LA AVIACIÓN EN EL CERRO DE PASCO (Segunda parte)

Aviacion en Cerro de Pasco 2La instauración de la aviación militar en el Perú.

El 23 de setiembre de 1919, en medio de una algarabía general, llega a Lima la misión militar francesa conduciendo catorce aviones de acrobacia, reconocimiento e instrucción, presididos por el Teniente Coronel Jules D. Bueaudiez; el Mayor Louis Condoret y el Teniente Joseph Romanet, todos héroes de la primera guerra mundial. Venían a instaurar la Aviación Militar en nuestra patria.

El entusiasmo de nuestro pueblo fue en aumento a partir de esta noticia. Tan es así que, en julio de 1920, un arequipeño notable, muy querido, afincado en nuestra tierra, don Francisco Valdivia, “Don Panchito Valdivia”, experto mecánico de la Cerro de Pasco Copper Corporation, utilizando planos que le envía su amigo Elmer Faucett, mecánico de la misión norteamericana, llegado en Julio de ese año al Perú- arma un avión Curtis Oriol en los talleres de la compañía. ¡El pueblo no cabe de contento!. La nave fue exhibida y paseada entre aclamaciones por las calles de nuestra ciudad.

Consciente de la necesidad de implementación de nuestra aviación, a iniciativa  de las delegaciones, francesa y norteamericana, el pueblo cerreño decide contribuir masivamente en forma pecuniaria. Instaura el CIRCULO AEREO PRO AVIACIÓN DEL CERRO DE PASCO, integrada por notables ciudadanos bajo la presidencia de Juan. T. Picón Pinzas, reuniendo en su seno a notables damas que trabajaron n arduamente para colectar fondos monetarios para el cumplimiento de una meta muy clara. Mediante fiestas, kermesses, rifas, erogaciones, funciones teatrales y corridas de toros, reúnen los fondos necesarios para comprar no uno, sino dos aviones de combate.

Ya en posesión de la bolsa pecuniaria requerida, el Círculo Aéreo Cerreño con el apoyo del consulado francés de nuestra ciudad, coordinan con el Ministerio de Guerra y compra dos aviones caza de guerra SALMSON, del gobierno francés. ¡Los dos primeros aviones de nuestra fuerza aérea regalados por nuestra ciudad! Emocionado por este acto de alta filantropía y patriotismo, el Ministro de Guerra, doctor Benjamín Huamán de los Heros, toma una decisión muy encomiable. El pueblo que tan generosamente había hecho un regalo de tal magnitud, debía ver en acción de vuelo a una de las naves. Uno de los aviones quedaría en Lima, mientras el otro, desarmado, era enviado por ferrocarril a nuestra ciudad. Para efectuar la demostración y, de paso, agradecer al pueblo cerreño, llega una delegación integrada por el Teniente de la Fuerza Aérea Francesa Joseph Romanet; el Jefe de la Escuela de Mecánicos de Aviación, Abel Bremond; los mecánicos Manuel Sánchez, Ricardo Arredondo y Adán Solórzano. Son recibidos por el Prefecto, don Jorge Robinson, el Alcalde Ricardo Alania, el cónsul francés y el pueblo en pleno.

Sin pérdida de tiempo, con el auxilio de los técnicos cerreños, proceden a armar la flamante nave de combate. La expectativa en todos los medios es notable. El escenario para la prueba es el amplio tinglado de Occoroyoc y Quiulacocha que ha sido adecuado por los servidores de la Cerro de Pasco y del Concejo Provincial, cuyo Alcalde, don Ricardo Alania puso especial interés. Así las cosas, se programa el vuelo de exhibición para las nueve de la mañana del 2 de setiembre de 1920.

Desde la madrugada de aquel día especial, nutrido grupo de curiosos en carros, carretas, caballos y a pie, han llegado al escenario de la prueba. La expectativa es extraordinaria. Aquel día se experimenta el primer fracaso. La nave que había sido llevada a Occoroyoc el día anterior y cobijado en una improvisada carpa de lona, se había averiado seriamente por el peso de la nieve caída en la zona desde el mediodía anterior. El avión presentaba serias abolladuras en el fuselaje, los alerones dañados y el timón a punto de quebrarse, doblado peligrosamente. Los técnicos y pilotos allí presentes dijeron  que era imposible realizar ningún vuelo en tanto no se repararan los desperfectos; es más, consideraban de imperiosa necesidad la construcción de un hangar que guareciera debidamente a la nave, ya que el tiempo era sumamente agresivo. Para repararlo debidamente- decían- había que devolver el aparato a Lima.

El desánimo hizo presa de las personas que venciendo las dificultades del trayecto y copiosa nieve se habían congregado en Occoroyoc. Los comentarios estaban impregnados de abatimiento y pesimismo. Pronto este desaliento invadió todos los sectores de nuestra población. Algunos periodistas no hicieron sino alimentar el pesimismo con antojadizos comentarios de decepción. Sin embargo, hubo un grupo de hombres que no se dejó abatir por el contratiempo. Poniendo especial empeño, dedicación y trabajo, superó el desánimo. El 13 de setiembre, el Prefecto Jorge Robinson; el Alcalde, Ricardo Alania y el Presidente de la Beneficencia Pública, Luis T. Ibarra, se reunieron con el Superintendente de la «Compañía», C. O. Steel, quien, imbuido de un afán de colaboración, ofreció la construcción del hangar y la mejor adecuación del campo de aterrizaje.

Sin embargo, de manera inmediata, la delegación francesa, después de emitir un informe negativo, había retomado a Lima. Según los franceses, ya nada había por hacer. En ese momento, el mecánico peruano Adán R. Solórzano, comprendiendo el esfuerzo del altruista pueblo cerreño, decide quedarse para reparar la máquina averiada y dirigir la adecuación del campo de aterrizaje. Tuvo que renunciar a su puesto de mecánico en la Escuela de Aviación. Este gesto determinó que el pueblo, en recompensa, reuniera una bolsa pecuniaria para pagar sus honorarios correspondientes, su alimentación y estadía.

Con la esperanzas renacidas, el pueblo celebró el 25 de octubre, la entrega de el hangar y el campo preparado por la compañía. De inmediato se trasladó el avión y se comunicó al Ministerio de Guerra.

Para cumplir con los vuelos pertinentes ofrecidos en su oportunidad, el Ministerio de Guerra envía al piloto Ismael Montoya que es recibido como héroe en nuestra Estación. Aquí acontece el segundo fracaso. El piloto que llegaba, es presa de un terrible «soroche» que en poco tiempo se le complica con un edema pulmonar agudo que determina su inmediato retomo a Lima en tren expreso.

NUEVO CONTRATIEMPO

Cuando el pesimismo se había adueñado del pueblo, ocurre un hecho providencial. Una Aviacion en Cerro de Pasco 3noche invernal, entre los pasajeros que arribaban a la Estación del ferrocarril procedentes de Lima, se distinguía a un hombre joven de intensos ojos azules y cabellera rubia que, cubierto con una acolchada chamarra de cuero, trataba de pasar inadvertido por todos los medios; portando un maletín de mano y una bufanda con la que se cubría el rostro, se alojó en el Hotel Universo registrándose con el nombre de Jhon Smith, negándose a dar más datos personales a los empleados del Hotel.

Al día siguiente, muy temprano, fue en busca del mecánico del avión con el que se habían carteado profusamente, y luego de explicarle al detalle el motivo de su viaje, visitó al Prefecto titular don Eleodoro Macedo. El rubio recién llegado, dijo ser miembro del Cuerpo de Instructores de la Aviación Francesa acantonado en Lima y que su nombre era Charles Corsant; que enterado de los continuos fracasos en los que habían incurrido sus colegas, él deseaba reivindicarlos. Mencionó que los principales obstáculos para el cumplimiento de la proeza eran, la rareza del aire y la baja presión atmosférica a las que se unía el mal tiempo reinante. En conclusión, él se ofrecía graciosamente a efectuar el vuelo con la única condición de mantenerse en completa reserva el hecho, por dos razones: la primera, porque había venido sin permiso de sus superiores, acuciado por el reto que significaba el realizar el vuelo a estas alturas; segundo, que caso de alguna avería del aparato, mal tiempo u otro imponderable, no deseaba que el pueblo sufriera con un fracaso más; por eso exigía que su misión se mantuviera en hermético secreto.

En posición de esta solicitud, el Prefecto lo condujo de inmediato al campo de aterrizaje donde,  revisada la nave y comprobada la funcionalidad del campo, dictó las disposiciones pertinentes y adecuadas para efectuar el consabido vuelo al día siguiente.

A las cuatro de la tarde del siete de noviembre de 1920, se presentó el piloto francés en compañía de las autoridades locales. Al llegar al campo, quedaron muy sorprendidos. No obstante haberse efectuado todos los preparativos en secreto –ni los periodistas conocían el hecho- más de cinco mil personas cercaban el campo de aviación en uno de cuyos extremos esperaba la flamante nave aguileña.

Por fin había llegado el día tan esperado por el pueblo del Cerro de Pasco. Todas sus esperanzas estaban fijadas en aquel joven de límpida mirada que ahora, premunido de gorra de cuero con orejeras forradas en piel de cordero y sus correspondientes anteojos, estaba abrigado por una bufanda de lana blanca que apenas asomaba por el sacón de cuero de alzadas solapas abrigadoras. Un pantalón de montar asegurado con brillantes botas de cuero completaba su atuendo.

El avión estaba en perfectas condiciones y el terreno adecuado para el vuelo. El joven piloto francés estaba ante una terrible interrogante que con valor debía despejar: saber si la nave podía despegar y aterrizar a semejante altura: 14,660 pies. No en vano estábamos en la ciudad más alta del mundo, a 4,380 metros sobre el nivel del mar, donde la presión atmosférica es todo un problema para el despegue y estabilidad de una nave aérea.

Con verdadera previsión -a fin de aligerar el peso- puso la gasolina y el aceite estrictamente necesarios. Todas estas maniobras eran contempladas por un público mudo de expectación y asombro. Todo listo subió a la nave y se instaló al mando en medio de los cariñosos aplausos de los circunstantes.

El silencio era expectante. Encendió el motor y lo hizo girar para llevarlo al extremo este del campo en donde viró poniendo la proa a occidente. Pasados unos minutos de profundo silencio en los que el motor se calentaba para alcanzar potencia, tomó la pista con la velocidad máxima que permitía la máquina, fatalmente sin lograr el ansiado ascenso salvo algunos saltos de dos o tres metros de altura. Después de recorrer unos 550 metros sin lograr su objetivo, frenó y apagó el motor para evitar cualquier contingencia desagradable. El silencio del público era tal que parecía no existir. Comenzaba a adueñarse el pesimismo en los espectadores.

Lo que había comprobado el piloto en esta primera intentona ratificaba el principio de que la rarefacción del aire y la poca presión atmosférica, no brindaban la resistencia necesaria para que el aparato pudiera sostenerse en el aire; además, la nave era poco movible y su timón de profundidad carecía de amplitud de juego.

Así las cosas y decidido a no dejarse vencer por la prueba, Corsant volvió sobre sus pasos, pero para ir más allá, hasta debajo de una línea de alta tensión que pasaba unos metros más arriba. Esta vez imprimió la velocidad máxima al aparato que raudo comenzó a deslizarse por la pista. Al concluir el recorrido de los 550 metros y teniendo un cerro al frente, se elevó milagrosamente con hábil maniobra y logró vencer el obstáculo. Ya en el aire, triunfante, en medio de atronadores aplausos, el piloto dio varias vueltas sobre Quiulacocha, Rancas y Yurajhuanca. La gente no sabía qué hacer. Estaba presenciando un milagro extraordinario. Los pañuelos al aire, las palmas, vivas y maquinitas eran sorprendentes. Cuando había dado varias vueltas sobre el Cerro de Pasco, las cerrazones que encapotaban la ciudad se deshicieron en una fuerte granizada que estuvo a punto de hacer perder la estabilidad de la nave, obligando al piloto a efectuar un aterrizaje emergente que se realizó con gran éxito. Lo que ocurrió después, fue apoteósico. El pueblo visiblemente emocionado, sin importarle para nada la intensa granizada, levantó en hombros al joven piloto francés y héroe de la Primera Guerra Mundial, dando vivas al Perú, a Francia, a la aviación y lógicamente al Cerro de Pasco.

Una vez más, gracias al valor y tesón, se había triunfado. El pueblo minero había visto en vuelo uno de los dos aviones que había comprado y se sentía honradamente feliz por haber contribuido con su peculio a engrosar la gloriosa Fuerza Aérea del Perú.

En cuanto al piloto francés Charles Corsant, nuestro pueblo agradecido, le regaló con una medalla de oro, cinco mil soles de oro, y le abrumó de homenajes y cariñosas atenciones. La noticia de esta hazaña hizo vibrar los telégrafos, poniendo al Cerro de Pasco en el centro de una admirable vorágine de admiración.

EL MINERO, decía: “El entusiasmo por la aviación había crecido en nuestra ciudad hasta el extremos que todos los empleados y obreros de la Cerro de Pasco Railway Company y de la Cerro de Pasco Minning Company, donaron voluntariamente un día de trabajo cada uno, llegando a reunir la crecida suma de 100,000 soles  oro que, previa comunicación, se envió al Ministerio de Guerra para la compra de un nuevo avión de combate que fuera a engrosar nuestra naciente Fuerza Aérea. La única condición impuesta fue que la nave llevara el nombre de “Cerro de Pasco”. Las dos anteriores no llevaban ninguna inscripción alusiva a su donación.

Por aquellos tiempos -ya comenzando los días soleados de verano serrano-  llegaron de Lima los pilotos italianos, Alberto Pizzini y Giovanni Ancilotto con el fin de realizar un raid del Cerro de Pasco a Lima y viceversa, consiguiendo para ello todo el apoyo de las autoridades. Ambos eran héroes de la Primera Guerra Mundial. Giovanni Ancilloto, en diciembre de 1917, durante los pavorosos días de la Gran Guerra en la zona de Piave, Italia, realiza la proeza jamás igualada de atacar y atravesar con su débil avión MERCECHI la envoltura de un globo cautivo, un “Balloni Draghi”, ingenioso sistema de observación usado por los austriacos y cuyos ocupantes encontraron la muerte al estrellarse y quedar destruido el globo en tierra, mientras Ancilloto, con las alas de su avión casi destrozadas y llevando aún prendidos algunos fragmentos y restos de la aeronave enemiga, continuó el vuelo hacia sus líneas. Este interesante episodio que conmovió a toda Italia, consagró definitivamente la intrepidez y el arrojo de aquel vencedor del espacio y marcó los en anales de esa cruenta lucha, una fecha memorable.

El “Club de la Unión” decidió, con este fin, realizar una colecta en el pueblo con el fin de regalar un avión al primer piloto, civil o militar, nacional o extranjero, que realice el raid Cerro – Lima – Cerro         CONTINÚA….

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