Un gran recuerdo chiclayano (Anécdota)

recuerdo chiclayanoEl año de 1965 celebrábamos alegremente la creación de nuestra universidad que tanto nos había costado lograr. Todos estábamos decididos a realizar un trabajo consciente por elevar nuestro status cultural que bien lo necesitábamos.

Los últimos días de aquel año se realizaba en Chiclayo un encuentro de escritores peruanos. Nuestro maestro Elmo Ledesma Zamora, a la sazón jefe de curso, programó un viaje de los alumnos de la especialidad para presenciar “en vivo y directo” los pormenores de los debates que prometían ser sustanciosos. Me encargó personalmente para que en mi condición de profesor auxiliar, reclutara a los alumnos que estuvieran dispuestos a viajar. Todos se apuntaron, hombres y mujeres. Así las cosas enrumbamos hacia Chiclayo.

Cuando llegamos conocimos a escritores y teóricos de la literatura, eminencias literarias de aquellos tiempos: Ciro Alegría, José María Arguedas, Arturo D. Hernández, Francisco Izquierdo Ríos, Porfirio Meneses, Oswaldo Reynoso, Sebastián Salazar Bondy, Oscar Silva, Mario Vargas Llosa, Eleodoro Vargas Vicuña, (Éste estaba de moda porque acababa de publicar “Taita Cristo” y era reciente ganador del premio de Cultura), Carlos Eduardo Zavaleta; y ocho críticos literarios: Alberto Escobar, Tomás Escajadillo, Jorge Cornejo Polar, Pedro Luis Gonzales, Aníbal Portocarrero, José Miguel Oviedo, Enrique Ballón Aguirre y Winston Orrillo.

Aquella vez, los narradores hablaron en tono confesional de sus vidas y experiencias personales, leyendo segmentos de novela o cuento que estaban preparando. Por otra parte se libraron espectaculares debates respecto de la responsabilidad de los escritores, etc. Es decir, fueron clases vivas y directas de nuestra literatura, emanadas de los propios creadores y críticos. Una experiencia muy valiosa que nunca olvidaremos.

Las reuniones se realizaban en dos turnos. De ocho de la mañana a doce del día y de dos a seis de la tarde. Uno de aquellos días se efectuó una ardiente discusión acerca de “La Literatura Comprometida”, muy de moda en aquel entonces. Las intervenciones brillantes se sucedían una tras otra prolongándose más de tiempo programado. Cuando caímos en la cuenta de que la primera sesión se había extendido hasta las tres y media de la tarde, se acordó que después de almuerzo ya no habría otra reunión porque el tiempo se había agotado. Teníamos la tarde libre.

Cuando me dispuse a entregar su cuota diaria a cada uno de los alumnos, éstos me dijeron que por tener la tarde libre deberíamos ir todos juntos a un lugar típico de Chiclayo para degustar sus platos típicos. Como hubo consenso, acepté. En cuatro carros de alquiler nos trasladamos a un local ubicado en las afueras que tenía toda la garantía de atención y calidad.

Los anfitriones nos ubicaron  en una parte alta desde donde podíamos ver todo el panorama del local que, además, era muy cómodo para nosotros. Así las cosas, mientras preparaban los potajes correspondientes, a pedido de las chicas decidimos efectuar un campeonato de “Sapo”. Nos encontrábamos en esos gratos avatares cuando vimos que a la entrada se armaba un barullo extraordinario. Acababa de entrar un guitarrista ciego en compañía de un moreno gigantón –su escolta- portando un bango, es decir un  instrumento que parecía la hibridación de una tambor con manija convertido en guitarra.

De inmediato, un  grupo de curas con sonata blanca que se encontraban jugando sapo los recibieron con nutridos aplausos, pero el más hablantín de ellos dijo a los músicos: “Muchachos, hoy día toquen algo bueno y nuevo, pues. Ya estamos cansados de sus marineras y pasillos que repiten constantemente”. “Está bien, dijo el ciego, vamos a tocar una pieza musical casi desconocida pero llena de emoción que tiene especial significación en mi vida. Escuchen”. Contagiados del momento, nosotros también prestamos oídos. Lo que ocurrió a continuación nos tocó profundamente el corazón. Ese maravilloso dúo de calidad innegable comenzó a ejecutar nuestra muliza: “A ti”. Quedamos estáticos y mudos de admiración y reminiscencias. Cuando terminaron nos sumamos a los generosos aplausos que todos les prodigaron. Fue tanta nuestra emoción que llamé al “Negro” Canta y le dije: “Raúl: Ve e invita a aquellos artistas a nuestra mesa, pero no le digas que somos del Cerro de Pasco”. Cumpliendo con el encargo, Canta los trajo. Después de nuestras felicitaciones y trago, les pedimos que repitan la canción que acababan de interpretar. Lo hicieron de una manera que a todos nos emocionó. Vi lágrimas en los ojos no sólo de las chicas, sino de todos los del grupo. ¡Cómo nos conmocionó!

Muliza a tiCuando les informé que esa era una muliza del Cerro de Pasco y que nos había encantado porque todos éramos cerreños, el ciego, como movido por un resorte se puso de pie, exultante,  y nos prodigó de abrazos a todos los de la delegación. Después, muy compungido nos dijo: “Yo quiero mucho al Cerro de Pasco, allí dejé gran parte de mi juventud. Sólo pude abandonarlo cuando comencé a perder la vista. Yo fui  brequero en la Railway y sufrí una caída que me hizo perder el conocimiento y después, poco a poco, a perder la vista. Ahora que estoy ciego rememoro la bondad de aquel pueblo querido. Cuando se encuentren con Salinas, Urdanegui, Azcurra y Cortabrazo denles mis saludos. Ellos fueron mis compañeros de trabajo”. Parecía un niño haciendo encargos. A continuación, con el marco de sus instrumentos, cantamos esa y otras mulizas además de queridos huainos muy alegres.

Cuando nos despedimos, todavía se sentía un  nexo de fraternidad con aquel artista que, con una canción, nos trajo nuevamente a nuestra tierra.

Adjunta a esta nota, publicamos la muliza original que desde 1925 se nos ha metido en el alma, remeciéndonos cada vez que la cantamos. Las letras son de una poeta sevillana y la música de nuestro compositor G

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