JumashaEl 25 de enero, las esposas de los trabajadores del vecino asiento minero de Jumasha, perteneciente a la Volcan Mines, habían salido a protestar por la extremada restricción en la venta de artículos de primera necesidad. No tenían, desde mucho tiempo antes, azúcar, arroz, harina, manteca y otros elementos muy necesarios para la mesa popular. Lo más agravante es que la compañía demoraba la entrega de la correspondiente cuota de carbón que le correspondía a cada trabajador. Esto, unido a una serie de medidas arbitrarias, determinó que todas las mujeres del lugar salieran a las calles a protestar airadamente.

En ese momento, la compañía gestionó la venida del jefe de la policía rural del Cerro de Pasco, sargento Gonzalo Altamirano, comandando un grupo de diez hombres armados para resguardar a la compañía. Este sargento tenía amplios antecedentes de abusivo y que actuaba sin importarle los resultados de su accionar beligerante. Así las cosas, el 3 de febrero de 1948, ellas salieron a protestar airadamente a las calles. El sargento Altamirano, sin siquiera una voz de alerta, ordenó la acción enérgica de represión de la policía. Sin  reparar que muchas de ellas tenían a sus hijos cargadas a sus espaldas la emprendieron a palazos Infligiendo graves heridas a muchas de ellas. Por ejemplo Arsenia Vega, tenía una herida abierta en el parietal derecho del que manaba abundante sangre con tiñó la cara de su bebé que llevaba a las espaldas; Teresa Callupe, serias contusiones en los brazos y manos al tratar de cubrirse la cara ante la golpiza propiciada con recios garrotes de la mina; Honorata Bermúdez, un herida abierta en la pierna izquierda originada por un bayonetazo y, Claudia Janampa con un traumatismo encéfalo craneano muy grave que la privó del conocimiento por largo tiempo. Al ver los graves extremos a los que había llegado la policía, las víctimas fueron enviadas de inmediato al Hospital Carrión del Cerro de Pasco para ser tratadas urgentemente. Estuvieron hospitalizadas por veinte días en el mencionado nosocomio, al final de los cuales fueron dadas de alta.

La indignación que levantó en el Cerro de Pasco fue mayúscula. Radio Azul, en su noticiero correspondiente puntualizó cada uno de los detalles de esta asonada, pidiendo que las autoridades llamaran la atención al malhadado jefe policial. Lo mismo hizo el diario El Minero en sendas editoriales. Al entonces prefecto Francisco Tovar Belmont, nada le importó este caso. Total, para él eran unas simples “cholas” que se habían vuelto agresivas y que merecían una buena represión. Nunca pensó que este acontecimiento sería un jalón en la larga cadena de desaciertos del sátrapa que era odiado en todo el departamento.

Su cólera no tuvo límites cuando los días  6 y 7 de febrero, todos los trabajadores de Jumasha paralizaron sus labores en enérgica protesta por la manera cómo habían sido tratadas sus compañeras.

Entre estos y otros papeles que hacían conocer al sátrapa de la intranquilidad en la que estaba viviendo el pueblo minero, había uno que enviaba un informe detallado firmado por el mayor G.C. Gregorio Quea Pérez, sobre la abortada asonada popular para evitar el apresamiento del líder sindical aprista Luis Negreiros Vega, en  días pasados.  En un desatino sin precedentes, el prefecto había mandado detener a Negreiros cuya llegada obedecía a su indagación para cerciorarse de las condiciones políticas en la que estaba la ciudad minera sin que esto fuera a atentar contra la tranquilidad del pueblo. Naturalmente, hizo caso omiso a estos informes, confiado en su matonería.

A esto se acababa de sumar la noticia que alcanzaban los obreros en un oficio solicitando permiso e informando que, a las cuatro de la tarde de aquel lunes 16 de febrero de 1948, efectuarían un mitin de protesta en la Plaza Chaupimarca. “No estamos en condiciones de seguir soportando el abuso y la orquestada marginación de que somos objeto” decía en uno de los párrafos. Muy preocupado miró a través de la ventana de su despacho y le sorprendió no ver al gentío que diariamente pululaba a esa hora por esa arteria. Era pesado el silencio que reinaba en su entorno. Se sentía.

Horas más tarde, lunes 16 de febrero de 1948, por su prepotencia y su altanería insufribles, el pueblo daría cuenta del abusivo. Lo mató.

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