UN INGENIO DE LA HACIENDA MINERAL

Por
WM. LEWIS HERNDON Y LARDNER. GIBBON
Tenientes de la Marina de los Estados Unidos
De su libro EXPLORACION DEL VALLE DEL AMAZONAS

Circos de las moliendas de minerales en los ingenios de Occoroyoc. En los dos primeros de la izquierda se ve al grupo de mulas con sus guiadores para el correspondiente “pisoteado”. En combinación con el azogue, la plata iba al fondo y los deshechos eran arrastrados por el agua corriente. Esta es el panorama de uno de los ingenios a donde trasladaban el mineral con el ferrocarril que partiendo de la Esperanza, llegaba a estas haciendas. Este primer ferrocarril de la sierra, tendido por los ingleses se inauguró en junio de 1892.
Circos de las moliendas de minerales en los ingenios de Occoroyoc. En los dos primeros de la izquierda se ve al grupo de mulas con sus guiadores para el correspondiente “pisoteado”. En combinación con el azogue, la plata iba al fondo y los deshechos eran arrastrados por el agua corriente. Esta es el panorama de uno de los ingenios a donde trasladaban el mineral con el ferrocarril que partiendo de la Esperanza, llegaba a estas haciendas. Este primer ferrocarril de la sierra, tendido por los ingleses se inauguró en junio de 1892.

El modo de extraer la plata del mineral o aprovecharlo como se dice en el Perú, es el siguiente: una vez que el mineral se ha extraído y llevado a la superficie, se le pica en pedazos más o menos del tamaño de una nuez de Madeira o nuez inglesa y se les envía a la hacienda* en bolsas de cuero sobre el lomo de las llamas o de las mulas. (La hacienda* se encuentra siempre a orillas del río más cercano a la mina, para aprovechar la fuerza motriz del agua en el molino). Una vez en la hacienda son reducidos a polvo impalpable a través de varias moliendas y tamizados. El molino es una rueda de agua horizontal con un eje vertical que sube a través del piso del molino, la rueda se encuentra debajo de este último. En la parte superior del eje hay una gran viga transversal de cuyos extremos cuelgan, por medio de cadenas, pesadas e informes piedras aproximadamente de una tonelada de peso cada una. Al girar el eje, estas piedras rozan un lecho cóncavo de roca lisa y sólida, construido sobre el piso del molino y el cual es atravesado por el eje. El mineral es vertido sobre este lecho, de manera que las piedras que cuelgan de las cadenas lo trituran hasta convertirlo en polvo que luego cae por los hoyos que hay en la periferia del lecho. Este polvo es cernido en un fino tamiz de malla metálica y las partes gruesas que quedan se vuelven a poner en el molino. El mineral en polvo, o harina* se mezcla luego con sal (en una proporción de cincuenta libras de sal por cada seiscientas libras de harina*) y se lleva a los hornos (que son de tierra) donde se tuestan. No sé la temperatura que es necesaria aplicar, creo que se sabe por experiencia.

El combustible que se usa en estos hornos es el estiércol del ganado llamado “taquia”, su precio es de tres centavos por veinticinco libras. Aquí los hornos utilizan un millón quinientas mil libras al año. Después que se tuesta, se lleva la harina* en bolsas de cuero a la plazuela de la hacienda* y se colocan sobre el piso en pilas de alrededor de seiscientas libras cada una. Este piso es de piedras lisas pero debería ser de losa cementada, ya que casi siempre se tiene que remover para sacar el azogue que se desparrama por las hendiduras. Diez de estas pilas forman una hilera que hace un cajón de seis mil doscientas cincuenta libras. Luego estas pilas son humedecidas con agua y se les agrega el azogue a través de una tela de lana. (La cantidad de mercurio que depende de la cantidad de plata que hay en el mineral, se establece por experimentos a pequeña escala que se hacen de antemano). La masa se mezcla bien con los pies y con azadones. También se agrega al cajón alrededor de cuatro libras de unas pequeñas piritas de hierro calcinadas llamadas magistral. Continuamente se examina la pila para ver que la amalgamación marche bien, en algunas condiciones la masa se toma caliente y en otras fría. El calor se puede controlar agregando un poco de cal y estiércol podrido, mientras que para controlar el enfriamiento se agrega un poco de magistral u óxido de hierro. Sólo la práctica y la experiencia nos permitirán reconocer estos estados. Luego se deja que esta mezcla repose por ocho o nueve días (ocasionalmente se le vuelve a pisar y a trabajar) hasta que se complete la amalgamación, la cual se establece por medio de una prueba. Después se coloca esta masa sobre una elevada plataforma de piedra y se arroja en pequeñas cantidades a un pozo que hay en medio de esta plataforma, se abre una corriente de agua y cuatro o cinco hombres la lavan con sus pies. Mientras que el agua y el lodo salen de allí, la aleación se asienta en el fondo y por una pequeña abertura que hay en la parte baja del pozo, pasa a otro pozo más pequeño forrado con cuero, donde un hombre continúa lavándola con los pies. Así continúa asentándose más aleación en el fondo del pozo, mientras que el agua y el lodo siguen fluyendo a través de un canal largo de madera forrado con bayeta verde; luego estos dos elementos caen a un depósito especialmente preparado, donde se filtra el agua, quedando el lodo que se vuelve a lavar. Cuando se termina el lavado del día, se lava en un gran pozo la bayeta verde que forraba el canal y que contiene varias partículas de la aleación. Se deja correr el agua que para estos momentos ya está limpia de nuevo y se recoge toda la aleación llamada “pella”, la cual se coloca en bolsas de cuero y se pesan. Normalmente, se lavan dos cajones por día. Luego se coloca la pella en recipientes cónicos forrados con lino grueso, los cuales son colgados; el peso de la mezcla expulsa una determinada cantidad de azogue que se escurre por las hendiduras del lino y se junta en recipientes que se colocan debajo de los que están colgados. Esta mezcla, ahora seca y algo más compacta que una masilla, se lleva a los hornos donde los residuos del azogue son expulsados por el calor; la mezcla que queda es la plata piña o plata pura. Esta se funde en lingotes sellados según la ley* o calidad de la plata; se envían a Lima para la Casa de la Moneda o para la exportación.

Durante el proceso de refinación, las emanaciones de mercurio se condensan y se emplean nuevamente. Sin embargo, se pierden dos libras de mercurio por cada libra de plata. Después del drenaje del mercurio a través del lino, la proporción de plata que queda en la pella seca o aleación es aproximadamente del veintidós por ciento. Una prueba cuidadosa que el Sr. Galt, un joyero de esta ciudad, realizó en una pizca de pella que traje del Cerro Pasco, mostró entre dieciocho y treinta y tres por ciento de plata pura. El precio de la sal en este lugar es de tres reales (37 112 centavos) la arroba y en Lima, el precio de una libra de mercurio es de un dólar. El Superintendente gana mil doscientos dólares al año; tres mayordomos* reciben mensualmente treinta dólares cada uno; los caporales o jefes de cuadrilla en las minas, veinte dólares; los mineros, sesenta y dos centavos y medio por día (un poco más si trabajan de noche); y los trabajadores de la hacienda*, cincuenta centavos. Esto, sin embargo, no se da en la realidad, ya que casi todo el sueldo es descontado para cancelar los suministros. El gasto anual estimado de estas minas es de treinta mil dólares con una ganancia anual de setenta mil dólares. Según una prueba a pequeña escala, un cajón de seis mil doscientas cincuenta libras de mineral molido produce cincuenta marcas, a pesar de que se obtienen sólo veinticinco o treinta mediante este proceso, mostrando así una pérdida de casi la mitad. La cantidad de plata que se obtiene de los relaves o nuevos lavados, es de más o menos veinte por ciento del total: es decir, que un cajón produce veinticinco marcas en el primer lavado y con el relave se obtiene cinco más.

Se podrá tener una idea del valor de estas minas cuando afirmo que en el Cerro Paseo, situado a setenta y cinco millas de Lima y al otro lado de la Cordillera, el mineral que produce sólo seis marcas por cajón dará una cierta ganancia al minero, a pesar que se tiene que pagar algunos impuestos como aquéllos del drenaje y obras públicas de los cuales está libre el mineral de Párac. Malarín, el Superintendente, dijo que aquí el cajón debe dar quince marcas para dar ganancias. Pero al dar esto por hecho, no me asombró su afirmación de que en unos cuantos años, estas minas convertirán a mi compatriota al Sr. Prevost en “el hombre más poderoso que hay en el Perú”*, al poseer un tercio de las minas.

La mina que visitamos, llamada Santa Rosa, tiene una profundidad perpendicular de quinientos veinte pies, es decir, que el fondo de cañón de la mina que penetra la montaña en un ángulo del horizonte aproximadamente de 25′, está a quinientos veinte pies abajo de la boca de la mina. Según las leyes mineras, el cañón* de la mina debe tener tres pies y ocho pulgadas de alto, tres pies cinco pulgadas de ancho con soportes para mayor seguridad. La tierra superpuesta necesita frecuentemente ser sostenida con vigas de madera que están unidas en forma de un arco gótico. No pude enterarme de cuánto mineral saca una persona por día, ya que es una cantidad muy incierta, que depende de la dureza de la roca que cubre la veta. Malarín nos dijo que había indicado a los trabajadores que no dinamitaran mientras estábamos en la mina, ya que el terrible eco de la detonación a menudo produce efectos dañinos en la gente que no está acostumbrada a ellos, esto es algo que no le agradecimos porque nosotros estamos acostumbrados al ruido de la artillería pesada.

Al regresar de la mina, nos encontramos con una manada de llamas que venía de la hacienda*, esto es algo bastante imponente, en especial cuando uno se encuentra con la manada en una curva del camino. El líder, que siempre es seleccionado por su tamaño, tiene la cabeza adornada con borlas de lana de colores de las que cuelgan unos cascabeles; su gran tamaño (casi siempre seis pies), su gallardo y elegante porte, sus orejas paradas, sus inquietos ojos y sus labios temblorosos, lo convierten en lo más impactante que puede uno imaginarse, cuando se le mira por un instante. Al apurarlo se hace a un lado y sigue cuesta arriba o cuesta abajo seguido por su manada por sitios que serían intransitables para una mula o para un asno.

Las llamas recorren inmensas distancias pero por etapas cortas, no más de nueve o diez millas diarias. En los viajes largos es necesario que su número sea el doble para que puedan turnarse al llevar el cargamento. La llama puede cargar aproximadamente ciento treinta libras, no cargará más; y se dejará matar a golpes antes de proseguir sobrecargada o cansada. Los machos son los únicos que viajan ya que las hembras son destinadas para la reproducción. Las llamas tienen una apariencia amable y dócil, pero cuando se irritan tienen una mirada muy fiera y escupen con odio hacia el objeto de su ira; se dice que su saliva es muy corrosiva y produce ampollas cuando toca la piel. No vimos ninguna en estado salvaje. Estos animales se crían en grandes números en las haciendas*. No tuvimos la oportunidad de ver el guanaco o alpacca (sic: alpaca) (otro tipo de oveja peruana), aunque cuando cruzamos las montañas, a veces avistamos brevemente la salvaje y tímida vicuña. Estas van en manadas de diez o quince hembras, acompañadas por un macho que siempre está en estado de alerta. Cuando se aproxima el peligro, les avisa mediante un agudo silbido y así emprenden la retirada con la velocidad del viento. La lana de la vicuña es mucho más fina y valiosa que la de otras especies y es de color acanelado.

Un amable y culto presbítero, el Dr. Cabrera, cuyo retrato está colgado en la Biblioteca de Lima, con paciencia y delicadeza logró el cruce de la alpacca (sic) con la vicuña al cual llamó paco vicuña y cuya lana se dice que es una combinación de la finura de aquélla de la vicuña y del largo de la hebra de la de la alpacca (sic). En el puerto de embarque, el valor de la lana de vicuña era, en 1838, cien dólares por cien libras; la lana de alpacca (sic), veinticinco dólares y la de oveja variaban entre los doce y quince dólares. Durante cuatro años, entre 1837 y 1840 inclusive, desde los puertos de Arica, Callao e Islay, el Perú despachó lana de oveja, alpaca y vicuña por un valor de dos millones doscientos cuarenta y nueve mil treinta y nueve dólares. (Castelneau, vol. 4, página 120).

Si se pone cuidado en la crianza de estas ovejas salvajes del Perú, el país podría obtener grandes ingresos con la venta de su lana.

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