado de votar por él. Se lo habían prometido solemnemente. Sin embargo, para comprometerlos más, en vísperas de elecciones don Apolinario mandó preparar una opípara pachamanca con su acompañamiento de cuyes, humitas, choclos, chicha y abundancia de licores. Demás está decir que asistieron todos y, a medida que se bebía, se les soltaron las lenguas:

— ¡Por usted don Apolinario, Salud… !

— ¡Que viva don Apolinario, el futuro Alcalde, Salud… !

Y llegó el día de las elecciones. En total eran doce concejales incluyendo a tío y sobrino. Se abrió la sesión y se eligieron dos escrutadores. Don Apolinario había puesto su nombre en una hoja de papel y a renglón seguido el de su sobrino para anotar el número de votos a medida que fueran saliendo del ánfora.

— Para Alcalde don Elías… para Alcalde don Elías… para Alcalde don Elías… Así hasta terminar la votación en cuyo cómputo don Apolinario había obtenido UN SOLO VOTO.

Se proclamó y prestó juramento al nuevo Alcalde y luego de la distribución de cargos terminó la sesión y todos marcharon a un club a beber por cuenta y honor de don Elías. Sobre tarde, como para darle el pésame, separadamente fueron uno tras otro a la casa de don Apolinario.

— ¡Cuánto siento, don Apolinario que no haya usted salido Alcalde!; la culpa la tienen los sinvergüenzas que no supieron cumplir; porque ya lo verá usted, el voto que lo favoreció, es el voto que yo le di.

— Gracias amigo; créame, se lo agradezco…

Así por el estilo alegaban sus protestas echando la culpa a los demás el no haber cumplido con su promesa.

Don Apolinario escuchaba y agradecía hasta que por fin llegó el momento en que perdió la calma, se puso de pie y con energía dijo

— ¡Señores!, que no me hayan ustedes hecho Alcalde: paciencia. Pero que quieran hacerme el tonto, eso sí que no lo aguanto; porque sépanlo de una vez por todas, que aquel voto que me tocó: ME LO DI YO MISMO… Ahora lárguense de aquí; vayan a fastidiar a mi señor sobrino… (Enero de 1930, LOS ANDES).

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