VIEJAS CANCIONES DEL RECUERDO (Segunda parte)

El rotundo éxito que alcanzara aquel extraordinario trío argentino formado por Agustín Irusta, Roberto Fugazot y Lucio Demare, conducido por Pancho Canaro, llenó toda una época de la canción argentina en el mundo entero. Nuestra tierra –amantísima del tango- no podía estar excluida. Las películas en las que actuaron y, sobre todo, los discos de la afamada RCA Víctor, se encargaron de difundir la calidad vocal del trío y encender las preferencias provincianas. Los discos que recibían las casas disqueras “volaban” en un santiamén. Irusta, Fugazot y Demare eran los preferidos en una larga época que comienza en la década del treinta y se amplía por muchos años más. En nuestra ciudad muchos jóvenes unieron sus voces a la usanza de aquel trío, pero no fue sino el formado por el inquieto, Ceferino Frías, más conocido por “Chivillo” Frías; el infatigable Pedro Soriano y el “tercer mosquetero” Abel Morla que conformaron el famosos trío FRI – SO – MOR, que triunfaron rotundamente en nuestros escenarios. El ya afamado trío FRI – SO – MOR, con el fin de acrecentar su calidad y ampliar su repertorio, hizo numerosos viajes a Lima para ver las películas y observar a otros tríos que con esa modalidad se habían formado en Lima. Por aquellos días se entonaban los valses que consignamos en esta nota además de “Bouquet” de Felipe Pinglo Alva; “Lupe” de César Miró y otra pegajosas piezas argentinas que eran muy solicitadas. El trío cerreño era en aquellos días, lo más representativo de la calidad interpretativa musical. Los valses argentinos eran los más solicitados por damas y caballeros de los más calificados clubes sociales de la ciudad minera.

Hablo de las décadas del treinta y cuarenta. Los diarios de entonces son muy expresivos al respecto. De lejos fue el mejor trío formado bajo los cánones marcados por el conjunto gaucho. Fueron los invitados de honor en una larga época en la que la canción argentina sentó sus reales en la ciudad cimera del Perú. Uno de aquellos valses que nos encandilaron es este que escribió Luis César Amadori con la música de Francisco Canaro. Todavía hoy al escucharlo se remueven las fibras más profundas del corazón.

Pasados los años, lo podíamos encontrar a nuestro inolvidable “Chivillo” Frías –así lo llamábamos con gran cariño- en los salones del “Club Unión Copper” alternando con Máximo Brioso, Lorenzo Languasco, Joaquín Alcántara y muchos otros viejos cerreños, haciendo hermosos recuerdos de tiempos pasados. Muchas veces, llevado por su emoción “Chivillo” entonaba éstos y otros valses argentinos o tangos inolvidables. Si bien todavía conservaba el timbre inconfundible de su voz, era el sentimiento que ponía en cada interpretación, lo que nos emocionaba grandemente. ¿Dónde estará, Chivillo? Un día lo dejamos de ver y no supimos de su destino. Posiblemente para evitarse el incomparable horror de la despedida, se fue en silencio como tantos otros amigos. No sé. En todo caso, vaya para él nuestro emocionado recuerdo y, todavía, un respetuoso aplauso a su calidad nunca más repetida en el Cerro de Pasco.

En recuerdo de aquellos momentos me permito entregar a ustedes una magnífica interpretación del magistral Oscar Agudelo: Quisiera amarte menos.

QUISIERA AMARTE MENOS
Letras de Luis César Amadori
Música de Francisco Canaro.

Primavera de mis veinte abriles, relicario de mi juventud,
un cariño ignorado soñaba y ese sueño ya sé que eres tú.
Cuántas veces rogaba al destino, ser esclavo de tu sueño azul,
y hoy que sé lo que cuesta un cariño, ya no puedo con mi esclavitud.

Quisiera amarte menos, no verte más quisiera,
salvarme de esta hoguera que no puedo resistir.
No quiero este cario que no me da descanso,
pues sufro si te alcanzo y lejos no sé vivir.

Quisiera amarte menos porque ésta, ya no es vida;
mi vida está perdida de tanto quererte,
no sé si necesito tenerte o perderte,
yo sé que te he querido más de lo que he podido;
quisiera amarte menos buscando el olvido
y en vez de amarte menos te quiero mucho más.
Entre dos que se quieren de veras el cariño distinto ha de ser,
mientras uno da entera su vida, otro sólo se deja querer.
Yo lo sé y sin embargo no puedo consolarme que quererte yo.
Tengo miedo que nunca termine esta dura condena de amor.

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