OTRAS CHIMAYCHAS DEL RECUERDO.

ChimaychaCHIMAYCHA

Eres como la amapola,

que coloradita nace

eres como el caramelo

que en la boca se deshace.

Si las piedras de tu calle

tuvieran conocimiento,

al oír mi doliente canto

tornarían a llorar.

Tus labios son dos cortinas

del más fino carmesí

y entre cortina y cortina

espero ilusionado el sí.

Todas las mañanas subo

triste, a un peñasco a llorar

como si la peña fuera

el origen de mi pesar.

 

ESTRIBILLO

En medio de tu jardín,

hay una lechuga de oro,

aunque la vida me cueste

he de cortarle el cogollo.

BIEN  TE  ENTIENDO

                                                   El amor es mi delirio

                                              y el amar es mi pasión;

                                             tú desprecias mis caricias

ya te entiendo corazón,

bien te entiendo corazón.

Pero eres mi dulce encanto

y el objeto de mi amor;

pero falso te has mostrado

yo te entiendo corazón

bien te entiendo corazón.                                     .

Tú antes fuiste mis delicias,

tú me amabas con pasión;

nada de eso existe ahora

ya te entiendo corazón

bien te entiendo corazón.

Si palpitas con vehemencia

bien conoces la razón,

si sabes bien, me has fallado

no te expliques más conmigo

no te entiendo corazón

EL CRIMEN DE PUCHUPUQUIO

crimen de PuchupuquioLa fría tarde del 29 de noviembre de 1922, se presentaron a la comisaría del Cerro de Pasco dos apesadumbradas mujeres denunciando la misteriosa desaparición de sus maridos. Una dijo llamarse Eulogia Mendoza y, la otra, Tomasa Palacios. Afirmaban que desde los primeros días de noviembre habían desaparecido sus esposos, Angelino Almerco y Carmen Yupari. Que habían venido a realizar algunas compras en las tiendas cerreñas pero hasta ese momento no regresaban. Al no tener noticias viajaron a la ciudad minera para investigar dónde podían estar y después de mucho buscar descubrieron que se habían alojado en una de las casas del temido barrio de Puchupuquio, a las afueras de la ciudad. Esta era la última pista que tenían.

Con la denuncia y los datos proporcionados, el mayor de guardias Adolfo Ruiz, dispuso que el sargento, Demetrio Lavado, y los guardias, Moisés Rojas, Carlos Ávalos, Ernesto Sandoval y Pedro Ramos, se constituyeran en el lugar señalado por las mujeres. Al llegar al lugar, los policías rodearon la casa sospechosa y tras escuchar que dentro había una suerte de fiesta entre hombres y mujeres beodos, procedieron a romper la puerta, sorprendiendo a sus ocupantes: Genaro Torres, Teófilo Calixto, Luis Rojas, Martín Vargas, Rosas Povis y Felipe Torres. Llevados a la comisaría, Torres declaró que la noche del 31 de octubre había sorprendido a dos desconocidos que se estaban llevando treinta llamas de su propiedad; juzgando que solo no podría enfrentarlos, llamó a los otros hombres que en ese momento estaban reunidos y con ellos procedió a perseguir a los ladrones que huyeron aprovechando la oscuridad de la noche. Felizmente –dijo- los dos ladrones fueron alcanzados a orillas de Chaquicocha. Al ver que los ladrones no solo no mostraban arrepentimiento no obstante haber sido sorprendidos in fraganti sino que los insultaban se trabaron en una lucha terrible sin cuartel. Querían apresarlos para entregarlos a la policía pero ante la beligerancia de los ladrones, se les fue la mano y, los mataron. A uno de ellos lo sepultaron a inmediaciones de la laguna de Chaquicocha y, al otro, a un costado del horno de la calera que por allí funciona. Como fruto de los severos interrogatorios a que fue sometido, Felipe Torres, confesó que solo él era el culpable y que sus cómplices se dedicaron a mirar sin intervenir en ningún momento; es decir fueron mudos testigos de la salvaje golpiza que les propinó a los ladrones. Ninguno de ellos –aseguró- tenía culpa de nada.

Cuando fue interrogado Miguel Vargas dijo que el primero de noviembre por la noche, la señora Sotela Colqui, madre de Genaro Torres, le había llamado a su domicilio pidiéndole que se levantara para ayudar a su hijo que estaba persiguiendo a unos ladrones y que cuando llegaron al lugar en el que habían sido apresados, vio que los maltrataban atrozmente hasta llegar a matarlos y que, al verlos convertidos en cadáveres los sepultaron en los lugares antes mencionados.

Teófilo Calixto y los demás detenidos coincidieron con las declaraciones anteriores respecto del móvil del crimen y señalaron que el principal culpable era Genaro Torres por instigar a que los mataran a pedradas. Se estaba estableciendo que el asesino no solo era Genaro Torres sino todos los hombres y mujeres que en ese momento celebraba la “hazaña”. En cuanto a Nicanor Malqui se descubrió que era un avezado delincuente con amplio prontuario policial por lo que fue enviado inmediatamente a la cárcel de la selva de Pachitea.

Los que huyeron a las alturas de Chinche a poco de efectuar el execrable crimen fueron los individuos Aniceto García y Damián Colqui. Aseguraban que “con la conciencia intranquila después del asesinato, presa de terror y culpabilidad huyeron despavoridos”. Tras perseguirlos con saña y constancia fueron capturados para recluirlos con sus compinches en la cárcel pública del Cerro de Pasco. Pocos días después, todos rindieron sus instructivas tras la exhumación de los cadáveres.

Posteriormente, siendo entrevistadas, Eulogia Mendoza, esposa de Angelino Almerco y, Tomasa palacios, esposa de Carmen Yupari, refirieron que el 31 de octubre habían venido del pueblo de Tushi las referidas víctimas con el afán de realizar unas compras  trayendo cien soles cada uno además de varios objetos para negociar y que no habiendo regresado a su pueblo ni dado noticias de su paradero durante días posteriores, muy contrariadas, decidieron venir personalmente a efectuar las averiguaciones correspondientes. Estando en esta tarea llegaron a saber que, Toribia Carhuaricra, domiciliada en el temido barrio de Puchuipuquio, durante la noche del 31 de octubre había escuchado gritos desesperados de auxilio que partían de la casa de Genaro Torres a donde ella había visto llegar a dos personas para alojarse. No obstante los desgarradores gritos, por natural temor, se mantuvo en silencio, no tomando actitud de defensa de las víctimas ni dado parte a la policía.

De esta relación se desprendió que ambos hombres fueron asesinados con el fin de robarles, siendo la lógica consecuencia ajustada a la verdad y a la lógica. Uno de ellos declaró que cuando los dos visitantes quisieron retribuir la invitación de los tragos, abrieron un envoltorio misterioso de donde extrajeron un billete de cien soles. Al ver que el paquete era grueso, supusieron que estaban cargados de plata y que éstos eran en realidad avezados abigeos que pululan por la zona. En ese momento deciden el robo. Cuando vieron que eran doscientos soles lo que tenían, ya era demasiado tarde. Ya los habían matado.

El día 4 de diciembre se realizó la diligencia para la exhumación de los cadáveres de las víctimas, constituyéndose en el lugar de los hechos el juez instructor, doctor Oscar Malpartida, los médicos, doctores Enrique Portal y Horacio Talavera; el subprefecto, José Antonio Languasco; el mayor de Guardias Alfonso Ruiz y el escribano, Francisco Castillo. Después de la marcha de más de una legua llegaron al cerro de Yanamate y en el lugar donde comienza una falda llegaron a una cantera, procediéndose a la exhumación del cadáver de Almerco que se encontraba en completo estado de putrefacción, vestido solo con calzón y cubierto con un poncho viejo, constatándose las visibles huellas de que había sido muerto a palos y pedradas, despojado después de sus vestiduras. Cuando el juez preguntó al acusado Torres por qué el cadáver de Almerco se hallaba a mucha distancia de la casa en la que había sido asesinado, contestó que ellos arriaron sus llamas con dirección a Yanamate y que fueron alcanzados cuando ya dominaban el cerro y que al verse perseguido se refugió en la cantera en cuyo lugar fue victimado. Preguntado dónde se hallaba el cadáver de Yupari, contestó que lo había sepultado en el cerro de Puchupuquio, por cuya razón tuvieron que regresar al lugar, encontrándose el cuerpo en una bocamina profunda por lo que tuvo que utilizarse muchas sogas para cumplir el cometido. El cuerpo mostraba innegables huellas de cruel tortura por parte de sus asesinos. Preguntado por qué Yupari había sido sepultado en este sitio, contestó que mientras victimaba a Almerco por, la falda, se escapó, siendo alcanzado en la profundidad de la citada bocamina, donde lo victimaron arrojándolo a la profundidad de la misma. Recuperados ambos cadáveres fueron remitidos al hospital para el correspondiente examen médico legal. Al este acto asistieron más de quinientos curiosos y los periódicos cerreños tuvieron material por mucho tiempo.

(FUENTE: LOS ANDES- periódico cerreño).

EL CRIMEN DE PUCHUPUQUIO

crimen de PuchupuquioLa fría tarde del 29 de noviembre de 1922, se presentaron a la comisaría del Cerro de Pasco dos apesadumbradas mujeres denunciando la misteriosa desaparición de sus maridos. Una dijo llamarse Eulogia Mendoza y, la otra, Tomasa Palacios. Afirmaban que desde los primeros días de noviembre habían desaparecido sus esposos, Angelino Almerco y Carmen Yupari. Que habían venido a realizar algunas compras en las tiendas cerreñas pero hasta ese momento no regresaban. Al no tener noticias viajaron a la ciudad minera para investigar dónde podían estar y después de mucho buscar descubrieron que se habían alojado en una de las casas del temido barrio de Puchupuquio, a las afueras de la ciudad. Esta era la última pista que tenían.

Con la denuncia y los datos proporcionados, el mayor de guardias Adolfo Ruiz, dispuso que el sargento, Demetrio Lavado, y los guardias, Moisés Rojas, Carlos Ávalos, Ernesto Sandoval y Pedro Ramos, se constituyeran en el lugar señalado por las mujeres. Al llegar al lugar, los policías rodearon la casa sospechosa y tras escuchar que dentro había una suerte de fiesta entre hombres y mujeres beodos, procedieron a romper la puerta, sorprendiendo a sus ocupantes: Genaro Torres, Teófilo Calixto, Luis Rojas, Martín Vargas, Rosas Povis y Felipe Torres. Llevados a la comisaría, Torres declaró que la noche del 31 de octubre había sorprendido a dos desconocidos que se estaban llevando treinta llamas de su propiedad; juzgando que solo no podría enfrentarlos, llamó a los otros hombres que en ese momento estaban reunidos y con ellos procedió a perseguir a los ladrones que huyeron aprovechando la oscuridad de la noche. Felizmente –dijo- los dos ladrones fueron alcanzados a orillas de Chaquicocha. Al ver que los ladrones no solo no mostraban arrepentimiento no obstante haber sido sorprendidos in fraganti sino que los insultaban se trabaron en una lucha terrible sin cuartel. Querían apresarlos para entregarlos a la policía pero ante la beligerancia de los ladrones, se les fue la mano y, los mataron. A uno de ellos lo sepultaron a inmediaciones de la laguna de Chaquicocha y, al otro, a un costado del horno de la calera que por allí funciona. Como fruto de los severos interrogatorios a que fue sometido, Felipe Torres, confesó que solo él era el culpable y que sus cómplices se dedicaron a mirar sin intervenir en ningún momento; es decir fueron mudos testigos de la salvaje golpiza que les propinó a los ladrones. Ninguno de ellos –aseguró- tenía culpa de nada.

Cuando fue interrogado Miguel Vargas dijo que el primero de noviembre por la noche, la señora Sotela Colqui, madre de Genaro Torres, le había llamado a su domicilio pidiéndole que se levantara para ayudar a su hijo que estaba persiguiendo a unos ladrones y que cuando llegaron al lugar en el que habían sido apresados, vio que los maltrataban atrozmente hasta llegar a matarlos y que, al verlos convertidos en cadáveres los sepultaron en los lugares antes mencionados.

Teófilo Calixto y los demás detenidos coincidieron con las declaraciones anteriores respecto del móvil del crimen y señalaron que el principal culpable era Genaro Torres por instigar a que los mataran a pedradas. Se estaba estableciendo que el asesino no solo era Genaro Torres sino todos los hombres y mujeres que en ese momento celebraba la “hazaña”. En cuanto a Nicanor Malqui se descubrió que era un avezado delincuente con amplio prontuario policial por lo que fue enviado inmediatamente a la cárcel de la selva de Pachitea.

Los que huyeron a las alturas de Chinche a poco de efectuar el execrable crimen fueron los individuos Aniceto García y Damián Colqui. Aseguraban que “con la conciencia intranquila después del asesinato, presa de terror y culpabilidad huyeron despavoridos”. Tras perseguirlos con saña y constancia fueron capturados para recluirlos con sus compinches en la cárcel pública del Cerro de Pasco. Pocos días después, todos rindieron sus instructivas tras la exhumación de los cadáveres.

Posteriormente, siendo entrevistadas, Eulogia Mendoza, esposa de Angelino Almerco y, Tomasa palacios, esposa de Carmen Yupari, refirieron que el 31 de octubre habían venido del pueblo de Tushi las referidas víctimas con el afán de realizar unas compras  trayendo cien soles cada uno además de varios objetos para negociar y que no habiendo regresado a su pueblo ni dado noticias de su paradero durante días posteriores, muy contrariadas, decidieron venir personalmente a efectuar las averiguaciones correspondientes. Estando en esta tarea llegaron a saber que, Toribia Carhuaricra, domiciliada en el temido barrio de Puchuipuquio, durante la noche del 31 de octubre había escuchado gritos desesperados de auxilio que partían de la casa de Genaro Torres a donde ella había visto llegar a dos personas para alojarse. No obstante los desgarradores gritos, por natural temor, se mantuvo en silencio, no tomando actitud de defensa de las víctimas ni dado parte a la policía.

De esta relación se desprendió que ambos hombres fueron asesinados con el fin de robarles, siendo la lógica consecuencia ajustada a la verdad y a la lógica. Uno de ellos declaró que cuando los dos visitantes quisieron retribuir la invitación de los tragos, abrieron un envoltorio misterioso de donde extrajeron un billete de cien soles. Al ver que el paquete era grueso, supusieron que estaban cargados de plata y que éstos eran en realidad avezados abigeos que pululan por la zona. En ese momento deciden el robo. Cuando vieron que eran doscientos soles lo que tenían, ya era demasiado tarde. Ya los habían matado.

El día 4 de diciembre se realizó la diligencia para la exhumación de los cadáveres de las víctimas, constituyéndose en el lugar de los hechos el juez instructor, doctor Oscar Malpartida, los médicos, doctores Enrique Portal y Horacio Talavera; el subprefecto, José Antonio Languasco; el mayor de Guardias Alfonso Ruiz y el escribano, Francisco Castillo. Después de la marcha de más de una legua llegaron al cerro de Yanamate y en el lugar donde comienza una falda llegaron a una cantera, procediéndose a la exhumación del cadáver de Almerco que se encontraba en completo estado de putrefacción, vestido solo con calzón y cubierto con un poncho viejo, constatándose las visibles huellas de que había sido muerto a palos y pedradas, despojado después de sus vestiduras. Cuando el juez preguntó al acusado Torres por qué el cadáver de Almerco se hallaba a mucha distancia de la casa en la que había sido asesinado, contestó que ellos arriaron sus llamas con dirección a Yanamate y que fueron alcanzados cuando ya dominaban el cerro y que al verse perseguido se refugió en la cantera en cuyo lugar fue victimado. Preguntado dónde se hallaba el cadáver de Yupari, contestó que lo había sepultado en el cerro de Puchupuquio, por cuya razón tuvieron que regresar al lugar, encontrándose el cuerpo en una bocamina profunda por lo que tuvo que utilizarse muchas sogas para cumplir el cometido. El cuerpo mostraba innegables huellas de cruel tortura por parte de sus asesinos. Preguntado por qué Yupari había sido sepultado en este sitio, contestó que mientras victimaba a Almerco por, la falda, se escapó, siendo alcanzado en la profundidad de la citada bocamina, donde lo victimaron arrojándolo a la profundidad de la misma. Recuperados ambos cadáveres fueron remitidos al hospital para el correspondiente examen médico legal. Al este acto asistieron más de quinientos curiosos y los periódicos cerreños tuvieron material por mucho tiempo.

(FUENTE: LOS ANDES- periódico cerreño).

La casita desolada (Huaino)

la casita desoladaAbatido de dolor y tristeza ante la ausencia del ser querido, de aquel que compartió el calor de las cuatro paredes de la casita minera, estremecido y con un hilo de voz, el cerreño musita acongojado

Mírala cómo ha quedado                           

            la casita desolada,                                      

            las flores que has cultivado,                                  

            toditas se han marchitado.                        

           

            Nadie podrá en el mundo

            impedir que yo te quiera,

            siempre habrá un juramento         

            aunque me cubra la tierra.

 

            Si pretendes olvidarme

            recuerda bien tu destino,

            si te persigue el olvido,

            siempre vas a recordarme.

LA MUERTE DEL CLOWN (Cuento)

Creador con amplio margen de capacidad creativa es MONONA -seudónimo con el que quería permanecer en el anonimato este escritor cerreño- incursiona en el cuento que fue publicado en EL MINERO de le fecha y nosotros lo publicamos con sumo agrado.

payaso

El circo rebosaba de gente, pero yo, gracias a la amistad que tenía con el empresario podía disponer siempre de una butaca.

La entrada general estaba apilada encima de bancos tan mal intencionados, que parecían puestos por algún sastre. Estos espectáculos siempre despiertan interés y alegría, permiten mucha variedad en el programa y el público asiste confiado sin temor a los efectos melodramáticos de un amante celoso, de un marido engañado o de un suicida, personajes que vienen obligados a realizar todas las calamidades que indica el autor de la obra.

Así lo creí yo, hasta aquella noche en que ciertamente me encontraba impresionable.

Habría jurado que los grandes arcos voltaicos suspendidos bajo la gran vela menos luz que las otras noches. Llegó a parecerme que se apagaban a cada instante y los gritos agudos de las amazonas que montaban los briosos y blancos corceles que me anunciaban una próxima desgracia.

Mucho se esforzaban los pobres animales más mi poca satisfacción hacía que los encontrara extrañamente asustados, sentía un gran mareo y me parecía que la orquesta mezclaba ponzoñosas y crueles notas en sus alegres pasos dobles; en fin en pocos instantes me pareció que en los innumerables ojos del público una próxima desgracia creí que mi fantástica alma presentía algo funesto y me decidí a abandonar el circo.

No sabré decir, si por una explicable coordinación de ideas o por el deseo que tenía de distraerme, yendo hacia la puerta, me acordé del famoso “Salto Mortal” que el clown que me había divertido en otras tantas ocasiones.

Me acerqué al portero con mi contraseña y el pregunté:

–¿Que ya no trabaja aquí “Salto Mortal”…?

–¿Cómo…no sabe lo que le sucedió la otra noches…?

–¿Qué noche…?

–La del martes…

–¿Se hizo daño…?

–El no..- Se interrumpió para atender a un señor alto y grueso que venía seguido de una multitud de personas y después de darles sus respectivos boletos, me contó que la hermana de clown había caído con tanta desgracia que los facultativos desesperaban de salvarla.

Viera usted al pobre hombre -me decía- tan alegre y divertido como era se ha vuelto en estos días muy callado y taciturno. Sentí vivos deseos de consolarlo. Con ese intento salí por la puerta falsa. El circo estaba instalado en un solar en venta en una especie de campo rodeado de casas y tapias. En el fondo había una barraca que servía de almacén, de despacho del empresario y habitación del portero, a continuación las cuadras de los caballos amaestrados y los carros y encima de todo esto, en el cielo azul, la luna alegre y risueña cual la cara de Pierrot.

Entré con mucha precaución en el corredor que conducía a la habitación de la pobre hermana de “Salto Mortal”, un viejo quinqué reflejaba su mortecina luz triste y agónica sobre la pobre cama: en ella estaba la enferma; la habitación despedía un olor tan fuerte de medicamentos que me faltó valor para cruzar la puerta. El clown estaba al lao de la enferme que le decía dolorosamente…

–Ahhh…¿Por qué me has seguido, debías de abandonarme como los demás y a estas horas serías un hombre feliz y un feliz padre de familia..

–¡María, María, no me hables así!. Me daba tanta pena pensar que andabas sola por el mundo.,…

–Bueno, sí; te has sacrificado por tu hermana pero tu hermana es una mujer y vale tan poco la pobre…!

–¡Calla, María, calla. El médico ha ordenado que estés tranquila.

–¡Es que yo quisiera cumplir con el deseo que teníamos…¿Verdad, Miguel que abandonarás esta vida..?

–Sí, sí la abandonaré- el payaso dio un tono sobrenatural a su palabras y después con tristeza continuó- Ahora que guardábamos algo y acabar esta temporada nada más.

–¿Te acuerdas de nuestra casita?…¡Tan alegre, tan bonita!…En setiembre se desocupa y nosotros no podemos ir…qué desgracia….

Quedó un rato triste y pensativo y después de largo silencio dejó como reuniendo todas las energías de su alma–¡Cúrate, María, Cúrate…!.

El quinqué despedía una luz próxima a apagarse así también del pecho de la enferma salían suspiros muy débiles que demostraban cuán próximo estaba su fin.

…………………………………

–¡Cúrate, María; Cúrate!

El pobre payaso apercibió inerte este cuerpo y con gran dolor se abalanzó sobre el cadáver de su hermana.

En aquel momento el contraste fue terrible.

La orquesta tocaba una alegre marcha llamando al público al tercer acto. El clown se arrancaba los cabellos en sus labios había las mismas muecas que tanto me habían divertido, pero esta vez tenían algo de horrible, de imponente. Ah con razón esta noche había yo encontrado mucho de fatídico en la orquesta.

El pobre “Salto Mortal” abrió el baúl, sacó zapatos, cascabeles, dinero, pelucas, todo lo revolcó por el suelo sin ver dónde lo tiraba; en sus desesperación parecía un loco.

La luz chisporroteaba, la sombre del payaso tenía algo del espectro de la muerte.

Por mi lado pasó un hombre disfrazado. Era el clown que se lanzaba a la sala de espectáculos.

Salí del corredor y vi al pobre hombre dar tres vueltas a la pista después de mirar al público que lo extrañaba, lo aplaudía con fuerza; aquella fue la mejor ovación de la temporada mientras el clown cruzaba la barra que sujetaba la vela para agarrase del trapecio donde estaba de donde cayó su infortunada hermana y dando un grito de “¡Viva la alegría! dio un tremendo salto mortal cayendo muerto delante de los espectadores.

Cerro de Pasco, 15 de abril de 1908.

MINEROS CERREÑOS DE LA GUARDIA NOCTURNA ENTRANDO EN LOS SOCAVONES (Estampas cerreñas)

Mineros cerreñosFotografía de un grupo de recios mineros cerreños entrando en los socavones de la compañía minera norteamericana. Están listos para cumplir con su “guardia nocturna” de once a siete. Van premunidos de sus protectores de cabeza en cuya saliente está fija la lámpara eléctrica que ha venido a reemplazar a la “Lámpara de carburo”. Alimentada por un pequeño aditamento tiene más fuerza lumínica que las anteriores pero no los alerta sobre la peligrosidad de los gases y otras contingencias mineras. La antigua lámpara de carburo alertaba a su dueño con un parpadeo característico que el oxigeno en la galería era insuficiente. En ese momento el minero cautelosamente abandonaba la galería para salvaguardar su vida. Cuando se alteraba el color de la llama, el minero sabía que en ese lugar había gases extraños que podían ser venenosos.

Este admirable grupo de hombres, como luciérnagas laboreras, se desplazaban por los intersticios de la mina para sacar los metales que servían para solventar los gastos de nuestro país. Allí dejan lo mejor de sus esfuerzos, por eso, cuando se retira de su tierra a otras latitudes, con el corazón sangrante expresa sus más recónditos sentimientos por la tierra bendita.

“Shilaco” Llanos un bardo popular de nuestra tierra entonaba muy triste esta canción que a la postre fue su adiós a la tierra que tanto había querido y honrado como trabajador, como deportista, como cantor. Este es su canto

Cuando salí de mi tierra                                                

una mañana lluviosa,                                                      

me encaminé a otros lares                                                         

junto con las avecillas…   

                                  

Lagunita Patarcocha,       

testigo de mis amores,     

recordaré tus orillas

y tus aguas cristalinas.

 

Pique Lourdes, bocamina,                                  

lugar de mis sufrimientos,                                                                                 

parte de mi vida queda                                       

en tus negras galerías.                                                                

 

Cerro de Pasco querido:

yo nunca te olvidaré

dentro de mi alma llevaré

cada una de tus  calles.

Me voy, me voy de mi tierra

con el alma acongojada,

mi corazón sangra y llora,

por lo lejos que me encuentro.

 Mi homenaje de gratitud y afecto a estos mineros cerreños que a lo largo de centurias se han sacrificado par darle a nuestro país una exitosa solvencia económica.

Doctor Juan José Vega Bello (Segunda parte)

Fotografía de la presentación del segundo volumen de PUEBLO MARTIR en la sala de sesiones del Club Departamental Pasco. El libro fue presentado por el doctor Juan José Vega Bello, acompañado en la fotografía por el maestro de ceremonias Sr. Julián Cuenca Chamorro y el vicepresidente de la institución.
Fotografía de la presentación del segundo volumen de PUEBLO MARTIR en la sala de sesiones del Club Departamental Pasco. El libro fue presentado por el doctor Juan José Vega Bello, acompañado en la fotografía por el maestro de ceremonias Sr. Julián Cuenca Chamorro y el vicepresidente de la institución.

¿Y quién fue Juan José Vega Bello?

Juan José Vega, Historiador y cronista destacado, estudioso de múltiples aspectos de nuestra identidad cultural, artística y gastronómica, es una de las reservas intelectuales más ricas del siglo 20. Sus escritos son material de consulta en diversas escuelas sociológicas, culturales y periodísticas por su versación y amplio rango de influencia. Su fallecimiento, ocurrido en el año 2003, fue motivo de sentidas columnas de diversos personajes del ámbito educativo y cultural. Su nombre es sinónimo de rigor académico y amor por el Perú, atributos que han sido entendidos por diversas instituciones educativas de Lima. Pero, como suele ocurrir, su trayectoria e importancia es injustamente ignorada por grandes sectores de nuestra sociedad. Por eso, en este nuevo capítulo de nuestra serie de biografías nos preguntamos ¿y quién fue Juan José Vega Bello?

Juan José Vega Bello nació en Lima, el 13 de setiembre de 1932, y falleció también en Lima, el 8 de marzo de 2003. Fue uno de nuestros más notables historiadores, catedrático universitario de renombre y relevante periodista Estuvo casado con Carmela Miranda.

Su magistral proyecto historiográfico se centró básicamente en el final del Imperio de los Incas y su conquista, aunque también estudió integralmente la Gran Revolución Libertadora de de Túpac Amaru II y Micaela Bastidas Puyucawa, a la que consagró su monumental obra en 2 tomos.

Juan José Vega Bello 2Innovó la exposición histórica sosteniendo que esta debía darse en un estilo sencillo y ameno, al alcance del entendimiento de todos. En el periodismo fue, desde 1959, colaborador del diario El Comercio, editor de su Suplemento Dominical, y luego editor de temas políticos (1961). Como docente dictó, en San Marcos, el curso Historia del Derecho, reemplazando a su maestro, el insigne historiador Jorge Basadre. Asimismo, ejerció la Dirección de la II Región de Educación (1963-1964) y la Dirección de Coordinación de Universidades y Municipios (1965-1966), en el Ministerio de Educación. Militante del partido Acción Popular, fue elegido Diputado en las elecciones generales de 1962, que fueron anuladas por el golpe militar. Asimismo, fue electo Alcalde de Miraflores, en 1967, cargo al que renunció. Fue presidente del X Congreso Internacional del Hombre y la Cultura Andina, en 1994. En mérito a su labor docente, el Ministerio de Educación le otorgó las Palmas Magisteriales en el grado de Comendador.

Entre nuestra institución y el genial historiador y maestro existió una entrañable relación signada por la fraterna amistad y mutua colaboración. De ella evocamos tres acontecimientos memorables:

El 4 de octubre de 2002, en el marco del Día Mundial de los Docentes (5 de Octubre), fue condecorado por Derrama Magisterial con la primera Medalla de Honor José Antonio Encinas, máxima distinción institucional otorgada, en vida, a quienes con su ejercicio profesional y humanismo social marcan hitos en el devenir de nuestra educación y cultura nacionales.

(Fuente: Informativo de la Derrama Magisterial – Lima Perú)

Doctor Juan José Vega Bello

Juan Jóse VegaLo conocí la tarde del 29 de diciembre de 1963. El Congreso de la República acababa de ofrecernos su  solemne promesa: En 1965 tendríamos oficialmente instaurada la Universidad Autónoma por la que habíamos luchado. Tras ese logro histórico nos echamos a descansar de la larga travesía de siete días en los que casi no habíamos dormido. Recuerdo, como si fuera ayer, que con el cuerpo maltrecho y un sueño acuciante me tiré a descansar sobre un magro colchón en uno de los salones del Colegio de Guadalupe. No puedo asegurar el tiempo que estuve dormido hasta que escuché  apremiantes llamadas, fuertes cachetadas, abundantes ramalazos de agua helada sobre mi rostro y una  tremenda restregada de mis orejas. No obstante aquel suplicio no podía despertarme. Alguien tuvo la idea de traer café cargado y me hicieron beber aquel menjunje que más  parecía brea cargada. Insípido y agresivo. Cuando logré abrir los ojos, vi el rostro desesperado de Carlos Minaya Rodríguez, Alcalde del Cerro de Pasco –gran amigo- que en su condición de representante de Acción Popular en Pasco, había conseguido una cita especial con el flamante Ministro de Educación, doctor Francisco Miró Quesada Cantuarias que nos estaba esperando.

Cuando llegamos a su Despacho, recibimos su saludo muy especial escuchando con mucha atención el problema de nuestra filial que acababa de ser cerrada. Al finalizar, nos hizo entrega de un cheque para solventar los primeros gastos del año lectivo de 1964 porque –nos dijo- al instaurarse en 1965, ya tendría su presupuesto estructurado. Acto seguido nos comentó que como las gestiones de su cargo eran  numerosas y no podría estar con nosotros continuamente, nos presentaba al doctor Juan José Vega Bello, joven profesor que se desempeñaba como Director Regional de Educación de Lima, quien estaría con nosotros  en su representación todo el tiempo que fuera necesario. Desde ese momento nació entre nosotros una estrecha amistad nacida de mutua admiración y respeto. Él nos acompañó a los ministerios correspondientes y a otras reparticiones gubernamentales para finiquitar las gestiones relativas a la próxima inauguración de nuestra flamante universidad.

Cuando se enteró que desde tiempo atrás estaba empeñado en escribir la historia de mi tierra me brindó su más amplio apoyo, atinadas sugerencias y continuas revisiones de lo que trabajábamos. Nuestra correspondencia se hizo continua y muy pródiga.

Cuando estuve en Lima, reiteradamente me invitó a “Radio Nacional” para conversar en su programa acerca de diversos tópicos de su especialidad. Conocedor de la historia del criollismo, muchas veces alternamos con ese gran amigo que acaba de dejarnos, Manuel Acosta Ojeda, o con Carlos Haire, Nicomedes Santa Cruz y otros criollos notables. Me contactó así mismo con muchos otros historiadores nacionales. Tenía una fabulosa biblioteca especializada donde encontramos los trabajos más importantes de los cronistas con numerosas descripciones del mundo andino; las crónicas de los innumerables y valiosos personajes europeos que nos visitaron, su selección le permitió escribir un libro sobre el tema que el vicerrector de nuestra universidad publicó.

Fue un fraternal compañero de ruta al que le estoy muy agradecido. Los últimos años me recibía con mucho cariño en su casa de Miraflores donde nos pasábamos horas enteras conversando sobre historia. Entre otras cosas, por ejemplo, puntualizaba que en nuestro himno patrio además del coro se cantaba la estrofa primera estrofa que afirmaba “largo tiempo el peruano oprimido” había arrastrado una cadena condenado a cruel servidumbre, hasta que se sacudió de la indolencia de esclavo y levantó la humillada cerviz. Por eso ponía especial énfasis en afirmar que la primera estrofa de nuestro himno patrio era humillante por apócrifo y que ya había iniciado una campaña para erradicarla del contexto general. Pasados los años –como estamos viendo- lo logró.

En otros momentos, buen gourmet como era, preparaba excelentes platillos, especialmente de lugares que había visitado en sus frecuentes viajes al extranjero. Era un conversador colosal. Sostenía que la historia se debía narrar con toda naturalidad y simpleza, sin hacerla intrincada ni difícil. Consejo que siempre observé en mis trabajos que él, con una conmovedora persistencia, seguía de cerca. Su afecto fue tal que, de los veinte libros que escribí en el lapso de nuestra amistad, en dieciocho estuvo conmigo, alentándome con sus palabras y su compañía. Los últimos dos ya no recibí ese honor porque nos había dejado.

Recuerdo que faltando muy poco para dejarnos, me informaba que había sido operado por el doctor Cavieses -extraordinario neurocirujano- y que se encontraba muy bien. Y aquella tarde, cuando me retiraba de su casa, me alcanzó una caja llena  de libros. “Estos libros te van a ser necesarios, léelos, César” me dijo. Fue la última vez que lo vi. Se fue el 8 de marzo del 2003 dejándonos el recuerdo de su enorme personalidad y su inquietud por el futuro del Perú. Quiso mucho al Cerro de Pasco.

ATOJ HUARCO (Leyenda)

Atoj huarcoA la vera del viejo camino carretero que unía al Cerro de Pasco con la hermosa ciudad de los Caballeros de León de Huánuco existía un puente que cruzaba el bullente Huallaga justo donde el camino entraba en un recodo estrecho y peligroso. Aquí acaeció, en tanto tuvo vigencia, muchos accidentes fatales. En la parte alta de esta fatídica curva rocosa, se podía ver muy claramente, a un zorro petrificado colgando del cuello. La tradición oral se encargó de ir transmitiendo, generación tras generación, la siguiente leyenda para explicar su extraña formación.

Aseguran que mucho tiempo atrás, sobre el farallón por donde se extendía el viejo puente, existía un pueblecito pintoresco y pacífico cuyos habitantes vivían de la generosa producción de sus chacras y la atención de su abundante ganado. Sus vidas, libres de apremios y problemas, transcurrían en medio de una apacible quietud. Las gentes muy sencillas, creyentes y trabajadoras, se trataban unas a otras con una conmovedora y estrecha familiaridad. Todo transcurría feliz y plácidamente hasta que un día, ante su asombro, apareció un grotesco personaje que fue a vivir como un demonio -heraldo de la maldad- en una sombría caverna de las alturas desde donde podía dominar ampliamente el panorama de aquel pueblo pequeño.

Su rostro fiero, sanguíneo y anguloso, tenía la viva similitud con un zorro rapaz, su pelambre rubia y completamente erizada, hacia más terrible su faz torva y tumefacta. De cuello de buey y amplias espaldas, tenía un andar simiesco con el bamboleo de sus grandes brazos y gigantescas manos. La indumentaria que cubría su cuerpo descomunal era de un negro grasiento y repugnante

Muy pronto el miedo de la gente indefensa se trocó en terror cerval. Este monstruoso engendro, aprovechando la oscuridad de la noche, efectuaba rápidas incursiones en el pueblo para llevarse las ovejas más gordas y las gallinas más grandes. Como la multitud pacífica no podía hacer nada para evitar sus tropelías, la osadía del personaje creció amenazadoramente hasta llegar sus latrocinios a plena luz del día. Por su enorme parecido físico y su costumbre de hurtar animales -ignorantes de su verdadero nombre- terminaron por denominarlo ATOJ (zorro).

  • ¡ATOJ MISHICAMUN! (¡El zorro viene¡)- era el grito que cualquier campesino largaba al ver el inicio de las correrías del misterioso personaje. En ese momento lo abandonaban todo y se encerraban en sus viviendas presas de un terror indescriptible. Los hombres, claro, se encontraban trabajando en el campo.

Entre los más asustados habitantes del lugar, había un matrimonio que tenía una preciosa hija de dieciocho años de hermosos ojos negros y grácil caminar, llamada Herminia. A la sola mención de Atoj la pobre muchacha enmudecía y se llenaba de pavor temblando como una hoja.

Sucedió que un día que Herminia se encontraba sola en su vivienda atareada en la preparación de los alimentos, horrorizada vio aparecer la figura del Atoj en el quicio de su puerta. Sus ojos como las moras se abrieron espantados en tanto su rostro capulí se tornaba lívido. Sus manos trepidantes cubrieron instintivamente sus labios carnosos y el torno armónico de sus piernas comenzó a perder fortaleza. Sin embargo, impulsada por la grave situación en la que se encontraba, reunió las pocas energías que le quedaban para propinar un empellón al monstruo y salir huyendo a campo traviesa. No fue muy lejos. Impelido por una torva y apremiante lujuria, el Atoj le dio alcance. Cuando el monstruo comenzó arrancarle las telas de su corpiño y hacer jirones sus vestiduras, Herminia se desmayó.

Cuando despertó, claramente, se dio cuenta de su desgracia. El atoj dormía a su lado muy rendido. Ni siquiera lloró la muchacha. Sintiendo todo el peso de su deshonor, rápidamente tramó su venganza. Abrazó fuertemente al atoj y se impulsó de tal manera que ambos rodaron pendiente abajo. El cuerpo de ella cayó desde la altura rompiendo la quietud de las aguas del Huallaga. El atoj sorprendido, en todo momento trató de salvarse, pero no pudo. La hierba de la que se trataba de sujetarse fue enredándose en el cuello y, cuando terminó el abismo, quedó colgando ahorcado. De ahí su nombre: Atoj huarco

Aseguran que Dios, para castigar su maldad, lo convirtió en piedra en tanto ella, yace en un mundo de paz dentro del agua; por eso cuando se mira detenidamente el discurrir del agua desde el puente, se ve aparecer la imagen de Hermicha, rodeado de una aureola de espuma, semejante a una corona de rosas blancas.

Descripción del Perú Por Thaddaus Peregrinus Xavier Haenke (Tadeo Hanke). (1799)

Este ilustre sabio que vivió en nuestra tierra por un tiempo, dejó acertadísimos testimonios de su importancia económica e histórica, como lo pueden ver en nuestro Libro PUEBLO MARTIR “Historia del Cerro de Pasco” Sección Biografías, nació el 6 de diciembre de 1761 en Kreibitz, Bohemia (hoy Checoslovaquia). A continuación un fragmento de los que habla de nuestra tierra.

La rica villa de Pasco, situada en una puna muy rígida, no produce en todo su distrito, Tadeo Haenkepor su demasiada intemperie, ni granos ni semillas, y solo tiene proporción para la cría de algún ganado; mas esta escasez de mantenimientos ha sido recompensada por la naturaleza con la grande copia de sus ricos minerales. Así, no obstante la aspereza del clima, es una de las más recomendables poblaciones del reino, tanto por su crecido vecindario, como por el mucho dinero que circula y hace todo el fondo de su comercio. Éste presenta en dicha villa el espectáculo más agradable a la contemplación de los curiosos, pues se ve llegar a los vecinos de Jauja a expender sus harinas, a los de Conchucos que vienen con el mismo destino y con el de dar salida a la ropa que labran en su país, no obstante que también los de Huamalíes conducen los suyos; a los de Huaylas, cuya importación principal se compone de azúcar; a los de Huánuco, que conducen la coca, chancaca, mieles, granos y frutas; y a los de Cajatambo y Chancay, que transportan el ingrediente tan necesario de la sal. A esto se agrega el comercio diario de dos mil mulas, empleadas en la conducción de metales, cuyo trabajo se paga siempre en dinero descontado, reportando sus dueños de esta suerte ganancia ventajosa, siendo el alma de todas estas negociaciones la prosperidad de la mina que se halla a dos leguas de Pasco, y es en el día la más apreciable de todo el reino; por cuya razón nos detendremos algún tanto en su historia y descripción. El descubrimiento de este rico mineral de Pasco, que propiamente se llama cerro de San Esteban de Lauricocha, se puede fijar próximamente por los años de 1630, y se debe a la casualidad. Un indio llamado Huari-Capacha, apacentando su rebaño por aquellos collados, se vio precisado para pasar la noche a abrigarse al respaldo de uno de ellos; encendió una gran hoguera, y quedó sorprendido al amanecer cuando vio entre las cenizas unos granos de plata fundida. Contra la costumbre de los de su nación, participó esta novedad a don Juan José Ugarte, hacendado en la quebrada de Huariaca, quien paso a reconocer el cerro, y en el mismo paraje en que el fuego había derretido los metales abrió diversas bocas-minas, y las fue explotando con la mayor facilidad y abundancia. La fama de la mina atrajo muchos españoles, y se erigió un pueblo.

 En aquellos tiempos había en la provincia de Conchucos una caja real para la dirección de unas ricas minas de plata; pero habiéndose arruinado éstas por los años de 1568 a 60 se transfirió a Huánuco la real caja, y de allá a la villa de Pasco, que dista dos leguas del cerro Lauricocha, el año de 1699: y en el de 1785 quedó suprimida la que había en Atunjauja, y se agregó a la caja real de Pasco que existe en el día con su contador, tesorero y los oficiales correspondientes. No se saben los primeros progresos de la mina, y solo sí que este mineral sufrió la misma calamidad que suele ser común a casi todos, aguándose la mayor parte de las minas y quedando éstas inservibles. Don Martín de Retuerto, dueño de la mina llamada particularmente de Lauricocha, dio un socavón (y fue el primero que hubo en el mineral) dirigido al sitio de su posesión. Sus consecuencias fueron felices al principio; pero muy luego dejaron de serlo, porque la inundación imposibilitó casi del todo el trabajo, padeciendo igual fatalidad otros mineros que emprendieron después la misma tentativa. El cónsul don José de María y Ascas dirigió otro socavón al mismo pasaje, en el año de 1758, y lo concluyó en 1760, consiguiendo plenamente su intento. Sólo esta mina rendía anualmente de sesenta a ochenta mil marcos; pero, habiendo muerto este benemérito minero, se desplomó y aguó otra vez aquella mina y sus adyacentes. En el día el marqués de la Real Confianza y otros agregados están dando un nuevo socavón, y a costa de grandes gastos y de una confianza inalterable miran ya pronta la época de ver realizadas sus esperanzas. Los metales de estas minas son unos mitos azulados y cenicientos, de fácil saca y de facilísima molienda. Su ley es de ochenta a cien marcos, y esta riqueza les es como exclusiva. Este cerro mineral se compone de los tajos de Santa Rosa y Lauricocha, del de Yanacancha, Caya, Chaupimarca y Pariajilca. El tercero, aunque de metales ricos, no está muy trabajado, por haber dado en agua desde sus principios. Se intentó desaguarlo por medio de un socavón, y lo mismo se pensó hacer con el Caya; pero la desunión de los interesados ha hecho suspender varias empresas. Los metales de este cerro, en general, son pocos, y regularmente de color amarillento con pintas rojizas, dóciles a la barreta, a la molienda y al beneficio. Su ley constante, es de seis a doce marcos por cajón. El mineral es una capa o banco vulgarmente llamado manto real, por el cual cruzan vetas como una parrilla. Los cerros metalíferos acompañan a la Cordillera Nevada a distancia de legua y media, y en lo alto del terreno metálico hay una laguna que, con otras varias formadas por la confluencia de las aguas llovedizas, son las que proporcionan la molienda.

 En el año de 1789 se extrajeron de quince a dieciséis cajones de este metal, y se fundieron muy cerca de ciento veintidós marcos; pero en el año de 1793 se han fundido, en la real caja de Pasco, 1325 barras de este mineral de Lauricocha con 234.942 marcos 5 onzas, cuyo valor asciende a 2.016.703 pesos 3/8, y dejaron a S. M. por ambos derechos de cobros diezmos, 231.283 pesos 6 reales 1/2. En todo lo restante del partido se hallan minas de carbón, de cobre, algunas de plata, y en el cerro de Yanaurco muchos indicios de azogue, según el prolijo examen que hicieron de este paraje los inteligentes don José Coquete y don Santiago de Urquizo, en el año de 1785. Este punto merece toda la atención del gobierno, y principalmente el aprovechamiento del azogue. Las demás doctrinas y pueblos del partido no merecen particular atención. Todos ellos están situados por la mayor parte en las cimas o faldas de los cerros, sin el menor orden, y con unos ranchos mal formados.