Doctor Juan José Vega Bello

Juan Jóse VegaLo conocí la tarde del 29 de diciembre de 1963. El Congreso de la República acababa de ofrecernos su  solemne promesa: En 1965 tendríamos oficialmente instaurada la Universidad Autónoma por la que habíamos luchado. Tras ese logro histórico nos echamos a descansar de la larga travesía de siete días en los que casi no habíamos dormido. Recuerdo, como si fuera ayer, que con el cuerpo maltrecho y un sueño acuciante me tiré a descansar sobre un magro colchón en uno de los salones del Colegio de Guadalupe. No puedo asegurar el tiempo que estuve dormido hasta que escuché  apremiantes llamadas, fuertes cachetadas, abundantes ramalazos de agua helada sobre mi rostro y una  tremenda restregada de mis orejas. No obstante aquel suplicio no podía despertarme. Alguien tuvo la idea de traer café cargado y me hicieron beber aquel menjunje que más  parecía brea cargada. Insípido y agresivo. Cuando logré abrir los ojos, vi el rostro desesperado de Carlos Minaya Rodríguez, Alcalde del Cerro de Pasco –gran amigo- que en su condición de representante de Acción Popular en Pasco, había conseguido una cita especial con el flamante Ministro de Educación, doctor Francisco Miró Quesada Cantuarias que nos estaba esperando.

Cuando llegamos a su Despacho, recibimos su saludo muy especial escuchando con mucha atención el problema de nuestra filial que acababa de ser cerrada. Al finalizar, nos hizo entrega de un cheque para solventar los primeros gastos del año lectivo de 1964 porque –nos dijo- al instaurarse en 1965, ya tendría su presupuesto estructurado. Acto seguido nos comentó que como las gestiones de su cargo eran  numerosas y no podría estar con nosotros continuamente, nos presentaba al doctor Juan José Vega Bello, joven profesor que se desempeñaba como Director Regional de Educación de Lima, quien estaría con nosotros  en su representación todo el tiempo que fuera necesario. Desde ese momento nació entre nosotros una estrecha amistad nacida de mutua admiración y respeto. Él nos acompañó a los ministerios correspondientes y a otras reparticiones gubernamentales para finiquitar las gestiones relativas a la próxima inauguración de nuestra flamante universidad.

Cuando se enteró que desde tiempo atrás estaba empeñado en escribir la historia de mi tierra me brindó su más amplio apoyo, atinadas sugerencias y continuas revisiones de lo que trabajábamos. Nuestra correspondencia se hizo continua y muy pródiga.

Cuando estuve en Lima, reiteradamente me invitó a “Radio Nacional” para conversar en su programa acerca de diversos tópicos de su especialidad. Conocedor de la historia del criollismo, muchas veces alternamos con ese gran amigo que acaba de dejarnos, Manuel Acosta Ojeda, o con Carlos Haire, Nicomedes Santa Cruz y otros criollos notables. Me contactó así mismo con muchos otros historiadores nacionales. Tenía una fabulosa biblioteca especializada donde encontramos los trabajos más importantes de los cronistas con numerosas descripciones del mundo andino; las crónicas de los innumerables y valiosos personajes europeos que nos visitaron, su selección le permitió escribir un libro sobre el tema que el vicerrector de nuestra universidad publicó.

Fue un fraternal compañero de ruta al que le estoy muy agradecido. Los últimos años me recibía con mucho cariño en su casa de Miraflores donde nos pasábamos horas enteras conversando sobre historia. Entre otras cosas, por ejemplo, puntualizaba que en nuestro himno patrio además del coro se cantaba la estrofa primera estrofa que afirmaba “largo tiempo el peruano oprimido” había arrastrado una cadena condenado a cruel servidumbre, hasta que se sacudió de la indolencia de esclavo y levantó la humillada cerviz. Por eso ponía especial énfasis en afirmar que la primera estrofa de nuestro himno patrio era humillante por apócrifo y que ya había iniciado una campaña para erradicarla del contexto general. Pasados los años –como estamos viendo- lo logró.

En otros momentos, buen gourmet como era, preparaba excelentes platillos, especialmente de lugares que había visitado en sus frecuentes viajes al extranjero. Era un conversador colosal. Sostenía que la historia se debía narrar con toda naturalidad y simpleza, sin hacerla intrincada ni difícil. Consejo que siempre observé en mis trabajos que él, con una conmovedora persistencia, seguía de cerca. Su afecto fue tal que, de los veinte libros que escribí en el lapso de nuestra amistad, en dieciocho estuvo conmigo, alentándome con sus palabras y su compañía. Los últimos dos ya no recibí ese honor porque nos había dejado.

Recuerdo que faltando muy poco para dejarnos, me informaba que había sido operado por el doctor Cavieses -extraordinario neurocirujano- y que se encontraba muy bien. Y aquella tarde, cuando me retiraba de su casa, me alcanzó una caja llena  de libros. “Estos libros te van a ser necesarios, léelos, César” me dijo. Fue la última vez que lo vi. Se fue el 8 de marzo del 2003 dejándonos el recuerdo de su enorme personalidad y su inquietud por el futuro del Perú. Quiso mucho al Cerro de Pasco.

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