LA AVIACIÓN EN EL CERRO DE PASCO (Quinta parte)

ICARO por Esteban Pavietich

Aviacion en Cerro de Pasco 7Sería porque nació a 4,000 metros sobre el nivel del mar, para ser precisos en el Cerro de Pasco, o porque trajo al mundo en el torrente de su sangre mestiza, esa singular proclividad, lo cierto es que le obsedía la altura. En los primeros años de sus adolescencia, la mayor de sus fruiciones consistía en aventurarse por las mondas, hoscas, pardas montañas millonarios de metales que circundan la ciudad minera. Insensible a las bajas temperaturas, a las ventiscas, al soroche y a los peligros que dormitan en grietas y despeñaderos, realizaba sus osadas ascensos con la naturalidad de quien pasea por una calle, desprovisto en absoluto de las prendas usuales para el alpinismo. Así solía alcanzar las altas cumbres fustigadas por los vendavales, perdidas entre masas de aborrascadas nubes, batidas por las tempestades, gustando la inefable dicha de sentir su rostro joven azotado por los vientos helados, de hundir las manos en las vítreas aguas de los deshielos, de extasiarse – en las tardes calmas con la magia escarlata de los arreboles. En ocasiones, sentado sobre un peñasco de detenía a contemplar, durante largas horas, las lentas evoluciones de algún cóndor solitario que planeaba en la inmensidad con sus poderosas alas extendidas. Pero, por sobre todo, sentía encabritarse su emoción cada vez que dominaba un nuevo picacho cada vez que ampliaba su personal geografía con la conquista de una nueva cumbre. Entonces, su inquieto corazón latía violentamente, un estremecimiento voluptuoso le recorría el torso y afloraban a sus ojos lágrimas de gozo.

Pero sus arriesgadas excursiones se fijaban metas cada vez más distantes y sus ausencias de la casa paterna -y también del Colegio- tomábanse cada día más prolongadas. Ninguno de sus compañeros de la misma edad que él – ni aún los mayores- se había atrevido jamás a acompañarle en estas frecuentes aventuras en las que a cada instante ponía en juego su vida. Y fueron, posiblemente, sus largas inmersiones en las ariscas soledades de las montañas, la costumbre de los soliloquios y la necesidad de valerse por sí mismos, frente a riegos y peligros, factores que determinaron el cambio fundamental que se había venido operando en su carácter. Quienes lo conocían, se extrañaban ahora de su talante huraño, de su ensimismamiento, de esa sensación de algo flotante que dejaba a su contacto. Paralelamente, su cuerpo se endurecía con el constante ejercicio, la vida a la intemperie retostaba su tez y sus pulmones se adaptaban, cada vez mejor, a la atmósfera enrarecida de las alturas.

Minero el padre, e hija de comerciantes la madre, hería el practicismo de ambos el rumbo por el que se orientaba la mocedad del hijo único. Y resolvieron influir en él, enviándole a Lima con el pretexto de que culminara en la capital, su educación secundaría. Pero al segundo día de su arribo a la gran ciudad, se aprestaba muy de mañana a tomar el desayuno, cuando le pareció percibir el ruido vago, sostenido, lantano que precede a las granizadas andinas. Al acentuarse aquél convirtióse en una suerte de bronco bramido antes jamás escuchado por él, lanzóse desaforadamente al balcón de su alcoba, escrutando el cielo con ávida, curiosa mirada. Allá por el lado de San Cristóbal una lanzadera metálica, resplandeciente a los rayos del sol tempranero, se desplazaba gallarda, lentamente en el espacio. Supo que estaba contemplando por primera vez, en su vida, un avión en vuelo. Y supo asimismo, que en ese instante acababa de definirse, inapelablemente, su destino. Ahora sí que podía ahitarse de alturas.

El cadete Gastón Quirós constituyó, durante los breves años de permanencia en la Escuela de Aviación de Las Palmas, motivo de constante preocupación. Temerario, desosegado, impetuoso, precisaba de una especial vigilancia para impedirle apresurar, por sí mismo, las etapas de aprendizaje. Asombraba por su rápida comprensión de la complicada mecánica de los motores; por su extraordinario sentido de utilización -todavía teóricamente- de los complejos instrumentos de navegación; por su prontitud para resolver los más abstrusos problemas de matemáticas y física y, también por su tremenda resistencia para el trabajo. Era -no cabía duda- un caso auténticamente irrevocable de vocación. De allí que cuando realizó el primer vuelo, en compañía de su instructor, el aparato en que lo hiciera no poseía para él misterio alguno.

Meses más tarde, volaba solo como un veterano. Cuando se instalaba en el puesto de comando, se aseguraba el paracaídas, acomodaba los anteojos y tomaba entre sus manos los controles, se le veía parte, de regreso a la tierra trayendo sus jirones envueltos en el fuselaje. O, sobrepasando la autorización que le otorgaban, extremaba acrobacias. Otras veces experimentaba despegues con viento en los laterales o en terrenos escabrosos; aterrizaba con el motor a media potencia, o en campos arbolados. Su amor por la carrera, su pericia, su osadía que todos admiraban, podía mucho en el suavizamiento de las penas que se ganaba con sus desorbitamientos.

Cuando, no bien graduado de alférez, lo destinaron a la base aérea de Chiclayo, sintió que un mundo de inéditas sensaciones se ofrecía a sus ansias. Supuso que allá las restricciones serían menores y la camaradería entre oficiales un amortiguador para su insumisión a los reglamentos. Y partió de Lima una mañana, piloteando un inestable y veloz aparato de caza. Ese pobre día sobrepasó, en mucho, la altura prescrita para el vuelo y se desvió de la ruta. Quería despedirse, así no fuera más que con la mirada, de los macizos glaciares de los Andes Centrales, en uno de cuyos desgarrones se hallaba afincado su nido de aguilucho: el Cerro de Pasco.

Para decir verdad, el nuevo ambiente le satisfizo. Halló en la base aérea un grupo de mozos jocundos, cordiales, embriagados de vida, como suelen estarlo todos aquellos que la arriesgan con frecuencia. Aprisionado entre el mar y el desierto, con los cuales él resistía a intimar por su chatura, disponía de las horas de vuelo de cada día para sus fugas al espacio, arriba de las nubes. Así transcurrieron varios meses entre la rutina del servicio y sus huidas al cielo.

Aquella mañana en la que el alférez Quiroz, cumpliendo un vuelo habitual, exploraba el desierto de Sechura, hacia un tiempo espléndido. Crepitaba el sol en el cielo pródigo de ozono. No soplaba la más leve brisa. Miró abajo, a la derecha, la inmensidad del mar separada por una cenefa de espuma ese otro mar de arenas calcinadas, ocre, formada por la llanura de una expectante monotonía, apenas moteada aquí y allí por montículos de la única planta capaz de medrar en tierras muertas: el algarrobo. Al fondo se dibujaban los primeros contrafuertes de los Andes, semejando una manada de paquidermos.

De pronto, el fino oído del piloto empezó a captar un sospechoso ruido en el motor, al principio casi imperceptible, que se fue acentuando, luego rápidamente. Acostumbrado a repentinas decisiones, puso inmediatamente el avión en ángulo de planteo, orientándose en dirección opuesta al viento, tratando de realizar un aterrizaje de emergencia. Cuando se hallaba a penas a unas decenas de metros el suelo llevó violentamente el acelerador a la posición de mínima potencia, nivelando la máquina para el descenso. Más en vano trató de tirar del bastón de comando. Un estruendoso, tremendo impacto, paralizó su acción. Apenas si, semi inconsciente, tuvo alientos para dirigir una angustiosa mirada a la llave de combustible que se hallaba abierta. Esperó una explosión que milagrosamente no se produjo. Y perdió el conocimiento.

Nadie – ni él mismo- podría decir cuánto tiempo permaneció hundido en un mundo de tinieblas. Empero al cabo, recobró una débil conciencia de las cosas. De lo primero que pudo darse cuenta fue que se hallaba prisionero en la cabina, entre los restos del aparato. Miró bizqueando, hacia la izquierda. En forzosa posición, el hombro de ese lado se había levantado a la altura de la cabeza, interceptándole la mirada. No le fue difícil comprender que tenía fracturada la clavícula. Sentía a lo largo de la columna vertebral una sensación parecida a la que produciría el contacto con una corriente eléctrica. Se esforzó por mover el lado derecho, pero éste se encontraba atrapado por los escombros.

Un dolor profundo le martillaba la cabeza, de la que se escurría sobre el rostro un hilillo de sustancia tibia, pegajosa como un jarabe. Seguramente había transcurrido varias horas desde que se produjera el accidente porque pudo observar empavorecido, que el viento e apresuraba a sepultar los restos de la nave formando un incipiente médano con la arena fina movediza, arrastrada por el soplo. Sobreponiéndose a sus agudos dolores empezó a desembarazarse con la mano izquierda moviéndola como una débil aleta, de la más ardiente que amenazaba cubrirle. Latía sus arterias con poderosos martilleo, se le nublaba la vista y un frío de agonía de apoderaba de su martirizado cuerpo. Pero no había de finalizar allí su tormento, poco a poco percibió que algo se agitaba revoloteando sobre su cabeza, un batir de alas y breves graznidos. Comprendió que los gallinazos, atridos por el acre olor de la sangre que se escurría por el rostro, se empeñaban a anticiparse a su conversión en carroña. Alguno de los pajarracos, el más audaz, se aventuraba en momentos impulsivos a alcanzar sus ojos con el duro pico. Ahora su estropeada mano siniestra, debía defenderlo, de los saltos insistentes de las aves.

Nuevo Prometeo encadenado, el alférez Quirós había soportado ya muchas horas, multiplicada en el reloj de su desesperación, horribles torturas. Y sabía que se aproximaba el límite de la capacidad de sufrimiento humano.

«Lo importante es no dejarse vencer, no pensar en nada para ahuyentar el espectro de la locura», se repetía mentalmente, un y otra vez con voluntariosa persistencia.

            De golpe se desplomó la noche. Señoreó sobre la llanura un mortal silencio. El dolor traba implacablemente sobre los huesos y los músculos des desventurado. Una sed {roturaste había reducido su lengua a la calidad de un reseco estropajo. Con la mecánica tenacidad de un limpiaparabrisas, su mano izquierda seguía rechazando la lenta inexorable invasión de la arena.

Con la madrugada floreció para él una esperanza, al primera. Un lejano ruido de motores acarició sus oídos. Era evidente que sus compañeros de la base lo buscaban. Pero no ignoraba que en la vastedad del desierto, tenía que hacerles menos que imposible localizar el avión destrozado, casi inidentificable entre las manchas de algarrobo. «No pensar en nada.. no pensar en nada… se repetía ansiosamente Hasta que al fin una máquina aterrizó en sus proximidades. De lo que aconteció después se enteró al abrirlos ojos en Talara.

FIN.

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