LA CRUZ VERDE (Leyenda) -1-

A través de los años esta historia ha ido pasando de padres a hijos en  continuidad todavía  vigente. Habla de una milagrosa cruz de mineros que andando el tiempo le dio nombre a un populoso barrio. Un barrio querido que como toda en la tierra expoliada ha desaparecido bajo el estruendo de las explosiones y el rugido de las maquinarias.

cruz verdeLa leyenda cuenta que una antiquísima noche, cuando los tenues rayos de luna reverberaban la nieve en albura vaporosa, ocurrió un milagro extraordinario. Todo el ámbito ocupado de casas, chozas y rancherías mineras, se inundó de una melodía conmovedoramente celestial interpretada por coros infantiles, acompañada por violines, chelos y arpas. Las personas como hipnotizadas asomaron a sus ventanas desde donde pudieron verlo todo.

De una esquina de la plaza, como transportado por una fuerza invisible, un enteco y barbado misionero franciscano se desplazaba suavemente por los aires sin que sus pies hollaran la nieve; detrás de él, en la misma forma, iba una multitud de hombres cubiertos con túnicas blancas en ordenada levitación. Eran los braceros que habían muerto en las minas. Todos, formando una tropa, se arrodillaron delante de la cruz verde y pasado buen tiempo de oración, extrajeron el símbolo clavado en el suelo y, rodeados de nubes vaporosamente brillantes, la elevaron al cielo en medio de una conmovedora sinfonía celestial.

Este acontecimiento extraordinario quedó grabado en la memoria del pueblo minero con indelebles signos mágicos. Pero… ¿De dónde apareció aquella cruz?… ¿Quién la puso allí?… ¿Qué significaba aquel símbolo sacro en ese barrio cerreño?.

Ésta es su historia.

Cuando por hundimiento desaparecieron las fabulosas minas de la Villa Imperial de Potosí al comenzar el siglo XVII, dejó de contarse con  las alucinantes cantidades de plata que servían para  sustento económico de la metrópoli. En ese momento, sumamente preocupados por la desgracia, los españoles descubren con asombro, el  yacimiento argentífero de San Esteban de Yauricocha. Al nuevo emporio se le comienza a llamar: El nuevo Potosí (1626). Su explotación se hace monstruosamente   incesante.  Los querubines y milagros de las iglesias, las coronas y ex votos de los santos, los avíos de montar, los utensilios de uso casero, hasta las tintineantes espuelas nazarenas de los jinetes cerreños, estaban fabricados con el blanco metal.

A sus frías calles en formación comenzaron a llegar hombres de diferentes nacionalidades guiados por la brújula de su avidez. Los más numerosos: los españoles. Admirado de la prodigalidad de sus socavones, como una distinción especial el Rey de España lo nombra: Ciudad Real de Minas (1639). La fama del nuevo emporio minero trasciende fronteras. Al transponer los umbrales de aquel paraje temporal -el fantástico siglo XVIII- se produce una aguda crisis minera en América Hispánica. Muchas minas se cierran por la  escasez de mercurio: Huancavelica se ha derrumbado y clausurado. En otros casos la inundación de los frontones hace desaparecer las vetas bajo el agua: Guanajuato, Real del Monte, Zacatecas. Las únicas minas que en ese momento están productivas y boyantes, son las del Cerro de Pasco.  Entonces, con el fin de alimentar sus arcas, el rey de España estimula la explotación minera y comienza a legitimar bastardías vendiendo los hábitos de caballeros y títulos nobiliarios de condes y marqueses. La novedad se hace costumbre. Muchos españoles de oscuro origen, residentes en el Cerro de Pasco, se avienen a la compra de estas regias mercedes pagando significativas cargas de plata. Para ello, olvidando los más elementales principios de caridad cristiana, exceden los límites de un genocidio dantesco explotando cruelmente a los pobres indios.  El inicuo abuso comenzaba con el tiempo que los tenían trabajando enclaustrados. Cuando las luces aurorales asomaban entraban a sepultarse en esos antros asfixiantes y oscuros de donde no salían sino a la oscuridad de la noche. En lugar de alimentos que repararan sus fuerzas  les daban hojas de coca con las que los estimulaban para el esfuerzo, hasta que cadavéricos, mortalmente pálidos y sin fuerzas, caían muertos, víctimas de la anemia asesina. El consumo de la coca fue utilizado para someter a nuestro aborigen como los ingleses utilizaron el opio para someter al pueblo chino o el alcohol por el colono norteamericano para combatir  al piel roja, a los suecos para domar a los lapones y los franceses a los negros del África. Quienes no finaban por la opilación, la neumoconiosis o los accidentes fatales, morían sepultados por terribles derrumbes. A estos hombres ni siquiera  se preocupaban en rescatarlos. Eran considerados mucho menos que animales. Así sucedió en una mina. Trescientos hombres fueron sepultados vivos. Nadie movió un solo dedo por rescatar sus restos. En ese lugar quedó una tétrica cicatriz de la tierra asesina que fue bautizada con un nombre que lo dice todo: MATAGENTE.

Todos los títulos nobiliarios comprados, todas las riquezas que solucionaron las urgencias económicas de España, se sustentaban en la explotación del humilde hombre del pueblo que con sus lágrimas, sudor y sangre, amasó toda esa monstruosa fortuna. La Casa de Contratación informó que “sólo entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata transportada a España en poco más de un siglo y medio, excedía tres veces el total de todas las reservas europeas. Y estas cifras cortas no incluyen el contrabando”. Por aquellos años de dantesco genocidio, llega al Cerro de Pasco, como enviado por Dios, un fraile franciscano, -alto, cenceño, tez agarena y mirada beatífica pero penetrante-: Fray Buenaventura de Salinas y Córdova.  Con el fin de conocer su realidad y alentar con sus palabras a los   esforzados laboreros, fue a visitar una mina cerreña. ¡Quedó estremecido de dolor! Gruesas  lágrimas enturbiaron sus ojos claros cuando presenció las primeras escenas del teatro del horror. Seres cadavéricos y desmedrados como espectros de otros mundos, sacando y subiendo pesados costales de cuero a las espaldas; silenciosos, resignados, autómatas; extrayendo los minerales que enriquecían a sus verdugos. Reverentes y de rodillas, los japiris besaron sayal,  cordón y  crucifijo. Los ojos, casi sin vida, eran un ruego implorante, una súplica suprema. Fray Buenaventura, venciendo el imperioso mandato de su corazón, de abrazarlos y echarse a llorar,  los bendijo con amor, y a partir de ese momento decidió  denunciar estos abusos a la superioridad eclesiástica y virreinal. Programó sus piadosas visitas diarias al humilde aposento de los pobres, buscó toda la ayuda material posible para alcanzarles, pero sobre todo, les llevó su palabra de consuelo y comprensión; unió con el sagrado lazo del matrimonio a los amancebados, bautizó amorosamente a los niños habidos en estas uniones y les enseño a confiar en el supremo auxilio de Dios.

Después de recoger estas fatídicas vivencias, escribió una extensa  denuncia a la superioridad de su convento.  Este documento testifica la monstruosa inhumanidad de los explotadores. En uno de los párrafos decía: “…es lástima ver a los indios de cincuenta en cincuenta, y de ciento en ciento, ensartados como malhechores en ramales y argolletas de hierro; y las mujeres, los hijuelos y parientes que los despiden, dando alaridos al cielo, desgreñándose los cabellos, cantando en su lengua endechas tristes y lamentaciones lúgubres, despidiéndose de ellos, sin esperanza de volverlos a recobrar por que allí se quedan y mueren infelizmente en los socavones. Aquí se ven las ventas de las mulas, los empeños de los vestidos y todo lo que tienen; y lo que es más de sentir, por este tiempo, es que empeñan y alquilan a sus hijas y mujeres a los mineros, a los soldados y mestizos a cincuenta y sesenta pesos, por verse libres del trabajo de las minas. Y ahora escribe un clérigo sacerdote y cura, que habiéndole sacado un soldado de la iglesia, a donde se había venido a recoger una india muy hermosa de diez y seis años, fue a pedir al cura auxilio de justicia, y decía: Señor Corregidor, Isabel (que así se llamaba la india) está empeñada en setenta pesos que tengo de su padre que libré de la mina y hasta que la saquen y devuelvan mi plata, no la tengo que entregar, sino servirme de ella. Y así la dejó llevar el corregidor a su albedrío, llorando la india, diciendo que aquel español quería por la fuerza estar amancebado con ella; que como no le valía la iglesia y habiendo nacido libre en su tierra, la hacían esclava del pecado”. Conmocionado de dolor y cargado de esperanzas por encontrar comprensión y apoyo de sus superiores, el fraile siguió escribiendo:  “Habiendo llegado un indio que volvía de la mina a ver a su mujer y sus hijos y descansar en su tierra, halló muerta a su mujer, y a los hijuelos de edad de cuatro a seis años en la casa de una tía suya. Llegó tras él, el curaca, y queriéndolo llevar otra vez a la mina, le dijo “Bien sé que te hago agravio, pues acabas de salir del socavón y te hallas viudo, y con dos hijos que sustentar; flaco y consumido del trabajo que has pasado; pero no puedo más; porque no hallo indios para la mita, y si no cumplo el número, me quemarán, azotarán y beberán mi sangre; duélete de mí y volvamos a la mina”. Respondióle el indio a su curaca: “Tú eres el que no te dueles de tu sangre, pues habiéndome tocado el polvillo ya no puedo respirar y hallo muerta a mi mujer, y con dos hijuelos que sustentar y ropa que vestirles, me haces el agravio”. Y no surtiendo ningún efecto en el curaca la razón y la justicia de este indio; cogió a sus dos hijuelos y los sacó a una legua del pueblo, y abrazándolos y besándolos tiernamente, diciéndoles que les quería librar de trabajos que él pasaba, sacando dos cordeles, se los puso en las gargantas y hecho verdugo de sus propios hijos, los ahorcó de un árbol y cuando llegó el cura con el curaca, un cuchillo de cocinero, se lo clavó en la garganta, entregando su alma a los demonios por verse libre de la opresión de las minas. Y lo mismo hacen las madres, porque pariendo varones, los ahogan”. La carta tiene muchas páginas de denuncias dramáticas. En otra dice refiriéndose al trabajo en las oquedades:  “Bajan al interior de la mina por estrechísimas galerías que siguen a las vetas por donde éstas fueran. Son galerías horrendas, húmedas y pestilentes, sin ventilación alguna, inundadas por el aire corrupto del aliento y sudor de tantos cuerpos que allí trabajan, del polvillo picante de los metales; el espeso y acre humo de las velas de sebo que utilizan. A estos estrechos socavones  bajan por medio de toscas graderías trabajadas con quinuales o piedras por donde los hombres casi agónicos discurren de rodillas”.“Cada grupo que trabaja en una mina, está integrado por doce hombres. Delante van dos barreteros provistos de sólidas pértigas de hierro de 18 pulgadas de largo y 25 libras de peso, y un pesado martillo de plomo de 25 libras. Estos hombres quiebran las rocas a pulso y son los que siguen a las vetas. Una vez fracturadas las piedras al interior de la mina, entran los fleteros llamados capacheros, quienes siguiendo penosamente por todas las tortuosidades de la mina, salen por las medias barretas con sus capachos llenos de mineral a las espaldas, apoyándose en una cuerda tendida en las paredes o de palos de forma de estacas clavadas en las paredes de la mina”. “El  Japiri, llamado capachero, tiene por atuendo un grueso  gorro de cuero en el que va atado una vela de sebo para alumbrarse el socavón. Chompa y manguillas de lana de llama. En las piernas, gruesas rodilleras de cuero de carnero, que les permite trabajar de rodillas –como si fueran condenados a trabajos forzados- llenando y transportando las bolsas de cuero de una capacidad de cien libras de promedio, llamados capachos. Los minerales se llenan utilizando las paletas de las mulas muertas, a guisa de palas”. “Mientras los hombres realizan su trabajo, son estrechamente vigilados por el sanguinario capataz que, premunido de un largo zurriago, acelera a golpes el avance de los trabajos. A la puerta de la mina hace estallar soberbio, una y otra vez, como tétrico reloj de abominación, el largo zumbador que no pocas veces se tiñe de sangre inocente de los indios”.

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