DON EULOGIO FERNANDINI DE LA QUINTANA (Primera parte)

Rindo mi homenaje personal de admiración y gratitud al destacado minero peruano que, como nadie, tuvo la generosidad de contribuir con generosos aportes económicos para el progreso de nuestra ciudad. Siendo Presidente de la Beneficencia Pública, regaló con los primeros rayos X traídos de Alemania directamente a nuestra ciudad (Los primeros en Sudamérica) y, todo el tiempo de su permanencia en nuestra tierra aportó significativamente con los gastos del Hospital Carrión. Comandante honorario de la Benemérita Compañía de Bomberos, siempre se preocupó por su progreso material y cultural. Sus generosos óbolos fueron muy significativos para nuestra patria querida. Aunque parezca mentira, el pueblo que tanto recibió de su ayuda y su entereza no tiene ni siquiera una calle con su nombre. Hasta las tumbas de sus cuatro hijos sepultados en nuestro cementerio general fueron destrozadas. Hicieron añicos la hermosa cobertura de mármol de Carrara que tenían. No es tarde, nuestro pueblo todavía puede reivindicarse y reconocer su generoso apoyo. Es tiempo de que deje de ser ingrato  con los hombres valiosos –propios y extraños- que acunó en su seno.

Eulogio FernandiniNació en la cálida ciudad de Ica, el 13 de setiembre de 1860. Fue su padre, el Presidente de la Corte Superior de Justicia del Cerro de Pasco, don Erasmo Fernandini,  y su madre, doña Ignacia de la Quintana, descendiente directa de los marqueses de Campo Ameno y Soto Hermoso. De niño fue enviado a Alemania donde cursó sus estudios primarios,  secundarios y universitarios, culminándolos con la obtención del título de  Ingeniero de Minas, en la Universidad de Berlín.

Los que los conocieron -especialmente don Herminio Arauco, hermano de mi abuelo materno- contaba que don Erasmo Fernandini, era un brillante  jurisconsulto que despachaba en la ciudad del Cerro de Pasco, pero no obstante ser cumplido y destacado profesional, miembro de los más exigentes clubes citadinos, era un jugador que se distraía con los vaivenes de las mesas de juego. Aseguraban que en una interesante velada en la que se había jugado ingentes cantidades, llegó a perder todas sus pertenencias. Ante su enorme desgracia, pidió a sus rivales  no arrebatarle sus emolumentos porque con ellos solventaba los gastos de estudio de su hijo. Aseguraba –como garantía de caballero- que a su llegada, sería su hijo el que cancelaría la deuda con toda puntualidad. El pedido fue aceptado plenamente. Todos, respectados caballeros, estaban seguros que la promesa se cumpliría.

Cuando en 1882 Eulogio Fernandini de la Quintana retorna al Perú, fija su residencia en el Cerro de Pasco con el fin de laborar en una de las tantas compañías mineras del lugar y, pagar de esa manera, la cuantiosa suma que había perdido su padre. Para entonces, dueño de las antiguas minas de Colquijirca, era el catalán Manuel Clotet Matamoros, que lo contrata con gran entusiasmo. Es natural. Eulogio Fernandini traía no sólo los últimos conocimientos de la minería moderna sino también su responsabilidad y marcado afán de trabajo.

El devenir de los días fue revelando su capacidad laboral y don de organización que, en poco tiempo, puso de vuelta y media a la minería cerreña. Don Herminio Arauco Bermúdez, hermano de mi abuelo materno que lo conoció ampliamente y gozó de su amistad, nos asegura que “Eulogio vivía prácticamente dentro de las galerías mineras y sólo salía a tomar sus alimentos y a dormir en su alojamiento. Estaba ensimismado con el trabajo minero. Sentía como responsabilidad perentoria el resarcir todo el descalabro que había dejado la soldadesca chilena que en julio de 1881 en la minas y en la ciudad. No sólo las había destruido sino que se habían llevado cuanto de  valioso encontraron en los yacimientos. Había que trabajar con empeño. Hasta ese momento nadie había visto un hombre así, entregado a la producción minera, prodigándose sin ninguna mezquindad. En poco tiempo, todo lo transformó. Los hombres guiados por su tenacidad, con mucho agrado le siguieron los pasos y la producción de las minas aumentaron notablemente”. Tuvo que ser enérgica la orden que don Manuel Clotet le hizo llegar para que atenuara sus entusiasmos. Le fijó un  horario a fin de que pudiera descansar. Esta orden la cumplió a regañadientes, rompiendo muchas veces la disposición.

Eulogio Fernandini 2Bienvenido en la casona familiar de don Manuel donde periódicamente se reunía con sus paisanos, Antonio Xammar, Pep Curty, Joanot Martorell, Claudí  Privat, y otros catalanes, tuvo la ocasión de conocer a la hija de su anfitrión, señorita Isolina Clotet Valdizán, hermosa muchacha que le brindó su aprecio, naciendo entre ambos una amistad que día a día fue creciendo hasta convertirse en amor. Un amor apasionado que, ambos juzgaron, debía concluir en matrimonio; pero iniciada la conversación abierta y franca entre ambos, él le confesó que tendrían que esperar a que termine de pagar las deudas de juego de su padre mientras pudiera reunir los fondos que le permitiera pedirla en matrimonio. Ella consideró que una prórroga no era nada saludable para ambos y, decidida y enérgica como siempre fue, habló con su padre y le espetó francamente: “Sé que mi madre, en su infinita bondad, me ha fijado como herencia una respetable cantidad de dinero, de los cuales, te solicito de cien mil soles como un anticipo y, a ti, te pido como dote para mi matrimonio otros cien mil soles para que con ese fondo inicial, pueda casarme con Eulogio e iniciar nuestra vida. Con esos doscientos mil, Eulogio puede entrar como accionista en tu empresa y estoy seguro, como seguramente tú lo estás, de que con su trabajo y dedicación, habrá de proliferar esos dineros, dándome la felicidad a mí y la prosperidad económica, a ti”. Don Manuel no lo pensó dos veces. Llamó a Eulogio y dialogó extensamente con él, convenciéndose de que tanto su hija como su futuro yerno, comulgaban del mismo espíritu. No esperó más y ante tan encomiable perspectiva, otorgó su consentimiento. En una boda sin precedentes, el 15 de agosto de 1884 se casan en la iglesia de Chaupimarca. Él tenía 22 años, ella veinte. Como regalo de bodas, don Manuel Clotet transfiere la mina de Colquijirca a su yerno, Eulogio Fernandini de la Quintana. En este momento se fijaba el comienzo de una gran empresa basada en el amor, la cooperación y el trabajo. De este matrimonio nacieron tres hijos: Eulogio, Elías y Anita. Más tarde llegarían otros.

En 1886 se inicia el trabajo en el socavón principal de Colquijirca que recibió el nombre de “Socavón Fernandini”. La apertura de esta obra de 900 metros de longitud demoró trece años para conseguir valiosas vetas de plata, plomo y zinc. En 1889, por la abundancia del argentífero metal, instala la Fundición de Huaraucaca donde producía las  barras de plata, pero también efectúan otros procesos como preparación mecánica, fundición, amalgamación, lixiviación de plata, bismuto y  cianuración; se beneficiaban también minerales sulfurados y oxidados de cobre en hornos de manga previa calcinación en reverberos. Ubicada cerca de la fundición norteamericana de Smelter, Huaraucaca estaba considerada entre las de mayor importancia  en el Perú, tanto por las maquinarias modernísima que empleaba cuanto por su capacidad productiva. Ubicada a 14,000 pies sobre el nivel del mar y a 16 kilómetros del Cerro de Pasco, trataba cien toneladas diarias de mineral por concentración y fundía más o menos 220 en sus hornos de manga (Water Jackets). Empleaba a 800 a mil trabajadores por día. Las minas de plata de Colquijirca, estaban unidas a esta oficina por una vía férrea de propiedad de la Negociación, que empalmaba con el ferrocarril de la Oroya al Cerro de Pasco, en la Estación de Fernandini, por un funicular de 400 metros y una línea de tranvía eléctrico de dos kilómetros. Estas minas tenían máquinas eléctricas para extracción y bomba para agua movidas por la misma fuerza. Para ponerlo al frente de esta empresa, trae a otro notable visionario de la metalurgia, don Antenor Rizo Patrón Lequerica.

Continúa…..

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