“PATAS A LA OREJA” (Primera parte)

!!!…Patas a la oreja…!!!

Acuarela del maestro Luis Palao
Acuarela del maestro Luis Palao

El rebenque de su grito seguido de una retahíla de juramentos e indecencias restallaba zafio en las calles cerreñas. Ebrio, con paso inseguro, caminaba bamboleante viniendo de varias direcciones por las arterias pueblerinas. Muchos eran los personajes a quienes dedicaba lesivos improperios, especialmente si lo encontraba en su trayecto. Los agredía con sus agresivos ojos sanguinolentos en tanto su lengua -mortal estilete- hería y volvía a herir la dignidad de los agredidos con negras verdades o mentiras inventadas. Entonces los aludidos desandaban el camino o se cambiaban de acera.

!!!…Patas a la oreja…!!!

Vivía convencido que era víctima de la  calumnia. Estaba seguro que algún cobarde, presionado por las urgencias del suplicio, le había atribuido una canallada que no había cometido. Durante su larga estancia en el Frontón acusado de matar al Prefecto de Pasco, había buscado inútilmente en su memoria -andando y desandando imaginariamente sus pasos- a quién podía haberlo calumniado de esa manera. En vano hurgó en sus vigilias. Todo lo que había conseguido era una lista de presuntos soplones a los que buscaba infructuosamente, juzgándolos culpables de su negro destino.

!!!….Patas a la oreja…!!!

Desafiante y soberbio afirmaba que en cuanto descubriera a los culpables de su desgracia, les molería la cara poniéndoles las patas a la oreja, afirmación ésta –bullanguera y fanfarrona- que sepultó su verdadero nombre en la memoria del pueblo. Desde entonces, el zurriago de su apodo, supervivió vigente y sonoro. Gritaba que a los soplones les sacaría los ojos y los dientes; que aplastaría los labios delatores; que les haría papilla las manos implorantes.

!!!…Patas a la oreja…!!!

Había sido perseguido como un criminal. La enloquecida brújula de su fuga lo había llevado a lugares remotos y extraños. Selva, costa, sierra. !Siempre fugando! Cuando lo encontraron, maniatado y sangrante lo arrojaron sobre las arenas del Frontón. Entonces descubrió la negra monstruosidad de la palabra soledad… !Ni un pariente!… !Ni un amigo!…  !Ni un conocido!…!Nadie!

!!!…Patas a las oreja…!!!

Cuando salió de presidio, nadie lo esperaba. Estaba tan sediento de comprensión y compañía que decidió retornar a la tierra amada a rehacer su vida. El largo camino y la medrosa llegada a su hogar en busca de su mujer. No la encontró. Compungidas y misteriosas las antiguas vecinas le informaron que a poco de iniciarse la persecución, su mujer, se había marchado con un guardia republicano. !Maldita sea!

Entonces supo que sin ayer ni mañana, sólo la compañía de las botellas podía atenuar su locura vengativa, su obsesionante delirio de persecución. Su paranoia. En ese tiempo entabló amistad con el “Chalaco”, maduro y bondadoso cargador, saturado de penas y amarguras, con el que prodigó sus brindis interminables. El “Chalaco” lo llevó al gremio y lo hizo cargador. Dúctil e inteligente, “Patas”, fue elegido Secretario General del grupo. En el cargo pondría al descubierto sus grandes dotes de luchador y dirigente. Los hombres de su gremio comenzaron a respetarle y a obedecerle.

!!!…Patas a la Oreja…!!!

Era un cholo macizo y musculoso, cabeza recia y miembros que parecían de acero por su dureza y resistencia. Su cara cobriza, parecía tallada en granito; nariz larga y aguileña; boca, grande de labios delgados; frente estrecha, llena de surcos; mejillas, enjutas y lisas que resaltaban sus pómulos salientes; greñas rebeldes y crecidas que se extendían desde la frente hasta los hombros en negra y uniforme extensión,  Era un claro y regio ejemplar de cholo cerreño.

Su cuerpo, compacto y musculoso, se cubría íntegramente con un mameluco amarillo, “Campeón”, debajo del cual, sólo una trusa de fútbol, era su única ropa interior. Cruzada sobre su pecho –cananas guerreras-, una soga, en varias vueltas, proclamando su ocupación de cargador; para probarlo, en el lado izquierdo de su descolorida indumentaria, una remachada placa de bronce, donde se leía: CARGADOR. Calzaba toscos zapatones acribillados de recios  clavos de bomba, llamados “rompebuques”.

Yo también -como todos- tenía muchos prejuicios contra él; hasta que llegué a conocerlo.

Una noche que había ido en busca de noticias al Hospital Carrión, me informaron que el único suceso que podían hacer de mi conocimiento, era la muerte del “Chalaco”, el humilde cargador que aquella misma mañana había sido encontrado muerto a la puerta del almacén de Vicente Vegas. La autopsia reveló que su fallecimiento se debía a un edema pulmonar agudo. Después de esta información pase a la morgue a ver el cadáver. Cuando subí las escaleras y llegué a la elevación donde estaba el mortuorio, alcancé a distinguir en la parte superior de la losa donde yacía el difunto, una vela iluminando el frío cadáver, todo amoratado, como si acabara de ser pintado; a un costado, sobre una vieja silla, el solitario “Patas a la Oreja”. Solo, mudo y contrito, como un viejo ídolo. Tenía los carrillos abultados de coca; en la mano derecha un cigarrillo y sobre el piso, una botella de aguardiente de caña. Había que ver el rostro del “Patas”. Pálido de pesadumbre miraba fijamente el cadáver de su amigo; de su único amigo. Enternecido por la escena de verdadera fidelidad amical, me retiré conmovido sin decir nada. Aquella vez, “Patas a la Oreja”, amaneció velando a su amigo y, al día siguiente reunió a los cargadores y tras una erogación, compró un ataúd en el que sepultó al “Chalaco”.

Un ser humano capaz de este hermoso gesto, no podía ser malo; todo el pésimo concepto que tenía de aquel hombre, cambió por completo.

La oportunidad de hablar personalmente con él y de llegar a conocerlo más, me lo ofreció el deporte.

Se jugaba el partido definitorio de  básquetbol para representar a Pasco en el Campeonato Nacional Escolar. Se enfrentaban los equipos del Colegio Nacional Carrión y del Instituto Nacional Industrial No 3. Viejos y encarnizados rivales de siempre. Al llegar a la puerta donde había numeroso público, lo vi pugnando por infiltrarse gratuitamente. Abrí campo y le hice ingresar. Ya dentro, me agradeció el gesto y me deseó mucha suerte en el partido.

Al finalizar el primer tiempo, las acciones del cotejo estaban equilibradas. El marcador señalaba un empate. En eso entró en el vestuario. Era visible su preocupación. Se me acercó para alentarme.

— !Mala suerte, caracho!!…!Mala suerte!! Ustedes están nerviosos. Necesitan tranquilizarse. !Han perdiendo muchas canastas…!

— Así es, “Patas”, así es…

— Mira, crespito –me dijo confidencial-  Yo te voy a prestar la medalla de la Virgen Milagrosa. !Póntela y vas a ver cómo cambian las cosas! – uniendo la acción a la palabra desabrochó su mameluco, y me enseñó una gigantesca medalla colgada de su cuello -!Póntela crespito!…!Te la presto!!!- y se la quitó del cuello. La medalla de plomo, del tamaño de un plato de postre, le había pintado todo el pecho de un negro retinto y brilloso.

— Gracias, hermano –le respondí- Pero tú ves que la medalla es demasiado grande. El árbitro me la hará quitar.

— Tienes razón crespito, pero no importa; yo voy a rogar para que ustedes ganen, porque ella, es muy milagrosa. Ella es mi madre. La única que me quiere. !Ya verás! – dio un beso a la medalla y se la volvió a poner abotonando su mameluco. !!!Suerte!!!.

— Gracias “Patas”.

Así nos conocimos.

Continúa….

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