LA CRUZ VERDE (Leyenda) -2-

cruz verde 1“Una vez los minerales en cancha, después de dolorosa extracción, se llenan los cajones para su medición y de allí se procede a su escogencia que  llaman “pallaqueo”. Este trabajo lo realizan los niños hasta desollarse las manos. Escogido el mineral, las pobres mujeres del pueblo, débiles y entecas como sus maridos, a la puerta de las minas, haciendo esfuerzos sobrehumanos proceden a moler estos minerales en grandes batanes. Sólo entonces son transportados a las haciendas e ingenios para su tratado final”.

 “Hombre, mujer  e hijo, son inicuamente explotados por los abusivos que no tienen ninguna piedad para estos seres cruelmente abandonados por las autoridades que deberían velar por ellos”.

 “El aire aquí en la mina, es tenue y frío. Cuando salen del socavón, el agua que beben, sofocados, es frígida y de temple endemoniado; la comida sin sustancia. Aquella gente minera, sin misericordia, ni clemencia, toda junta, es una viva imagen de la muerte y sombra del infierno. Y así mueren infinitos hombres, y muy aprisa”.

 Tomando aliento, imbuido de piedad y de dolor, siguió diciendo en su carta testimonial: “Así pasa esta gente gran trabajo y mueren muchos indios de enfermedad; otros despeñados; otros ahogados; otros descalabrados de las piernas; otros vomitando sangre,  y otros –los más- quedan allá dentro, enterrados; de suerte que apenas hay día  sin que ocurra algunas cosas de éstas. Y como son tantos, como dije, encerrados en las entrañas de aquel cerro, los que barretean y los que sacan los metales, en una parte o en otra, hay de continuo desgracias dolorosísimas. A mí se me quebraba el corazón de ver cuando los indios salían a comer en las bocaminas, a recibir la comida que le llevaban sus mujeres; los lloros y las lágrimas de ellas, de ver a sus maridos salir llenos de polvo, flacos y amarillos y enfermos y cansados; y sobre todo, azotados y aporreados porque no cumplieron los montones de metal que está tasado que han de llevar cada día; no hay consideración a que la veta sea dura y no pueda quebrarla, sino que le hacen que saque cinco montoncillos de metal cada día, que tendrán de ocho a diez arrobas. ¡Inhumanos, canallas, sin perdón de Dios!”.  La carta finalizaba con una imploración suprema a la superioridad eclesiástica y, seguramente, sellada con lágrimas.

Fray Buenaventura se había enfrascado de lleno en defender a los humildes japiris valiéndose de cartas, misas, procesiones, y todo aquello que estuviera a su alcance. Así, un domingo de misa solemne, desde el púlpito de la iglesia San Miguel de Chaupimarca, se dirigió a las autoridades y ricos mineros allí presentes, pidiéndoles piedad a nombre de Cristo para aquellos miserables que también eran seres humanos e hijos de Dios.

Desde aquellos tiempos, todos lo saben, los niños cerreños amamantaron con la leche materna, esta dolorosa verdad que nadie podrá negarla: La justicia jamás existió. El abuso  siempre fue una tenebrosa constante.

Las innumerables cartas del fraile caritativo y valiente jamás  fueron contestadas. Cuando finalmente le remitieron una comunicación fue para decirle que la superioridad había recibido una grave denuncia de hombres “notables” que se quejaban de su conducta inconveniente y  por lo tanto, debía hacerse presente de inmediato a su monasterio donde sería ejemplarmente sancionado.

El fraile, no podía dar crédito a sus ojos. No alcanzaba a entender la indiferencia de sus superiores, menos aún,  la iniquidad  de respaldar a  los asesinos explotadores. Pasaron algunos días y, obediente como era, determinó presentarse en su convento pero, simultáneamente, decidió plantar una cruz, símbolo del amor infinito del  cristianismo, cerca de donde especulaban los abusivos. Reunió a los japiris, barreteros, capacheros, y pallaqueros, con sus mujeres e  hijos, para pedirles con mucho amor que unidos construyeran una sólida cruz que vieran los asesinos explotadores; que su presencia fuera un constante reproche a sus abusos. Les habló con tanto celo y emoción que, unánimemente, decidieron apoyarlo.

Guiados por el  santo misionero, iluminados por mortecinas velas de sebo, hombres y mujeres, auxiliados por rudimentarias herramientas, fabricaron la hermosa cruz de la Pasión. Sólida como la hermandad que los unía; enorme como la fe que los hacían esperanzados. Para que el símbolo santo fuera obra de todos, los niños pallaqueros la pintaron de verde. Completaron la obra tallando un redondo disco amarillo sobre el que pintaron una sonriente cara regordeta que colocaron sobre el brazo derecho de la cruz: era el sol; sobre el izquierdo, una pálida luna en cuarto menguante. Del brazo izquierdo hasta el medio del soporte central, la lanza con el que Longinos atravesó el costado derecho del Salvador del Mundo; simétricamente, del derecho, un largo listón circular, en cuyo extremo superior estaba la esponja, que mojada en hiel y vinagre, se le acercara al Crucificado cuando manifestó tener sed; las dos escaleras que sirvieron para descender el bendito cuerpo  después de su muerte, oblicuamente pendientes de ambos brazos hasta el centro del soporte central; las tres sólidas escarpias de acero con los que se fijó el cuerpo; el martillo con el que se lo clavó triturando palmas y empeines; las tenazas, con las que se extrajeron los clavos; en  un cartelito blanco las letras S.P.Q.R.S. que en latín dice: SENATUS POPULUS  QUORUM ROMANUS y en castellano se traduce como: “El Senado y el Pueblo de Roma”. En la parte más alta del cuerpo central la sigla INRI, que como burla sangrienta al hijo de Dios, proclamaba: “Rey de los Judíos”. En la cúspide, al gallo; elemento indispensable en las representaciones de la Pasión de Cristo que simboliza la encarnizada negación de Pedro. En la intersección del cuerpo central, el paño de la Verónica con el  rostro de Cristo doliente.  La corona de espinas que se le colocara a Jesús como burla  al momento de la flagelación, sobre el lienzo de la Verónica. Inmediatamente después, la  túnica que el Salvador vestía en la crucifixión. Fueron añadidos: los cinco dados usados por los soldados romanos para jugarse las vestiduras del Salvador,  un largo sudario usado por Nicodemo, José de Arimatea y sus ayudantes para  descender el cuerpo; la trompeta del juicio final; la balanza en la que habrán de pesarse las almas en el juicio final; el cáliz de la última cena y la bolsa conteniendo las treinta monedas, símbolo de la traición de Judas.

Después de noches de intenso trabajo fue terminada la  hermosa cruz recargada de símbolos y esperanzas. Los sacrificados hombres mujeres y niños de la mina la habían tallado con amor y dedicación. Finalmente la pintaron de verde, símbolo de la Santa Inquisición, para recordarles sus pecados.

La víspera del viaje de Fray Buenaventura, los humildes laboreros de la mina con sus mujeres e hijos llevaron el símbolo santo al lugar previamente escogido. Era la hora del Angelus, cuando las campanas llamaban a oración y la plantaron fijamente en la parte más alta de aquel barrio cerreño, frente a la oficina donde realizaban sus millonarias transacciones los opulentos  plutócratas.

Con los primeros rayos del alba del día siguiente, cuando los laboreros entraban en los tétricos socavones, partía acongojado Fray Francisco Buenaventura, para no retornar jamás al Cerro de Pasco. Indignada la superioridad virreinal lo castigó a dura penitencia, cumplida la cual, fue expulsado del país… ¡A perpetuidad!…. Pero allí, donde la había plantado, quedaba la sagrada cruz de los mineros. Sin embargo, la fe y la esperanza inquebrantables que había sembrado en sus corazones estuvieron a punto de desmoronarse cuando se enteraron del aciago destino del santo misionero franciscano. No podían creer que semejante noticia fuera cierta. Como las plantas mueren cuando falta la mano que las riegue,  fue declinando la fe y la esperanza de los corazones. Ahora estaban ciertos que no llegaría  la justicia por la que tanto habían rogado y esperado. Muy pocos hombres y escasísimas mujeres guardaban en un recodo del corazón aquel amor inclaudicable que había sembrado el santo misionero. Sin embargo, como un milagro nuevo, comenzaron a renovar su fe y su esperanza. En las noches, cuando exhaustos pasaban por la cruz verde, de rodillas elevaban su oración por aquel que les había enseñado a orar y esperar. Pedían por ellos y su familia.

Los años fueron transcurriendo implacables, silenciosos, cruelmente rutinarios. Las inclementes lluvias de los inviernos, el granizo, la nieve, los rayos y truenos, la cellisca, así como los rigurosos soles y vientos de los meses secos, fueron trabajando sobre aquel monumento a la fe minera.  Primeramente empalideció el verde brillante de la cruz, haciéndose mustio y sombrío; después, fueron trazándose unas resquebrajaduras agrandando cada vez más sus intersticios. Los años fueron pasando. Los que la confeccionaron fueron muriendo en cumplimiento de su destino, los hijos heredaron con fe una tradición que fue haciéndose añosa.

Un día, una mujer desesperada, arrancó el largo sudario de Cristo, asegurando que si  envolvía con él a su marido descalabrado en la mina, sanaría. Otro día se llevaron la túnica; otro, la corona de espinas; otro el gallo… Así fue perdiéndose cada uno de los símbolos que las gentes llevaban como sacros amuletos. Cuando ya no quedaba ninguna réplica, comenzaron a astillar el cuerpo de la cruz. Cada japiri debía tener en su poder, siquiera una astilla. El pedazo de madero lo amparaba de los riesgos de la mina. Todos aseveraban que la cruz los protegía. Aseguraban que quien tuviera en su poder un pedazo del santo madero, estaba resguardado por la presencia de Cristo. Testificaban muchos milagros ocurridos en las negras oquedades   Finalmente, quedó convertida en un despojo esquelético y deforme, hasta que la noche aquella fue llevada al cielo en la forma que vimos al comienzo. Ese día acababa de morir en España, solo, escarnecido y desengañado, el misionero Fray Francisco  Buenaventura de Salinas y Córdova.

De aquel hermoso símbolo que la fe minera había mantenido por muchos años, quedaba el nombre, sólo el nombre: CRUZ VERDE.

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