Smelter: Un pueblo que se resiste a morir (Segunda parte)

La fundición de Smelter vista desde otro ángulo. La densa humareda que despedía cada una de las gigantescas chimeneas, convertía en umbroso el más claro día de verano estepario. Los humos envenenaron los pastizales y los animales que pacían en los contornos fueron acabándose. De nada valió la protesta de los campesinos. Nadie les hacía caso. Las autoridades-como siempre- estuvieron coludidas con los explotadores.
La fundición de Smelter vista desde otro ángulo. La densa humareda que despedía cada una de las gigantescas chimeneas, convertía en umbroso el más claro día de verano estepario. Los humos envenenaron los pastizales y los animales que pacían en los contornos fueron acabándose. De nada valió la protesta de los campesinos. Nadie les hacía caso. Las autoridades-como siempre- estuvieron coludidas con los explotadores.

Pasadas dos décadas de su instauración y como el trabajo metalúrgico de la compañía norteamericana iba en aumento, su directorio decide ampliar su radio de acción trabajando las minas más boyantes de la zona central; para el caso aumenta la  explotación de Morococha y tientan la compra de las de Casapalca. Es en este momento que deciden cambiar la ubicación de la fundición de la empresa. Necesariamente tenía que estar en una zona equidistante de sus minas y muy cercana al Callao, lugar de  embarque de los minerales. El sitio que eligen es la Oroya, que además de cumplir con este requisito, se encuentra a 2,000 pies de altura más bajo que Tinyahuarco. El Superintendente Donahue, recibe la orden del directorio norteamericano de cerrar la fundición de Tinyahuarco y trasladar toda la maquinaria a la Oroya. Ante la consternación de trabajadores, comerciantes, profesionales y pueblo en general, se cumple la nefasta orden. Corría el año de 1923.

Cuando se cerraron los talleres, familias enteras emigraron. Desde entonces, Smelter adquirió ese sombrío aspecto de  aldea abandonada, de ciudad aniquilada por un inmisericorde bombardeo, de luctuoso escenario de una negra historia de aparecidos. Al pasar los años, todo se convirtió en escombros. Sólo fantasmagóricas piedras sosteniendo despojos de antiguas paredes, tambaleantes como extrañas quillas de muertos barcos náufragos. Viejos cimientos, emergiendo a flor de tierra, como óseos despojos de cadáveres centenarios. Algunas paredes de piedra, en pie, estoicas, gritando su abandono con sus fauces oscuras y misteriosas: recuerdos de pasadas vivencias en sus mil y un resquicios. Dicen que estas ruinas eran los talleres de sólidas paredes de acero, calaminas, calicanto y piedras que ahora lucen seccionadas por el mandoble de un gigante.

Del otrora extraordinario Smelter, sólo quedan estas ruinas y las calles cubiertas por una costra reciente. Caserones ateridos, abandonados, donde pocas y heroicas familias a las que les expresamos nuestra admiración por su fidelidad asombrosa, viven de la incipiente ganadería y el denuncio de los restos metalúrgicos, manteniendo con vida a un pueblo valeroso que se resiste a morir.

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