Descripción del Perú Por Thaddaus Peregrinus Xavier Haenke (Tadeo Hanke). (1799)

Este ilustre sabio que vivió en nuestra tierra por un tiempo, dejó acertadísimos testimonios de su importancia económica e histórica, como lo pueden ver en nuestro Libro PUEBLO MARTIR “Historia del Cerro de Pasco” Sección Biografías, nació el 6 de diciembre de 1761 en Kreibitz, Bohemia (hoy Checoslovaquia). A continuación un fragmento de los que habla de nuestra tierra.

La rica villa de Pasco, situada en una puna muy rígida, no produce en todo su distrito, Tadeo Haenkepor su demasiada intemperie, ni granos ni semillas, y solo tiene proporción para la cría de algún ganado; mas esta escasez de mantenimientos ha sido recompensada por la naturaleza con la grande copia de sus ricos minerales. Así, no obstante la aspereza del clima, es una de las más recomendables poblaciones del reino, tanto por su crecido vecindario, como por el mucho dinero que circula y hace todo el fondo de su comercio. Éste presenta en dicha villa el espectáculo más agradable a la contemplación de los curiosos, pues se ve llegar a los vecinos de Jauja a expender sus harinas, a los de Conchucos que vienen con el mismo destino y con el de dar salida a la ropa que labran en su país, no obstante que también los de Huamalíes conducen los suyos; a los de Huaylas, cuya importación principal se compone de azúcar; a los de Huánuco, que conducen la coca, chancaca, mieles, granos y frutas; y a los de Cajatambo y Chancay, que transportan el ingrediente tan necesario de la sal. A esto se agrega el comercio diario de dos mil mulas, empleadas en la conducción de metales, cuyo trabajo se paga siempre en dinero descontado, reportando sus dueños de esta suerte ganancia ventajosa, siendo el alma de todas estas negociaciones la prosperidad de la mina que se halla a dos leguas de Pasco, y es en el día la más apreciable de todo el reino; por cuya razón nos detendremos algún tanto en su historia y descripción. El descubrimiento de este rico mineral de Pasco, que propiamente se llama cerro de San Esteban de Lauricocha, se puede fijar próximamente por los años de 1630, y se debe a la casualidad. Un indio llamado Huari-Capacha, apacentando su rebaño por aquellos collados, se vio precisado para pasar la noche a abrigarse al respaldo de uno de ellos; encendió una gran hoguera, y quedó sorprendido al amanecer cuando vio entre las cenizas unos granos de plata fundida. Contra la costumbre de los de su nación, participó esta novedad a don Juan José Ugarte, hacendado en la quebrada de Huariaca, quien paso a reconocer el cerro, y en el mismo paraje en que el fuego había derretido los metales abrió diversas bocas-minas, y las fue explotando con la mayor facilidad y abundancia. La fama de la mina atrajo muchos españoles, y se erigió un pueblo.

 En aquellos tiempos había en la provincia de Conchucos una caja real para la dirección de unas ricas minas de plata; pero habiéndose arruinado éstas por los años de 1568 a 60 se transfirió a Huánuco la real caja, y de allá a la villa de Pasco, que dista dos leguas del cerro Lauricocha, el año de 1699: y en el de 1785 quedó suprimida la que había en Atunjauja, y se agregó a la caja real de Pasco que existe en el día con su contador, tesorero y los oficiales correspondientes. No se saben los primeros progresos de la mina, y solo sí que este mineral sufrió la misma calamidad que suele ser común a casi todos, aguándose la mayor parte de las minas y quedando éstas inservibles. Don Martín de Retuerto, dueño de la mina llamada particularmente de Lauricocha, dio un socavón (y fue el primero que hubo en el mineral) dirigido al sitio de su posesión. Sus consecuencias fueron felices al principio; pero muy luego dejaron de serlo, porque la inundación imposibilitó casi del todo el trabajo, padeciendo igual fatalidad otros mineros que emprendieron después la misma tentativa. El cónsul don José de María y Ascas dirigió otro socavón al mismo pasaje, en el año de 1758, y lo concluyó en 1760, consiguiendo plenamente su intento. Sólo esta mina rendía anualmente de sesenta a ochenta mil marcos; pero, habiendo muerto este benemérito minero, se desplomó y aguó otra vez aquella mina y sus adyacentes. En el día el marqués de la Real Confianza y otros agregados están dando un nuevo socavón, y a costa de grandes gastos y de una confianza inalterable miran ya pronta la época de ver realizadas sus esperanzas. Los metales de estas minas son unos mitos azulados y cenicientos, de fácil saca y de facilísima molienda. Su ley es de ochenta a cien marcos, y esta riqueza les es como exclusiva. Este cerro mineral se compone de los tajos de Santa Rosa y Lauricocha, del de Yanacancha, Caya, Chaupimarca y Pariajilca. El tercero, aunque de metales ricos, no está muy trabajado, por haber dado en agua desde sus principios. Se intentó desaguarlo por medio de un socavón, y lo mismo se pensó hacer con el Caya; pero la desunión de los interesados ha hecho suspender varias empresas. Los metales de este cerro, en general, son pocos, y regularmente de color amarillento con pintas rojizas, dóciles a la barreta, a la molienda y al beneficio. Su ley constante, es de seis a doce marcos por cajón. El mineral es una capa o banco vulgarmente llamado manto real, por el cual cruzan vetas como una parrilla. Los cerros metalíferos acompañan a la Cordillera Nevada a distancia de legua y media, y en lo alto del terreno metálico hay una laguna que, con otras varias formadas por la confluencia de las aguas llovedizas, son las que proporcionan la molienda.

 En el año de 1789 se extrajeron de quince a dieciséis cajones de este metal, y se fundieron muy cerca de ciento veintidós marcos; pero en el año de 1793 se han fundido, en la real caja de Pasco, 1325 barras de este mineral de Lauricocha con 234.942 marcos 5 onzas, cuyo valor asciende a 2.016.703 pesos 3/8, y dejaron a S. M. por ambos derechos de cobros diezmos, 231.283 pesos 6 reales 1/2. En todo lo restante del partido se hallan minas de carbón, de cobre, algunas de plata, y en el cerro de Yanaurco muchos indicios de azogue, según el prolijo examen que hicieron de este paraje los inteligentes don José Coquete y don Santiago de Urquizo, en el año de 1785. Este punto merece toda la atención del gobierno, y principalmente el aprovechamiento del azogue. Las demás doctrinas y pueblos del partido no merecen particular atención. Todos ellos están situados por la mayor parte en las cimas o faldas de los cerros, sin el menor orden, y con unos ranchos mal formados.

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