LA MUERTE DEL CLOWN (Cuento)

Creador con amplio margen de capacidad creativa es MONONA -seudónimo con el que quería permanecer en el anonimato este escritor cerreño- incursiona en el cuento que fue publicado en EL MINERO de le fecha y nosotros lo publicamos con sumo agrado.

payaso

El circo rebosaba de gente, pero yo, gracias a la amistad que tenía con el empresario podía disponer siempre de una butaca.

La entrada general estaba apilada encima de bancos tan mal intencionados, que parecían puestos por algún sastre. Estos espectáculos siempre despiertan interés y alegría, permiten mucha variedad en el programa y el público asiste confiado sin temor a los efectos melodramáticos de un amante celoso, de un marido engañado o de un suicida, personajes que vienen obligados a realizar todas las calamidades que indica el autor de la obra.

Así lo creí yo, hasta aquella noche en que ciertamente me encontraba impresionable.

Habría jurado que los grandes arcos voltaicos suspendidos bajo la gran vela menos luz que las otras noches. Llegó a parecerme que se apagaban a cada instante y los gritos agudos de las amazonas que montaban los briosos y blancos corceles que me anunciaban una próxima desgracia.

Mucho se esforzaban los pobres animales más mi poca satisfacción hacía que los encontrara extrañamente asustados, sentía un gran mareo y me parecía que la orquesta mezclaba ponzoñosas y crueles notas en sus alegres pasos dobles; en fin en pocos instantes me pareció que en los innumerables ojos del público una próxima desgracia creí que mi fantástica alma presentía algo funesto y me decidí a abandonar el circo.

No sabré decir, si por una explicable coordinación de ideas o por el deseo que tenía de distraerme, yendo hacia la puerta, me acordé del famoso “Salto Mortal” que el clown que me había divertido en otras tantas ocasiones.

Me acerqué al portero con mi contraseña y el pregunté:

–¿Que ya no trabaja aquí “Salto Mortal”…?

–¿Cómo…no sabe lo que le sucedió la otra noches…?

–¿Qué noche…?

–La del martes…

–¿Se hizo daño…?

–El no..- Se interrumpió para atender a un señor alto y grueso que venía seguido de una multitud de personas y después de darles sus respectivos boletos, me contó que la hermana de clown había caído con tanta desgracia que los facultativos desesperaban de salvarla.

Viera usted al pobre hombre -me decía- tan alegre y divertido como era se ha vuelto en estos días muy callado y taciturno. Sentí vivos deseos de consolarlo. Con ese intento salí por la puerta falsa. El circo estaba instalado en un solar en venta en una especie de campo rodeado de casas y tapias. En el fondo había una barraca que servía de almacén, de despacho del empresario y habitación del portero, a continuación las cuadras de los caballos amaestrados y los carros y encima de todo esto, en el cielo azul, la luna alegre y risueña cual la cara de Pierrot.

Entré con mucha precaución en el corredor que conducía a la habitación de la pobre hermana de “Salto Mortal”, un viejo quinqué reflejaba su mortecina luz triste y agónica sobre la pobre cama: en ella estaba la enferma; la habitación despedía un olor tan fuerte de medicamentos que me faltó valor para cruzar la puerta. El clown estaba al lao de la enferme que le decía dolorosamente…

–Ahhh…¿Por qué me has seguido, debías de abandonarme como los demás y a estas horas serías un hombre feliz y un feliz padre de familia..

–¡María, María, no me hables así!. Me daba tanta pena pensar que andabas sola por el mundo.,…

–Bueno, sí; te has sacrificado por tu hermana pero tu hermana es una mujer y vale tan poco la pobre…!

–¡Calla, María, calla. El médico ha ordenado que estés tranquila.

–¡Es que yo quisiera cumplir con el deseo que teníamos…¿Verdad, Miguel que abandonarás esta vida..?

–Sí, sí la abandonaré- el payaso dio un tono sobrenatural a su palabras y después con tristeza continuó- Ahora que guardábamos algo y acabar esta temporada nada más.

–¿Te acuerdas de nuestra casita?…¡Tan alegre, tan bonita!…En setiembre se desocupa y nosotros no podemos ir…qué desgracia….

Quedó un rato triste y pensativo y después de largo silencio dejó como reuniendo todas las energías de su alma–¡Cúrate, María, Cúrate…!.

El quinqué despedía una luz próxima a apagarse así también del pecho de la enferma salían suspiros muy débiles que demostraban cuán próximo estaba su fin.

…………………………………

–¡Cúrate, María; Cúrate!

El pobre payaso apercibió inerte este cuerpo y con gran dolor se abalanzó sobre el cadáver de su hermana.

En aquel momento el contraste fue terrible.

La orquesta tocaba una alegre marcha llamando al público al tercer acto. El clown se arrancaba los cabellos en sus labios había las mismas muecas que tanto me habían divertido, pero esta vez tenían algo de horrible, de imponente. Ah con razón esta noche había yo encontrado mucho de fatídico en la orquesta.

El pobre “Salto Mortal” abrió el baúl, sacó zapatos, cascabeles, dinero, pelucas, todo lo revolcó por el suelo sin ver dónde lo tiraba; en sus desesperación parecía un loco.

La luz chisporroteaba, la sombre del payaso tenía algo del espectro de la muerte.

Por mi lado pasó un hombre disfrazado. Era el clown que se lanzaba a la sala de espectáculos.

Salí del corredor y vi al pobre hombre dar tres vueltas a la pista después de mirar al público que lo extrañaba, lo aplaudía con fuerza; aquella fue la mejor ovación de la temporada mientras el clown cruzaba la barra que sujetaba la vela para agarrase del trapecio donde estaba de donde cayó su infortunada hermana y dando un grito de “¡Viva la alegría! dio un tremendo salto mortal cayendo muerto delante de los espectadores.

Cerro de Pasco, 15 de abril de 1908.

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