EL CABALLO CERREÑO

El caballo cerreñoEra la época en que los opulentos mineros, además de los que utilizaban en sus labores cotidianas, contaban con cinco o seis caballos de silla de fina estampa, impresionantes, enormes, traídos de Argentina o de los campos chilenos después de pagar un precio fabuloso por ellos.

Para su cuidado especial hacían construir  caballerizas especiales en sus casas solariegas, provistas de buen techo y paredes gruesas; no debía existir ningún resquicio por donde pudiera colarse el aire frío que atentara contra su salud. Cada animal estaba muy bien protegido por una gruesa capa con interior de lana y cobertura de hule más ceñida –“capa para caballos”- que le cubría todo el cuerpo con el fin de conservar su calor; el piso cubierto de aserrín para proteger los cascos; su alimentación exclusiva con forrajes especiales y avena de la mejor calidad además de los pastos de su entorno que les permitía lucir saludables y robustos. (El pasto de nuestra zona es altamente nutritivo). Su fina pelambre lustrosa estaba peinada con cepillos especiales. Había caballos de toda pelambre: Alazanes, tordillos, zainos, bayos, castaños, ruanos, morcillos y moros, especialmente.

Eran el orgullo de los rumbosos cerreños de entonces; sinónimo de nobleza, fidelidad, temperamento y altivez; cúmulo de virtudes admirables que proclamaban su estirpe. Habían heredado de las jacas españolas la elevación de los miembros delanteros; de los berebere, su ambladura o modo de andar; del árabe su delicadeza y hermosura. Era un deleite para la vista su marcha llena de gracia portentosa y su monumental figura. A las romerías a las que asistían en pueblos y capillas citadinas, o vecinas, iban en sus corceles muy bien emperifollados; apero o conjunto de arreos de fino cuero reforzado con plata brillante: terno de cabeza o jato, falsa rienda y sobre la montura “de cajón”, el pellón de mechas llamado “sampedrano”, adquirido en el norte al costo de un “ojo de la cara”. El jinete con elegante terno inglés sobre el que calaba su poncho de vicuña, alón sombrero de paja de junco o de toquilla, pañuelo blanco de seda al cuello, poncho fino de lana de vicuña o alpaca; zapatos altos y artísticas espuelas “Nazarenas” de plata. El escenario para el lucimiento: Huariaca, Yanamate, Quiulacocha… (Léase en este mismo espacio “La Fiesta de San Roque de Quiulacocha”)

El jinete cerreño al afincar su libertad en la rebeldía y tarea de viajero empedernido, confiaba  ciegamente en su caballo, compañero inseparable de aventuras. Este noble animal fue un admirable instrumento en sus manos. Con él se liberó de la mita y la encomienda mineras. Es más. Con él se convirtió en jinete de leyenda, uno de los más grandes jinetes que han alcanzado a ver las caballerías del mundo –cosacos, mamelucos, gauchos, llaneros charros y rotos.

De conquistado se transformó en conquistador. Las distancias fueron empequeñecidas por él. Jinete y caballo se mimetizaron de manera que llegaron a ser uno solo. Podía ir el jinete dormido o borracho sobre su caballo, él lo sostenía. Cuando perdía el caballo, compungido, el mulero, reclamaba:

“Mi caballo es mi vida,

mi bien, mi único tesoro;

ladrón devuélveme mi moro,

yo te daré mi querida..”

Inclusive su identificación era tan manifiesta que, antes que a la mujer, prefería a su caballo.

“Mi mujer y mi caballo,

se han ausentado;

mi mujer puede marcharse;

¡mi caballo me hace falta!

Después de trotar centenares de kilómetros conduciendo la bagualada de mulas, a sólo agua, no era de él que se ocupaba el mulero, sino de su caballo. Se ponía a cuidar de su bestia fraternal: le practicaba incisiones en el paladar y le hacía tragar sal pulverizada y con sal cuidaba de sus heridas. Las bestias se reponían y engordaban.

Todos los relatos referidos a los caballos los escuchaba contar a los herederos de aquella grandeza, don Juan Arias Franco, por ejemplo. Así como él muchos viejos memoriosos contaban pasajes de la vida de estos animales que llenaron toda una época en el opulento Cerro de Pasco. 

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