EL ENFERMERO ATENCIO

El enfermero AtencioDe los grandes recuerdos que guardo de mis tiempos infantiles, está éste, referido a un amigo de los hermanos de mi madre. Era un hombre muy bien acicalado que por la rigurosidad en su trabajo, constancia, honradez y grandes deseos de superación, fue contratado para que fuera “enfermero” en el Hospital Americano. Nunca estudió en centro alguno de la especialidad, pero inteligente como era, todo el acopio de conocimientos y experiencia los había aprendido en este nosocomio donde se inició y llegó a ser el más indicado para ayudar a los médicos en las intervenciones más difíciles. Lo único que recuerdo de él es su apellido: Atencio. Nunca supe de su nombre; sólo que era de Rancas. Él me conocía desde aquellos pasados tiempos y siempre me pasaba la voz: “Hola Arauquito” y cuando llevaba el vale correspondiente, me regalaba con abundante “Capsolina” una ardiente frotación para resfriados y dolor de huesos que aquejaba a mi abuela.

Ya lo dije en otra oportunidad, yo vivía a escasos veinte metros del hospital y eso me facilitaba el ser el primero en prenderme de las mallas de nosocomio cuando después de una angustiosa llamada de sirenas traían los despedazados cuerpos de los mineros caídos  en los socavones. Jamás mientras viva –estoy seguro-podrán borrarse aquellas escenas de mi vida.

Un poco más allá había un “montón” donde arrojaban los aparatos auxiliares de yeso con los que habían atendido a los accidentados. Los chicos del barrio Misti teníamos torsos, brazos, piernas etc. de yeso seco. Los utilizábamos para disfrazarnos de robots. Los restos de operaciones los arrojaban al fogoso horno donde calentaban el agua para los vecinos de Bellavista y especialmente del Hotel Americano. El factótum de estas operaciones era, Atencio.

Lo dejé de ver una punta de años hasta que un día, un señor, nos llevó a la clínica que había abierto la Universidad Cayetano Heredia para que haga sus estudios de enfermedades de altura. La mayor cantidad de jugadores del Banfield nos convertimos en “Conejillos de indias” para esas investigaciones. Siempre quisieron que yo estuviera entre los investigados porque cuando terminaba la experiencia en la que nos habían puesto una serie de alambres con puntos en diversas partes del cuerpo, uso de mascarillas y pedaleo de bicicletas, yo les contaba al detalle lo que había experimentado. No había necesidad de que me preguntaran, por eso me preferían. De ahí que saqué en blanco que tengo un corazón a prueba de balas aunque hipertrofiado (Eso me impidió ser piloto de aviación). Bueno el caso es que cuando llegue al hospital me encontré que el jefe de enfermeros era nada menos que Atencio. Nos estrechamos en un largo abrazo y cuando me preguntó por mis tíos –sus amigos- le informé que todos habían muerto. Se puso muy triste. Ya los años también habían dejado huellas en su rostro pero siempre seguía servicial y eficiente.

Perdónenme por estas digresiones pero a continuación quiero contarles una de las tantas anécdotas que tuvo Atencio en su exitosa vida profesional.

Él acababa de llegar al Hospital Americano y el jefe, doctor Norman Kelly, considerando su eficiencia, dispuso que fuera su “mano derecha”. Así de eficiente era Atencio. En cuanto al doctor Kelly, me llamaba la atención cómo era de pequeño, la mayoría de sus paisanos fácilmente bordeaban los dos metros pero él con las justas llegaría al metro sesenta. Yo que tenía doce años, le veía su cabecita brillante de pelos rubios como si fueran metálicos y sus ojos claros, misteriosamente celestes, que me producían intranquilidad. El caso es que ambos hacían una dupla muy eficiente.

Era el primer día de trabajo para Atencio cuando a las diez de la mañana trajeron a un hombre de la mina que se retorcía de cólicos. Su jefe -capataz de minas- aseguraba que tenía “Lipiria”, es decir que sus tripas se estaban enredando y que por eso el dolor era insoportable. El doctor Kelly, tras un rápido examen diagnosticó el mal que aquejaba al hombre. Dirigiéndose a Atencio, le dijo: “Inmediatamente, bañe a este hombre porque vamos a operar. Tiene apendicitis. No espere ni un segundo más, Atencio”.

Con una velocidad extraordinaria el auxiliar cumplió con la orden. Puso al hombre desnudo sobre la camilla, lo cubrió con una sábana blanca y lo llevó al quirófano. Abrió las puertas de par en par y en ese momento, sin que pudiera evitarlo, se metió una gigantesca mariposa negra que comenzó a volar dentro de la sala. Enmudecido de emoción lo único que hacía Herrera era persignarse en nombre del Padre, del hijo y el Espíritu Santo. Al ver esto el doctor Kelly le gritó: ¡Atencio!, saque ese mariposa de la sala!!

-No, doctor, no es ninguna mariposa, es un “Taparacuy”. ¡Está anunciando la       muerte! ¡Uno de los tres que estamos en esta sala va a morir! – El paciente que iba a ser operado comenzó a llorar.

– Déjese de abusiones Atencio y saque de inmediato esa mariposa….

– Ya le he dicho que es un malagüero “Taparacuy”, doctor…

– Ya carajo, Herrera ¡Saque esa Tapa raca!!!!!

Después de la operación que felizmente fue un éxito le explicaron al doctor Kelly que esa enorme mariposa llamada “Taparacuy”, posiblemente se había ocultado entre los troncos de eucalipto que se utiliza en el enmaderado de la mina y que sólo había estado adormilada. Que su nombre era “Taparacuy” y no “Tapa raca”, que en todo caso sería otra cosa.

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