LAS NOVELAS DE MANUEL SCORZA Por Milos Kokotovic (Segunda parte)

la masacre de rancas 2Al salir de la cárcel y regresar a su comunidad, decide convertir su percepción mitificada de la opresión en arma de la resistencia. Utiliza el mito de su invisibilidad para organizar una nueva rebelión: “Sería invisible para todos los hacendados y vigilantes del mundo, y transparente, inaprensible, intocable, invulnerable, prepararía una magna sublevación” (165). Los comuneros, encabezados por Garabombo, toman la hacienda Chinche, y en este momento Garabombo se vuelve visible. Una vez lograda la organización política de las comunidades indígenas, implica la novela, el mito ya no es necesario. Pero la visibilidad del protagonista lo expone a las balas de un asesino que lo ha perseguido a lo largo de la novela. Sin la protección mítica de la invisibilidad, Garabombo es asesinado y los comuneros son masacrados y expulsados de la hacienda Chinche. El fracaso del levantamiento se debe, en parte, a la decisión de abandonar el mito, y por lo tanto, la cultura indígena.

Aunque Agapito Robles organiza un nuevo movimiento comunal de una manera convencional, sin recurrir a poderes míticos, el mito juega un papel importante en dos momentos claves, evitando la masacre con que terminan todas las otras novelas del ciclo. Los comuneros organizados por Agapito Robles logran recuperar la hacienda del juez Montenegro. Cuando llega el magistrado con la Guardia Civil para desalojarlos, los comuneros se niegan a abandonar la hacienda, y el doctor Montenegro les amenaza con una masacre. En este momento interviene el poder mítico de la cultura indígena andina: “Entonces Agapito Robles enloqueció. Desmontó, sacó un pañuelo de colores y comenzó a bailar. Casi isócrono con el cric-crac de los máuseres inició un huayno” (225). Los otros comuneros se suman al baile, la Guardia Civil no se atreve a disparar y el juez pierde su hacienda. Agapito Robles recurre al poder mítico del baile una vez más al final de la novela, cuando avanzan más tropas del gobierno sobre la ex-hacienda del doctor Montenegro, ahora en poder de los comuneros: “El humo de la danza lo envolvió. Ya no se le veía. Su poncho era un torbellino de colores vertiginosos. . . ¡Toda la quebrada estaba ardiendo! ¡Un zigzag de colores avanzaba incendiando el mundo! (244-245). Estas son las últimas palabras de la novela. Recuerdan a otro rebelde andino, Juan Santos Atahualpa, que a mediados del siglo XVIII encabezó una rebelión indígena que los españoles nunca derrotaron. Juan Santos Atahualpa desapareció de la historia de la misma manera en que Agapito Robles desaparece de la novela. Según Alberto Flores Galindo, “En 1756. . . se pierde el rastro de Juan Santos: la tradición dice que su cuerpo se elevó a los cielos echando humo…” (47). Cantar de Agapito Robles es la única de las cinco novelas de La

En estos ejemplos de las cuatro primeras novelas del ciclo, el mito tiene dos funciones Manuel Scorza 2contrarias. Por un lado, como nota Ada María Teja, “la disposición mental del indio a convivir con el mito puede ser utilizada por la burguesía feudal y por el imperialismo como elemento que infunde respeto, que paraliza la función liberadora, en beneficio del status quo” (260). Pero por otro lado, el mito también funciona como un complemento necesario de la lucha política de resistencia. En La guerra silenciosa, observa Cornejo Polar, “subyace una cierta ambigüedad en lo que toca a la racionalidad indígena, que tanto es recusada cuanto reivindicada como base que hay que respetar para la reformulación ideológica que se postula” (“Sobre el neoindigenismo” 556). La observación me parece válida, pero sólo para las primeras cuatro novelas del ciclo narrativo, donde se mantiene un equilibrio entre las dos funciones contrarias del mito.

En La tumba del relámpago, se rompe este equilibrio (Puccini 64-65), desaparece la ambigüedad y la cultura indígena, entendida como mito, deviene pura y simplemente un obstáculo a la resistencia y la liberación. Desde las primeras páginas de esta última novela del ciclo, el mito es impotente. En uno de los ponchos proféticos en que la ciega Añada ha tejido el futuro, el comunero Remigio Villena ve como el cuerpo decapitado, destazado de Inkarrí se reúne, anunciando el comienzo del combate final contra los opresores. Pero después de varias horas de observación, “el cuerpo de Inkari regresó a la tierra, sus miembros volvieron a separarse y a dispersarse bajo las colinas, los ríos, los enormes bosques. Y la cabeza, sola de nuevo, cerró los ojos” (11). El mito sirve aquí como un presagio de la derrota definitiva del levantamiento indígena con que cierra la novela, derrota atribuida a las creencias míticas de los comuneros. Este levantamiento no es organizado por Remigio Villena u otros comuneros, sino por el abogado trujillano y ex-alcalde de Cerro de Pasco, Genaro Ledesma, y otros mestizos, entre ellos el propio Manuel Scorza, ninguno de los cuales posee poderes de naturaleza mítica.

La estructura misma de la novela subordina las dos líneas narrativas que tratan de personajes indígenas y creencias míticas a la historia de Genaro Ledesma y la organización del Movimiento Comunal. El resultado, como explica Fabienne Bradu, es que los personajes indígenas quedan, “en los entretelones como pretexto necesario pero ya no primordial para la situación narrada” 50). Convencido de que le sería imposible al ejército reprimir muchos levantamientos a la vez, Ledesma organiza la ocupación simultánea y coordinada de decenas de haciendas en todo el Departamento de Cerro de Pasco. Los partidos de la izquierda le niegan su apoyo, pero no es el dogmatismo de la izquierda sino la perspectiva mítica de los comuneros que provoca la derrota final. La comunidad de Yarusyacán se anticipa a las otras comunidades porque uno de sus miembros tiene un sueño en que la Virgen le indica que deben actuar inmediatamente. Guiados por el consejo de la Virgen, los comuneros de Yarusyacán se precipitan, invadiendo la hacienda Paría días antes de la fecha acordada, echando a perder los planes de Ledesma y provocando otra masacre que cierra el ciclo novelístico.

Esta última novela del ciclo, que Scorza consideraba la mejor de las cinco, lleva a cabo una desmitificación definitiva que es a la vez una desculturación y no una transculturación, porque sugiere que, para reinsertarse en la historia y lograr la liberación, los pueblos indígenas tienen que dejar de ser indígenas. En palabras de Scorza, “en vez de mitos deben ser, simplemente, hombres” (citado en Escajadillo, “Scorza antes de la última batalla” 66). Este parece ser, entonces, el destino final de ese viaje del mito a la historia que, según Scorza, es el logro principal de La guerra silenciosa. El contraste con Arguedas no podría ser más nítido. Cómo explica Cornejo Polar: “Para Arguedas, el valor supremo es el de la identidad, aunque acepte hasta con entusiasmo la modernidad que pueda desarrollarse a partir de esa matriz, mientras que para Scorza, mucho más político, las proporciones son casi inversas” (“Manuel Scorza” 106). Scorza opta por una modernidad occidental, donde no hay lugar para el mito ni la cultura indígena.

Pero la novela, para Scorza, también es una especie de mito, un espacio mítico dentro de la modernidad, desde el cual se cuestiona o se critica la modernidad. Al adaptar las técnicas narrativas del “Boom” para los fines políticos de la novela indigenista, Scorza produce mitos literarios que, según el novelista, sí tienen eficacia política. Así, por ejemplo, describe Scorza el impacto político de Redoble por Rancas: “el mito deviene realidad, interviene en la realidad” (citado en Peralta, 28). Pero si los mitos literarios del novelista tienen eficacia política, ¿por qué no los mitos de la cultura indígena? O dicho de otra manera, al negar la eficacia política del mito en La tumba del relámpago, ¿no pone en duda Scorza su propio proyecto político-literario, el de usar los mitos literarios de la novela para intervenir en la política nacional? ¿Cuál es la diferencia entre los mitos de la cultura indígena y los del novelista que justifique la superioridad imputada a la novela y a la figura solitaria del autor sobre los medios de expresión colectivos de los grupos subalternos?

El gran valor de las primeras cuatro novelas de La guerra silenciosa reside, me parece, precisamente en la copresencia compleja y contradictoria del mito y la historia, de la cultura indígena y la modernidad occidental. La desmitificación simplificadora de La tumba del relámpago, en cambio, niega la posibilidad de ejercer agencia política en el mundo moderno a través de la cultura indígena, y por lo tanto cierra la opción de una modernidad alternativa. A la luz de los movimientos indígenas contemporáneos–los Zapatistas en Chiapas, el movimiento Maya en Guatemala, los movimientos indígenas en los Andes–esta conclusión parece prematura, ya que en estos movimientos conviven y se complementan el mito y la historia, la cultura indígena y la modernidad occidental, como en las primeras cuatro novelas del ciclo scorziano. Pero en este caso, los pueblos indígenas son los autores de su propia historia.

FIN…

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