CÓMO Y CUÁNDO APARECIÓ LA TRUCHA EN EL PERU

la trucha en el PerúHay acontecimientos que quedan grabados en la vida con caracteres indelebles. En mi caso, el que me marcó enormemente, fue el que aconteció en Cuchis,  represa que almacenaba agua para las instalaciones metalúrgicas de la compañía norteamericana. De estos hace mucho tiempo. Entonces yo contaba con diez años de edad. Aquella mañana, en medio de desesperados ladridos de los perros del barrio, los heraldos que traían la noticia gritaban a voz en cuello: ¡¡¡ Ha estallado la represa de Cuchis!!! ¡¡¡Ha volado la represa de Cuchis!!! De inmediato, como movidos por un resorte, hombres, mujeres y niños –todos a una- salimos en estampida a ver lo que ocurría. 

Los muros de contención del dique se hallaban diseminados en gran extensión, desbaratados por una explosión. Se había hecho añicos. Sobre el pasto reseco de la pampa las ranas corrían espantadas, sin destino fijo, saltando como alocadas y, por el mismo lugar, gran cantidad de truchas, -ojos saltones y bocas abiertas, en desesperada urgencia de oxígeno-, se retorcían; muchas de ellas entre las rieles del ferrocarril, que corre por ahí. Se nos partía el alma al ver aquel cuadro tan desgarrador. Gentes cariacontecidas pero muy activas venidas de lugares aledaños las recogían en talegas, canastas y manteles, en cantidades enormes. El acopio fue de tal magnitud que a partir del día siguiente nos ofrecían un costal de ranas enormes, a un sol; al mismo precio, las truchas. Aquél tiempo nos hartamos de sus deliciosas carnes, porque en la ciudad, nadie comía otra cosa. Quedamos ahítos.

Viene al caso este relato porque, hasta aquellos tiempos, en nuestros lagos, lagunas y ríos, sólo existían las “challwas”, pequeños pececillos que no servían gran cosa como alimento; sólo se las utilizaba para desecarlas, molerlas y, mezcladas con ají, con las que se untaban a las papas sancochadas. Eso era todo. Por eso en casa comíamos  deliciosas sardinas preparadas con buena cantidad de salsa de tomate, a la que se conocía con el nombre de, “Portola”. Se vendían en latas ovaladas y constituían en una verdadera delicia. Ni qué decir de las sardinas sevillanas en aceite de oliva, en latas muy pequeñas, que se expendían en las tiendas de los españoles.  Otra de las preferencias de mi abuelo –voraz comilón como buen herrero- era el salmón de insuperable calidad y, las saladísimas anchoas, que  consumía con sus amigos cuando estaban bebiendo su refrescante cerveza Herold. O, memoria a parte, el bacalao traído de Noruega, en latas de colores: azul, sin espinas; rojo, con espinas que, durante Semana Santa, consumían todas las familias. Eran verdaderos delicias. Todas importadas.

Bueno, pero el caso especial, motivo de esta semblanza, es la presencia de la trucha en la mesa cerreña.

Por aquellos días, si no eran en conservas, no se podía hablar de pescados que pudieran reemplazarlos; salvo, claro está, los que eran enviados desde el Callao en grandes cestas repletas de hielo. Su venta constituía todo un espectáculo en la estación del tren. Nuestros ríos y lagunas no contaban con peces especiales que ameritara el deporte de la pesca. A penas se podía encontrar una variedad de peces chicos, llamados “Challwas” que se lo capturaba con redes o, en todo caso, con simples canastas, pero que no ofrecían la carne necesaria para una buena alimentación. Hasta que ocurre un milagro sensacional. Corría el año de 1936. Dos jefes de la empresa norteamericana que radicaban en la Oroya, al ver las aguas cristalinas del caudaloso Mantaro, que por allí discurría, deciden poblarlas con peces que abundaban en Norte América, especialmente Canadá: la Trucha. El ingeniero, B. T. Colley y, el médico J.F. Mitchell –grandes aficionados a la pesca- observando la calidad y cantidad de estas frías aguas, hacen gestiones insistentes ante el Departamento de Estado, por intermedio de su Embajada en Lima para que les envíen huevos fértiles de trucha con el fin de sembrarlos en nuestras aguas. Tuvieron éxito. Recibieron 200 mil huevos de la variedad “Arco Iris”. Fatalmente, como en aquellos tiempos, tenían que ser enviados por vía marítima y los dispositivos de refrigeración no eran muy buenos, la mayor parte se malogró y los que incubaron, perecieron por falta de un tratamiento adecuado. La cantidad que se recibió en la Oroya, fue de 620 huevos frescos que no habían terminado su incubación y, 420 truchas recién nacidas en el trayecto que, al final, quedaron reducidas a 700 alevinos que seguían vivos.

Aquí comenzó la segunda etapa de aquella odisea ejemplar.

Los pececillos tuvieron que ser alimentados con hígado de res finamente molido, teniendo mucho cuidado con la higiene de su hábitat y una serie de cuidados más. Al ver que los pececillos respondían a las expectativas hicieron un nuevo pedido. Esta vez recibieron 200 mil huevos con mayor rapidez y un más cuidadoso embalaje. Ya tenían 50 mil alevinos en el criadero inicial. Esto aumentó el entusiasmo de los emprendedores pioneros. Durante el tiempo necesario tuvieron que prodigarles mil atenciones con el fin de dejarlos expeditos para una gran aventura de vida. Cuando los pececillos de ambos lotes recibidos tuvieron alrededor de un año de edad -más o menos doce centímetros de longitud- fueron echados al lago Chinchaycocha, conceptuándose que éste era el lugar ideal para criarlos. Aquel fue un día muy especial en esta historia. Todos estaban muy emocionados. Como era lógico se les siguió echando alimento preparado con el fin de ayudarlas en su desarrollo. Más tarde –como estaba programado- al suprimírsele la alimentación para que ellos mismos se la buscaran, los peces desaparecieron. A partir de aquel momento comenzaron a vivir en una espera angustiosa. Pasado un tiempo, al no dar señales de vida,  les hizo suponer que habían perecido. Y, algo como una sombra de derrota, nubló sus espíritus.

Entonces sucedió un milagro.

Un día, la señora Gretta Williams, esposa del entonces  Superintendente del Departamento de Fuerza, pescó debajo del puente de Chulec, una enorme trucha arco iris de 12 libras de peso. Al verla, no lo pudo creer. La sorpresa se tornó en júbilo general. Aquel ejemplar confirmaba que las truchas sembradas en el lago Chinchaycocha, habían sobrevivido y, pasando las compuertas de la represa de Upamayo, habían seguido aguas abajo del río Mantaro. Por esos mismos días, el doctor, Norman Kelly, médico que había trabajado en el Hospital La Esperanza del Cerro de Pasco, pescó otra trucha de 12 libras, pasando la represa de Upumayo. Así mismo, la gente que trabajaba bajo las órdenes de Mauro Travi, después de cerrar las compuertas de Upamayo, acorraló a una trucha enorme en aguas poco profundas. El júbilo aumentó. Desde entonces, cada vez con mayor frecuencia llegaban noticias de la pesca de ejemplares cada vez más grandes, algunos de ellos con veinte libras de peso.

A orillas del lago Punrun  (5,200 sobre el nivel del mar) el pescador José Chaparro Ramos –mi gran amigo- con su ayudante el chino Way con las piezas pescadas en altísimo escenario. La pesca de truchas era un deporte muy practicado en la ciudad minera del Cerro de Pasco. José y Albertico Chaparro fueron grandes pescadores
A orillas del lago Punrun  (5,200 sobre el nivel del mar) el pescador José Chaparro Ramos –mi gran amigo- con su ayudante el chino Way con las piezas pescadas en altísimo escenario. La pesca de truchas era un deporte muy practicado en la ciudad minera del Cerro de Pasco. José y Albertico Chaparro fueron grandes pescadores

Desde entonces el criadero que se había habilitado en La Oroya, junto al Golf Club, para incubación y desarrollo de los primeros ejemplares fue usado para la producción en gran escala.  Grandes truchas, hembras y machos, eran pesados y recluidos en su vivero para obtener los huevos fecundados e incubados artificialmente. Cuando los alevinos alcanzaban, dos o tres pulgadas de longitud, eran sembrados en ríos y riachuelos cercanos a La Oroya, primero; más tarde, miembros de la compañía norteamericana que tenían gran afición por la pesca, como R. S. Bemis, Mauro Travi, Ben Peet, y Norman Kelly, llevaron las truchas a casi todos los cursos de agua de los departamentos de Junín y Pasco, hasta el punto que después se hizo muy fácil  encontrar en la sierra central abundantemente estos apetecibles y nutritivos peces. Para citar un lugar emblemático en el centro del Perú, hay que referirse al Criadero de Truchas de Ingenio, ubicado a veinte minutos de Concepción, 28 kilómetros de Huancayo, conocido como el Valle Azul, quebrada estrecha y hermosa, con abundantes aguas cristalinas. Aquí, don Juan Morales Vivanco, comenzó su industria con las primeras cincuenta truchas que, en 1936, le regalaron los servidores de la compañía norteamericana.

¿Quién no ha degustado un buen plato de truchas? Estamos seguros que todos. Sin embargo es necesario mencionar sus principales características. Se encuentran normalmente en aguas frías y limpias de ríos y lagos, distribuidas a lo largo de Norteamérica, el norte de Asia y, Europa. La mayoría en agua dulce, pero hay unas pocas, como la “cabeza de acero”, que es de la misma especie que la trucha arco iris, que pasa su vida adulta en el océano y vuelve a desovar al río donde nació. Este fenómeno se observa también en el salmón. Se alimenta de invertebrados blandos como  lombrices, o insectos y crustáceos, aunque las especies más grandes de trucha marrón o café, comen otros peces. Tienen el cuerpo lleno de espinas, pero su carne es muy sabrosa. Lucha tenazmente cuando se lo pesca con caña, por lo que son muy cotizadas para la pesca deportiva. Por su popularidad son criadas en piscifactorías y posteriormente reintroducidas en los ríos para su pesca. Los principales métodos de captura involucran el uso de mosca o cucharilla. Entre las diferentes especies de truchas se encuentran: la trucha marrón, trucha arcoíris, trucha dorada, (Actualmente abunda en el lago Titicaca). La que más se consume en el Perú es de la especie, “Arco iris”, criada en agua dulce y de carne roja. Al igual que el salmón, la trucha de piscifactoría tiene un alto valor nutritivo porque concentra gran cantidad de ácidos grasos Omega -3, además de ser muy rica en vitaminas A y D. En el lago Titicaca han producido el (Ccori challwa), que es de color salmonado y extraordinario sabor.

Los que ahora disfrutamos del poder pescar los ejemplares de esta especie, prácticamente en todos los ríos y lagunas de la sierra del Perú, tenemos una deuda de gratitud con aquellos pioneros que hace ya siete décadas trajeron las primeras truchas que hoy constituyen no solo una fuente de satisfacciones, sino también una riqueza más para el país.

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