EL CRIMEN DE PUCHUPUQUIO

crimen de PuchupuquioLa fría tarde del 29 de noviembre de 1922, se presentaron a la comisaría del Cerro de Pasco dos apesadumbradas mujeres denunciando la misteriosa desaparición de sus maridos. Una dijo llamarse Eulogia Mendoza y, la otra, Tomasa Palacios. Afirmaban que desde los primeros días de noviembre habían desaparecido sus esposos, Angelino Almerco y Carmen Yupari. Que habían venido a realizar algunas compras en las tiendas cerreñas pero hasta ese momento no regresaban. Al no tener noticias viajaron a la ciudad minera para investigar dónde podían estar y después de mucho buscar descubrieron que se habían alojado en una de las casas del temido barrio de Puchupuquio, a las afueras de la ciudad. Esta era la última pista que tenían.

Con la denuncia y los datos proporcionados, el mayor de guardias Adolfo Ruiz, dispuso que el sargento, Demetrio Lavado, y los guardias, Moisés Rojas, Carlos Ávalos, Ernesto Sandoval y Pedro Ramos, se constituyeran en el lugar señalado por las mujeres. Al llegar al lugar, los policías rodearon la casa sospechosa y tras escuchar que dentro había una suerte de fiesta entre hombres y mujeres beodos, procedieron a romper la puerta, sorprendiendo a sus ocupantes: Genaro Torres, Teófilo Calixto, Luis Rojas, Martín Vargas, Rosas Povis y Felipe Torres. Llevados a la comisaría, Torres declaró que la noche del 31 de octubre había sorprendido a dos desconocidos que se estaban llevando treinta llamas de su propiedad; juzgando que solo no podría enfrentarlos, llamó a los otros hombres que en ese momento estaban reunidos y con ellos procedió a perseguir a los ladrones que huyeron aprovechando la oscuridad de la noche. Felizmente –dijo- los dos ladrones fueron alcanzados a orillas de Chaquicocha. Al ver que los ladrones no solo no mostraban arrepentimiento no obstante haber sido sorprendidos in fraganti sino que los insultaban se trabaron en una lucha terrible sin cuartel. Querían apresarlos para entregarlos a la policía pero ante la beligerancia de los ladrones, se les fue la mano y, los mataron. A uno de ellos lo sepultaron a inmediaciones de la laguna de Chaquicocha y, al otro, a un costado del horno de la calera que por allí funciona. Como fruto de los severos interrogatorios a que fue sometido, Felipe Torres, confesó que solo él era el culpable y que sus cómplices se dedicaron a mirar sin intervenir en ningún momento; es decir fueron mudos testigos de la salvaje golpiza que les propinó a los ladrones. Ninguno de ellos –aseguró- tenía culpa de nada.

Cuando fue interrogado Miguel Vargas dijo que el primero de noviembre por la noche, la señora Sotela Colqui, madre de Genaro Torres, le había llamado a su domicilio pidiéndole que se levantara para ayudar a su hijo que estaba persiguiendo a unos ladrones y que cuando llegaron al lugar en el que habían sido apresados, vio que los maltrataban atrozmente hasta llegar a matarlos y que, al verlos convertidos en cadáveres los sepultaron en los lugares antes mencionados.

Teófilo Calixto y los demás detenidos coincidieron con las declaraciones anteriores respecto del móvil del crimen y señalaron que el principal culpable era Genaro Torres por instigar a que los mataran a pedradas. Se estaba estableciendo que el asesino no solo era Genaro Torres sino todos los hombres y mujeres que en ese momento celebraba la “hazaña”. En cuanto a Nicanor Malqui se descubrió que era un avezado delincuente con amplio prontuario policial por lo que fue enviado inmediatamente a la cárcel de la selva de Pachitea.

Los que huyeron a las alturas de Chinche a poco de efectuar el execrable crimen fueron los individuos Aniceto García y Damián Colqui. Aseguraban que “con la conciencia intranquila después del asesinato, presa de terror y culpabilidad huyeron despavoridos”. Tras perseguirlos con saña y constancia fueron capturados para recluirlos con sus compinches en la cárcel pública del Cerro de Pasco. Pocos días después, todos rindieron sus instructivas tras la exhumación de los cadáveres.

Posteriormente, siendo entrevistadas, Eulogia Mendoza, esposa de Angelino Almerco y, Tomasa palacios, esposa de Carmen Yupari, refirieron que el 31 de octubre habían venido del pueblo de Tushi las referidas víctimas con el afán de realizar unas compras  trayendo cien soles cada uno además de varios objetos para negociar y que no habiendo regresado a su pueblo ni dado noticias de su paradero durante días posteriores, muy contrariadas, decidieron venir personalmente a efectuar las averiguaciones correspondientes. Estando en esta tarea llegaron a saber que, Toribia Carhuaricra, domiciliada en el temido barrio de Puchuipuquio, durante la noche del 31 de octubre había escuchado gritos desesperados de auxilio que partían de la casa de Genaro Torres a donde ella había visto llegar a dos personas para alojarse. No obstante los desgarradores gritos, por natural temor, se mantuvo en silencio, no tomando actitud de defensa de las víctimas ni dado parte a la policía.

De esta relación se desprendió que ambos hombres fueron asesinados con el fin de robarles, siendo la lógica consecuencia ajustada a la verdad y a la lógica. Uno de ellos declaró que cuando los dos visitantes quisieron retribuir la invitación de los tragos, abrieron un envoltorio misterioso de donde extrajeron un billete de cien soles. Al ver que el paquete era grueso, supusieron que estaban cargados de plata y que éstos eran en realidad avezados abigeos que pululan por la zona. En ese momento deciden el robo. Cuando vieron que eran doscientos soles lo que tenían, ya era demasiado tarde. Ya los habían matado.

El día 4 de diciembre se realizó la diligencia para la exhumación de los cadáveres de las víctimas, constituyéndose en el lugar de los hechos el juez instructor, doctor Oscar Malpartida, los médicos, doctores Enrique Portal y Horacio Talavera; el subprefecto, José Antonio Languasco; el mayor de Guardias Alfonso Ruiz y el escribano, Francisco Castillo. Después de la marcha de más de una legua llegaron al cerro de Yanamate y en el lugar donde comienza una falda llegaron a una cantera, procediéndose a la exhumación del cadáver de Almerco que se encontraba en completo estado de putrefacción, vestido solo con calzón y cubierto con un poncho viejo, constatándose las visibles huellas de que había sido muerto a palos y pedradas, despojado después de sus vestiduras. Cuando el juez preguntó al acusado Torres por qué el cadáver de Almerco se hallaba a mucha distancia de la casa en la que había sido asesinado, contestó que ellos arriaron sus llamas con dirección a Yanamate y que fueron alcanzados cuando ya dominaban el cerro y que al verse perseguido se refugió en la cantera en cuyo lugar fue victimado. Preguntado dónde se hallaba el cadáver de Yupari, contestó que lo había sepultado en el cerro de Puchupuquio, por cuya razón tuvieron que regresar al lugar, encontrándose el cuerpo en una bocamina profunda por lo que tuvo que utilizarse muchas sogas para cumplir el cometido. El cuerpo mostraba innegables huellas de cruel tortura por parte de sus asesinos. Preguntado por qué Yupari había sido sepultado en este sitio, contestó que mientras victimaba a Almerco por, la falda, se escapó, siendo alcanzado en la profundidad de la citada bocamina, donde lo victimaron arrojándolo a la profundidad de la misma. Recuperados ambos cadáveres fueron remitidos al hospital para el correspondiente examen médico legal. Al este acto asistieron más de quinientos curiosos y los periódicos cerreños tuvieron material por mucho tiempo.

(FUENTE: LOS ANDES- periódico cerreño).

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